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Una hamburguesa doble en Aluche mientras Trump amenaza con invadir Groenlandia
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Israel Merino

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Una hamburguesa doble en Aluche mientras Trump amenaza con invadir Groenlandia

Los acontecimientos históricos se suceden mientras nosotros observamos impotentes como mirones, como voyeurs, como peatones

Foto: Donald Trump, delante de los cientos de hamburguesas que ofreció a los Clemson Tigers en la Casa Blanca.
Donald Trump, delante de los cientos de hamburguesas que ofreció a los Clemson Tigers en la Casa Blanca.
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De niño, como otros muchos, me obsesioné con la más que inminente Tercera Guerra Mundial. Recurría a fuentes secretas y precisas, como vídeos que conspiranoicos con la cara cubierta subían a Youtube, para redactar mentalmente mis propios informes de inteligencia y averiguar qué vulnerabilidades en la avanzadísima seguridad aérea de mi pueblo castellanomanchego explotarían Rusia o Corea del Norte para tomar el consistorio; me imaginaba en la primera línea, en la resistencia, haciendo guerra de guerrillas a los ejércitos invasores, como en una versión con acento toledano de Amanecer rojo, y apuntaba en un cuadernito los efectivos, carros de combate y misiles tierra-aire con los que contaría para defenderme. Por suerte, se me pasó el pavo. Algunos no tuvieron tanta suerte y ahora son tertulianos expertos en geopolítica.

Algo que me llama la atención de aquella obsesión infantil es que me veía como protagonista del conflicto, no como un daño colateral o simple apunte contable en los márgenes del Excel de las bajas; yo, niño toledano, llevaría la voz cantante de algo, sería imprescindible, grabaría mi nombre eterno en el mármol de la historia, en alguna placa azulada que cincuenta años después destaparían en acto solemne en una calle de las afueras. Era egocentrismo bélico, ansias de protagonismo, sobrevaloración de mis capacidades estratégicas – pido perdón también a la bibliotecaria del pueblo por subrayar con boli Pilot el ejemplar de bolsillo de El arte de la guerra; es para darme una hostia, ya lo sé –.

Esas ganas de vivir un acontecimiento histórico se han transmutado en ansias por no vivir nunca más un acontecimiento histórico. Desde 2020, nos hemos comido una pandemia global que ha frito más cerebros que la oxicodona, una invasión planeada en cirílico en el limbo este de la Unión Europea y la entrada de una fuerza de élite extranjera en un país bananero, aunque soberano, para raptar a su comandante en jefe. Y ahora, amanecemos a diario con la amenaza verbal del presidente senil y gerontocrático de la citada fuerza de élite extranjera de invadir tierras europeas, que en la práctica legal y moral es igual que amenazar con invadir mi pueblo castellanomanchego, si no se le entrega voluntariamente la isla helada que ansía. Todo esto es esquizoide; es incluso peor de lo que predecían los tarados con la cara cubierta de Youtube.

Si algo nos han enseñado los últimos acontecimientos es que todos somos prescindibles, meros y simplones peatones de la historia – que diría Vázquez Montalbán, aunque ahora Pedro Sánchez se haya apropiado de la cita para manosearla en algunas entrevistas –. Mientras que la literatura realista rusa, siempre tan moralista, ponía a sus grandes hombres en complejas disyuntivas éticas que los obligaba a protagonizar el conflicto, a ser inevitables conductores de la historia, en España hemos aprendido que la gran mayoría de nosotros somos simples mirones, voyeurs, de acontecimientos jodidísimos que ocurren fuera de nuestro alcance y sobre los que no podemos hacer mucho, por no decir nada, aunque a la larga trastoquen nuestro día a día; y nuestra literatura así lo cuenta.

Foto: otan-groenlandia-alianza-defensa-1hms

El maestro Benito Pérez Galdós lo enseña muy bien en sus Episodios Nacionales. En Trafalgar, el protagonista de la saga Gabriel de Araceli no puede hacer más que observar el baño que la Armada inglesa le pega a las fuerzas conjuntas de Francia y España: es un peatón, un voyeur que paladea desde la barrera un hecho que ya predice histórico y que cambiará una buena parte de su vida cotidiana, aunque él esté atado de manos y pies. Todos somos como Gabriel; incluso los dos marinos que también coprotagonizan el librito, Alonso Gutiérrez y Marcial, son como Gabriel: aunque sean capaces de predecir, quizá por puro azar, que la estrategia aliada de salir a buscar a mar abierto a los ingleses es un suicidio y lo más apropiado sería atrincherarse en la bahía de Cádiz para recibir a los enemigos a cañonazos, no pueden actuar. Aciertan, sí, como tú y yo podemos acertar sobre lo que pasará en Groenlandia o Donetsk en los próximos años, pero son impotentes. Somos impotentes. Somos como Gabriel.

Hace un par de noches, salí a tomar algo y cenar una hamburguesa doble de las baratas a la zona de bares del parque de Aluche, en Madrid Sur. Estaba destrozado, con una ansiedad desproporcionada por todas las informaciones que leíamos sobre la reunión yanki-danesa; me sentía no un peatón, observador o cronista, sino el personaje principal de una novela rusa que debe encontrar la fórmula para desarmar un ininteligible conflicto lejano, aunque a la vez cercano porque de una u otra forma le afecta – no sé qué tendrá que ver Groenlandia con la producción de trigo, pero ya veréis qué buena excusa manejarán los supermercados para subir el precio del paquete de macarrones a cinco euros –.

Pero al rato, yo solito me relajé. Era absurdo sentir ansiedad por algo que escapa de mis manos. Todos los de ese bareto lo habían entendido antes que yo; todos los de esa bareto mascábamos carne picada mientras veíamos la Copa del Rey, el Racing de Santander-Barcelona, bajo la carpa de plástico que nos protegía momentáneamente de la lluvia y de lo que sea que ya esté pasando en las aguas del ártico. Todos éramos Gabriel: hay poco bajo nuestro control. Aunque sea facilísimo de entender y complicado de aceptar.

De niño, como otros muchos, me obsesioné con la más que inminente Tercera Guerra Mundial. Recurría a fuentes secretas y precisas, como vídeos que conspiranoicos con la cara cubierta subían a Youtube, para redactar mentalmente mis propios informes de inteligencia y averiguar qué vulnerabilidades en la avanzadísima seguridad aérea de mi pueblo castellanomanchego explotarían Rusia o Corea del Norte para tomar el consistorio; me imaginaba en la primera línea, en la resistencia, haciendo guerra de guerrillas a los ejércitos invasores, como en una versión con acento toledano de Amanecer rojo, y apuntaba en un cuadernito los efectivos, carros de combate y misiles tierra-aire con los que contaría para defenderme. Por suerte, se me pasó el pavo. Algunos no tuvieron tanta suerte y ahora son tertulianos expertos en geopolítica.

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