Una periodista en la guerra civil: heridos bajo la cúpula del Palace y el amor de un general ruso
Ana R. Cañil cuenta la historia de diversas corresponsales en el conflicto español en el libro 'Rescatadas del olvido'. Esta es la de la norteamericana Virginia Cowles en Madrid y en la línea del frente en Morata de Tajuña
La elegante dama aterrizó en Barcelona desde el aeródromo de Toulouse y se quedó asombrada. Allí no había ningún ambiente de guerra. Mientras una mujer tejía un jersey detrás de un mostrador, en el suelo una niña jugaba con un gato. Poco más allá, alrededor de una mesa, tres hombres vestían de pana negra y bebían coñac. "La guerra no es cosa de Cataluña. No queremos tener nada que ver con ella; lo único que queremos es que nos dejen en paz". Lo mismo dijeron los tossencs a Nancy Johnstone. Faltaban semanas para las trágicas jornadas de mayo en Barcelona. Asombra que asuntos como lo de tejer en los ascensores, coser o despiojar delante de las casas derruidas por bombas o en los aeropuertos transmitiesen a nuestras protagonistas la extraña sensación de normalidad en la guerra.
Tras el breve paso por Barcelona aterriza en una Valencia llena de ruido y de gentes de negro. El negro y la manía de los españoles de escarbarse los dientes –daba igual la edad– se le quedan grabados. Con ayuda de un corresponsal compatriota logra habitación en el abarrotado Hotel Bristol, asiste a una corrida de toros que le repugna y pronto sale para Madrid, en un viaje que es su iniciación por el interior de España. Su entrada en el mítico Hotel Florida la sitúa en su estatus. Le dan una habitación en la planta quinta, algo que "delataba mi condición de aficionada". En los primeros días es Tom Delmer, el corresponsal del Daily Express de Londres, quien se ofrece a hacerle de anfitrión. Frente a los augurios de sus amigos en París, Virginia se topa con una ciudad "con aire teatral" cuyas avenidas, pese a los bombardeos de cada día, estaban recorridas por "tranvías de vivo color amarillo; los escaparates exponían perfumes de Schiaparelli [qué lástima no encontrar una foto de ese escaparate para creerla, aunque cierto es que Elsa Schiaparelli acababa de sacar el famoso perfume Shocking], pieles de zorro plateado, joyas, guantes y zapatos hechos a mano para señora". El panorama lo remataban las películas de Greta Garbo o los Hermanos Marx en los cines de la Gran Vía y Alcalá.
Por las noches se integra en las copas de Chicote y Molinero –el famoso barman Perico Chicote se había exiliado a San Sebastián, su bar había sido expropiado– y enseguida logra ser aceptada en el círculo de las estrellas corresponsales: "Herbert Matthews del New York Times, Ernest Hemingway de North American Newspaper Alliance, Hank Gorrell de United Press, Martha Gellhorn de Collier’s, George y Helen Seldes, Josephine Herbst y muchos otros". Las habitaciones de Tom Delmer y Hemingway en el Florida son las más concurridas en aquella primavera de 1937. Siempre disponían de whisky y comida. Ella tuvo el mal detalle de no traer nada de París, pero la perdonaron por novata.
Si por las noches aprende a socializar con colegas y se deja enseñar e impresionar como buena alumna, por el día realiza los cursillos intensivos que supone atravesar la "avenida de los obuses" bajo unas bombas que silban "como tela al rasgarse", y anota los efectos secundarios de las restricciones. Las mujeres de pelo rubio comienzan a tener unas raíces muy negras en sus cabellos porque el agua oxigenada ha sido confiscada para los hospitales. Un domingo de abril, en un paseo con Delmer por la Puerta del Sol, llegan las bombas. Todos echan a correr para ponerse a salvo. "Las únicas personas que se negaron a moverse eran las mujeres que hacían cola en una panadería". Visita el frente con el profesor J. B. S. Haldane, veterano británico de la Primera Guerra Mundial. Un personaje singular, un experto llegado para asesorar en la guerra de los gases. Haldane la lleva al frente –de una forma un tanto extravagante, se pierden por las barricadas– y junto con Hemingway, Cowles y otros colegas observan un bombardeo desde la Old Homestead, una casa bombardeada en Rosales. La casa fue bautizada por Hemingway en recuerdo a una vivienda de su abuelo y era buen sitio para observar el frente de la Ciudad Universitaria. Ella toma apuntes sobre estas y otras experiencias, muy similares a los relatos de otros corresponsales, y pronto conectó bien con Martha Gellhorn, que al escribir para Collier’s también buscaba los testimonios humanos de hospitales y hogares de la retaguardia. Por más veces que se haya contado que bajo la cúpula del Hotel Palace operaron, cortaron, cosieron y trabajaron médicos y enfermeras durante aquellos meses, nunca el reflejo del dolor será suficiente. Virginia lo retrata así:
Los dos hoteles más grandes de Madrid, el Palace y el Ritz, que habían sido transformados en hospitales, estaban abarrotados. Entré en el Palace y jamás olvidaré el espectáculo. Los escalones aparecían salpicados de sangre y el vestíbulo estaba lleno de camillas con heridos que esperaban a ser operados. Me equivoqué de puerta y me encontré con el quirófano. Las enfermeras no llevaban uniforme y entraban y salían como si se tratara de un salón de fumadores. La mayoría eran rubias oxigenadas y llevaban las uñas pintadas de rojo. Me enteré de que la profesión de enfermera había estado restringida casi por completo a las monjas; como estas se encontraban en el bando de Franco, los médicos no habían tenido más remedio que utilizar cualquier ayuda que encontraran.
