Guerra entre el Gobierno de Sicilia y la Iglesia por ver quién se queda este cuadro de Van Dyck
El lienzo ha vuelto temporalmente a la Iglesia de Santa Caterina en Palermo, para donde fue pintado y donde estuvo expuesto hasta hace un siglo, pero los responsables del templo se resisten a devolverlo
Cuando el pintor flamenco Anton van Dyck desembarcó en Sicilia en 1624, tenía sólo 25 años. Pero, a pesar de su juventud, para entonces ya se había labrado una importante reputación como retratista de ricos y famosos tanto en Amberes, su ciudad natal, como en Génova y Londres. De hecho, ese era el motivo de su viaje a Sicilia: le habían encomendado pintar el retrato de Emanuele Filiberto de Saboya, el virrey español de Sicilia.
Van Dyck cumplió con el encargo y, durante la primavera de 1624, pintó el retrato. Pero entonces, se produjo la hecatombe. El 7 de mayo de 1624 se detectaron en Palermo los primeros casos de una epidemia de peste que pronto acabaría con la vida de más de 10.000 personas sólo en esa ciudad. El 25 de junio Emanuele Filiberto de Saboya declaró el estado de emergencia. Cinco semanas después, con tan solo 36 años, la peste acaba con su vida.
Para tratar de poner freno a la epidemia, Palermo ordenó una cuarentena: se prohibió abandonar la ciudad sin permiso, vigilando las autoridades las puertas de acceso y salida.
Atrapado en Palermo, Van Dyck contempló con estupor cómo los hospitales y lazaretos de la localidad se llenaban de contagiados mientras las calles se convertían en un lugar desierto, con las casas en las que había enfermos clausuradas desde fuera con tablas de madera para evitar que pudieran salir y extender aún más la epidemia. Grupos de soldados patrullaban las calles para comprobar que se cumplía con esa disposición.
El milagro de Santa Rosalía
En medio de ese caos, el 15 de julio de 1624 tuvo lugar en una cueva del Monte Pellegrino, a las afueras de Palermo, un descubrimiento sensacional: fueron hallados unos huesos que, según dictaminaron las autoridades religiosas de la ciudad, pertenecían a Santa Rosalía, una noble siciliana del siglo XII que renunció a las riquezas y al poder para llevar una vida retirada dedicada a la oración.
Las reliquias de la santa fueron llevadas en procesión por Palermo. A partir de ahí, cuentan las crónicas de la época que la epidemia de peste empezó a remitir.
El milagro obrado por Santa Rosalía tuvo un fuerte impacto en Van Dyck, quien en los meses siguientes pintó varios cuadros dedicados a la patrona de Palermo. El artista realizó al menos seis composiciones distintas de Santa Rosalía antes de abandonar Sicilia en septiembre de 1925, una de ellas se encuentra en el museo del Prado. Y, siempre en señal de agradecimiento hacia Santa Rosalía por frenar la plaga de peste, también pintó La Madonna del Rosario.
La Madonna del Rosario -cuadro en el que Van Dyck plasmó a la Virgen llevando un rosario en una mano y al Niño Jesús en la otra- estaba destinado a decorar la Iglesia de Santa Caterina d’Alessandria, el magnífico templo estilo tardo renacentista en el centro de la capital siciliana que custodia las reliquias de Santa Rosalía, la patrona de la localidad. Y, de hecho, el lienzo estuvo allí expuesto hasta el 28 de noviembre de 1922, cuando fue trasladado provisionalmente al Palazzo Abatellis, situado a 750 metros de distancia en la misma calle y que entonces era un complejo monástico. El traslado, siempre con carácter temporal, se realizó argumentando motivos de seguridad.
'La Madonna del Rosario' estaba destinada a decorar la Iglesia de Santa Caterina d’Alessandria, y estuvo allí hasta noviembre de 1922
Pero lo que en principio iba a ser un desplazamiento provisional acabó adquiriendo la condición de permanente, sobre todo después de que el Palazzo Abatellis abriera en 1954 sus puertas como museo regional de Sicilia.
El cuadro de Van Dyck no volvió nunca a la Iglesia de Santa Caterina. Hasta el mes pasado cuando, después de más de cien años en el Palazzo Abatellis, La Madonna del Rosario regresó a su emplazamiento original en la Iglesia de Santa Caterina, para festejar la reapertura del templo después del proceso de restauración que lo ha mantenido cerrado durante un año. Pero ahora son los responsables de la Iglesia de Santa Caterina, con monseñor Giuseppe Bucaro al frente, los que se niegan a devolver el cuadro de Van Dyck al Palazzo Abatellis, subrayando que debe permanecer en el lugar para el que fue creado originalmente. Y más dado que la Iglesia de Santa Catarina no sólo cumple con los requisitos de seguridad, sino que además recibe 300.000 visitantes al año, ocho veces y medio más de los 35.000 que se estima que acuden anualmente a Palazzo Abatellis.
La Iglesia de Santa Caterina se niegan a devolver el cuadro, subrayando que debe de permanecer en el lugar para el que fue creado
Los responsables de la Iglesia de Santa Caterina apuntalan su pretensión de que el cuadro de Van Dyck siga en ese complejo en un dictamen del Fondo de Edificios de Culto (FEC), el organismo estatal italiano encargado de conservar las más de 750 iglesias y las obras de arte provenientes de bienes eclesiásticos expropiados en el siglo XIX. En una deliberación del FEC con fecha del 31 de mayo de 2024, ese organismo se habría pronunciado a favor del retorno definitivo de La Madonna del Rosario a la Iglesia de Santa Caterina.
Sin embargo, el Gobierno regional siciliano se resiste a perder el cuadro y aboga por que sea devuelto a Palazzo Abatellis. Mario La Rocca, director general de patrimonio de Sicilia, ha dejado claro que la Iglesia de Santa Caterina tiene derecho a exhibir el cuadro única y exclusivamente durante dos periodos al año: un mes a partir de Nochebuena y durante mayo, considerado la tradición católica como el mes de la virgen María. Pero Bucaro se opone a ese apaño, alegando que todo ese traqueteo sería perjudicial para la obra y poco respetuoso con ella.
Por ahora, la obra no tiene una sede final acordada: permanece en la Iglesia de Santa Caterina, pero algunos abogan por que vuelva al museo, a la espera de que se cierre un acuerdo institucional sobre su destino definitivo que ponga fin a la batalla campal en torno a La Madonna del Rosario.
Cuando el pintor flamenco Anton van Dyck desembarcó en Sicilia en 1624, tenía sólo 25 años. Pero, a pesar de su juventud, para entonces ya se había labrado una importante reputación como retratista de ricos y famosos tanto en Amberes, su ciudad natal, como en Génova y Londres. De hecho, ese era el motivo de su viaje a Sicilia: le habían encomendado pintar el retrato de Emanuele Filiberto de Saboya, el virrey español de Sicilia.