Johann Sebastian Bach no murió pobre... pero su viuda acabó sus días como mendiga
Regino Mateo repasa la vida, la obra y el legado de uno de los grandes pilares de la música en 'Bach: La música infinita'. Publicamos el capítulo dedicado a la muerte del compositor
Johann Sebastian Bach no murió pobre, contaba con buenos ingresos, con algunas propiedades —aunque los gastos eran también muchos—, como para garantizar una verdadera estabilidad económica para su viuda, tras los importantes gastos médicos de su operación de cataratas, o los no menos importantes gastos derivados de la formación de sus hijos. El caso es que Bach muere, como morimos todos. Lo hace el año del señor de 1750, un 28 de julio. En la ciudad de Leipzig que ya había quedado vinculada para siempre a su memoria, y que, ahora sí, le venera, recordando su trabajo con la celebración de un gran festival de música en su honor, a lo largo del mes de junio, desde 1908, en cada edición atento a un aspecto específico de su larga obra. (...)
El caso es que Bach no era pobre a la hora de su muerte, pero empobreció de pronto en los instantes posteriores a su fallecimiento. El médico inglés John Taylor lo ha operado de las impertinentes cataratas que desde hace ya tiempo le obligan a escribir su música a través de manos ajenas, sus hijos, o su yerno, o alguno de sus estudiantes y ayudantes. Ni siquiera le conceden el honor de morir en paz, y todavía con él vivo y enfermo se inician las intrigas para encontrar a un nuevo titular de la cantoría de Santo Tomás. Desde su lecho de muerte, dictará a su yerno Johann Christoph Altnikol, y se la dedicará, su última obra: Un preludio coral para órgano, que se catalogará como Vor Deinem Thron tret ich hiermit (Aquí estoy, Señor, postrado ante tu trono), con el número de catálogo BWV 668a., que se incorpora como última pieza en El arte de la fuga BWV 1080, pero también como último número de los Dieciocho grandes preludios corales. El 28 de junio fallece, a los 65 años, sin que tengamos demasiado clara la causa exacta. En los periódicos de la época, la muerte se atribuye a las secuelas de la "no muy exitosa operación". Con o sin relación con la intervención de Taylor, hoy se proponen varias posibilidades de enfermedades relacionadas con su vista o como posibles reacciones tras la operación. En los meses inmediatamente posteriores, Carl Philipp Emanuel Bach se encarga, 1751, de la publicación de El arte de la fuga, y su discípulo, el también compositor Johann Friedrich Agricola, publica su obituario, conocido como Nekrolog, en la "Biblioteca Musical" del médico, matemático y compositor Lorenz Christoph Mizier, en 1754.
El Nekrolog relata los ascendientes musicales de la familia Bach, los años jóvenes en Eisenach, Ohrdruf y Lüneburg, sus primeros trabajos como músico y la anécdota de la competición fallida en Dresde contra Louis Marchand. Pasa casi por encima de todos sus años en Leipzig, en contraste con la importancia que concede a su visita a Postdam en 1747, y reseña la muerte. Tras la narración biográfica, aporta el listado de obras, si bien faltan las menciones a algunas piezas tempranas compuestas en Mülhausen y ciertas canciones y arias menores; además, o bien se exagera mucho el número de obras, o bien debemos aceptar que hemos perdido muchas composiciones más de las que se tienen por ciertas y desaparecidas. El extenso Nekrolog remata con la mención a sus dos matrimonios y a sus 20 hijos, una valoración de su significado como compositor y sobre su talento y carácter, para cerrar con poesía compuesta en su memoria.
El patrimonio de Johann Sebastian Bach a su muerte incluía cinco clavecines, dos laúdes-clave, tres violines, tres violas, dos violonchelos, una viola da gamba, un laúd, una espineta y 52 libros, entre los cuales figuran títulos de Martín Lutero y del historiador romano Flavio Josefo. En dinero, unos 1.100 táleros, cantidad equivalente a su salario de un año.
