Mermelada, almirante y banana: palabras del portugués que saltaron a (casi) todas las lenguas
El idioma luso vivió en la era de los descubrimientos una expansión sin precedentes que lo llevó por África, Asia y América, impulsando términos globales de navegación, comercio y cultura
Reproducciones del 'Gallo de Barcelos', el símbolo más famoso de Portugal, en una tienda de souvenirs. (iStock)
Los orígenes del portugués se sitúan en el noroeste de la península Ibérica, en la antigua provincia romana de Gallaecia, donde el latín hablado por soldados, colonos y administradores fue transformándose tras la caída del Imperio romano. Entre los siglos VIII y XII se desarrolló una lengua romance, el gallego, usada tanto en la vida cotidiana como en textos escritos, empleada en documentos notariales y, sobre todo, en la lírica trovadoresca. Las cantigas de amor, de amigo y de escarnio, cultivadas en las cortes de Galicia, Portugal y Castilla, representan la primera gran consagración cultural del antiguo gallego-portugués.
La separación política, consolidada en el siglo XII, marcó el inicio de la diferenciación lingüística. A partir del siglo XIV se distanció tanto del gallego que se afirmó como lengua propia. Don Denis, cuyo reinado se caracterizó por la estabilidad política y el fortalecimiento del poder real, declaró al portugués en 1290 lengua oficial de la administración y de la justicia. Ello marcaba una nueva era, porque desplazaba al latín como lengua escrita. Así fue como entró en la esfera de las lenguas cultas de Europa.
Durante los siglos XV y XVI, era de los descubrimientos, vivió una expansión sin precedentes que lo llevó por África, Asia y América. Se convirtió así en lengua del comercio, de la diplomacia y de la evangelización, desde Brasil hasta Japón. En ese periodo se consolidó también una tradición literaria de alto nivel de la mano de Luís de Camões, autor de Os Lusíadas (1572), obra que confirma el prestigio cultural del portugués y fija modelos estilísticos y léxicos.
En el siglo XIX, la independencia de Brasil abrió una nueva etapa. Dejó de ser una lengua exclusivamente europea para convertirse en un idioma pluricéntrico, con normas y variedades propias a ambos lados del Atlántico. En los siglos XX y XXI ha continuado su expansión como lengua oficial en varios países de África y como idioma internacional de más de 250 millones de hablantes. Hoy es una lengua global, con rica diversidad interna y sólida tradición cultural que la eleva a categoría mundial en ciencia, literatura y comunicación.
Con una trayectoria tan universal, entra en el grupo de las lenguas que más palabras ha irradiado. Destacan los términos de la navegación y de la vida marítima, como carabela (francés caravelle, inglés caravel), almirante (difundida también por el árabe) o cabo (inglés cape, francés cap). Un segundo grupo lo forman los productos exóticos y comerciales, como ananás, mandarina, tapioca y palma, difundidos por casi todas las lenguas europeas y muchas asiáticas. En este ámbito se incluyen también bebidas como la cachaça y el ponche. Muchos de los términos de la fauna y la flora proceden de lenguas indígenas americanas, africanas o asiáticas, pero vehiculados por el portugués, como jaguar, piraña, tucán, manglar, caimán y palmera. Otro bloque importante es el de la vida social y cultural, con fetiche, samba, favela y mulato, que pasaron a múltiples idiomas asociados a realidades brasileñas o africanas. En el plano administrativo y cotidiano destacan pagoda, mandarín y casaca.
La voz nació, casi con seguridad, en el wolof (banaana), lengua de Senegal y Gambia, o, de no ser así, en alguna lengua bantú de la región del Congo. El término lo difundió el portugués durante la expansión colonial, el comercio y el contacto entre África, Europa y América.
Los comerciantes portugueses, grandes exploradores marítimos, fueron los primeros europeos en registrar la palabra y en cultivar la planta. Llevaron la fruta y su denominación a las Islas Canarias y, desde allí, a América. En el siglo XVII se extendió a otras lenguas europeas, como el inglés banana, el francés banane y el italiano banana. En el siglo XIX, con el auge del comercio internacional y de las plantaciones en el Caribe y Centroamérica, la palabra se globalizó definitivamente.
Hoy es reconocida en la mayoría de las lenguas del mundo, a menudo con mínimas adaptaciones fonéticas. Su estabilidad formal refleja tanto la uniformidad del comercio moderno como el papel del inglés y del portugués en su difusión.
Es conocida y utilizada en las lenguas románicas, en las germánicas y en las eslavas, e incluso en las lenguas celtas; en griego moderno, banána (μπανάνα); en japonés, banana (バナナ); en coreano, banana (바나나); en lingala, banana; en chichewa de Malaui, banana. También se ha introducido en lenguas de América como el guaraní, banana (aunque también existe paková), el quechua, banána, y el aimara, bananu; y en lenguas oceánicas como el maorí o el hawaiano, panana.
Algunas lenguas tienen sus propios términos, como el tagalo saging, el tamil vāḻaippaḻam (வாழைப்பழம்) o el tailandés kluai (กล้วย), pero banana no es ajeno a sus hablantes.
En España llamamos plátano al procedente de Canarias y banana al de importación. Plátano proviene del griego plátanos (πλάτανος) y del latín platanus, nombre del árbol que proporciona amplia sombra, sin relación etimológica con el banano. El español adoptó esta denominación por analogía visual y por continuidad con un término clásico, mientras que banana llegó después por influencia portuguesa y comercial. Ambas formas sobrevivieron, aunque en España y en México la palabra habitual es plátano. El nombre se aplicó por analogía, quizá por las hojas grandes del banano. En América del Sur se prefirió banana.
