El rey de la cocaína de Bolivia que hizo su negocio con los nazis que acabaron en el país
Los periodistas López Canales y Bergmann reconstruyen la historia sobre el boom de la cocaína y la complicidad de los nazis y la CIA con las dictaduras latinoamericanas en el libro 'El narco y el nazi'. Este es un extracto
Primero, los negocios. Después, las mujeres. O no... La agenda podía cambiar.
Aquel día la prioridad eran las mujeres. A Roberto Suárez le gustaba contar esta anécdota. Se vanagloriaba de ella, sobre todo cuando, al final de su vida, echaba la vista atrás y recordaba los que consideraba sus años de gloria. Aquellos en los que fue el rey de la cocaína. El único rey de la cocaína, como todavía presumen algunos bolivianos. O el primer rey, lo que quizá sería más exacto. El trono al que decía que no había aspirado, pero que el destino puso en su camino.
Aquel día Suárez se reunía con sus socios colombianos, con Pablo Escobar y con Gonzalo Rodríguez Gacha. A Rodríguez Gacha todos lo llamaban el Mexicano, pero no lo era. Había nacido en Cundinamarca, en el centro de Colombia, dos años antes que Escobar. Rodríguez Gacha fue uno de los fundadores del cartel de Escobar, era su mano derecha. Llegaría a ser también, pocos años después, el jefe militar de la organización cuando esta ya contaba con un ejército de centenares de pistoleros. Se lo conocía como el Mexicano porque le entusiasmaba todo lo relacionado con México, especialmente la música de los mariachis, que se convirtieron en su mayor excentricidad. Aquel día los tres socios estaban relajados.
Todo iba bien, muy bien, y los negocios pasaron a un segundo plano. Se les fue calentando la boca. Los tres presumían de tener a las mujeres más guapas, y no se referían a aquellas con las que estaban casados. Para demostrarlo hicieron una apuesta. Volverían a encontrarse allí, en Santa Cruz, dos semanas después, y cada uno llevaría una acompañante y votarían por su belleza. El que perdiera de los tres pagaría la fiesta ese día. Ellos mismos, por supuesto, serían el jurado de su concurso. Cumplido el plazo, Escobar y Rodríguez Gacha viajaron a Santa Cruz, cada uno con una mujer jovencísima y lindísima, como contaba Suárez. Pero Suárez se presentó sin la suya. A última hora le falló la cita y no tuvo margen para reemplazarla. Había perdido la apuesta antes siquiera de que descendieran del avión y así se lo reconoció a sus amigos.
Como perdedor, a él le tocaba correr con los gastos. Los colombianos, con sus parejas, y Suárez se dirigieron al hotel Los Tajibos. Suárez había celebrado su cumpleaños en los jardines de este hotel la noche que se alejó con Altmann y este le reveló que se estaba preparando el golpe de Estado y que lo necesitaban. También allí se había reunido el coronel Arce Gómez con sus colegas de la dictadura argentina en el marco del Plan Cóndor.
Los cinco subieron a la suite que Suárez tenía reservada. El boliviano ejerció de perfecto anfitrión. Había comida y mucha bebida, sobre todo mucha bebida, con la que él mismo se ocupaba de rellenar las copas de sus socios, asegurándose de que estuviesen siempre llenas.
Mientras, él bebía a sorbos y observaba atento cómo evolucionaba la velada. Pasado un rato de fiesta, Escobar y Rodríguez Gacha se quedaron, literalmente, noqueados. Suárez no se lo confesaría nunca, pero les había drogado. Él continuó la fiesta con las dos chicas que estos habían llevado.
—¿Quién ganó, eh? —preguntaba Suárez para rematar su historia, inflado de orgullo, con una sonrisa atravesada y los ojos brillantes.
[…]
Suárez y Escobar provenían de orígenes diferentes. El primero era de familia terrateniente, de una estirpe de emprendedores y empresarios que habían hecho fortuna durante varias generaciones. Eran los reyes del reino del Beni, que era otra Bolivia dentro de Bolivia. No pertenecían a la élite política de La Paz ni a la empresarial tradicional de Santa Cruz, pero el poder económico y social los hizo formar parte de la aristocracia del país. Los Suárez eran, incluso, leyenda.
