Las "políticas de apaciguamiento" fracasarán siempre con Trump porque no le bastan los símbolos ajenos. Necesita símbolos propios, porque lo que de verdad le gusta es la sensación de que el mundo le está mirando y midiendo con su vara
Una de las imágenes de la teatralidad política que más vergüenza ajena han generado estos días ha sido la de María Corina Machado regalando a Trump la medalla que simboliza el premio Nobel de la Paz, por acabar con el mandato del dictador Maduro. Trump estuvo ejerciendo presión durante semanas para que se le reconociera como el hombre más pacífico del año, pero no coló. La presión pasó a imponerse sobre María Corina, puesto que Trump le había hecho lo que Bruno hace con Guy en Extraños en un tren de Hitchcock, es decir, crear un hecho cumplido que genera una deuda imposible de pagar. Recordemos que Bruno hace el trabajo sucio y mata a Miriam, la mujer molesta que no deja a Guy seguir con su vida, creando así un hecho consumado que condiciona a Guy, como diciendo, ya he cumplido mi parte, ahora tú obra en consecuencia. La deuda no nace de un contrato real, sino de un gesto unilateral que pretende convertirse en vínculo. El resultado es un chantaje moral, puesto que Guy no debe jurídicamente nada, pero queda colonizado por la culpa y el miedo a consecuencias peores.
Hay que decir que la "ofrenda" de Machado no es solo un pago simbólico por un supuesto trabajo sucio previo, sino un intento de inversión política. Sabiendo que se juega mucho en el futuro inmediato de Venezuela, María Corina busca asegurarse el favor de Trump como moneda de cambio por ese supuesto traspaso de honor. Sin embargo, ella no tenía nada que hacer, y Trump también lo sabía. Así que llegó a la Casa Blanca a pie, sin ser recibida, teniendo que entrar por la puerta del repartidor, con su medalla enmarcada en oro, porque es como le gusta a Trump, con la dedicatoria "por promover la paz a través de la fuerza", parafraseando al propio Trump, dejando claro que se trata de una pax romana basada en el sometimiento y la sumisión. Trump la recibió a puerta cerrada, como quien prepara un té a la vecina que aparece para pedir una tacita de sal, y luego la despidió de la Casa Blanca sosteniendo una flamante bolsa roja de regalo, con la marca de ropa y joyas Trump, quizá una imagen tan denigrante como un tirano venezolano durmiendo con un chándal Nike.
Trump dijo en su día que no podía imaginar a alguien que mereciera el Nobel de la paz más que él, que había acabado con tantas guerras, más que Obama, le faltó decir. Sí, a nadie se le escapa que el nobel de la paz es un premio que responde a agendas políticas y demás intereses y lo que hace Trump, por suerte, no ha estado en ellas. De hecho, si se lo dieron a Kissinger, Yasser Arafat, Shimon Peres o a Yitzhak Rabin, incluso a Abiy Ahmed, primer ministro de Etiopía, elogiado por la paz con Eritrea, pero luego denostado por la guerra civil en Tigray, Trump debe pensar que por la misma lógica se lo podrían haber dado a él y no le faltaría cierta razón en ello. Pero lo que le jodió a Trump es precisamente no estar dentro de esa agenda, como tampoco lo estuvieron Mussolini, Hitler, Stalin, Fidel Castro, Putin o Erdoğan, que también han sido candidatos.
