Morante no reaparece... porque no se ha ido
El diestro sevillano se cortó la coleta en Las Ventas el 12 de octubre con solemnidad, pero se ha arrepentido y empezará la temporada el Domingo de Resurrección en Sevilla
Ya que me voy... me quedo. Morante se ha comprometido a torear el Domingo de Resurrección en Sevilla y a convertir La Maestranza en el punto de partida de una nueva temporada. Lo adelantaban los colegas de El Mundo. Y se resolvía así el enigma que mediatizaba los rumores y vaivenes del comienzo de ejercicio.
Sorprende la noticia porque Morante se había cortado la coleta el 12 de octubre en Las Ventas en una tarde de gloria y de pathos. Y no sorprende porque la trayectoria del maestro de la Puebla responde a toda suerte de extravagancias y excentricidades.
Y no es cuestión de reclamarle las lágrimas derramadas en aquella jornada de emociones tan extremas, pero sí de plantear que el requisito de una reaparición es una retirada. No la ha habido. Y no puede hablarse de vuelta a los ruedos, sino de continuación. Tanto es así que Morante se ha comprometido a cinco tardes en Sevilla -la del Corpus incluida- y que emprende una campaña "normal".
La retirada anunciada dejaba una orfandad imposible de rellenar. No se trataba de nostalgia ni de melancolía aficionada, sino de una ausencia con consecuencias inmediatas. Morante había mutado de torero singular, reverenciado por minorías fervorosas, a convertirse en un fenómeno de masas. En apenas dos temporadas había logrado lo que parecía inalcanzable: atraer públicos nuevos, convocar a los jóvenes, devolver densidad social a plazas exhaustas. Su nombre había adquirido una fuerza centrípeta que reorganizaba la temporada a su alrededor.
La preocupación del adiós no tardó en instalarse en los despachos. No se iba solo un artista. Se iba el gran fenómeno taquillero. El torero que convertía cualquier cartel en acontecimiento, que garantizaba llenos incluso en plazas fatigadas por años de rutina. La estructura quedaba desnuda. No había relevo posible ni figura capaz de ocupar ese lugar sin forzar el relato. La retirada no abría un hueco: abría un vacío.
Morante se había echado la Fiesta a la espalda en un ejercicio de compromiso total. No desde la retórica ni desde la comodidad del prestigio adquirido, sino desde la exposición constante. Toreó donde había que torear, aceptó compromisos incómodos, multiplicó comparecencias cuando otros administran el talento. No gestionó la temporada con cálculo, sino con entrega. En 2025 no se limitó a firmar faenas memorables. Sostuvo el sistema con su presencia.
Ese compromiso explica la dimensión del problema y también el sentido de la continuidad. La decisión de seguir no responde a un impulso caprichoso ni a una rectificación sentimental. Responde a la conciencia de que su figura se había vuelto estructural. Morante había dejado de pertenecer solo a su biografía para insertarse en una lógica más amplia, incómoda y exigente. El artista se descubría, casi sin quererlo, convertido en eje.
La decisión de seguir no responde a un impulso caprichoso ni a una rectificación sentimental. Responde a la conciencia de que su figura se había vuelto estructural
Existe, sin embargo, un inconveniente que no conviene esquivar. La continuidad rectifica una despedida perfecta en Madrid. Aquella tarde de Las Ventas reunía todos los elementos de un cierre ideal: intensidad extrema, gesto definitivo, lágrimas, una atmósfera cargada de sentido. El relato quedaba cerrado con una potencia simbólica difícilmente repetible. Volver introduce una fisura. No invalida lo ocurrido, pero lo reordena. El final deja de ser final.
Ese riesgo no es menor. Morante se desafía a sí mismo en 2026 después de una temporada excepcional. El listón quedó tan alto que cualquier continuidad entraña desgaste, comparación, erosión del recuerdo. El peligro de diluir la memoria resulta evidente. Pero la prudencia nunca ha sido el territorio de Morante. El riesgo sí. También ahora.
El listón quedó tan alto que cualquier continuidad entraña desgaste, comparación, erosión del recuerdo
Su carrera no se ha construido desde la lógica de la administración, sino desde la tensión permanente entre aparición y retirada, entre entrega y repliegue. Esa inestabilidad forma parte de su verdad artística. Pretender una coherencia lineal supone no entender nada. Morante nunca ha respondido a los patrones del oficio convencional. Y tampoco ahora
Conviene detenerse en un aspecto esencial para comprender la decisión. Torear, para Morante, no funciona como un oficio en sentido estricto. No es una profesión organizada alrededor de la productividad ni de la rutina. Es una expresión artística llevada al límite, expuesta al fracaso, al cuerpo, a la mente. Y es también una terapia real frente a sus trastornos psiquiátricos, asumidos y explicados por él mismo sin coartadas ni disfraces.
Morante no actúa desde la conveniencia ni desde la comodidad. Continúa porque así vive el toreo. Porque lo necesita
Por eso la decisión exige algo más que juicio. Exige sensibilidad. Sensibilidad para entender que no se trata de coherencias administrativas ni de relatos cerrados, sino de una relación íntima y compleja con el toreo. Morante no actúa desde la conveniencia ni desde la comodidad. Continúa porque así vive el toreo. Porque lo necesita. Porque lo entiende como una forma de estar en el mundo.
Y no es cuestión de autocitarse con vanagloria, pero sí de mencionar los últimos pasajes del ensayo
Ya que me voy... me quedo. Morante se ha comprometido a torear el Domingo de Resurrección en Sevilla y a convertir La Maestranza en el punto de partida de una nueva temporada. Lo adelantaban los colegas de El Mundo. Y se resolvía así el enigma que mediatizaba los rumores y vaivenes del comienzo de ejercicio.