Es noticia
Así se rindió Madrid: el final de la Guerra Civil según el historiador que dijo sí a Pérez-Reverte
  1. Cultura
HISTORIA

Así se rindió Madrid: el final de la Guerra Civil según el historiador que dijo sí a Pérez-Reverte

Gutmaro Gómez-Bravo publica 'Cómo terminó la Guerra Civil' (Crítica): una revisión del peor trago de la izquierda, la traición de la plana mayor del Ejército Republicano y el papel de la inteligencia franquista en el colapso

Foto: Tropas nacionales avanzan en abril de 1937, bayonetas en mano, entre los escombros de casas en Madrid destruidas por bombardeos aéreos. (Getty Images)
Tropas nacionales avanzan en abril de 1937, bayonetas en mano, entre los escombros de casas en Madrid destruidas por bombardeos aéreos. (Getty Images)

"Tenéis la guerra totalmente perdida. Es criminal toda la prolongación de resistencia. La España nacional exige la rendición...". Con estas tres frases comenzaban las Instrucciones para la rendición que el teniente coronel Bonell había recogido de la estación ‘Terminus’, nombre en clave del Cuartel General del Generalísimo en Burgos, la tarde del 6 de febrero de 1939. Redactadas por el coronel José Ungría con el visto bueno de Franco, estaban destinadas al coronel republicano Segismundo Casado, jefe a su vez del Ejército Centro de la República, el único contingente que tenía a esas alturas de la guerra alguna capacidad de lucha y de maniobra tras el desplome del frente de Cataluña y la caída de Barcelona el 26 de enero, menos de dos semanas antes.

El teniente coronel Bonell, al mando de la estación de Esteban-Hambrán (Toledo) del SIPM, –el Servicio de Información y Policía Militar, la inteligencia franquista–, viajaría de vuelta de Burgos esa misma noche a Toledo, desde donde retransmitiría las Instrucciones por radio al servicio clandestino de información quintacolumnista dentro de la capital. Las Instrucciones para la rendición que radiaría Bonell no eran más que el fruto de los contactos previos que habían tenido lugar ya en Madrid entre Segismundo Casado, así como con el catedrático de Lógica y dirigente histórico del PSOE, Julián Besteiro con miembros del SIPM y Falange. Unas conversaciones que se habían establecido por medio del médico personal de Casado, el doctor Diego Medina, a principios de febrero. Se estaba gestando nada menos que la rendición, la ocupación y el control ordenado de lo que quedaba del territorio republicano para liquidar de una vez por todas la Guerra Civil sin disparar un sólo tiro más.

¿Cuándo perdió la guerra el bando republicano? ¿Con la derrota de la Batalla del Ebro en noviembre del 38 o dos años antes con los informes de los diplomáticos extranjeros sobre el Terror Rojo y la persecución religiosa? ¿La Guerra Civil terminó el 1 de abril de 1939 o el 20 de noviembre de 1975? Lo que de verdad le interesa al historiador Gutmaro Gómez-Bravo en su nueva obra, Cómo terminó la Guerra Civil (Crítica), no es tanto por qué se perdió, sino cómo se desarrolló ese final, para lo cual ha consultado una nueva documentación que añade información muy relevante sobre ese desenlace.

placeholder Cubierta de 'Cómo terminó la guerra civil española', de Gutmaro Gómez Bravo.
Cubierta de 'Cómo terminó la guerra civil española', de Gutmaro Gómez Bravo.

Si habláramos del cuándo, la fecha simbólica que emergería de su nuevo libro sería la del 27 de enero de 1939, el día después de la caída de Barcelona, aunque escriba en la introducción "el 1 de abril de 1939 la guerra civil llegó a muchos lugares que no la habían vivido", que es una forma de explicar hechos incontrovertibles; no hubo paz con el fin de la Guerra Civil. Si acaso sería después, puede que antes incluso de la muerte de Francisco Franco en 1975 –esto no lo dice Gutmaro–, pero sin ningún lugar a dudas a partir de diciembre del 1978. La contienda, en cualquier, caso terminaría con la rendición del Ejército Centro después de un golpe de Estado dirigido por el coronel Casado contra el gobierno de Juan Negrín y los comunistas, y con el apoyo de la mayoría de los altos mandos del Ejército Centro más los anarquistas de Madrid liderados por Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo de Ejército después de una lucha en Madrid durante la segunda semana de marzo de 1939.

