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Ser huérfano es horrible, pero peor es estar metido en el grupo de Whatsapp de tu escalera de vecinos
  1. Cultura
Hernán Migoya

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Ser huérfano es horrible, pero peor es estar metido en el grupo de Whatsapp de tu escalera de vecinos

Uno no sabe lo que es sentirse mediocre y lo horrorosas que son las personas "normales" hasta que lo obligan a participar en el grupo de Whatsapp de su comunidad de propietarios

Foto: Vivir en comunidad, también en el teléfono.
Vivir en comunidad, también en el teléfono.

Después de treinta y seis años exactos trabajando laborales y findes como guionista de cómics, he podido ahorrar y comprarme un pisito en una urbanización semipija. ¡Para que luego digan que no se puede vivir del cómic en España! Se puede vivir, aunque más a menudo se puede morir. Para mí este modesto cambio de estatus supone todo un logro, porque soy uno de esos hdp ("hijos de proletarios") que siempre ha deseado una mínima mejora material: un gilipollas que identifica el éxito con residir en un edificio con portero. Con eso me conformo. Si mis padres estuvieran vivos y vieran lo bajo que he caído en mi concepto de ascenso social, se morían otra vez.

Pero desde que soy propietario y residente en este edificio con portero me siento un pobre infeliz. ¡Con lo dichoso que vivía siendo bohemio! ¿Así es la vida normal de la gente? A mí esta nueva etapa de madurez (más bien de vejez prematura) y las obligaciones que conlleva me han deprimido hasta el punto de que estoy volviéndome creyente solo para ir haciendo deseable mi propia muerte. Y es que cada mañana al despertar me descubro musitando "por favor, Diosito, llévame pronto contigo…". Todo antes que seguir aguantando a los pelmazos de mis vecinos en ese infierno en vida llamado "Grupo de Whatsapp – Comunidad de Propietarios".

El portero siempre caga dos veces

Al principio me creí un privilegiado por entrar en dicho grupo, como si me permitieran ser socio de un club selecto al que me hubiera costado décadas acceder. Hasta me hacía gracia que los demás miembros enviaran a todas horas tantos relamidos saludos y almibarados buenos deseos. ¡Desde el primer día era un no parar!

Esa desmesura de sociabilidad llegó a su máxima expresión el segundo día, cuando el jefe de administración anunció en la mañana que en la fecha presente caía el cumpleaños de Walter, un portero majísimo y algo manta que aún no ha quitado el árbol de Navidad frente a su mostrador, porque así puede echar la siesta escondido detrás. El jefe de administración nos animaba a todos a felicitar al cumpleañero.

Foto: familia-tele-rtve-esteban-patino-catadura-moral-espanoles

En cuando se supo que era un día tan especial para Walter, el chat reventó de felicitaciones y parabienes. "¡Feliz feliz en tu día, amiguito, que dios te bendiga!" escribía uno de mi generación; "¡que te llenen de regalos esta noche!", decía otro, como dejando claro que él no iba a hacerle ninguno; "por que tengas otro increíble año de vida", adujo un tercero para mi pasmo, yo creo que no muy consciente de que le estaba deseando que viviera únicamente un año más; y un cuarto vecino, igual de torpe y más sibilino, añadió: "¡Que lo celebres hoy por todo lo alto! Bueno, durante el rato que te quede después de completar todas tus horas laborales estipuladas, claro". Ahí ya me di cuenta de que en esas demostraciones excesivas de amabilidad había más postureo que otra cosa.

Pero lo divertido aconteció una hora después cuando, ante tal aluvión de entusiastas enhorabuenas que atiborraban el chat, el jefe de administración se vio obligado a intervenir de nuevo: "Disculpen, creo que me he explicado mal. Les invité a felicitar a Walter, pero para que lo hagan en persona, cuando se crucen con él en el vestíbulo, pues Walter no tiene acceso a este grupo. ¡Obviamente, no es propietario!". Casi pude escuchar un "ooooh" de decepción de los chatines. Acto seguido, la práctica totalidad de ellos comenzó a borrar sus intervenciones, como si fueran evidencias engorrosas en una escena del crimen. Me quedé pazguato y decidí no saludar ni chatear en el grupo hasta que me sintiera más confiado allí dentro. ¡Del bochornoso papelón que me había librado!

