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Por qué estoy empezando a enviar mensajes mal escritos a personas importantes
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Héctor G. Barnés

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Por qué estoy empezando a enviar mensajes mal escritos a personas importantes

La única manera de demostrar que soy un ser humano es a través de mis errores. No somos nuestras mejores ideas, sino nuestras muletillas, nuestros defectos, nuestros prejuicios

Foto: Ted Goia ya advirtió sobre el advenimiento de la IA en 1988. (Dave Shafer)
Ted Goia ya advirtió sobre el advenimiento de la IA en 1988. (Dave Shafer)
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Esta semana me tocó ponerme en contacto con Importantísimo Profesor Estadounidense. Después de redactar el correo más cordial del mundo me pudo la inseguridad de chaval que no logró terminar la Escuela de Idiomas, así que le pedí a ChatGPT que me lo dejase bonito. Dicho y hecho, esas torpes expresiones traducidas literalmente del español se convirtieron en puro inglés nativo. Estuve a punto de enviar el resultado, pero me detuve en el último momento. El mensaje desprendía ese tufo a comida recalentada que suelen tener los textos que han pasado por la inteligencia artificial.

Me puse en el lugar de Importantísimo Profesor Estadounidense y pensé que cada día debe recibir decenas de correos pasados por el filtro de la IA de sus alumnos, otros periodistas y algunos colegas. Si yo fuese él, no respondería. Un correo así debe reflejar interés, es decir, que el emisor ha dedicado tiempo y esfuerzo. Así que decidí sustituir las frases perfectas de ChatGPT por una de las equivocadas expresiones primigenias del borrador original. Al menos, ya no era un vago con inteligencia artificial, sino un españolito real con nivel B2 de inglés.

Me he acostumbrado a buscar errores, inconsistencias y fallos cada vez que leo un texto o veo un vídeo en internet. Efectos de la fatiga o el descuido como una palabra repetida, una letra sobrante o una mirada involuntaria a cámara que me demuestren que quien está detrás es un humano. Si pasas el tiempo suficiente enganchado a internet, terminas teniendo la sensación de que ya no existen seres humanos. La teoría del internet muerto asegura que la mayoría del contenido que vemos en redes sociales está creado por bots, inteligencias artificiales o algoritmos. No solo eso, añado, es que las personas nos comportamos como bots.

Todos estos textos tienen rasgos en común, sobre todo si como nos ocurre a la mayoría de la población, no hemos dedicado media vida a perfeccionar los prompts. Un tono cordial y optimista que recuerda a ese impostado “que tenga un feliz día” de trabajador precario de una cadena de comida rápida, un léxico de conferencia TED, ideas estructuradas como en un Powerpoint. Si quiere reconocer un texto escrito con IA, lea a Jon Severs, editor de TES Magazine. Intenté pedirle a ChatGPT que me echase una mano para transcribir la entrevista a Marta Jiménez Serrano y el resultado fue un cadáver. Marta había dejado de ser Marta. Las metáforas, las digresiones y el hilo de pensamiento característico de una entrevista había desaparecido. No sonaba a conversación, sino a nota de prensa. Después de pelearme durante horas, decidí volver al principio y transcribirlo de oído, como toda la vida.

No me importa escribir "un salido" en lugar de "un saludo" si así parezco humano

No somos nuestras mejores ideas, sino nuestras muletillas, nuestras equivocaciones y nuestros prejuicios. No recordamos de los demás su pronunciación perfecta o su pericia léxica, sino su particular acento o esa palabra que tanto les costaba pronunciar. La perfección es universal. Nuestra humanidad se refleja en esos errores producidos, por ejemplo, por la cercanía de dos teclas. Así que no me importa soltar “un salido” en lugar de “un saludo” si eso consigue que mi interlocutor sepa que soy humano. Es una pista. Soy yo, créeme.

Qué irónico es que la perfección haya pasado a ser sospechosa de la noche a la mañana. Hace poco leí un artículo que me gustó tanto, que me pareció que estaba tan bien escrito en comparación con otros textos de su autor, que automáticamente pensé que había recibido ayuda de la inteligencia artificial. Nunca saldré de dudas por completo, pero el hecho de que la excelencia nos haga dudar de la autenticidad de un trabajo es un síntoma de que estos acostumbrándonos a desconfiar por sistema de nuestros sentidos. La única verdad es el slop: esa señorita con la que está hablando por internet tal vez sea un indio con una buena IA.

