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'Britpop', de Robbie Williams: una egocéntrica adicción al pop del pasado
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CRÍTICA

'Britpop', de Robbie Williams: una egocéntrica adicción al pop del pasado

El británico entrega un álbum que pretende saldar cuentas con sus años dorados, con sus rivales y con aquellos a quienes admiró y traicionó. El resultado es un 'pastiche' nostálgico que suena bien, pero carece de honestidad y frescura

Foto: El músico Robbie Williams, en una reciente imagen promocional. (EFE)
El músico Robbie Williams, en una reciente imagen promocional. (EFE)

El crítico musical británico Ryan Reynolds teorizaba en Retromanía que el britpop condenó a la industria musical de Reino Unido para siempre a vivir de la nostalgia. El subtítulo del libro hablaba de "adicción del pop a su propio pasado", cristalizada entre otros por el tándem de Oasis y Blur que, en los años 90, vivieron su era dorada emulando el sonido de bandas inglesas que lo petaron décadas atrás. Como si fuera una especie de Fukuyama que reparaba en el fin de la historia del pop, criticó que los hermanos Gallagher o Damon Albarn (y en menor medida Pulp) echaran mano de la tradición y excluyeran a otros géneros y culturas etnográficas con las que cohabitaban en los suburbios, algo que en otras épocas los Beatles o los Kinks supieron aprovechar.

Hubo un músico que a finales de los 90 envidiaba la actitud y la posición de Gallagher y Albarn, al estar relegado al pop de masas para adolescentes. Ese chico se llamaba Robbie Williams. Él quería ser un lad, un matón de barrio, vestir como ellos, hablar como ellos... pero su presencia en Take That le constreñía. Así pues, un buen día en 1995, consiguió camelarse a Liam Gallagher y se hizo una foto con él en el festival Glastonbury que es historia de la música.

Al fin pertenecía a la Cool Britannia. Poco tiempo después dejó Take That para siempre y de malas maneras, acabando fatal con su compañero, Gary Barlow, y emprendió una carrera autodestructiva que paró cuando lanzó su primer álbum en solitario, Life Thru a Lens (1997), y en particular himnos que todavía a día de hoy suenan en las radiofórmulas, como "Angels" o "Let Me Entertain You".

No solo alcanzó mucha más fama de la que podía haber conseguido con Take That, sino que al fin estaba hablando desde sí mismo, con voz propia. Ahora, casi 30 años después (que no son pocos) acaba de publicar un álbum que lleva el título precisamente de aquel movimiento, Britpop, un trabajo que él mismo ha calificado como "el disco que quería escribir y lanzar después de dejar Take That en 1995".

placeholder Portada de 'Britpop', de Robbie Williams. (Sony)
Portada de 'Britpop', de Robbie Williams. (Sony)

El resultado es más que decepcionante, a pesar de estar musicalmente muy bien producido y contar con grandes estrellas colaboradoras, a modo de celebración de su larga trayectoria. No solo se revuelve en todo ese pastiche nostálgico que emula, como si de una IA se tratara, la voz y el estilo de Gallagher o Albarn, sino que no ofrece apenas ninguna nueva perspectiva, ni musical ni letrística, que resulte mínimamente honesta.

Eso sí, a aquellos que todavía sigan enamorados de él o de sus grandes éxitos les encantará, y no hay nada de malo en ello; la música está para disfrutarla, aunque sea la enésima copia de algo que terminó hace mucho tiempo.

"Todo es fantástico en Robbie... excepto la voz y las canciones", le dijo Morrissey en una ocasión

Canciones cortas, pegadizas, enérgicas, pero sin una pizca de la autenticidad british que en su momento cegó al mundo. En todas ellas se percibe una necesidad de validación que a finales de los 90 ya Williams sufría, y que ahora vuelve a resucitar simplemente por puro egocentrismo. No ajusta cuentas con nadie, a pesar de mentar directa e indirectamente a algunos de sus maestros y rivales, sino que les imita y celebra, como diciendo "yo estuve ahí".

Se trata de un álbum paródico más que serio. La única excepción es "Human", localizada a la mitad de la colección, y en la que colabora con el dúo de pop Jesse & Joy, junto con Chris Martin (Coldplay) a los teclados. Aunque el tono de la canción es un poco Disney, con una interpretación vocal dulce y tierna, la letra es realmente hermosa, con una reflexión antropológica sobre lo que significa estar vivo hoy en día. Un mensaje contemporáneo que se aleja mucho de la chulería britpop de antaño y de ahora.

"Morrissey" es de lo mejor del disco, no tanto por la canción en sí, un synthpop original, sino por la historia que une a los dos cantantes. En su biografía Reveal, Williams cuenta que una vez Morrissey le propuso un beso sobre el escenario, como Madonna y Britney Spears. Esto sucedió después de que el cantante de los Smiths le humillara tras conocerle en persona, diciéndole que "todo es fantástico en Robbie... excepto la voz y las canciones". Conociendo el humor ácido de Morrissey, todo se quedó en broma. Está coescrita con Gary Barlow, con quien ya hizo las paces hace tiempo (de hecho, cuando presentó el excelente biopic Better Man, este le reprochó que le dejara en mal lugar, cuando ya habían vuelto a ser amigos).

No hay que desmerecer el vertiginoso inicio del álbum, con las guitarras rápidas y pesadas de Tommy Iommi (Black Sabbath) en "Rocket". Un cohete directo a la yugular que también resuena al rock alternativo de bandas dosmileras como Kasabian o Jet. "Spies" es quizá la canción que más conecta con el Robbie Williams de los años dorados. No en vano, incluye uno de los mejores versos del disco: "Solíamos quedarnos despiertos toda la noche, pensando que todos éramos espías, rezando para que el mañana no llegara". Resulta bastante esclarecedora esta última metáfora si tenemos en cuenta las teorías de Reynolds: más que un anhelo de dispersión total y evasión química, el britpop de los años 90 luchaba a toda costa contra la posibilidad de un futuro.

"Pretty Face" arranca con unos aullidos que no se sabe si son homenaje o parodia de los que hacía Albarn, y en el intento de hacer una canción muy cercana a las mejores de Blur ("Song 2" o "Girls & Boys"), el tema derrapa y acaba sonando a cualquier canción menor perdida en una discografía de Green Day o Simple Plan.

Es bastante triste ser consciente de que, pasados tantos años, te busques a ti mismo en la sombra de lo que otros fueron. Esto tampoco debe opacar a la figura de Williams, que a través de su documental lanzado en 2023 y especialmente con el genial biopic Better Man (2024), en el que un chimpancé hace de él, se ha resarcido de todos sus pecados del pasado. Al final, estas son sus mejores obras, en donde hay que buscarle tras sus años dorados, aquellos en los que de golpe se convirtió en un superventas de radiofórmula, un yerno ideal y uno de los artistas más geniales de Inglaterra.

El crítico musical británico Ryan Reynolds teorizaba en Retromanía que el britpop condenó a la industria musical de Reino Unido para siempre a vivir de la nostalgia. El subtítulo del libro hablaba de "adicción del pop a su propio pasado", cristalizada entre otros por el tándem de Oasis y Blur que, en los años 90, vivieron su era dorada emulando el sonido de bandas inglesas que lo petaron décadas atrás. Como si fuera una especie de Fukuyama que reparaba en el fin de la historia del pop, criticó que los hermanos Gallagher o Damon Albarn (y en menor medida Pulp) echaran mano de la tradición y excluyeran a otros géneros y culturas etnográficas con las que cohabitaban en los suburbios, algo que en otras épocas los Beatles o los Kinks supieron aprovechar.

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