Y aquí es donde sobreviene el silencio. Con su parte de la herencia, Anna Magdalena Bach debe hacerse cargo del mantenimiento de los cuatro hijos más jóvenes del matrimonio, así como de la primogénita, soltera, de 42 años, Catharina Dorothea. Además, deben abandonar su hogar, en la escuela de Santo Tomás. El traslado era caro, y la municipalidad de Leipzig tenía mucha prisa por desalojarlos y dejar la vivienda libre para un nuevo cantor. Ante la frágil situación de la familia, el Consejo Municipal otorga a Anna Magdalena una ayuda para la mudanza, y le paga los 50 táleros que adeudaba al compositor de los que descuenta, tacaños hasta el último momento, la cantidad de 21 táleros y 10 céntimos por haberse incorporado tarde a su puesto de trabajo... 27 años atrás. Concede a la viuda también la tutela de los hijos, siempre y cuando no se vuelva a casar. Como no pudo hacerse cargo de todos los gastos de entierro para que Johann Sebastian Bach, el Gran Sebastian Bach, el Inmenso Bach, pudiera ser enterrado en la iglesia de San Juan, su inhumación tiene lugar sin cruz ni lápida que sirvieran para recordarle, aunque hizo el gran esfuerzo de pagar un caro y sólido ataúd de roble. El avaro concejo le pagó a Anna Magdalena 40 táleros más a cambio de algunas de las partituras del marido. Más adelante, cede a la familia unas pocas fanegas de maíz para evitar que pasaran demasiada hambre durante un tiempo.
Del hijo con discapacidad intelectual se hacen cargo los Altnikol, y del adolescente Johann Christian, su hermano de padre Carl Philipp Emanuel, quedándose solas las cuatro mujeres, Anna Magdalena, Catharina Dorothea, y las pequeñas Johanna Carolina y Regina Susanna (con trece y ocho años, respectivamente).
Ana Magdalena termina sus días registrada como mendiga, como "receptora de limosnas", que malvive de los donativos y la caridad de vecinos y ciudadanos de Leipzig. En su acta de defunción se lee "Mujer pobre de 59 años, Anna Magdalena, nacida Wilcke, viuda de J. S. Bach, Cantor en la Escuela de Santo Tomás en la Hauynstrasse, 8" y remata: "Era una mujer pobre".
De los últimos y tristes años de la viudez, dos consideraciones. Nunca, parece, recibió ayuda de los hijos de Maria Barbara, a pesar de que todos estuvieron razonablemente bien colocados (al menos durante algunas épocas de sus vidas, y antes de sucumbir a la maldición común de las deudas), ninguno ayudó a su madrastra, a la que nunca perdonaron que ocupara el lugar de la primera esposa y madre.
Por otro lado, quizás lo debamos ver como un signo de amor, respeto y veneración, a pesar de su frágil situación económica, y con excepción de las pocas vendidas al Consejo de Leipzig, Anna Magdalena nunca vendió las partituras y partichelas que le habían correspondido en el reparto de la masa hereditaria, bien al contrario de lo que sí hicieron algunos de los hijos mayores. Incluyendo las falsificaciones del primogénito Wilhelm Friedemann.
Fundido en negro
La tumba permanecerá así, anónima, en San Juan, durante 150 años. En 1894, durante las obras de demolición de la iglesia, deciden realizar excavaciones para localizar los restos del compositor. Había algunos datos: se sabía que se le había sepultado el 31 de julio, junto al muro sur de la iglesia, en un ataúd de roble, pero puesto que no había más marcas ni recuerdos, la ubicación exacta se ignoraba. El esfuerzo de Anna Magdalena, la madera de roble, poco utilizada en Leipzig en aquellos tiempos, fue la pista definitiva. Solo había tres ataúdes realizados en esa madera. Una mujer. Un hombre con la cabeza rota. Y, premio, un hombre mayor, menudo, probablemente nuestro Johann Sebastian Bach. Debido a las condiciones meteorológicas adversas, fue difícil la recuperación de los restos y se perdieron algunos huesos en el trajín. Pero al final se realizó un estudio riguroso y detallado del esqueleto, encomendado al profesor de anatomía y fisiología de la Universidad de Leipzig, Wilhelm His. Se reconstruye el cráneo, y se encarga al escultor Carl Ludwig Seffner un molde en arcilla y bronce, base para el busto que él mismo talla y que se encuentra hoy en el Museo Bach de Leipzig, en mármol, y la estatua de bronce que nos espera frente a la iglesia, su iglesia, de Santo Tomás.
El análisis de los huesos confirma la suposición. Si el cráneo encaja bastante bien en el retrato de Haussmann, los pies presentan una deformación calcárea conocida en Alemania como la organistenkrankenheit, la enfermedad de los organistas. Los estudios continuaron, y ya en tiempos muy cercanos, los nuevos medios técnicos han permitido determinar la altura del compositor, 1,67 metros, y la sorprendente longitud que sobre un teclado podían alcanzar sus dedos extendidos, doce teclas blancas sobre un piano actual. Una mano así es un gran favor genético, una bendición para un intérprete de tecla, y nos permite comprender las descripciones de sus contemporáneos sobre la facilidad, precisión y energía con la que sus dedos podían afrontar las mayores dificultades técnicas. En
En 1904, Bach vuelve a la sepultura. De nuevo en la reconstruida iglesia de San Juan, pero esta vez en un lugar de privilegio, frente al altar. Tras la II Guerra Mundial, la ruina de San Juan bajo las bombas aliadas obligó a un nuevo traslado.