Cuando se equivocó de puerta –o fue la curiosidad periodística–, ella ya sabía que todo aquello era el Hospital Militar llegado desde Carabanchel, conocido como "Hospital de Base Número 1". El equipo del doctor Manuel Bastos Ansart, quien decidió hacer el traslado ante el avance de los sublevados, dejó la planta baja para los quirófanos de urgencias, y ahí, bajo la cúpula que había sido salón de baile y que daba claridad, se operaba debido a los cortes de luz. Instalaron también un hogar para niños de la guerra y ochocientas camas por los seis pisos. El actual hotel tiene 470 habitaciones, más o menos las mismas camas que atendieron los médicos republicanos. Dejemos a un lado lo de "cualquier ayuda que encontraran", en referencia a las enfermeras que describe Virginia, rubias oxigenadas y su toque clasista. El caso es que hoy, tras leer a Cowles, es difícil esquivar el recuerdo al subir las escaleras del hall, cuando se acude a alguno de los múltiples actos que organiza el hotel, situado enfrente del Congreso de los Diputados. Cada día políticos, periodistas, empresarios, artistas, turistas suben y bajan esas escaleras; toman café bajo la Rotonda del Palace, se despachan negocios, acuerdos, informaciones secretas, y unos cuantos asisten para dejarse ver y que los vean. Los fines de semana y cualquier día a media tarde señoras bien, influencers maduras y maduros, toman té, café, cócteles o gin-tonic con sus looks para Instagram entre ejecutivos del Ibex 35; se observan unas y unos a otras y otros.
El Palace fue un lugar clave la triste noche del intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981; a una ventana del Palace se asomaron los entonces jóvenes políticos Felipe González y Alfonso Guerra el 28 de octubre de 1982, cuando la primera victoria socialista. En el Palace vivió uno de los empresarios y banqueros del régimen franquista y de la Transición, José María Aguirre Gonzalo, un personaje del que ya nadie se acuerda, todopoderoso presidente de Banesto y dueño de la constructora Agromán, ambas instituciones una historia económica del franquismo en sí mismas. No habría hueco para citar la lista de famosos que han pisado, pisan y pisarán esas escaleras que un día estuvieron manchadas con la sangre de los heridos republicanos. Hasta hace muy poco, políticos y banqueros las andaban para que el limpiabotas que había al lado de los baños les lustrara los zapatos antes de pasar por la moqueta del Congreso.
Nada recuerda hoy al viajero su historia en la guerra. En la página del hotel, ahora propiedad de la cadena Westin, sólo se subraya que está "coronado por una impactante cúpula de vidrio tintado", y sobre su pasado, una mención ambigua: "Sus paredes han presenciado gran parte de la historia española, incluyendo algunos secretos que no pueden contarse y muchas anécdotas". Quizá responde a la política de no herir sensibilidades de ningún huésped en tiempos de polarización internacional.
Conviene no olvidar, y quizá por eso Virginia Cowles y parte de sus colegas nunca olvidaron el espectáculo trágico bajo la cúpula del Palace. Para muchos de ellos, volver a pasear por las mullidas alfombras donde un día hubo tanto dolor era un éxito. Lo es hoy, cuando se asiste al desayuno de algún influyente preboste empresarial. Subir hacia la Rotonda, tras varios mocasines con borlas y tacones de aguja, tiene su aquel si se es algo mitómana.
