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La última vez que la clase media española creyó que era rica (acabó en tragedia)
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Héctor G. Barnés

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La última vez que la clase media española creyó que era rica (acabó en tragedia)

Entre 2008 y 2014 aproximadamente, los hijos de la clase media incipiente pensaron que ellos también podían codearse con la élite. Pero su capital era cultural, no económico

Foto: Reapertura de Tipos Infames en mayo de 2020. (EFE/Fernando Alvarado)
Reapertura de Tipos Infames en mayo de 2020. (EFE/Fernando Alvarado)
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Con esto de la muerte del hipster de la que tanto se ha hablado en los últimos días a raíz del cierre de Tipos Infames ocurre lo mismo que cuando piensas que determinado famoso sigue vivo y descubres un buen día que no, que llevaba años muerto y enterrado. Solo ha hecho falta que cierre una librería epítome de la era hipster para darnos cuenta de que el hipster llevaba mucho tiempo muerto. Tan solo es que el cadáver se ha descompuesto lentamente.

Es posible que muriese en 2018, cuando el Me Too colocó en el centro del progresismo al movimiento feminista, ante el cual la torpe masculinidad del hipster poco podía hacer. Tal vez lo remató algún escándalo posterior protagonizado por directores o políticos que fueron iconos en la era hipster. La gran decepción. Quizá también influyó, al menos en España, la psoeización de la izquierda española que dejó culturalmente en los huesos a la izquierda 15M.

Otros factores culturales secundarios amortajaron al cadáver. La latinización de la cultura vía reguetón que sustituyó el antiguo prestigio de lo anglosajón, el auge y caída de los partidos de izquierda populista urbana o los cambios en los hábitos de consumo vía smartphones y streaming. Cuando Víctor Lenore publicó en 2013 Indies, hipsters y gafaspasta (Capitán Swing) se entendió como una provocación. Cuando Daniel Gascón sacó en 2021 La muerte del hipster (Random House), era otro clavo más en su ataúd.

Pero si lo hipster vivió su momento de auge en España entre 2008 y 2014 es porque más allá de los cafés de especialidad, los jerséis de punto, la música folk y otros tópicos, confluyeron por primera vez en la historia de nuestro país varios factores. Por una parte, el precio de la vivienda no se había salido de madre, así que aún era posible que el estudiante de una carrera de letras en la Complu pudiese permitirse vivir en Malasaña o Lavapiés.

El hipster español fue la culminación del sueño de la clase media de la Transición

Últimamente se ha discutido si se vive mejor ahora, con el precio de la vivienda por las nubes –pero una tasa de paro que por primera vez desde 2008 baja del 10%– o hace 15 años, cuando el paro superaba el 20% (y el juvenil, el 40%), pero la vivienda era asequible. Fue una época en la que muchos padres de la generación boomer podían permitirse costear los alquileres de sus hijos estudiantes y financiar un ritmo de vida que hoy está fuera del alcance de la mayoría de bolsillos.

Por otro lado, internet había facilitado el acceso a la cultura.No hacía falta ser una rata de filmoteca o marcharse a Londres a comprar discos, como hacía la generación de la Movida, para saber quiénes eran Arcade Fire o Wes Anderson. Aunque siempre se acusó al hipster de elitista, hipster podía ser cualquiera, fuese de Móstoles o de pueblo, si tenía ciertos intereses culturales y sabía moverse en internet. La identidad hipster, en todo caso, era un refugio para especialitos. En el mundo hipster, entendido en su sentido más amplio, se reunían personas con alto capital cultural y bajo capital económico y otras con elevado capital cultural y económico. Ahí estaba la trampa.

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Por eso la era hipster puede considerarse como la última vez que la clase media española pudo sentirse rica. Rica, sí, pero culturalmente. Por un momento pudo codearse con los ricos de verdad. Frecuentar los mismos bares, librerías, conciertos o cines en Malasaña, Lavapiés o Gràcia les hacía pensar que eran lo mismo, algo que era imposible con el dinero viejo. El del barrio de Salamanca, que permaneció inalterable al otro lado de la Castellana mientras los decadentes barrios del centro empezaban a lucir lustrosos sus nuevos comercios. La rueda de la gentrificación había comenzado a girar.

