El día en que una cabra encontró a Ramsés II, el faraón más poderoso del Antiguo Egipto
Gonzalo Gómez García, doctor en Historia por la Universidad de Alcalá, publica 'La cabra que encontró a Ramsés II'. Este es el primer episodio, dedicado a este rey de reyes de la Antigüedad
Ahmed se ajustó el shemagh en la cabeza. El sudor le bañaba la cara y, en forma de goterones, caía sobre su chilaba gris. Cuando terminó, bebió un buche de agua. La brisa seca del desierto levantaba remolinos de arena. Amanecía sobre Luxor y el sol parecía ya una hoguera en el cielo, empeñada en cocerlo todo. A pesar de estar acostumbrado al calor de agosto, aquel día prometía ser abrasador. Recogió el largo bastón que había apoyado en una roca y silbó a las cabras. Lo hacía sin pensar, de forma natural, como quien respira. Sabía que se despistaban nada más perderlas de vista. Así que, cuando se detenía para lo que fuera, silbaba.
A unos metros de distancia, Zahra, su cabra más inquieta, trataba de subirse a una roca más alta que las demás. Ahmed torció la boca. Siempre había sido la más testaruda de todas, la que desobedecía cualquier silbido. Así que había perdido la cuenta de las veces que aquella cabra se había perdido.
"¡Baja de ahí, maldita sea!", gritó, secándose el sudor que le caía por la frente. Las demás cabras pacían tranquilamente entre las pocas hierbas que crecían en aquella ladera rocosa de Deir el-Bahari, pero Zahra no. Ella quería ver mundo. Le miró y soltó un balido breve, como si estuviera riéndose de él. Con un salto ágil trepó a una roca aún más alta. "¡Ven aquí, testaruda!", le chilló. Por más que protestara, Zahra era su favorita. Era la más problemática, sí, pero también la más lista. Había algo en sus ojos, en la manera de mirarle que le hacía pensar que esa cabra entendía más de lo que debería.
Un estruendo seco interrumpió el silbido de Ahmed. Levantó la cabeza y la cabra ya no estaba. ¡"Zahra!", gritó mientras apretaba el paso hacia la roca. Con paso ágil tiró el bastón y se levantó la chilaba para saltar y trepar como si fuera un gato. El silencio fue lo único que le respondió. Cuando llegó al borde de las rocas, encontró un agujero apenas visible entre los escombros. Se agachó y miró hacia abajo, pero no podía ver nada más allá de la oscuridad.
"¡Zahra!", llamó de nuevo junto a varios silbidos. Un débil balido respondió desde las profundidades. Zahra estaba viva pero atrapada. Ahmed suspiró. Sabía que no tenía elección. Se quitó las sandalias y se preparó para bajar. La abertura era estrecha, pero lo suficientemente grande para que un hombre delgado como él pudiera deslizarse. Con mucho cuidado, comenzó a descender, apoyándose en las piedras que sobresalían de las paredes. Tenía suerte de que amanecía con rapidez. El sol le daba luz. De haber sido tres horas antes, justo cuando salía con las cabras, le hubiera resultado imposible bajar.
La cabra Zahra, que casi se come parte de la momia de Ramsés II, vivió semivenerada por la familia de Ahmed
El aire cambió a medida que descendía. De pronto, el calor abrasador del exterior fue reemplazado por una frescura casi irreal. Olía a tierra húmeda y a algo más..., un olor seco, antiguo, que le erizó la piel. Cuando sus pies tocaron el suelo, se tomó un momento para ajustar sus ojos a la penumbra. Zahra estaba allí, oliendo y moviendo algo en el suelo. Ahmed sonrió aliviado, pero su atención se derivó hacia lo que estaba en el hocico de la cabra.
Había una momia. Sabía que era una momia de los antiguos, aquellos que habitaron Egipto. Había visto varias en el embarcadero de Luxor con los occidentales de piel blanca. La momia estaba recubierta de grandes colgantes, pectorales y joyas entreveradas en las vendas. Los ojos se le abrieron tanto que se le hubieran caído como canicas al suelo si no estuvieran sujetos a su cuerpo. Zahra movía el lino y quiso morderlo, pero Ahmed la apartó con la mano. La cabra se movió hacia otro lado y siguió con su empeño. El pastor la siguió con la mirada.
Estaba claro que no era un simple pozo. Frente a él se extendía una cámara amplia, oscura y misteriosa. Y en el centro, iluminados por los rayos de sol que se filtraban desde la abertura, había varias momias más en una estancia con forma de ele. Ahmed dio un paso hacia ellas, olvidando por completo a Zahra, que seguía con su interés en esos vendajes que le completaban el desayuno.