Una etimología sorprendentemente clara y, al mismo tiempo, una historia de propagación casi planetaria.
Procede del portugués cobra, que significa ‘serpiente’, porque deriva del latín colŭbra, nombre genérico para las culebras, emparentado con el verbo colere en su sentido antiguo de ‘deslizarse’ o ‘arrastrarse’. En las lenguas de la península Ibérica, cobra convivía con otros términos como culebra, pero fue el portugués el que la proyectó en uno de los viajes a la India, cuando los exploradores se enfrentaron a una serpiente desconocida en Europa, capaz de erguirse y ensanchar el cuello. Como necesitaban darle nombre, la llamaron cobra de capelo, es decir, ‘serpiente con capucha’. La expresión se acortó y el primer elemento quedó fijado como nombre específico de ese tipo de serpiente.
Pasó rápidamente a otras lenguas europeas a través de relatos de viajes, tratados de historia natural y, más tarde, textos científicos. El inglés la adoptó sin cambios en el siglo XVII; lo mismo hicieron el francés, el italiano y el español, que la reintrodujo como tecnicismo zoológico con un sentido más preciso que el genérico medieval. El alemán, siguiendo su sistema ortográfico, adaptó la inicial sonora y escribe Kobra. El ruso mantuvo la estructura silábica original y la transcribió fonéticamente como КОБРА.
Fuera de Europa, la difusión continuó por vías coloniales y científicas. En árabe moderno, kūbrā (كوبرا), adaptación gráfica a su alfabeto; en hindi, kobrā (कोबरा); en japonés, kobura (コブラ), donde se añade una vocal final para acomodar la palabra al sistema silábico; y en coreano, kobeura (코브라), con un ajuste semejante. En todos los casos, el término conserva una forma reconocible, prueba de su fuerte identidad fonética.
Así, una palabra latina modesta, revitalizada por el portugués de los navegantes, acabó dando nombre al mismo animal en casi todas las lenguas del mundo, como si la cobra, erguida y silenciosa, hubiera logrado hipnotizar también al lenguaje humano.
Mermelada, la dulce aventura
Una historia dulce en todos los sentidos donde se mezclan frutos, lenguas y viajes. Su origen inmediato está en marmelada, que designaba originalmente una conserva hecha exclusivamente de membrillo. El término procede de marmelo ("membrillo"), que a su vez remonta al latín melimelum o melimēlum, tomado del griego μελίμηλον (melímēlon), literalmente "manzana de miel". La palabra une, desde su etimología más antigua, dos ideas esenciales: fruta y dulzura.
Desde la Edad Media, o tal vez desde antes, la marmelada era una pasta espesa de membrillo cocido con azúcar o miel, muy apreciada por su conservación y sabor. Con la expansión marítima portuguesa producto y palabra viajaron por Europa, donde los comerciantes, diplomáticos y cocineros difundieron la receta. Pronto empezó a desprenderse de su referencia exclusiva al membrillo para aplicarse a otras frutas.
El francés la adoptó como marmelade, apenas modificada en su grafía, y desde el francés pasó al inglés como marmalade, documentada ya en el siglo XVI. En inglés, durante siglos, el término mantuvo el sentido original de conserva de membrillo, aunque más tarde se especializó en la célebre orange marmalade. El español incorporó mermelada con una ligera modificación fonética —la a inicial portuguesa pasó a e—, proceso común de adaptación al sistema vocálico castellano. El catalán conserva melmelada, simplificando la forma, mientras que el italiano usa marmellata, con geminación consonántica típica de su fonología. El alemán escribe Marmelade, y el ruso la transcribe como мармелад (marmelad), con un significado algo más amplio que incluye dulces gelificados. En árabe moderno aparece como مرملاد (marmalād), y en japonés como マーマレード (māmarēdo), adaptación silábica y vocálica necesaria para encajar la palabra en su sistema fonético.
Lo que nació como una humilde conserva de membrillo portuguesa terminó convirtiéndose en un nombre casi universal para las frutas cocidas con azúcar. Las palabras, como las recetas, viajan, se transforman y perduran. Hay veces en que la historia del lenguaje puede saborearse lentamente, cucharada a cucharada.
Las lenguas no solo se expanden por prestigio cultural o poder político, sino también —y quizá, sobre todo— por el contacto humano cotidiano, por el comercio, la navegación, la curiosidad científica y la vida material. La lengua de un reino pequeño en los márgenes de Europa logró una proyección planetaria gracias a su temprana y prolongada presencia en rutas marítimas. Allí donde llegaron, llegaron sus palabras. Banana, cobra o mermelada se reconocen en alfabetos y sistemas fonológicos como muestra de la eficacia comunicativa. Quedan en ellas reflejadas los movimientos del pasado. Las lenguas viven, se transforman y se universalizan cuando viajan con las personas. Y pocas lenguas han viajado tanto, y tan lejos, como el portugués.
Los orígenes del portugués se sitúan en el noroeste de la península Ibérica, en la antigua provincia romana de Gallaecia, donde el latín hablado por soldados, colonos y administradores fue transformándose tras la caída del Imperio romano. Entre los siglos VIII y XII se desarrolló una lengua romance, el gallego, usada tanto en la vida cotidiana como en textos escritos, empleada en documentos notariales y, sobre todo, en la lírica trovadoresca. Las cantigas de amor, de amigo y de escarnio, cultivadas en las cortes de Galicia, Portugal y Castilla, representan la primera gran consagración cultural del antiguo gallego-portugués.