El otro venía de abajo. Escobar había nacido en 1949 en Rionegro, a menos de cuarenta kilómetros de Medellín. El abuelo de Escobar, Roberto, era contrabandista de alcohol. Su padre, Abel de Jesús, trabajaba en la agricultura, y su madre, Hermilda, era maestra de escuela. Pablo era el segundo de siete hijos, pero el favorito de su madre, el mimado de la casa, como ella misma contaría a los biógrafos de su hijo. Un chaval astuto y perspicaz —decía ella— que ya desde muy joven andaba buscando la forma de hacer dinero. Cualquiera era buena. Hasta vender lápidas robadas del cementerio de San Pedro de los panteones de los ricos de la ciudad. Pero Suárez y Escobar compartían algo: la visión del negocio de la cocaína.
'El narco y el nazi' (Pepitas de Calabaza): Este libro es la fascinante historia sobre el boom de la cocaína y la complicidad de los nazis y la CIA con las dictaduras latinoamericanas. Los autores han trabajado en esta historia durante tres años. Es el resultado de una larga investigación periodística de búsqueda de los protagonistas y testigos de los hechos en Bolivia, en Estados Unidos y en Europa. En total han sido cerca de un centenar de entrevistas y conversaciones con las personas que, todavía hoy, más de cuarenta años después, pueden contar la historia en primera persona.
David López Canales es periodista, escritor y guionista. Durante veinticinco años de carrera, ha publicado en algunos de los principales medios en español, entre ellos El País, Gatopardo, elDiario.es o Vanity Fair, donde fue jefe de actualidad. Es autor de los libros El traficante, Un tablao en otro mundo, El tigre y la guitarra (también en Pepitas), Heredarás mi reino y ¿Una rayita?. Su carrera está enfocada hoy en el documental.
Christian Bergmann es un periodista de investigación alemán galardonado con múltiples premios. Entre ellos, por sus publicaciones sobre ataques terroristas de extrema derecha, el uso indebido de datos o los delitos de cuello blanco multimillonarios. De 2007 a 2017 trabajó como periodista de investigación independiente, principalmente para la primera cadena de televisión alemana ard, pero también para Spiegel, Stern, Zeit, Sky o bbc.
La DEA estima que en aquella década se multiplicó por cinco la producción de coca, desde las veinticinco toneladas de comienzos de los años setenta hasta las ciento veinticinco de comienzos de los ochenta. Fue entonces cuando la cocaína alcanzó su precio histórico más elevado. Un kilo, vendido al menudeo gramo a gramo en Nueva York, superaba los seiscientos mil dólares.
Aquellos son los años en los que Roberto Suárez y Pablo Escobar no solo hicieron negocios juntos, sino que se asociaron. Paradójicamente, fue culpa de la DEA. O un efecto secundario de sus intervenciones. La operación de Mike Levine contra Suárez no solo sacó al narcotraficante a la luz y le puso en el punto de mira de la agencia. Aquella operación fallida, con pérdidas millonarias, fue lo que iluminó a Suárez. El gran traficante que simulaba ser Levine y sus hombres le estaban comprando coca para distribuirla en Estados Unidos.
Aquel golpe, como cuenta su familia, hizo percatarse a Suárez de que debía cambiar de modelo y no limitarse solo a la producción. Por eso exigió a Escobar que participaran juntos de todo el negocio. También le pediría que les enseñara a fabricar el clorhidrato de cocaína.
Hasta entonces la cocaína se había sintetizado siempre en Colombia. A partir de entonces abrirían también en Bolivia laboratorios clandestinos
Hasta entonces la cocaína se había sintetizado siempre en Colombia. A partir de entonces abrirían también en Bolivia laboratorios clandestinos donde se desarrollaba todo el proceso, desde la plantación y recolección de la hoja de coca a la elaboración de la pasta base y de la cocaína.
Con el conocimiento científico, Suárez podría haber sido más ambicioso, aspirar a quedarse con todo el mercado. Pero necesitaba a sus socios colombianos. A él le resultaba fácil establecer las vías de suministro hacia Colombia y otros países vecinos, multiplicando las rutas y minimizando riesgos, pero eran los colombianos quienes tenían ya los laboratorios, el conocimiento y, por encima de todo, la estructura para traficar.