Los ojos de Ahmed se llenaron de codicia. Sonrió dando gracias a gritos a Alá. Cogió la cabra a los hombros como si estuviera enferma. Zahra le había traído un regalo divino y la iba a cuidar. Trepó con agilidad y alcanzó el exterior. Tales eran las emociones que se agolpaban en su pecho que se olvidó de silbar y apresuró el paso con la cabra encima camino de El Kurna. Ni se dio cuenta de que las cabras le seguían hasta que su hermano les abrió el corral para que entraran.
Soltó a Zahra cuando se sentó y comenzó a reír. Reía como un loco mientras su familia comenzaba a hacer un corrillo alrededor. Le miraban con pena. Al hermano mayor de la familia le había dado algo. De la risa pasó a los saltos y a abrazar a sus hermanos al grito de "¡Alá es grande!" mientras recordaba las bendiciones que les había otorgado. La cara de incredulidad de todos pasó a un grito comunitario acompañado de saltos cuando a duras penas y entrecortado contó el suceso. "Si esto es lo que dices que es, podría hacernos ricos", dijo con los ojos abiertos su hermano menor.
Durante la década siguiente, los Abd el-Rassul estuvieron vendiendo algunos de los objetos más pequeños que encontraban en la cámara: amuletos, estatuas, piezas de lino... e incluso una de las momias, la de Ramsés I. La cabra Zahra, que casi se come parte de la momia de Ramsés II, vivió semivenerada por la familia. Años después fue enterrada como un miembro distinguido. Tras su década de éxitos, los objetos que vendían acabaron llamando la atención de las autoridades y los Abd el-Rassul fueron detenidos por la policía. Se les había acabado la suerte.
Cómo se produjo el hallazgo y quiénes estuvieron involucrados
El hallazgo de la tumba DB320 —o TT320, según la nomenclatura actual— es una de esas historias donde la línea entre la leyenda oral y el hecho arqueológico documentado se hace fina, como el lino que envolvía a los faraones. La versión más popular, repetida incluso por los propios habitantes de Qurna durante generaciones, comienza con una cabra. Una cabra testaruda, una cabra que se aleja del rebaño, tropieza, cae y, al hacerlo, arrastra consigo a un pastor a las entrañas del tiempo. Lo cierto es que nunca sabremos con exactitud si fue así, pero esa es la forma en que los lugareños de la familia Abd el-Rassul contaban su historia: una historia de accidente, oportunidad... y de silencio.
Ramsés II, Seti I, Ahmose-Nefertari, entre otros, yacían juntos, como exiliados en su propio país, protegidos por quienes aún les rendían culto
Lo que sí está documentado es que en torno al año 1871, uno de los hermanos Abd el-Rassul descubrió, por motivos nunca del todo claros —pero siempre con la cabra por medio—, una entrada oculta en las laderas escarpadas de Deir el-Bahari, al sur del templo de Hatshepsut. No se trataba de un pozo cualquiera. Aquello era un corredor angosto, semicolapsado, que conducía a una cámara funeraria profunda. A medida que descendía, probablemente con una lámpara de aceite en la mano y el pulso acelerado, empezaron a aparecer las momias: una tras otra, alineadas con solemnidad. Nombres que cualquiera en Luxor —aunque no supiera leer— conocía de oídas: Ramsés, Seti, Ahmose.
La familia tomó una decisión que marcaría el destino de los objetos hallados: no decir nada. En lugar de alertar a las autoridades o a la policía de antigüedades —una figura cada vez más activa en Egipto bajo presión europea—, optaron por el silencio. Durante casi una década, los Abd el-Rassul comerciaron en secreto con objetos procedentes de la tumba. Amuletos, shabtis, fragmentos de lino inscrito y piezas de madera pintada empezaron a aparecer en el mercado de El Cairo, en Luxor, en manos de anticuarios de confianza.
Fue entonces cuando la comunidad internacional de egiptólogos, encabezada por el francés Gaston Maspero, empezó a detectar un patrón: objetos que solo podían proceder de tumbas reales apareciendo de forma súbita, sin excavación registrada ni procedencia declarada. En 1881, tras una investigación intensa y el interrogatorio forzado de varios miembros de la familia, uno de los hermanos —según se dice, bajo presión física y psicológica severa— reveló finalmente la ubicación del escondite.
Maspero organizó una expedición rápida. Lo que hallaron superó cualquier expectativa: más de cuarenta momias reales y de nobles, muchas con inscripciones y restos de ajuares funerarios. La tumba había sido utilizada por los sacerdotes de Amón durante el Tercer Período Intermedio para rescatar los cuerpos de sus soberanos y protegerlos de los saqueos sistemáticos que devastaban el Valle de los Reyes. Ramsés II, Seti I, Ahmose-Nefertari, entre otros, yacían juntos, como exiliados en su propio país, protegidos por quienes aún les rendían culto siglos después de su muerte.