Foto: anecdotas-vida-agarralo-como-puedas

Sin embargo, al otro día ya se habían olvidado de esa fecha tan especial para Walter y se cagaban unánimemente en los muertos del portero. ¿El motivo? Una ausencia de más de diez minutos de su puesto en el vestíbulo motivada, según explicó él más tarde, por una urgencia diarreica causada por el champán barato (¿o sería cava?), comprado en un chino, con que había festejado su cumple la víspera. Claro, pobre, la porquería de sueldo no le alcanzaba para más. Pues bien, al alimón empezaron todos a escribir que ese tipo se pasaba el día metido en el retrete y que ya estaba bien, que ellos necesitaban al portero para que sostuviera la puerta abierta a las madres con cochecito, los ayudara a cargar las compras y vigilara la entrada EN TODO MOMENTO. Y si le daban retortijones, era su problema. Uno llegó a comentar: "¡Encima de que le dejamos entrar al país sin papeles, ahora quiere que también le dejemos entrar al baño para que nos deje sin papel!".

De pronto, sin previo aviso, me encontraba leyendo propuestas ¡enunciadas en serio! para que en la próxima reunión de la junta vecinal se aprobara un decreto por el cual los porteros del edificio solo podrían acudir al cuarto de baño dos veces durante su turno de ocho horas: una vez para hacer aguas menores y la otra para hacer aguas mayores. Por tanto, exigían que para la primera ausencia se concediera un máximo de dos minutos de permiso y, para la segunda, exactamente cinco. Si el portero deseaba defecar en la primera, tampoco iban a ponerle trabas, pero era obligatorio que lo hiciera sin pasarse de esos dos minutos.

Me pregunté si no sería el Día de los Inocentes. Pero no, esos mentecatos cicateros hablaban en serio.

El colegio otra vez

Pronto comprendí que en aquel edificio había muchos jubilados sin nada mejor que hacer que escribir en ese chat, casi siempre para presentar airadas quejas por bobadas o marcando territorio con el único fin de satisfacer sus egos. Casi cada día estallaba algún conflicto porque alguien aparcaba su coche delante de la entrada del parking o porque el perro de otro alguien había dejado su cagada en la acera frente al portal. No digo que no fueran faltas importantes, pero parecían meros pretextos para dar pie a sobreactuadas protestas más dignas de un escenario teatral que del insignificante chat de una comunidad vecinal. ¡Y con qué convicción clamaban que se aplicasen castigos ejemplares! Ni la ira de la Inquisición en sus tiempos álgidos, vamos.

Foto: vargas-llosa-peru-defendio-inquisicion-espanola

Enseguida me hice una idea de cómo era la mayoría de vecinos según sus intervenciones y me di cuenta de que, a la chita chateando, se había ido estableciendo allí dentro una jerarquía similar a la de una clase de primaria: estaba el ejecutivo matón que se inmiscuía a la brava y quería partir la cara a la primera de cambio al "cabrón" que había tirado una colilla mal apagada hasta su balcón (fui yo, por eso tampoco esta vez dije nada); la gestora administrativa con vocación de empollona, que siempre iba de listilla y explicaba de pe a pa cuestiones lógicas que nadie había preguntado, desde qué ordenanzas impedían que se pudiera colgar ropa a secar en las ventanas, pasando por cuál era el horario estricto para usar taladros hasta, si la dejaban, por qué resultaba imposible utilizar el extintor de los rellanos como sifón de vermut; el miniempresario espabilado que en cualquier tesitura buscaba llevar el agua a su molino y hacer negocio, como el día que contó que su primo imprimía tarjetas electrónicas para el ascensor y que, por un módico precio de fabricación y un pellizco generoso como intermediario, instalaría un lector y las repartiría únicamente a los propietarios que pagaban los gastos comunitarios, para obligar a los morosos a subir y bajar a pie; la viuda beata que nos relataba con pelos y estigmas la vida de cada santo del día y nos animaba a pedirle por escrito algún deseo (¡había quien lo hacía!); y hasta el putero jubileta del ático, que nos dejaba siempre la escalera perdida de rumanas: aunque jamás participaba en el chat, una noche a las tantas nos envió una foto de su enorme miembro viril en estado de alerta.

