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'Melania': la banalidad del mal gusto
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ESTRENOS DE CINE

'Melania': la banalidad del mal gusto

Amazon se ha gastado 75 millones de dólares entre producción y publicidad en un producto propagandístico hueco como una cáscara de nuez que ni acaba de blanquear ni puede tomarse en serio

Foto: Melania Trump camina por muchos pasillos a lo largo del documental 'Melania'. (Amazon)
Melania Trump camina por muchos pasillos a lo largo del documental 'Melania'. (Amazon)

América es la tierra de los sueños, donde todo es posible, donde todo es comprable y vendible. En los años 50, el empresario Harold von Braunhut hizo fortuna vendiendo extravagancias como monos marinos, lentes de rayos X, cangrejos locos y, su producto más rentable, "el invisible pez dorado". Al final resultó que los monos marinos eran artemias marinas, que son crustáceos parecidos a las gambas secas con las que se alimenta a las tortugas domésticas; las lentes de rayos X no conseguían ver a través de la ropa de las chicas, los cangrejos locos eran cangrejos ermitaños sin problemas mentales y el invisible pez dorado era un gran trozo de nada en una caja de cartón. El documental de Melania, rodado a mayor loor de Melania Trump -y, de rebote, de su marido, Donald J. Trump-, ni es una biografía ni es un documental ni puede considerarse cine. Es, simplemente, la nada más absoluta. Es propaganda -mala- construida a base de imágenes -casi todas vacías de contenido, de intención, de forma- pegadas una detrás de otra. Es una turra de casi dos horas en la que seguimos a la primera dama -siempre con sus Louboutin de aguja- por pasillos, por garajes, por pistas de aterrizaje, por pistas de despegue y por el Capitolio, como si nada. Con dos tacones.

Dicen que Melania se ha implicado hasta el fondo creativo en este "documental" que le ha costado a Amazon cuarenta millones de euros de producción y treinta y cinco de publicidad y demás. Setenta y cinco millones de euros. Probablemente, el documental más caro de la historia del "cine". De los cuarenta millones, un gran trozo del pastel va directamente a los bolsillos de la primerísima, ya que el segundo logotipo que aparece -después del león de la Metro Goldwyn Mayer, sodomizado por el añadido "Amazon Studios" en letras doradas, puesto que el gigante tecnológico adquirió estos estudios centenarios en 2022- es el de Muse, la productora audiovisual fundada por la propia Melania. Ese desembolso le ha valido a Jeff Bezos aparecer un nanosegundo en el metraje y quién sabe qué leyes favorables a sus empresas. Hay tantos conflictos de intereses que quizás se anulen unos a otros, como las enfermedades del señor Burns.

El encargado de perpetrar estas casi dos horas de metraje ha sido Brett Ratner, director de X-Men: la decisión final (2006), Hora punta (1998) y Hércules (2014), entre otras, cancelado en 2017 después de que cinco mujeres, entre ellas las actrices Natasha Henstridge y Olivia Munn, lo acusaran de acoso sexual. Además, gran parte del equipo técnico que ha trabajado en Melania ha pedido no aparecer en los créditos, como confirma a ScreenRant el propio realizador, quien se excusa afirmando que la mayoría eran trabajadores ocasionales sin demasiada vinculación con el proyecto.

placeholder Melania Trump lee la invitación a la toma de posesión de Trump. (Amazon)
Melania Trump lee la invitación a la toma de posesión de Trump. (Amazon)

Escribió Susan Sontag en su ensayo Fascinante fascismo, publicado en The New York Review en 1975, que las películas primigenias de Leni Riefenstahl, figura cumbre del cine-propaganda, estaban llenas "de alegorías sobre los oscuros temas del anhelo, la pureza y la muerte". A El triunfo de la voluntad (1935) la cataloga como "película cuya concepción misma niega la posibilidad de que la cineasta hubiese tenido una premisa estética independiente de la propaganda". Pero es que en Melania no hay ni alegorías ni premisa estética. Melania es un artefacto autopromocional interminable y tedioso, más parecido a las películas navideñas que produce la marca de postales Hallmark, con títulos como Navidad con mi ex, Un príncipe por Navidad o Navidad en el Hotel Plaza. Películas escritas y dirigidas en piloto automático en el que abundan las luces navideñas, los floripondios rojos y las chimeneas crepitantes. En Melania todo es oro y brilli-brilli; en el mundo de Melania y de Donald, todo es kitsch. Sobre todo esas puertas doradas ciclópeas, unas puertas que emulan las del cielo, que dan acceso al ático que los Trump habitan en la Torre Trump de Nueva York que, como vemos cuando Melania aprieta el botón del ascensor, se encuentran en la planta 66, ¿o era la 666? Melania, además, llega a los cines el mismo día en el que en una nueva publicación de los archivos de Trump una menor de edad -de 13 años- acusaba a Donald Trump de haberla obligado a hacerle una felación.