"Fui conducido a Tebas, donde la familia Abd el-Rassul había vendido desde hacía tiempo en el mercado negro antigüedades extraídas del depósito que finalmente abrimos". Gaston Maspero. 'Rapport sur la cachette royale de Deir el-Bahari'. París, 1881.
Importancia arqueológica del descubrimiento
El hallazgo de la tumba DB320 fue, y sigue siendo hoy día, un acontecimiento fundacional en la historia de la egiptología. Antes de 1881, muchos de los grandes faraones del Imperio Nuevo parecían haber desaparecido del mapa arqueológico, como si el tiempo los hubiese devorado sin dejar rastro. Ramsés II, Seti I, Thutmose III, Ahmose I..., nombres que habían construido el gran Egipto, pero sin cuerpos, sin tumbas, sin huella material completa. El descubrimiento del escondite en Deir el-Bahari cambió eso de un plumazo, como si Egipto mismo decidiera recordar en voz alta.
La reutilización de objetos y la mezcla de cuerpos de distintas épocas hacen de DB320 una cápsula del tiempo fantástica y maravillosa
A nivel histórico, DB320 reveló una práctica hasta entonces desconocida: la reubicación sistemática de momias reales por parte de los sacerdotes de Amón durante el Tercer Período Intermedio. Este fue un tiempo de una gran fractura política en el que los saqueos a tumbas reales eran una amenaza constante. Para salvar lo que quedaba, los sacerdotes decidieron retirar los cuerpos de sus tumbas originales —en el Valle de los Reyes en su mayoría— e esconderlos juntos, en una ubicación secreta, dentro de una tumba antigua reutilizada. Aquellos sacerdotes, administradores del culto real, ejecutaron un plan fabuloso a nuestros ojos, de gran escala, para evitar que el linaje sagrado de Egipto fuese horriblemente mutilado.
'La cabra que encontró a Ramsés II: Y otras historias del azar aqueológico en Egipto' (La esfera de los libros): Aunque los faraones vivieran en un mundo de dioses y rituales, sus momias y sus tesoros acabaron más de una vez a la vista de los mortales por las cosas más simples. Este ensayo del historiador Gonzalo Gómez García explora con humor y rigor la cara b de los grandes descubrimientos arqueológicos del Egipto antiguo. Una puerta a las maravillas de la Antigüedad y, al mismo tiempo, una oda a cómo el azar se burla de todo el ingenio y la curiosidad humana acumulados.
Gonzalo Gómez García (Madrid, 1975) es doctor en Historia con premio extraordinario y máster en Egiptología por la Universidad de Alcalá. Profesor en la Universidad Francisco de Vitoria, ha centrado su investigación en la historia de la ciencia y la cultura material del Egipto faraónico, con especial atención a la transmisión del conocimiento entre Egipto y el mundo mediterráneo antiguo.
En el campo arqueológico, el contenido de la tumba era abrumador; sobre todo por el grado de conservación de los cuerpos. Ramsés II, por ejemplo, protagonista de la primera historia de este libro, fue identificado gracias a las bandas de lino inscritas con su nombre, y su momia acabó revelando 100 años después detalles físicos que nos informaron de su estatura, edad avanzada y patologías (como artritis severa, lógica dada su longevidad: 90 años). El muy reciente estudio forense ha ayudado a reconstruir aspectos fisiológicos de los faraones: la alimentación, las enfermedades degenerativas, el embalsamamiento como arte ritual y técnico. Los restos de los ajuares funerarios ofrecieron información igual de interesante. La reutilización de objetos y la mezcla de cuerpos de distintas épocas hacen de DB320 una cápsula del tiempo fantástica y maravillosa.
"El descubrimiento del depósito real, en 1881, permitió salvar de la destrucción los cuerpos de los más grandes faraones del Imperio Nuevo, que los sacerdotes habían ocultado con sumo cuidado". G. Legrain, 'Catalogue général des antiquités égyptiennes du Musée du Caire, Momies royales de Deir el-Bahari. IFAO, El Cairo, 1903).
"El depósito de Deir el-Bahari contenía la colección más completa de momias reales jamás descubierta, lo que permitió reconstruir con detalle la política de reinhumación de la dinastía XXI". A. Dodson. 'The Royal Tombs of Ancient Egypt'. (2016)
Toque humano: conflictos, emociones y errores
Junto a las momias de reyes sagrados, con su dignidad milenaria aún intacta, hay también una historia de silencios cómplices, de codicia rural, de instituciones torpes, de lealtades a medias y, sobre todo, de tensiones entre tradición y modernidad. Es aquí donde la arqueología se funde con la vida. Y no siempre sale ilesa.
