Es noticia
Lise Davidsen, el hielo que abrasa
  1. Cultura
ÓPERA

Lise Davidsen, el hielo que abrasa

La soprano noruega finaliza su actuación en el Liceu como protagonista de una Isolda sobrenatural que podrá verse en vídeo a partir del 15 de febrero

Foto: Lise Davidsen como Isolda en el Teatro del Liceu. (Sergi Panizo)
Lise Davidsen como Isolda en el Teatro del Liceu. (Sergi Panizo)

Parecía de otra especie. Más por la talla que por la altura. Y por el carisma escénico con que interpretaba el papel de Isolda en el templo wagneriano del Liceu. Tenía sentido incluso que el vestuario previsto para la heroína le recubriera los pies, como si fuera una criatura telúrica y como si su reino no fuera de este mundo.

Lise Davidsen. Era ella la protagonista del acontecimiento. Sin demérito del reparto, pero expuesta al mismo tiempo en otra dimensión, reencarnada en Isolda como si la ópera estuviera concebida para ella. No solo por la idoneidad del timbre, por la belleza de los graves, por el estupor squillante del registro medio, sino porque afilaba los agudos como si tuviera entre manos el acero de Tristán. No digamos en el trance del Liebestod. Abrumaba la diva sin pretenderlo. Modulaba la plegaria desde un insólito cromatismo y una insensata madurez. Resulta que la Davidsen tiene solo 38 años. Y ocurre que nunca había interpretado el papel hasta hacerlo en estas veladas ejemplares del coliseo barcelonés.

Mecía a la soprano noruega la batuta de Susanna Mälkki en el cráter del Liceu. Y funcionaba como un abismo el espacio escénico de Bárbara Lluch, pero el desenlace de la ópera adquiría una dimensión mística y emotiva a la vez según Davidsen musitaba la oración. Y la concluía con un agudo inverosímil, como si la voz estuviera colgada en el trapecio de una estrella danzante. Y no es cuestión de ponerse empalagosos ni sensibleros, sino de exponer hasta qué extremo el ceremonial wagneriano precipitaba la comunión del graderío. Esas lágrimas ocultadas con pudor. Esos sollozos entrecortados.

Se habla mucho de cuánto dura una ópera de Wagner y se habla poco de cuánto deseamos que no termine nunca. Nos hubiéramos quedado no ya a vivir sino a existir entre las alas de la Isolda noruega, incorporados al calor de una voz que es tan humana como sobrehumana. De otro mundo, diríamos y decimos en sentido prosaico. Habíamos empezado la travesía hacia Kareol a las siete de la tarde. Y llegábamos al clímax cinco horas después habiendo aceptado un estado de convalecencia que proviene de la radiación de la belleza. Y que explica la complicidad de los melómanos en la obligación del silencio y en el exorcismo del aplauso y del clamor.

Nos hubiéramos quedado no ya a vivir sino a existir entre las alas de la Isolda noruega

No se merecía Davidsen que la devolviéramos a la Tierra con los recursos primitivos de los bravos y las manos rotas, pero las convenciones teatrales en las noches de trasunto histórico nos sirven para metabolizar las experiencias extremas.

Estuvimos allí, podremos decirle a nuestras personas queridas y a nuestros peores antagonistas. No para restregarle nuestra dicha sino para significar que Wagner había escrito Isolda para Lise Davidsen igual que la había escrito hace casi un siglo (1936) a la también soprano noruega Kirsten Flagstad. Puede que esta ópera solo puedan cantarla las voces del Norte. Las que vienen del confín del mundo y las que, igual que el acertijo de Turandot, nos recuerdan hasta qué extremo el hielo puede alcanzar a abrasarnos.

Wagner había escrito Isolda para Lise Davidsen igual que la había escrito hace casi un siglo (1936) a la también soprano noruega Kirsten Flagstad

Y es verdad que la mística de una noche wagneriana en las paredes del templo no hay manera de reproducirla, pero la mejor manera de hacerlo consiste en asomarse al portal del Liceu Opera Plus a partir del 15 de febrero. Será entonces cuando podamos secuestrar a Lise Davidsen fuera del espacio y del tiempo, escuchándola ensimismarse en el sermón budista de Wagner: "En el fluctuante torrente, en la resonancia armoniosa, en el infinito hálito del alma universal, en el gran Todo... perderse, sumergirse... sin conciencia... ¡supremo deleite!"

Parecía de otra especie. Más por la talla que por la altura. Y por el carisma escénico con que interpretaba el papel de Isolda en el templo wagneriano del Liceu. Tenía sentido incluso que el vestuario previsto para la heroína le recubriera los pies, como si fuera una criatura telúrica y como si su reino no fuera de este mundo.

Barcelona Música Ópera Gran Teatro del Liceu