O sea, que pasó de no decir esta boca es mía a decir esta (inserten ustedes aquí un vocablo afín con el grado de crudeza de su preferencia) es mía. Enseguida borró la contundente imagen y ofreció las disculpas al caso, había confundido nuestro chat con otro de un grupo swinger al que se había apuntado. Durante toda la semana, la comidilla (con perdón) fue si el tipo contaba realmente con ese apéndice o había alargado sus proporciones con ayuda del photoshop. La listilla dijo que eso era inteligencia artificial, que ella distinguía esas cosas a la primera. Ahí nadie se atrevió a añadir palabra.

La Guerra Civil Española por chat

Yo leía todo aquello aperplejado de tanta incontinencia tecleadora y tanta barbaridad normalizada, sin osar meter baza ni revelar siquiera que formaba parte del grupo. Me alegraba horrores de no haber asomado aún la patita… no quería ser uno de los personajes de ese zoo. En mis peores pesadillas, los vecinos adivinaban mi presencia en el chat, se indignaban conmigo por cualquier estupidez y se organizaban para acudir a lincharme frente a mi puerta, obligándome a salir al rellano. Allí me dirigían un alud de improperios hasta hacerme llorar y suplicarles piedad. Por suerte, antes de que me ahorcaran por el hueco de la escalera con la manguera de emergencia, Walter salía del váter a rescatarme con los pantalones por los tobillos y una estela de papel higiénico ondeando en el aire a media altura.

Foto: treina-palos-mal-llevados
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Habrán entendido por qué a los pocos días ya tenía silenciado el dichoso grupo de chat. Solo lo consultaba por la noche, con el morbo con que de niño espiaba el tétrico reportaje del Interviú sobre Holocausto caníbal aquella semana que publicaron sus imágenes más sangrientas dándolas por verídicas, con la misma consciencia de que durante las horas siguientes sería incapaz de pegar ojo. Para más inri, la listilla y el chulito, a raíz de un escape de agua de las defectuosas instalaciones, se enzarzaron a discutir de política y en menos que canta un gallito falangista se formaron los dos bandos de rigor: unos llamando a los otros fachas y estos, a los unos, comunistas. Lo de siempre. En nada aquello se convirtió en una batalla campal donde cada vecino estaba obligado a escoger su equipo y los insultos reemplazaron cualquier razonamiento, aunque por el entusiasmo con que entraban al trapo se diría que lo disfrutaban y todo.

Como siempre en España, la culpa era por completo de estos o la culpa era por completo de aquellos, no había término medio.

Por mi parte, hastiado de la condición humana, ya estoy pensando en vender mi piso, comprarme con ese dinero la colección entera de El Víbora, Cairo, Zona 84, Cimoc, Totem, Rambla, Kiss Comix, Bésame Mucho ¡y El Cachorro de Iranzo! y volverme a la buhardilla donde estaba de alquiler a tirarme en la cama para pasarme el resto de mis días leyendo tebeos.

Por favor, Dios, si aún no me matas, ¡al menos no me hagas tampoco una persona normal!

Después de treinta y seis años exactos trabajando laborales y findes como guionista de cómics, he podido ahorrar y comprarme un pisito en una urbanización semipija. ¡Para que luego digan que no se puede vivir del cómic en España! Se puede vivir, aunque más a menudo se puede morir. Para mí este modesto cambio de estatus supone todo un logro, porque soy uno de esos hdp ("hijos de proletarios") que siempre ha deseado una mínima mejora material: un gilipollas que identifica el éxito con residir en un edificio con portero. Con eso me conformo. Si mis padres estuvieran vivos y vieran lo bajo que he caído en mi concepto de ascenso social, se morían otra vez.

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