Clement Greenberg, uno de los críticos de arte más influyentes de la primera parte del siglo XX, escribió en su ensayo Vanguardia y kitsch (1939): "Donde hay vanguardia generalmente encontramos también una retaguardia. Al mismo tiempo que la entrada en escena de la vanguardia, se produce en el Occidente industrial un segundo fenómeno cultural nuevo: eso que los alemanes han bautizado con el maravilloso nombre de kitsch, un arte y una literatura populares con sus cromotipos, cubiertas de revista, ilustraciones, anuncios, publicaciones en papel satinado, cómics, música estilo Tin Pan Alley, zapateados, películas de Hollywood, etc."; "el kitsch, que utiliza como materia prima simulacros academicistas y degradados de la verdadera cultura, acoge y cultiva esa insensibilidad. Ahí está la fuente de sus ganancias. El kitsch es mecánico y opera mediante fórmulas. El kitsch es experiencia vicaria y sensaciones falseadas. El kitsch cambia con los estilos pero permanece siempre igual. El kitsch es el epítome de todo lo que hay de espurio en la vida de nuestro tiempo. El kitsch no exige nada a sus consumidores, salvo dinero; ni siquiera les pide su tiempo".

Y eso es Melania. Puro kitsch. El totalitarismo del siglo XXI es blanco y dorado: blanco por la pureza y la supremacía; dorado por lo$ dinero$. El Reich del siglo XXI es un Versalles de Temu a precio de Versalles. Es un abotargamiento de adornos florales inmaculados, vajillas áureas y mármol italiano, como el de los emperadores.

placeholder Momentos antes del baile inaugural en 'Melania'. (Amazon)
Momentos antes del baile inaugural en 'Melania'. (Amazon)

Brett Ratner ha rodado Melania como una comedia romántica y como una película de espías, todo a la vez. Arranca Melania con el paisaje playero de Mar-a-Lago, la residencia de los Trump en Florida, al ritmo de las cuerdas del Gimme Shelter de The Rolling Stones -probablemente, la mitad del presupuesto de la película se haya gastado en derechos musicales; no falta un exitazo, desde Moroder hasta Michael Jackson-. El estribillo de la canción dice: "Violar, matar, estoy a un chupito/tiro de distancia". El propio Jagger explicó que Gimme Shelter es un tema sobre el fin del mundo, sobre el Apocalipsis. Y es que Melania está repleto de estos guiños que uno no sabe si responden a la estulticia más absoluta o a la mala baba.

Nada más arrancar, la Melania de Melania, que se interpreta -mal- a sí misma y que con su propia voz en off canta sus alabanzas -"mi visión creativa siempre es clara", "mi padre me enseñó la esencia de vivir la vida con pasión y con un propósito", se autopiropea-, se presenta como unos tacones de aguja bajando unas escaleras y metiéndose en un cochazo como del servicio secreto: dentro, Melania, gafas de sol en ristre, mira pensativa los próximos cinso minutos de planos recursos de coche, carretera, viaje en avión y llegada a la Torre Trump con las que Ratner rellena minutos. Porque está claro que, aunque Melania promocione que ha dado acceso completo a Ratner para documentar los veinte días previos a la toma de posesión de Trump en enero de 2025, mucha intimidad y mucho contenido no hay. Todo está demasiado escenificado.

Melania conoce muy bien su papel de primera dama, que consiste en estar guapa o compungida. Para lo primero la vemos rodeada de estilistas, decoradores de interiores, organizadores de fiestas. Su misión en el documental: que para el día de la jura del cargo Melania vista el mejor diseño, que la Casa Blanca esté decorada al gusto kitsch del universo Trump y que la primera recepción, en la que veremos a todos los tecnócratas rindiendo pleitesía -y a Elon Musk ¡con una mujer adulta sentada en su regazo!-, salga perfecta. En su faceta plañidera la veremos asistiendo a un funeral por tres soldados muertos en Afganistán -la familia bajo la lluvia; ellos bajo paraguas-, poniéndole una vela a su madre en la Catedral de San Patricio o recibiendo a una superviviente de los atentados de Hamás. Eso sí, ella -y sólo ella- iluminada como una actriz del cine clásico.

placeholder Melania Trump mira por la ventada, introspectiva. (Amazon)
Melania Trump mira por la ventada, introspectiva. (Amazon)

Melania está disociada, la pobre. O está disociada o es una tremenda cínica. En un momento, su decoradora de interiores, le cuenta a Melania cómo inmigró desde Laos con sus padres a la edad de cuatro años. Ambas se reconocen en su pasado migratorio. Melania, de vez en cuando habla "de su viaje como inmigrante"; defiende textualmente que "no importa de dónde venga nadie, estamos unidos por la misma humanidad" y se le llena la boca de repetir las palabras "libertad", "belleza" y "gracia".

También insiste Melania en que "nuestras fuerzas armadas tienen el deber de defender la Constitución", para después admirar la belleza del Capitolio que en 2016 arrasaron muchos de los que luego ha indultado Trump. El gran propósito del que habla Melania durante gran parte del metraje es su trabajo desinteresado para ayudar a la infancia. Con tal propósito filantrópico Melania se reúne con Rania de Jordania, en lo que parece más un editorial de Telva, y habla a través de videoconferencia con Brigitte Macron, que le dice desde la pantalla: "Melania, eres muy fuerte". También hay un momento en el que Macron habla en francés y Melania asiente: así demuestra que habla, al menos, alguno de los seis idiomas que afirma hablar. También insiste en sus estudios de Arquitectura; ha afirmado en alguna ocasión que antes de modelo fue licenciada, un dato que todavía no se ha verificado.