La familia Abd el-Rassul no era una familia cualquiera. Eran parte de un largo linaje de pastores, cultivadores y, según dicen las malas lenguas y también algunos informes oficiales, saqueadores de tumbas a pequeña escala. No eran ignorantes: sabían lo que tenían entre manos, y sabían también que declarar el hallazgo podía costarles la oportunidad de negociar en un sistema que, a finales del siglo XIX, aún favorecía al comprador extranjero. Durante al menos una década, vendieron objetos procedentes del escondite. Lo hicieron con cautela, pero sin poder evitar dejar un rastro: amuletos y piezas aparecían en el mercado sin que nadie supiera su procedencia exacta.
El destino de los reyes se decidió sin su consentimiento: fueron exhumados, catalogados, trasladados y encerrados en vitrinas de museo
Gaston Maspero y su predecesor, Mariette, ya habían recibido informes de que estaban circulando antigüedades "anómalas". Las piezas eran demasiado buenas para no levantar sospechas. Cuando finalmente Maspero logró cerrar el cerco en torno a los Abd el-Rassul, en 1881, el clima era tenso. Uno de los hermanos, según el propio Maspero, fue torturado por la policía local otomana hasta que confesó la ubicación de la tumba. Esa violencia oficial, poco conocida del público, forma parte también del precio pagado por el conocimiento.
Tras el hallazgo, lo que vino fue un episodio único en la historia contemporánea de Egipto: el traslado de más de cuarenta momias reales por el Nilo, desde Luxor hasta El Cairo. Fue una procesión sin ceremonia oficial, pero no sin emoción. Las crónicas de la época describen a los pobladores de la ribera saliendo a despedirse de los antiguos reyes, como si aún fuesen sus gobernantes. Las momias estaban envueltas en tela basta, protegidas en cajas de madera, sin trono ni estandarte, pero acompañadas por el murmullo del río, los disparos al aire y el ulular de quienes entendían que algo sagrado se marchaba.
Fue también un momento de fricción entre el poder colonial, los arqueólogos europeos, los funcionarios y la conciencia local egipcia. ¿De quién eran esos cuerpos? ¿De la historia universal? ¿De la ciencia? ¿Del pueblo egipcio? No había respuesta clara, y tampoco la hay ahora. Lo cierto es que el destino de los reyes se decidió sin su consentimiento: fueron exhumados, catalogados, trasladados, fotografiados y encerrados en vitrinas de museo. Para su salvación, sí. Pero también para nuestra mirada.
Y no faltaron los errores por parte de los que recopilaron los cuerpos: algunos cuerpos fueron mal identificados inicialmente, como el de Seti I, cuyo sarcófago fue hallado vacío en su tumba original. Otros, como el de Ramsés II, debieron ser tratados más de un siglo después con técnicas de conservación modernas para evitar su deterioro. Incluso el destino del ajuar funerario fue incierto: parte de los objetos ya había sido vendido en el mercado negro y se perdió sin ningún registro.
Una de las anécdotas más curiosas es que los Abd el-Rassul llegaron a atribuir el hallazgo no solo al azar, sino a una especie de "llamada de los faraones". Creían que los antiguos reyes querían ser descubiertos..., o eso decían de cara al público, mofándose por dentro mientras tanto, a sabiendas de las muchas horas que habían pasado recorriendo las montañas tebanas en busca de tumbas que saquear.
Reflexión final
El linaje entero de un imperio dormido, apilado en una tumba secundaria, esperando ser visto de nuevo. Lo que une a Zahra, la cabra imposible, con Ramsés II, el rey que se enfrentó a los hititas y construyó monumentos por todo Egipto, no es la fábula, sino el azar: esa fuerza que, sin pedir permiso, conecta a un pastor anónimo con el trono del Nilo. Y quizá ese sea el verdadero mensaje de Deir el-Bahari: que a veces lo sagrado se manifiesta no con grandeza, sino por error. Por accidente.
Ahmed se ajustó el shemagh en la cabeza. El sudor le bañaba la cara y, en forma de goterones, caía sobre su chilaba gris. Cuando terminó, bebió un buche de agua. La brisa seca del desierto levantaba remolinos de arena. Amanecía sobre Luxor y el sol parecía ya una hoguera en el cielo, empeñada en cocerlo todo. A pesar de estar acostumbrado al calor de agosto, aquel día prometía ser abrasador. Recogió el largo bastón que había apoyado en una roca y silbó a las cabras. Lo hacía sin pensar, de forma natural, como quien respira. Sabía que se despistaban nada más perderlas de vista. Así que, cuando se detenía para lo que fuera, silbaba.