Esta vez, sí. Esta vez a su hogar durante tantos años, Santo Tomás. En un lugar de honor, con una sobria y luterana lápida oscura, donde solo se reseña su nombre desnudo.
El patrimonio de Bach a su muerte incluía cinco clavecines, dos laúdes-clave y tres violines, entre otros instrumentos, así como 52 libros
Cuerpos aparte, durante mucho tiempo se nos quiso contar que la música de Bach había desaparecido con su muerte hasta que Mendelssohn... No adelantemos acontecimientos. Pero esa especie de muerte o dormición durante 79 años no fue ni tan oscura ni tan definitiva. Dicen que nadie muere mientras se le recuerda. Y los hijos de Bach recordaban a su padre, vaya si lo recordaban. Los trabajos biográficos y de catalogación de Carl Philipp Emanuel resultaron esenciales para la conservación de buena parte del legado de su padre. Además de ventas y expolios, Johann Christian Bach trabaja en Londres con El clave bien temperado y otras obras didácticas, y no parece haber dudas de que puso los trabajos del padre a disposición del pequeño Wolfgang Amadeus Mozart. Este, además, tuvo privilegiado acceso a la biblioteca del barón Gottfried van Switten, rica en obras de compositores barrocos. Sabemos que estudió de forma habitual El clave bien temperado y otras obras para tecla, y que influyeron en su estilo, con la incorporación de fugas y de ciertos elementos contrapuntísticos durante sus primeros años en Viena. Hay rastros de contrapunto bachiano también en algunos cuartetos de Haydn. Beethoven, desde luego, era un conocedor consciente y podríamos decir que entusiasta del legado de Bach. No era raro que tocara preludios y fugas de El clave en sus conciertos vieneses, tampoco que los trabajara con sus alumnos. Pocas dudas caben del poderoso diálogo entre El arte de la fuga y obras grandes de Beethoven como el último de sus cuartetos para cuerda, el Op. 133, Gran Fuga, o la grandiosa fuga final de la Novena Sinfonía; diálogo también entre la Misa en Si menor BWV 232 y la Missa Solemnis Op. 123. Pero ¿cómo no iba a conocer Beethoven a Bach, si en sus diarios describe su música, su personalidad y lo califica como genio y como "dios inmortal de la armonía"? En su temprana edición de El clave bien temperado, de 1837, Carlos Czérny, discípulo de Beethoven, añade a las partituras de Bach elementos de escritura musical que no estaban en el original (como, por otra parte, han hecho todos los editores del Clave), adaptando los preludios y fugas al gusto romántico con apuntes sobre cómo realizar las ornamentaciones (en el gusto barroco, los trinos y mordentes serían en esencia improvisaciones del intérprete), sobre el tempo adecuado para cada una de las piezas y el carácter con el que deben ser traducidas. En el texto introductorio de la edición, Czérny defiende los añadidos explicando que son fiel reflejo de la forma en que Beethoven las tocaba al piano. Una afirmación con un hermoso subtexto: el homenaje de Beethoven a Bach era constante, y sus discípulos le habían oído tocar y trabajar las 48 piezas que integran los dos volúmenes del Clave.
Pocos años después de esta edición de Czérny, en 1848, Robert Schumann publica su Álbum para la juventud, un delicado conjunto de pequeñas obras para piano, pensadas para los primeros pasos en el piano y con dificultad creciente. Lo precede con unos muy saludables y no poco actuales Consejos para los jóvenes, entre ellos: "Ejecuta muy a menudo las fugas de los grandes maestros, máxime las de Johann Sebastian Bach. Que El clave bien temperado sea como tu pan de cada día: Con solo su práctica constante, llegarás a ser un pianista de prestigio".
Pero está claro que para el gusto romántico resultaba mucho más atrevida y definitiva una buena historia, llena de casualidad y de destino. Y aquí es donde intervienen los gustos culinarios de la familia Mendelssohn. Y los bulos, porque es bastante probable que la historia sea tan entretenida y curiosa como falsa. La conexión entre Mendelssohn y Bach fue constante y profunda. Sarah Levy, tía de Félix Mendelssohn, había sido alumna directa de Wilhelm Friedemann, mecenas de Carl Philipp Emanuel y guardaba en su biblioteca musical manuscritos de la familia Bach. Había estudiado piano, en Berlín, con Carl Friedrich Zelter, que utilizaba como base de la enseñanza para sus alumnos, una vez más, El clave bien temperado y reverenciaba la obra para teclado de Bach.