Cualquier premio juega un papel importante en la economía del prestigio, y el Nobel de la Paz todavía lo vale. En oposición al castigo, propio del derecho penal, el premio y la concesión de honores, propios del derecho premial, sirven para forzar conductas en los sujetos que aspiran a conseguirlos y que, para ello, asumen aquello que el sistema espera de ellos en términos de visibilidad, ranking y prestigio. Se trata de una técnica política orientada a modelar hábitos, valores y generar modelos de acción, algo que ya preocupaba a Platón en Las Leyes, cuando advertía sobre la forma en que las ciudades reparten honores y recompensas y sobre cómo eso puede deformar la educación cívica. El Nobel de la Paz era para Trump la oportunidad de conseguir el marchamo de legitimidad que necesita para seguir lanzando órdagos, en el marco de la distinción entre potestas, de la que va sobrado, y auctoritas, que siempre resulta útil para que te deban favores, como recomendaba Maquiavelo. Pero María Corina jugó a la pleitesía, nada que no hayan hecho otros como Mark Rutte, secretario general de la OTAN, o de manera más diplomática Macron o Ursula von der Leyen, todo para "apaciguar" a la bestia. Y ojalá hubiera funcionado, ojalá dándole el Nobel de la Paz, adulándolo como novelista o músico, o admitiéndolo en la Academia de Bellas Artes. Pero a Trump no le satisface que María Corina Machado le dé su phoskitos en el patio del colegio; a Trump no le pone María Corina, sino la pleitesía de la comunidad internacional y tenerla más larga que nadie, y declaró que dado que no le han dado el Nobel de la Paz por haber acabado con ocho guerras, que algunas no eran ni guerras y otras ni han terminado, ya no se siente obligado a pensar únicamente en la paz, como le dijo al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, para sorpresa de nadie, dejando claro que el Nobel era solo una pieza más del atrezzo.
Pero es que las "políticas de apaciguamiento" fracasarán siempre con Trump porque no le bastan los símbolos ajenos. Necesita símbolos propios, porque lo que de verdad le gusta es la sensación de que el mundo le está mirando y midiendo con su vara. Trump está generando iconografía suficiente como para montar su propio relato histórico a golpe de imagen y meme, que él mismo comparte en su Truth Social. No me refiero solo a la imagen de Maduro, porque no olvidemos que la imagen de un Trump ensangrentado, con el puño en alto, gritando "¡Luchad!", después del atentado, convertida en portada de urgencia de TIME, fue decisiva para que ganara las elecciones. Nos quedará para la historia la fotografía del penoso acto de sumisión de María Corina Machado, pero también la de mandatarios europeos "subyugados" en el Despacho Oval, la de Trump firmando órdenes ejecutivas, algunas inconstitucionales, la de Trump con las tarifas arancelarias cual carta de Starbucks, la de Trump rezando con los del Cinturón Bíblico como atajo electoral o la de Trump vendiendo patatas fritas en un McAuto como un estadounidense auténtico. Por no hablar de las generadas por IA que él mismo crea o comparte, como la del Trump papa, la de Trump plantando una bandera estadounidense en Groenlandia o la de Trump mostrando un mapa de sus anexiones deseadas, lo cual es una palmadita en la espalda para Putin.
Un año de "Doctrina Donroe" da muestra de que, como en Extraños en un tren, el carrusel se ha puesto a girar tan rápido que Guy se da cuenta de que por fin puede desvincularse de Bruno y de las ideas que aceptó escuchar en aquel tren. Ojalá tengamos pronto una imagen icónica que nos recuerde algún día que Europa supo pararle los pies a ese Trump absolutista de "el Estado soy yo", que dice escuchar solo a su moral. No por la imagen, sino por el hecho de ver una Europa fuerte que no se amedrenta ante el matón, que tiene agilidad para encontrar sus propios aliados que le permitan decir que se acabó fingir y validar.
Una de las imágenes de la teatralidad política que más vergüenza ajena han generado estos días ha sido la de María Corina Machado regalando a Trump la medalla que simboliza el premio Nobel de la Paz, por acabar con el mandato del dictador Maduro. Trump estuvo ejerciendo presión durante semanas para que se le reconociera como el hombre más pacífico del año, pero no coló. La presión pasó a imponerse sobre María Corina, puesto que Trump le había hecho lo que Bruno hace con Guy en Extraños en un tren de Hitchcock, es decir, crear un hecho cumplido que genera una deuda imposible de pagar. Recordemos que Bruno hace el trabajo sucio y mata a Miriam, la mujer molesta que no deja a Guy seguir con su vida, creando así un hecho consumado que condiciona a Guy, como diciendo, ya he cumplido mi parte, ahora tú obra en consecuencia. La deuda no nace de un contrato real, sino de un gesto unilateral que pretende convertirse en vínculo. El resultado es un chantaje moral, puesto que Guy no debe jurídicamente nada, pero queda colonizado por la culpa y el miedo a consecuencias peores.