El hipster español, a su manera, fue la culminación del sueño de la clase media española de la Transición. La muestra palpable de que por fin éramos un país moderno, que podíamos mirar a Nueva York, París o Londres a los ojos y que todos íbamos a ir a la universidad. No era verdad, claro, pero nos gustaba vivir en ese espejismo. La generación más preparada de la historia, esa que acumulaba carreras, másteres y años sin cotizar, no era necesariamente hipster, pero sí encontró en lo hipster su modelo aspiracional..

Además, gracias a la globalización, el hipster español podía sentirse protagonista de una película indie. Empezó a disfrutar de una serie de posibilidades de ocio que antes no existían. O al menos no en esa forma. Librerías con vinos, restaurantes de cocinas del mundo, festivales de música. Fueron los que inventaron los conciertos para niños, porque cuando los tuvieron, no quisieron renunciar a su ocio como hicieron sus padres. Para cuando llegó aquí, al hipster americano ya lo había matado Mark Grief en 2010, cuando publicó ¿Qué fue lo hipster? (Alpha Decay).

Rencor acumulado de clase

Sospecho que gran parte del rencor disparado hacia Tipos Infames proviene de esos mismos hipsters que una década atrás les compraban libros y que hoy se han visto expulsados del barrio mientras veían cómo otros se quedaban. Se dieron cuenta, en definitiva, que su capital era cultural y no económico. A lo largo de los años, a medida que el precio de la vivienda y el coste de la vida subían, se dieron cuenta con dolor que durante ese breve período tiempo de la era hipster ocuparon un espacio que (económicamente) no les correspondía. Por eso sonríen con malicia ante el cierre de la tienda. Porque por fin les ha llegado su hora.

La era hipster estaba condenada a terminar porque si hay una constante a lo largo de los siglos y las sociedades es que el capital económico es sincero, no engaña, nunca se discute, simplemente es; el cultural, por lo contrario, resulta siempre sospechoso. De ahí que poco a poco el hipster se convirtiese en motivo de burla, un cliché del que se reía el currela que lo reducía a aguacates, películas iraníes y música blanda y el reaccionario que los llamaba “sojas”.

Cuando el despolitizado hipster mutó en el politizado woke, firmó su sentencia de muerte. Como me contaba el sociólogo Mark Fortier, cuando estalló la guerra cultural y empezaron a aplicar sus conocimientos culturales como un criterio para descodificar quién era aceptable y quién no, solo podían perder. Se lanzar a jugar con las reglas de su enemigo, pero sin su determinación.

Mis antiguos amigos hipsters están abrazando el neocasticismo y valorando la posibilidad de hacerse un traje de chulapo

Como explicaba de manera sagaz Antonio Ortiz, su reciclaje pasa por la hiperpolitización, la huida al campo o la nostalgia. Esta última salida tal vez sea la más probable. Aunque hoy por hoy sea un muñeco de trapo cultural, también creo que como el hipster originario de los años cincuenta, puede volver en cualquier momento en forma de nuevo disfraz para generaciones que no vivieron esa época y, por lo tanto, están condenadas a idealizarla. Por ahora, mis antiguos amigos hipsters alto capital cultural bajo capital económico se están marchando a los barrios, abrazando el neocasticismo y valorando la posibilidad de hacerse un traje de chulapo a medida para el próximo San Isidro.

Con esto de la muerte del hipster de la que tanto se ha hablado en los últimos días a raíz del cierre de Tipos Infames ocurre lo mismo que cuando piensas que determinado famoso sigue vivo y descubres un buen día que no, que llevaba años muerto y enterrado. Solo ha hecho falta que cierre una librería epítome de la era hipster para darnos cuenta de que el hipster llevaba mucho tiempo muerto. Tan solo es que el cadáver se ha descompuesto lentamente.

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