Regino Mateo nació en Santander. Poeta y musicólogo, es licenciado en Derecho por la Universidad de Cantabria y profesor de Piano por el Conservatorio Profesional de Música Jesús de Monasterio. Ha sido profesor de Literatura Universal para las Aulas de la Tercera Edad y de Literatura Española y Latinoamericana para la Michigan State University y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Ha sido responsable de la programación del Palacio de Festivales de Cantabria y publicado siete poemarios. Obtuvo el Premio de Poesía para Jóvenes José Hierro en 1990.
En Bach. La música infinita (El Desvelo), Regino Mateo nos acerca a la vida del Cantor de Santo Tomás, incidiendo de manera amena e instructiva en las circunstancias históricas, políticas, espirituales, éticas, familiares, etc. que provocaron un corpus musical extenso, esencial y definitivo. Pero el libro también cuestiona imágenes tan poco adecuadas a Bach como la idea romántica de “genio”, su seriedad y solemnidad, su carácter tal vez demasiado sumiso, descripciones injustas en un músico que era un gran trabajador y que también compuso pequeñas chispas de alegría y broma como la Cantata del Café, o que desoyó las amenazas de su patrón en Weimar para caminar a lo largo de toda Alemania con el fin de llegar a Lübeck para escuchar a su maestro y amigo, Buxtehude y compartir tiempo de amistad y música con él.
La leyenda cuenta que un criado de la familia Mendelssohn (hay versiones diversas, como en todo buen cuento popular) acudió a comprar a una carnicería de Leipzig (de nuevo, versiones diversas, las más "coloristas" hablan de algún tipo de entraña vacuna), en la que el carnicero envolvía los pedidos con partichelas musicales. El joven Mendelssohn se sorprendió, al encontrar el paquete en casa, por el interés de las notas del envoltorio, y ese fue el primer paso de una búsqueda que concluyó con el descubrimiento de La Pasión según San Mateo, BWV 244 en las buhardillas de Santo Tomás. Puesto que el reestreno de la Pasión fue en Berlín, en 1829, ¿no sería más ajustado pensar que el original se encontraba en la Academia Superior de Canto de Berlín, como tantas otras obras bachianas, procedente del legado de Carl Philipp Emanuel? Como fuere, Mendelssohn preparó la obra, la arregló, adaptándola a la orquesta y gustos románticos, y la presentó al público, con un gran éxito que la llevó por toda Alemania primero, y por toda Europa después. Con o sin fantasía, con o sin riñones de vaca, todo un acontecimiento en la recuperación y reivindicación de Johann Sebastian Bach. El Cantor de Santo Tomás había desembarcado en el Romanticismo, decidido a no regresar al olvido.
¿Cómo acompañamos este capítulo? Puesto que El clave bien temperado aparece y aparece y aparece como un eslabón esencial en la transmisión de la música de Johann Sebastian Bach, no importa cuántas veces escuchemos sus perfectas estructuras musicales, nos asombremos con su belleza o nos sumerjamos en la contemplación con su apoyo. En clave, Trevor Pinnock puede ser una estupenda opción. Pero... como hemos hablado mucho de pianistas, y asumiendo que, en sus interpretaciones de Bach (y otras), Glenn Gould roza la santidad, añadamos las versiones de Richter, András Schiff o Tatiana Nikolayeva. La recuperación de la versión mendelssohniana de La Pasión según San Mateo cuenta con varios registros discográficos, y es interesante escucharla, en contraste con una lectura historicista y "a la barroca". Y nos vamos al cine, Pere Portabella cuenta de forma deliciosa el episodio legendario de la carnicería de Leipzig en El silencio antes de Bach. Toda la película es imprescindible, pero esa escena específica resulta deliciosa.
Johann Sebastian Bach no murió pobre, contaba con buenos ingresos, con algunas propiedades —aunque los gastos eran también muchos—, como para garantizar una verdadera estabilidad económica para su viuda, tras los importantes gastos médicos de su operación de cataratas, o los no menos importantes gastos derivados de la formación de sus hijos. El caso es que Bach muere, como morimos todos. Lo hace el año del señor de 1750, un 28 de julio. En la ciudad de Leipzig que ya había quedado vinculada para siempre a su memoria, y que, ahora sí, le venera, recordando su trabajo con la celebración de un gran festival de música en su honor, a lo largo del mes de junio, desde 1908, en cada edición atento a un aspecto específico de su larga obra. (...)