Recuperando la mirada de Virginia Cowles, si algo convierte a la chica bostoniana en una corresponsal única son los dos episodios que vivió en España, el primero en el bando republicano vinculado al secuestro del que fue objeto por el general soviético Gal, y el segundo en el franquista, amenazada por el empresario Ignacio Rosales y por el capitán Aguilera, conde de Alba de Tormes. Ambos por estar en un lugar que no debía. Con Gal, equivocó el camino al frente. Con Rosales, pasó por Guernica y escuchó lo que no debía.
A tres kilómetros de Morata de Tajuña (Madrid), se levanta un monumento a la solidaridad en homenaje a las Brigadas Internacionales. Se inauguró en 2006, en el lugar donde estuvieron las trincheras de los soldados y los brigadistas internacionales que lucharon en la batalla del Jarama entre febrero y marzo de 1937. El monumento, obra de Martín Chirino, son dos enormes manos, una sobre otra, que reposan en un pedestal de unos seis metros. El escultor canario vivió en su casa-estudio las dos últimas décadas, cerca de Morata, enganchado a esa tierra. Hay otro lugar complementario al levantado por Chirino, el dedicado a los brigadistas británicos caídos en la batalla en aquellos días, recuperado años más tarde. Este es más humilde y repone al que se levantó en 1937. Es muy probable que Virginia Cowles pisara esos dos lugares. El monumento de Chirino está en el cerro de la Iglesia, sembrado de trincheras en aquella primavera de 1937. La elegante reportera hundió las piernas hasta las rodillas en el barro, gracias a la concesión que le hizo el ya mencionado János Gálicz, conocido como general Gal, responsable del mando en el territorio.
'Rescatadas del olvido' (Galaxia Gutenberg): Las mujeres de las que se habla en este libro llegaron a España en el convulso siglo XX, para cubrir la guerra civil o para recorrer un país posbélico. Fueron mejores que sus compañeros, maridos o amantes, y esta no es una afirmación sólo para agitar conciencias. Ellas tuvieron que superar más adversidades, ya que hicieron frente a la displicencia, el paternalismo y el machismo propios de aquella sociedad. Muchas lucharon para denunciar lo que suponía para el resto del mundo que el fascismo de Franco triunfara, y escribieron tan buenas crónicas y libros como sus pares masculinos.
Ana R. Cañil: Ha sido delegada y subdirectora de El Periódico de Catalunya en Madrid, además de directora de Informe Semanal. Ha trabajado en Cinco Días o El Siglo y colaborado en medios como A vivir que son dos días (cadena SER). Entre sus libros se encuntran La mujer del maquis, Si a los tres años no he vuelto o Los amantes extranjeros, entre otros.
Desde que llegó a Madrid, Cowles no hacía más que dar la lata a todo el que podía para que la dejaran ir al frente, más allá de la Ciudad Universitaria. Luchaba contra el encasillamiento de las mujeres en la retaguardia y también tenía verdadero interés en echar una mirada a las tropas que habían derrotado a los italianos en Guadalajara. Tras su visita a Mussolini, el antifascismo se iba asentando en su ánimo. Un día logró colarse en el coche con la periodista sueca Kajsa Rothman, que trabajó en Solidaritet, y Jerome Willis, de la Agence de l’Espagne, para ir al frente del Jarama. Se perdieron y terminaron en el cuartel del general de la división, ante un molino donde había un jardín, detalle a tener en cuenta. El oficial que los recibió era "un hombre de mediana edad, anchas facciones eslavas, ojos verdes y expresión malhumorada. Tenía un intérprete a su lado y me pareció que hablaba en húngaro. Su actitud era fría y hostil y cortaba secamente nuestros intentos de conversar". El eslavo no cedió ni un milímetro a la pretensión de los tres visitantes de ir a charlar a las trincheras con brigadistas norteamericanos e ingleses. Los despidió con cajas destempladas y al marcharse cortó unas cuantas flores del jardín y le dijo a Cowles: «Puede escribir usted su artículo desde el jardín. Nadie notará la diferencia; y aquí tiene un souvenir que le recordará su aventura en el frente". La periodista se sintió descolocada, luego enojada y entregó las flores a un centinela. Ahí acabó el primer episodio.