El resultado lógico es el boom de una estética de la imperfección, como explica el crítico musical Ted Gioia en una de las últimas entradas de su newsletter en la que recuerda que ya advirtió contra la IA en 1988. El mejor ejemplo es el jazz, una música que no persigue la perfección, sino la expresión. La tarea del músico de jazz es crear algo nuevo cada noche, no reproducir el ideal platónico de una canción que compuso años atrás. Por eso es posible que haya errores inesperados y momentos pocos inspirados, pero también milagros musicales irrepetibles.

En el texto, Gioia cita al compositor Jim McNeely, que recuerda que las grabaciones del pianista Gil Evans están llenas de pequeños errores. Sin embargo, las versiones interpretadas por otras bandas de sus canciones son técnicamente perfectas, pero carecen de su belleza. Nadie puede imitar a Gil Evans porque nadie, ni siquiera él mismo cuando vivía, es capaz de imitar sus errores. Son fruto del cansancio de llevar horas sobre el escenario, de un músculo repentinamente agarrotado, de una leve pérdida de atención al ver algo inesperado entre el público. En definitiva, de ser humano y, concretamente, el ser humano Gil Evans.

Gioia publicó en 1988 The Imperfect Art (Oxford University Press), que trataba sobre el jazz y la cultura moderna. En los ochenta, la era sintética, la música (pero también otras artes) empezaron a emular el funcionamiento de una inteligencia artificial. No por la utilización de dispositivos como los que hoy conocemos, sino porque fue el momento en el que se extendió la cultura del revival, que aspiraba a reproducir la música pop del pasado, primero en los márgenes (rockabilly, garage) y que ha terminado convirtiéndose en una parte esencial de la industria musical, como muestra el éxito de los grupos tributo.

La mayoría de curritos no podemos permitirnos cometer los errores de los artistas

La gran ironía se encuentra en que estas bandas homenaje suenan casi siempre mejor que los grupos a los que imitan. Sus músicos suelen tener mejor técnica, estar más preparados y ser más profesionales. Nada de drogas ni caprichos de artistas. Pero ninguna de estas bandas podría haber escrito las canciones de los grupos a los que imitan, claro. De esa manera, la música se iba metiendo en un callejón sin salida porque empezó a invertir cada vez más dinero, tiempo y esfuerzo en todo aquello que una inteligencia artificial puede hacer en un abrir y cerrar de ojos: ser indistinguible del modelo original.

Los ochenta fueron no por casualidad la época en la que de forma paralela a este perfeccionamiento se ponía de moda la estética lo-fi y una actitud más casual hacia la creación. Desde Daniel Johnston hasta el Nebraska de Bruce Springsteen pasando por Beat Happening, eran grabaciones caracterizadas por la espontaneidad de lo casero, los equipos precarios y el valor de las primeras tomas. Música que aspiraba a encontrar en lo irrepetible de las condiciones de su grabación su excepcionalidad. Algo que ocurría en otras artes, desde el expresionismo abstracto hasta el cine underground. Y que, en el fondo, no está tan lejos del trabajador que escribe mal una palabra para dejar su rúbrica.

El problema se encuentra en que la mayoría de los curritos no vamos a la oficina para expresar nuestro mundo interior, y eso pasa por aspirar a mantener cierta apariencia de perfección. Usted dejaría de leer mis artículos si me equivocase, si mis frases no tuviesen sentido o si cometiese errores de ortografía (bueno, ¿quién puede decir que eso no ha pasado?), así que lo único que nos diferencia es que podemos asumir la responsabilidad de nuestros errrores. Sí, errrores. Errrores con tres “r”.

Esta semana me tocó ponerme en contacto con Importantísimo Profesor Estadounidense. Después de redactar el correo más cordial del mundo me pudo la inseguridad de chaval que no logró terminar la Escuela de Idiomas, así que le pedí a ChatGPT que me lo dejase bonito. Dicho y hecho, esas torpes expresiones traducidas literalmente del español se convirtieron en puro inglés nativo. Estuve a punto de enviar el resultado, pero me detuve en el último momento. El mensaje desprendía ese tufo a comida recalentada que suelen tener los textos que han pasado por la inteligencia artificial.

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