Nazis al servicio de Washington, de la Unión Soviética y de Tel Aviv (entre otros)
¿Qué hicieron los nazis después de su derrota? En 'Fugitivos' (Debate), Danny Orbach narra la historia de los mercenarios que, tras el colapso del Tercer Reich, vendieron sus servicios a las grandes potencias. Publicamos un fragmento
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En teoría, al menos estos últimos debían someterse a una justicia implacable por sus crímenes, ya que los victoriosos aliados habían jurado perseguirlos "hasta el fin del mundo". En la práctica, no más de un puñado de líderes nazis fueron llevados a juicio en el Tribunal Internacional de Núremberg. Los planes de desnazificación de la sociedad alemana occidental tuvieron una muerte silenciosa cuando quedó claro que purgar Alemania Occidental de los funcionarios y los soldados profesionales de Hitler, siquiera de los miembros del Partido Nazi, generaría un gasto prohibitivo en el mantenimiento de la Administración.
En paralelo, la República Federal, que nació de las cenizas del Tercer Reich, pese a que prometió cortar rotundamente con el pasado nazi de Alemania, estaba repleta de individuos que tenían trapos sucios que esconder. En ningún sector era esto más cierto que en los servicios de inteligencia, en los que los antiguos agentes nazis eran considerados sumamente fiables en la lucha contra el comunismo y útiles —cosa discutible— de cara a influir en los países del tercer mundo.
Estos últimos no escaseaban, puesto que miles de criminales de guerra se habían escabullido a todos los rincones del mundo y otros tantos hicieron pactos con los aliados occidentales. En contra de la impresión que se suele tener de que los nazis eran anticomunistas, muchos establecieron acuerdos similares con la Unión Soviética y sus Estados satélites, e incluso se vincularon ideológicamente con ellos. Otros se pusieron a trabajar por libre como traficantes de armas, espías y agentes de operaciones encubiertas, y solo estaban interesados en la compensación económica que les generaban las aptitudes que habían desarrollado bajo el Tercer Reich. Por último, algunos conservaron la fantasía de un resurgimiento del nacionalsocialismo. En realidad, la línea divisoria entre mercenarios prooccidentales o prosoviéticos y revanchistas nazis no solía estar clara; con frecuencia, cumplían más de un objetivo, a menudo cambiaban de bando y actuaban como agentes dobles e incluso triples.
Al final fue la Unión Soviética la que obtuvo más beneficio de dichos individuos de moralidad incierta. En parte porque estos abrieron una grieta para que los soviéticos se introdujeran en la estructura interna de la República Federal; en parte porque, para los alemanes occidentales, que eran percibidos como los herederos del Tercer Reich, asociarse con criminales nazis suponía un problema político serio. En efecto, el descubrimiento final e inevitable de cuán lejos había llegado esa asociación y hasta qué punto la había explotado la Unión Soviética mermó las capacidades de los servicios de inteligencia de Alemania Occidental contra la Oriental y los soviéticos durante décadas, lo cual era precisamente lo que quería Moscú.
La arrogancia y el autoengaño que llevaron a los líderes de la política y de los servicios de inteligencia de Alemania Occidental a confiar en criminales nazis se parecían en muchos sentidos a las ilusiones fantasiosas de esas supuestas figuras influyentes que soñaban con desempeñar un papel independiente entre los bloques occidental y oriental. Desde restaurantes alemanes de lujo, puertos yugoslavos infestados de contrabandistas, escondites clandestinos en Damasco y reductos fascistas en la España de Franco, los nazis retrógrados crearon una caótica red de influencia e información. Hasta la empresa OTRACO fantaseó con ser el patrono indispensable de revolucionarios y nacionalistas árabes, financió movimientos neonazis en toda Europa y estableció las bases para un resurgimiento "nacional" alemán.
Sobre el libro y el autor
Cuando Alemania se rindió, miles de antiguos oficiales del régimen se esfumaron en la confusión de la posguerra. Algunos fueron juzgados y otros escaparon, pero muchos fueron reclutados. Reinhard Gehlen, general de inteligencia nazi, creó la organización de espionaje de Alemania Occidental con la ayuda de exagentes de las SS, mientras los servicios estadounidenses y soviéticos competían por hacerse con los servicios de los mismos hombres. Estos fugitivos tejieron una red secreta de tráfico de armas, espionaje y poder que sirvió indistintamente a Washington, Moscú o Tel Aviv.
Basado en archivos inéditos del Mossad, la CIA y el espionaje alemán, en Fugitivos (editorial Debate) Danny Orbach revela una historia envuelta en secretos, mitos y propaganda: la de los nazis que sobrevivieron a Hitler para convertirse en piezas clave de la Guerra Fría.
Danny Orbach (1981) es historiador y profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Doctorado en Harvard, su especialidad es la historia militar
Desde luego, los refugiados nazis y los agentes de la República Federal que confiaban en estos criminales no eran los únicos que se engañaban. A causa de las impresiones erróneas sobre su fiabilidad e influencia, la CIA también se apoyó en ellos para crear células durmientes anticomunistas en las entrañas de Estados satélite de la Unión Soviética que se activarían cuando estallase la "inevitable" tercera guerra mundial. Y, en forma muy distinta, las largas sombras proyectadas por los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, inflamados por los disparates cometidos por nazis impredecibles en Oriente Próximo, llevaron a Francia e Israel a reaccionar de forma tremendamente exagerada ante la actividad de los traficantes alemanes de armas en Argelia y de los científicos que desarrollaban misiles para Egipto. Esas reacciones pusieron en peligro algunos intereses nacionales básicos, así como el frente común contra la amenaza, muy real y muy presente, de los soviéticos.
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