El segundo sucedió una semana después. Comía Cowles en el restaurante Gran Vía cuando un soldado llamado Santiago le preguntó si había sido ella la que había ido la semana anterior a Morata. El mensaje que transmitió era que el oficial al mando le enviaba sus disculpas y la invitaba a almorzar algún día. Al día siguiente, Virginia se marchó a Morata con Santiago, al que relató lo mal que le había caído su jefe. Este lo disculpó diciendo que era buena gente, pero algo rudo porque nunca había salido de Rusia, de ahí sus modales bastos. En el cuartel del general Gal (por entonces Cowles no sabía si ese era un seudónimo o no) la recibieron con una mesa muy cuidada para tanta masculinidad –"hasta el punto de que habían colocado un gran jarro con flores en el centro"–, y el general la ignoró hasta el final de la comida. Dijo que quizá la llevarían al frente poco después, pero que se tenía que quitar "las pulseras de oro que llamarían la atención del enemigo", y la acusó de "blanda" para andar entre las trincheras, mientras observaba "los zapatos de ante color negro" de la mujer. Virginia se tragó su orgullo y para su sorpresa la acercaron "al frente que distaba cerca de cinco kilómetros". Gal logró su propósito, porque la fina de Boston terminó con los zapatos de ante metidos en el barro hasta más allá de los tobillos, pero no importaba, pasaron junto a soldados de "todos los credos y nacionalidades: alemanes, eslavos, judíos franceses, italianos, ingleses y norteamericanos... Casi todos habían sido reclutados por los partidos comunistas del mundo y me parecieron un grupo patético. No tenían ni pizca de la arrogancia del legionario tradicional que luchaba por el placer de la aventura: eran idealistas y vagabundos".
Al regresar del frente Virginia se encontró con que Santiago no la iba a devolver a Madrid. El general había ordenado que se quedara. La semana anterior, antes de su visita, habían llamado desde Madrid, advirtiendo que tuvieran cuidado con lo que le enseñaban, "usted no es comunista y es sospechosa... Por eso el general la recibió de aquella manera. Ahora dice que ya que está aquí debe quedarse tres días y ver por qué luchamos... Quiere convertirla". Esa es la versión de Cowles en el libro, donde detalla la reeducación que intentaron con ella. La primera noche habla de "unas velas en una larga mesa de madera que proyectaban un dibujo sobre las paredes ruinosas y el guirigay de voces hablando varios idiomas al mismo tiempo". Uno de los presentes le explicó que era la primera persona norteamericana que el general soviético había conocido; aparecieron tres botellas de champán y Gal le preguntó si alguna vez había pensado que tomaría champán con un general del Ejército Rojo.
Apareció champán y Gal le preguntó si alguna vez había pensado que tomaría champán con un general del Ejército Rojo
Pasó los dos días siguientes hablando con los brigadistas en el campo de tiro donde se hacían prácticas. Por las tardes se acercaba con el soldado Santiago a Morata, donde "había mucha actividad [...] las provisiones se almacenaban en una iglesia grande situada en el centro del pueblo". Por la noche, el general le daba "lecciones de marxismo" mientras le llenaba la copa de champán. Gal tenía la sensación de que la educación burguesa le había conducido al error, pero quizá se la podía recuperar para la causa. Una noche en que el intérprete los dejó solos, Virginia, cortada, buscó en su bolso un elefante de la suerte adquirido en la India. A ella le gustaba ese amuleto, que sacó para tener algo que comentar. Gal lo cogió sonriendo y lo metió en su bolsillo, como si fuera un regalo.
Pasados los tres días, cuando fue a despedirse de él, como último consejo le recomendó que leyera las obras de Lenin; le pidió que se afiliara a su partido y no dijera nada a su familia. "Nos será útil como agente secreto". En la despedida, cuando bajaba las escaleras, el militar lanzó otro comentario al traductor: "Dice que entiende a las mujeres. No volverás, pero te jactarás ante tus amistades de que un general del Ejército Rojo se prendó de ti". Cuando Cowles terminó de escribir este capítulo no sabía si el general había salido con vida de "las numerosas purgas que continuaron azotando al ejército soviético". Aunque se había incorporado a la Revolución bolchevique desde su inicio, a su regreso a Moscú en 1939 Gal fue ejecutado, uno más entre las numerosas depuraciones que Stalin realizó entre los soviéticos que vinieron a España. El elefante de la suerte no le sirvió.
La elegante dama aterrizó en Barcelona desde el aeródromo de Toulouse y se quedó asombrada. Allí no había ningún ambiente de guerra. Mientras una mujer tejía un jersey detrás de un mostrador, en el suelo una niña jugaba con un gato. Poco más allá, alrededor de una mesa, tres hombres vestían de pana negra y bebían coñac. "La guerra no es cosa de Cataluña. No queremos tener nada que ver con ella; lo único que queremos es que nos dejen en paz". Lo mismo dijeron los tossencs a Nancy Johnstone. Faltaban semanas para las trágicas jornadas de mayo en Barcelona. Asombra que asuntos como lo de tejer en los ascensores, coser o despiojar delante de las casas derruidas por bombas o en los aeropuertos transmitiesen a nuestras protagonistas la extraña sensación de normalidad en la guerra.