Suárez y Escobar sentaron las nuevas bases del negocio. La organización que crearon era una empresa. Ilegal, sí, pero una empresa. Y como tal funcionaba. Tenía sus diferentes responsables de departamento, desde la producción al transporte o el blanqueo de capitales en Estados Unidos. Este último departamento se encargó de crear una red para que el caudal de las operaciones pudiera volver a Bolivia y a Colombia convertido en dinero lícito y no solo en sacos de fajos de billetes. De regreso a ambos países, el dinero circulaba como circula el de cualquier otra compañía.
Era una forma de inyectar dinero en el país. Cantidades que no figuran en los cómputos oficiales, pero que existen. Al frente de aquella multinacional estaba Suárez. Entre él y Escobar lo tenían todo. Y estaban blindados por el nuevo Gobierno boliviano, por la dictadura que el mismo Suárez había ayudado a crear. Habían fundado un narco-Estado.
[…]
En aquella época todo el mundo sabía ya en Santa Cruz quién era Roberto Suárez. El rey de la coca tenía por fin nombre.
—¡Y se lo sentía…! —exclama el periodista y activista político Carlos Valverde—. Ibas a algún lado y te decían: aquí no te puedes sentar porque se sienta don Roberto. Le tenían mesas reservadas por si aparecía por esos locales.
Valverde, hoy un personaje notable e influyente de Santa Cruz, conocía a la familia Suárez, como se conocen todas las familias de la élite cruceña. Su padre, Carlos Valverde Barbery, había sido uno de los fundadores del partido político Falange Socialista Boliviana, y él fue desde joven un activista político —todo en Bolivia era política—. En aquella época, con veinte años, tenía arrojo. Veía la circulación de cocaína por la ciudad. El silencio que se extendió como un manto de lodo entre la policía devino en una inmunidad para los narcos y una impunidad que sacó a la luz el negocio. Ya no era siquiera clandestino. No necesitaban esconderse.
Fue en esos meses cuando Valverde y un grupo de amigos decidieron salir una noche a recorrer Santa Cruz y señalar con una equis de pintura roja las casas donde sabían que había traficantes. Los impulsaba la adrenalina de la juventud y la valentía inconsciente, o la temeridad. Valverde era, además, impulsivo. No hacía mucho tiempo del día en que él y un par de amigos habían visto a Klaus Barbie junto a su esposa en la terraza de uno de los cafés de la ciudad. Tomaban un zumo al sol, él sentado mirando a la calle, con la retaguardia cubierta por la pared del local. Valverde era de los bolivianos que sabían quién era realmente el alemán.
—¿Qué hace usted aquí? ¡Fuera, asesino! —le chillaron.
Se quedaron frente a la pareja obligando al nazi a pagar y marcharse inmediatamente. La esposa los miró con furia. Barbie guardó silencio y agachó la cabeza. No fue el último encuentro entre ambos. Volverían a cruzarse en el centro de la ciudad tras el golpe de Estado, pero ahora era Barbie quien lo miraba altivo y con odio. Nunca hizo nada contra el joven. El padre de Valverde era un personaje muy influyente en la ciudad.
La noche que recorrieron Santa Cruz con el bote de pintura roja señalaron una veintena de viviendas. Se creían protegidos por la oscuridad. A la mañana siguiente, el joven recibió una llamada telefónica en su casa en la que le anunciaban que, si volvían a hacerlo, los matarían.
Valverde tuvo suerte de que Bolivia no sea un país tan violento como otros vecinos. La vida vale más que en otras zonas de Latinoamérica y, pese al historial de golpes, de represión y de enfrentamientos, la muerte es un precio muy alto. Por eso los traficantes colombianos se aprovecharon inicialmente de los bolivianos y fueron necesarios los mercenarios extranjeros para vigilar y asegurar el negocio.
El narco-Estado fortaleció aún más a los alemanes, como los llamaban los Suárez. Desde que se impuso la dictadura, no operaban ya entre las sombras, sino que formaban parte del Estado. Eran los vencedores, y Santa Cruz su territorio conquistado.
—La impunidad era absoluta —resume Valverde todo aquel tiempo.