En otro momento, Donald Trump, despidiéndose de los trabajadores de la Blair House -donde pernoctan las futuras familias presidenciales los días antes de entrar a la Casa Blanca-, en su mayoría latinos y afroamericanos, les dice sonriente: "Os vamos a dejar con la boca abierta". Justo antes de subir los escalones de la Casa Blanca, donde les reciben los Biden, un periodista fuera de cuadro pregunta al expresidente: "Señor Biden, ¿cree que América sobrevivirá al próximo presidente?". ¿Qué han pretendido dejando esa pregunta en montaje? Una pregunta, además, sin responder. ¿Es humor negro? ¿Se ha aburrido tanto Melania de su propio documental que no ha llegado a verlo entero? De vez en cuando, en la sala de cine, en la que apenas somos diez personas, estalla el público en carcajadas, totalmente arrebatado por la continua disonancia cognitiva que atraviesa el documental.

placeholder Uno de los retratos que se hace Melania Trump en el documental. (Amazon)
Uno de los retratos que se hace Melania Trump en el documental. (Amazon)

La película está llena de esos momentos desconcertantes. En una escena mentan y parafrasean a Martin Luther King; en otra usan el Amazing Grace cantado por Aretha Franklin; cuando aparecen Donald Trump y su hijo en común Barron, la banda sonora recae en It's a Man's Man's Man's World, de James Brown. Y no parece hacerlo de forma paródica. Como en la serie Georgina -con la que Melania tiene muchas similitudes formales, aunque el personaje de Melania es mucho menos jugoso, que ya es decir-, la pareja aparece fugazmente, salvo en el mismo día de la jura del cargo. Trump, la noche antes, en una reunión con su equipo, desliza la sospecha de que hayan querido contraprogramar su toma de posesión televisada con un partido del Campeonato Nacional de fútbol americano.

Todas las canciones de la banda sonora de la adolescencia de Melania construyen la banda sonora de una película en la que la música no para un segundo. Incluso con producciones que parecen un poco sacadas de librería. Es decir, música kitsch. Como también expuso Greenberg. "Si el kitsch es la tendencia oficial de la cultura en Alemania, Italia y Rusia, ello no se debe a que sus respectivos gobiernos estén controlados por filisteos, sino a que el kitsch es la cultura de masas en esos países, como en todos los demás. El estímulo del kitsch no es sino otra manera barata por la cual los regímenes totalitarios buscan congraciarse con sus súbditos".

Todo es impostado, todo es artificial, incluso los gestos de afecto, incluso las miradas a cámara que se prentenden recurso cómico. El único momento realmente genuino de Melania sucede cuando el cámara le pregunta a la primerísima quién es su artista favorito. Ella contesta, sin dudar un microsegundo: Michael Jackson. Y seguidamente procede a cantar, lo más desmelaniada que ella puede, Billie Jean.

Después de casi dos horas de documental, de nadería y de intento de suavizar la imagen de la pareja presidencial, Melania se entrega a una sesión de fotos para acabar confesando por qué ha protagonizado este documental. No porque haya sido por fin la protagonista de una película. O no solo. Sino porque por fin ha conseguido lo que buscaba en su antigua carrera de modelo: "Siempre actuaré con un propósito", dice muy seria, "y, desde luego, con estilo", cierra. Melania por fin es un icono de estilo. Melania es un icono del kitsch. Melania es la banalidad del mal gusto. Y, quién sabe, si de lo otro. El tiempo lo dirá.

América es la tierra de los sueños, donde todo es posible, donde todo es comprable y vendible. En los años 50, el empresario Harold von Braunhut hizo fortuna vendiendo extravagancias como monos marinos, lentes de rayos X, cangrejos locos y, su producto más rentable, "el invisible pez dorado". Al final resultó que los monos marinos eran artemias marinas, que son crustáceos parecidos a las gambas secas con las que se alimenta a las tortugas domésticas; las lentes de rayos X no conseguían ver a través de la ropa de las chicas, los cangrejos locos eran cangrejos ermitaños sin problemas mentales y el invisible pez dorado era un gran trozo de nada en una caja de cartón. El documental de Melania, rodado a mayor loor de Melania Trump -y, de rebote, de su marido, Donald J. Trump-, ni es una biografía ni es un documental ni puede considerarse cine. Es, simplemente, la nada más absoluta. Es propaganda -mala- construida a base de imágenes -casi todas vacías de contenido, de intención, de forma- pegadas una detrás de otra. Es una turra de casi dos horas en la que seguimos a la primera dama -siempre con sus Louboutin de aguja- por pasillos, por garajes, por pistas de aterrizaje, por pistas de despegue y por el Capitolio, como si nada. Con dos tacones.

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