El libro se publica en medio de la polémica sobre las jornadas de ‘Letras en Sevilla’ organizadas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra con el título ¿La guerra que todos perdimos? 1936-1939 y que se cancelaron ante la posibilidad de actos violentos después de que el escritor David Uclés renunciara a participar por la presencia de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Gutmaro Gómez-Bravo, que estaba invitado al igual que Julián Casanova, dos historiadores que se sitúan en la izquierda, mantuvieron su asistencia al acto mientras se desarrollaba la bronca sobre el sectarismo de otra parte, como el de Ángel Viñas, que no estaba invitado pero aplaudió la actitud de David Uclés. Las charlas de Letras en Sevilla se retomarán en octubre.

Gutmaro Gómez-Bravo y Julián Casanova, dos historiadores que se sitúan en la izquierda, mantuvieron su asistencia a las jornadas sobre la guerra civil organizadas por Pérez-Reverte

Siguiendo la narración de Cómo terminó la Guerra Civil, cuatro días después de los contactos formales entre ‘Terminus’ y Segismundo Casado, del mensaje con las Instrucciones para la rendición, el presidente del Gobierno de la República, Juan Negrín, retornaba a territorio republicano tras haber cruzado la frontera el día anterior durante la huida hacia Francia a través de los Pirineos y el desplome del frente en Cataluña. Lo hacía sin el presidente de la II República Manuel Azaña, ni el Jefe del Estado Mayor, el general Vicente Rojo, que se habían negado a regresar desde Francia después de haber implorado por activa y por pasiva a Negrín la necesidad ineludible de la rendición. El presidente y los comunistas eran en realidad los únicos que querían continuar la guerra porque cuando se estableció la reunión en Los Llanos con la plana mayor del Grupo de Ejércitos del Centro la realidad es que nadie, ni los generales, José Miaja, Manuel Matallana o el almirante Miguel Buiza veían sentido a la resistencia.

La verdadera aportación de Gutmaro con la nueva documentación reside, sin embargo, en cómo el coronel José Ungría había gestado desde el SIPM un reglamento operativo que consistía en crear una red de espionaje interior en las ciudades y pueblos aún en manos de la República: "Aprobado por el Cuartel General en mayo de 1938, este nuevo reglamento operativo permitía al servicio de información potenciar una red conjunta de información, vigilancia y control de la población, desplegada por todo el territorio a través de enlaces y sectores de 30 kilómetros. Cada sector estaba dirigido por un comandante del Ejército o un capitán de la Guardia Civil, que estaba a cargo de varios grupos de agentes especiales. Según el propio Ungría, debía tratarse de "una red tupida de personas seguras escogidas entre los naturales del país, en las que recaerá el servicio de vigilancia, seguridad y de orden público". Tanto para la información del enemigo como para la confección de fichas, atendiendo a su mayor conocimiento del terreno y de los habitantes, "cada Comandancia formará grupos pequeños de voluntarios de las unidades de combate, de su propio personal o de la población civil", escribe Gutmaro Gómez-Bravo en Cómo terminó la Guerra Civil.

La gran aportación de Gutmaro es cómo el coronel José Ungría creó una red de espionaje nacional en las localidades aún en manos de la República

Lo que se desprende del estudio del espionaje del bando nacional es que tenía además capacidad para interceptar y descifrar los mensajes entre el gobierno republicano, su Estado Mayor y sus embajadas desde enero. En cuanto a la quintacolumna, el mismo grupo al que pertenecía el doctor Medina que contactó con Casado y Besteiro bajo la dirección de Jose María Taboada, miembro de Acción Católica, disponía de una estación en el pueblo de Bustarviejo en la sierra de Madrid en fecha tan lejana como agosto de 1938 y desde donde el propio José María Taboada obtuvo los mapas militares del Batalla del Ebro con las posiciones del ejército republicano de Vicente Rojo.