El narco-Estado fortaleció aún más a los alemanes, como los llamaban los Suárez. Desde que se impuso la dictadura formaban parte del Estado
Los Novios de la Muerte de Fiebelkorn continuaron trabajando para Suárez como cuerpo de seguridad de su familia y durante las operaciones. Eran el escuadrón que
Barbie comandaba y que había creado aglutinando a los mercenarios, nazis fugados y fanáticos de ultraderecha que llegaron al país, pero ahora Barbie ya no se dedicaba exclusivamente a dirigirlos. Estaba en una posición más alta y con otras responsabilidades. Era asesor de la dictadura y de Arce Gómez, ideólogo de la represión, y asesor estratégico también de Suárez. Barbie era el principal enlace entre la organización de este último y la cúpula del narco-Estado.
En ese nuevo escenario, los paramilitares de Santa Cruz eran solo una pieza más de las muchas que movía. También contaba con los grupos armados de bolivianos y con los torturadores argentinos, además de con todo el ejército. Y la represión se desarrollaba principalmente, aunque no en exclusiva, en La Paz. El narco-Estado había dado oficialidad y legitimidad a los Novios de la Muerte. Tras el golpe ya no operaban en la sombra. Ahora patrullaban armados por la ciudad. Se los podía ver situados estratégicamente o protegiendo los vehículos y viviendas de los líderes del narco-Estado.
Santa Cruz se había convertido en el Far West, Fiebelkorn recorría sus calles a caballo y no había sheriff que los detuviera. Seguían siendo los mismos, un escuadrón de hombres más violentos y drogados que dogmáticos o leales a la causa, pero eso los hacía más peligrosos aún. Todo aquel que se los cruzaba, los evitaba.
Los Novios de la Muerte habían ampliado ya sus competencias. Además de proteger a los Suárez, se encargaban de vigilar transportes, asegurar pagos y custodiar el dinero, y de llevar ante Suárez a los que no pagaban, a los narcotraficantes más pequeños que querían seguir operando por libre o a desmantelar directamente los negocios de quienes no se plegaban a las condiciones del rey de la coca. Los Novios de la Muerte destruyeron fábricas clandestinas de otros narcos y atacaron sus vías de tráfico.
El propio Fiebelkorn narraría en su juicio en Fráncfort una de aquellas operaciones contra la competencia. Recibieron la pista de que uno de los narcotraficantes que no cooperaba iba a realizar un envío. Los Novios fueron al aeropuerto de Santa Cruz y detuvieron a un grupo de mujeres de aspecto indígena que parecían embarazadas. Uno de sus hombres golpeó a una de ellas en el estómago. Como si fuera una piñata, empezaron a caer paquetes. Antes de que también las golpearan, las otras mujeres se sacaron la carga que escondían. En total, aquel día los hombres de Fiebelkorn se incautaron, según su testimonio, ochenta kilos de droga. La mercancía pasó a ser propiedad del Estado.
La legitimidad del nuevo orden, sin embargo, la transformaron enseguida en impunidad. Pronto comenzaron a tener su propia agenda, a atacar a pequeños traficantes para quedarse su mercancía y a traficar ellos mismos para enriquecerse.
Para entonces, Suárez seguía confiando en ellos, pero ya pensaba que le salían demasiado caros para los servicios que le prestaban, y que empezaban a ser incontrolables incluso para él. También entre ellos comenzaron las disputas. Fiebelkorn, como líder del grupo, no solo era quien daba las órdenes, sino, como nos cuenta Gwinner, quien cobraba de Suárez y después repartía el dinero. Pero siempre a su favor.
Para él y los suyos no era tal, sino una guerra legítima contra el comunismo. Colaboraban deteniendo opositores
En aquellos meses fue cuando los Novios empezaron también a trabajar para la dictadura.
Años más tarde, cuando Fiebelkorn contó su experiencia boliviana como una aventura, entre el exotismo y la nostalgia, confirmó que habían participado en la represión. Para él y los suyos no era tal, sino una guerra legítima contra el comunismo. Colaboraban deteniendo opositores y trasladándolos donde les ordenaban.
Y con esa palabra se justificaba: seguían órdenes. Qué sucedía después con los detenidos no era cuestión suya, decía también, porque ya no intervenía. Él nunca derramó sangre. Lo mismo que nos dice el Balderrama, el paramilitar y luchador Mr. Atlas. Es un fenómeno único: los muertos en esta época en Bolivia y en el continente debían de morirse solos, y los torturados se torturaban a sí mismos.
Primero, los negocios. Después, las mujeres. O no... La agenda podía cambiar.