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La Isolda de Lise Davidsen sacude las entrañas del Liceu
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La Isolda de Lise Davidsen sacude las entrañas del Liceu

La soprano noruega impacta y conmociona con su debut en el papel wagneriano hasta el extremo de encontrar comparaciones con el mito de Kirsten Flagstad

Foto: La soprano Lise Davidsen como Isolda. (Teatre del Liceu/Sergi Panizo)
La soprano Lise Davidsen como Isolda. (Teatre del Liceu/Sergi Panizo)

Durante muchos años, Isolda ha sido en el Liceu una presencia evocada más que encarnada. El personaje estaba ahí, la partitura seguía intacta, pero faltaba algo esencial: una voz capaz de hacerla sonar no como un monumento, sino como una necesidad. Y eso, de pronto, ocurrió. La aparición de Lise Davidsen ha producido una conmoción que no se explica desde la estadística de los aplausos ni desde el entusiasmo coyuntural del estreno. Tiene que ver con otra cosa más infrecuente: la sensación de que la ópera ha recuperado una de sus figuras centrales con una naturalidad que desarma.

Davidsen debutaba como Isolda a los 38 años, una edad que en Wagner funciona casi como una frontera moral. Demasiado pronto, el papel se convierte en un ejercicio de supervivencia. Demasiado tarde, en una resistencia heroica. Aquí no hay ni una cosa ni la otra. Hay una voz que llega cuando debe, con el cuerpo hecho, con el centro asentado, con una relación madura con el tiempo. Porque Isolda no es solo una cuestión de medios. Es, sobre todo, una cuestión de intensidad.

Lo que ha ocurrido en el Liceu no es que haya aparecido una soprano capaz de cantar Isolda. Eso ocurre, de manera más o menos digna, cada cierto número de años. Lo excepcional es que haya aparecido una voz que devuelve al personaje su lógica interna. Que hace que la desmesura wagneriana deje de parecer una prueba de resistencia para convertirse en una forma de respiración. Davidsen no combate la partitura. La acepta. Y en esa aceptación hay una forma de autoridad que no se aprende.

Por eso las comparaciones con la compatriota Kirsten Flagstad (1895-1962) han surgido de manera espontánea, sin necesidad de empujarlas. No como un ejercicio de nostalgia ni como una coartada crítica, sino como una intuición compartida. Flagstad no fue mítica por cantar más fuerte ni más largo, sino por una cualidad hoy rarísima: la ausencia de angustia. Cantaba Isolda como quien ocupa un lugar que le pertenece. Davidsen produce exactamente esa impresión. No hay tensión en el gesto, no hay ansiedad en el fraseo. La voz se despliega con una calma casi insultante para los estándares actuales.

Lise Davidsen no combate la partitura. La acepta. Y en esa aceptación hay una forma de autoridad que no se aprende

Hay algo profundamente revelador en esa manera de cantar. En un tiempo acostumbrado a la urgencia, a la espectacularización del esfuerzo, Davidsen propone otra cosa: la soberanía del control. La voz crece y decrece como una marea, sin brusquedades, sin golpes de efecto. Se impone no por exceso, sino por presencia. Y esa presencia tiene algo casi físico. No ocupa el escenario: lo organiza.

El Liebestod, tantas veces convertido en un final de alto riesgo, se escucha aquí como una consecuencia. No como una explosión terminal, sino como una resolución natural. La voz no se quiebra ni se vacía. Se eleva. Y en ese ascenso se produce algo que el público reconoce de inmediato: la certeza de que no está asistiendo a un momento brillante, sino a la instalación de una referencia. Eso explica la reacción del teatro. No el entusiasmo ruidoso, sino esa forma de silencio previo, de atención absoluta, que solo se produce cuando algo importa de verdad.

placeholder Lise Davidsen en un momento de su interpretación de Isolda. (Teatre del Liceu/Sergi Panizo)
Lise Davidsen en un momento de su interpretación de Isolda. (Teatre del Liceu/Sergi Panizo)

Que todo esto haya ocurrido en el Liceu añade una capa más al acontecimiento. El teatro tiene memoria wagneriana, y la memoria no siempre es benévola. Precisamente por eso el contraste resulta tan elocuente. Cuando una Isolda así aparece, no corrige el pasado ni lo enmienda: lo recoloca. De pronto, todo lo anterior encuentra su sitio. No como carencia, sino como espera.

Quedan todavía funciones los días 25, 27 y 31 de enero. No como oportunidad para repetir una noche excepcional, sino como posibilidad de asistir a algo más raro todavía: el asentamiento de un personaje que acaba de encontrar una voz a su medida. Porque una Isolda de esta naturaleza no se agota en la revelación inicial. Se adensa. Se vuelve más compleja. Y ese proceso, lento y exigente, también forma parte del privilegio.

La ópera no vive solo de grandes títulos ni de grandes nombres. Vive de estos episodios improbables en los que una voz aparece cuando ya casi habíamos dejado de esperarla. La Isolda de Lise Davidsen pertenece a esa categoría. No como promesa ni como excepción, sino como restitución. Isolda, sencillamente, ha vuelto.

Durante muchos años, Isolda ha sido en el Liceu una presencia evocada más que encarnada. El personaje estaba ahí, la partitura seguía intacta, pero faltaba algo esencial: una voz capaz de hacerla sonar no como un monumento, sino como una necesidad. Y eso, de pronto, ocurrió. La aparición de Lise Davidsen ha producido una conmoción que no se explica desde la estadística de los aplausos ni desde el entusiasmo coyuntural del estreno. Tiene que ver con otra cosa más infrecuente: la sensación de que la ópera ha recuperado una de sus figuras centrales con una naturalidad que desarma.

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