Los planos no sirvieron al final por un cambio de órdenes, pero demuestra según Gómez-Bravo el poder de infiltración que tenía la Quinta Columna. Bustarviejo era uno más dentro de los muchos grupos quintacolumnistas que habría ido estableciendo el coronel José Ungría como jefe del SIPM en el territorio republicano: "En menos de un año, habían logrado conectar el frente, la retaguardia y la zona próxima a la ocupación, con un cada vez más extenso y vigilado territorio nacional. Una red que solo existía en los mapas militares, pero que estaba, en su mayoría, compuesta por civiles que elaboraron fichas de todos y cada uno de sus vecinos. Agentes que fueron reclutados tanto por su trabajo o su presencia en los lugares públicos como por sus conexiones e influencias personales o familiares. Estas eran efectivas en las zonas rurales, pero no tanto en las grandes ciudades para las que Ungría tuvo que diseñar y poner en práctica métodos policiales más intensivos".

placeholder Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938.
Franco y el general Fidel Dávila, en el Coll del Moro (Gandesa) durante la batalla del Ebro, en el otoño de 1938.

Tuvieron su primer ensayo general, casi decisivo en Barcelona durante la ofensiva de Cataluña entre diciembre de 1938 y enero de 1939, donde no les resultó difícil "extender todo tipo de informaciones favorables a la entrega y la rendición de una población hambrienta y exhausta tras treinta meses de guerra". Entonces hubo una cierta descoordinación entre falangistas, requetés y monárquicos, que lucharon entre sí por obtener las mejores informaciones y que entorpecieron en parte la operación de desestabilización del SIPM de Ungría en Barcelona. No ocurriría lo mismo en Madrid, donde la coordinación a través del teniente coronel Bonell sería efectiva en cortar los mismos problemas, poniendo en contacto rápidamente a Segismundo Casado con los agentes del SIPM.

La crónica de Gutmaro reevalúa en gran parte lo ya conocido habiendo actualizado la base documental con un análisis mucho más profundo del papel de la quinta columna, así como la revelación de esa planificación que había acometido el SIPM de Ungría para tener control desde dentro del territorio de la II República. Gómez-Bravo incluye con mucho detalle además toda la trama de las relaciones internacionales de ambos bandos durante los últimos seis meses, con especial atención a las maniobras franquistas en Londres y París, que habrían tenido todo de cara ya desde la Batalla del Ebro y con la que derriba algunos mitos: eran precisamente las democracias de Gran Bretaña y Francia las que presionaron para acabar cuanto antes con el conflicto reconociendo de facto ya al nuevo gobierno franquista.

La Guerra Civil terminó en abril de 1939, porque un ejército se había impuesto claramente al otro, porque la gran mayoría no quería seguir luchando y porque los interlocutores internacionales para una posible paz, como eran los gobiernos de Gran Bretaña y Francia, se habían decantado ya por Franco. "Un proceso que arranca, de forma convencional, con el final de la batalla del Ebro y se acelera con la ofensiva de Cataluña, pero que, por encima de todo, es el resultado de una amplia operación de inteligencia militar, muy próxima ya a las de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia, junto con otras cuestiones sobre la propia naturaleza de la guerra, ha propiciado una importante relectura en las últimas décadas. La cuestión ya no pasa por alargar el conflicto hasta que estalle la guerra en Europa, sino, cómo, de qué forma, rendirse. La República, no en vano, desaparece del escenario exterior, liquidada, lenta y ordenadamente, por un Cuartel General, el de Burgos, transformado en el único gobierno español reconocido internacionalmente".

"Tenéis la guerra totalmente perdida. Es criminal toda la prolongación de resistencia. La España nacional exige la rendición...". Con estas tres frases comenzaban las Instrucciones para la rendición que el teniente coronel Bonell había recogido de la estación ‘Terminus’, nombre en clave del Cuartel General del Generalísimo en Burgos, la tarde del 6 de febrero de 1939. Redactadas por el coronel José Ungría con el visto bueno de Franco, estaban destinadas al coronel republicano Segismundo Casado, jefe a su vez del Ejército Centro de la República, el único contingente que tenía a esas alturas de la guerra alguna capacidad de lucha y de maniobra tras el desplome del frente de Cataluña y la caída de Barcelona el 26 de enero, menos de dos semanas antes.

Historia Historia de España