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Donald Trump o la muerte del escándalo
En la campaña de 2016, Donald Trump aseguró que "Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y no perdería ningún votante". Era verdad
Acaba de comenzar 2026 y la actualidad política diaria, como es habitual desde hace diez años, está marcada por las declaraciones de Donald Trump. Cada mañana de la última década somos rehenes de las palabras del político, que no en vano fue presentador de televisión. Cada vez cuesta más levantar una ceja frente a las patochadas escandalosas que son el pan nuestro de cada día.
Todo comenzó con el famoso "grab them by the pussy" — agarrarlas del coño, en español — en la primera campaña presidencial. Con estos bonitos versos alejandrinos, ejemplos del más caballeroso amor cortés, comenzó el carrusel de la enajenación colectiva, golpe a golpe, palabra a palabra. Desde los insultos misóginos a sus rivales — del "nasty woman" contra Hillary al "discapacitada mental" sobre Harris — pasando por la desaprobación sistemática a toda la profesión periodística, especialmente si la ejercen mujeres a las que ha llamado de manera frontal y pública cerdas, feas, asquerosas y estúpidas. Cuando se le ha puesto contra las cuerdas al respecto, de nuevo ha abierto su bocaza polutoria y dicho: "¿Saben por qué lo hago? Lo hago para denigrarles y desacreditarles, para que cuando escriban historias negativas sobre mí, nadie les crea".
Lo mismo han sufrido líderes internacionales democráticos — ese malicioso "me gusta tu ropa" que dedicó a Zelenski — y comunidades enteras, especialmente migrantes — calificó a los países de procedencia como "pocilgas" y a los ciudadanos somalíes como "basura" —. Si lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro, no sé qué puede decir esto de su audiencia, de los medios y de todos los demás.
A la vez que desarrolla esta estrategia ofensiva, Trump altera la realidad con las palabras. En ocasiones de manera simbólica, como con el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel o el cambio de nombre al golfo de México, otras veces mediante la simple mentira. El Washington Post contabilizó más de 29.000 bulos e inexactitudes de la boca del presidente en su primer mandato. Así llegamos a la última campaña electoral, donde sus propuestas de armar a profesores de primaria contra los tiroteos masivos en las escuelas o sus mentiras contra la comunidad migrante haitiana en Estados Unidos — "They're eating the dogs! They're eating the cats!" — son mera carne de meme, pero no de escándalo.
Sus palabras, reproducidas hasta la saciedad, son armas de doble filo que él mismo debe usar con cuidado en ocasiones. En plena pandemia, se dedicó a dar pábulo a teorías acientíficas al mismo tiempo que le restaba peso mediático a que tanto él como su círculo cercano se hubiesen vacunado, midiendo sus palabras para no ser devorado por el monstruo que llevaba cinco años alimentando día tras día. También en 2020, durante las protestas por el asesinato a manos de la policía de George Floyd y con ya once víctimas mortales en los altercados derivados, el presidente Trump se deshacía de toda responsabilidad gestora a la vez que culpaba a la prensa de las consecuencias del asesinato de Floyd. Llamó, nuevamente, a los periodistas "personas verdaderamente malas, con una agenda enferma". Estas son sus palabras pero, ¿cuáles son sus actos? Los hechos apuntan a la extorsión como la principal herramienta en la política exterior de Trump, desde el sistema de aranceles a las amenazas a la integridad territorial de Dinamarca y Groenlandia. La extorsión es también interna, como demuestran los dos cierres del gobierno federal durante sus mandatos, en 2018 y 2025, paralizando la actividad de la nación durante 35 y 43 días respectivamente.
Los hechos son que, debido a la volatilidad y lo imprevisible del comportamiento del presidente Trump, los Estados Unidos — y con ellos, el resto del mundo — han sufrido una década de inestabilidad sin precedentes. En 2017, las protestas contra la administración Trump llamadas "la marcha de las mujeres" provocaron manifestaciones en Washington con cifras nunca vistas desde la guerra de Vietnam. Ese mismo año, la identidad de los estadounidenses y su posición en el mundo era puesta en duda al facilitar información clasificada en materia de terrorismo — obtenida, para más inri, por la inteligencia israelí — a Putin. Los hechos indican que en 2020 Estados Unidos alcanzó la tasa de paro más alta desde la Gran Depresión debido a la inacción del gobierno, que no tomó ninguna medida proteccionista durante la pandemia.
La verdad fehaciente nos tira a la cara las imágenes en 2018, que muchos en 2025 ya habían olvidado, de miles de niños enjaulados como bestias, separados de sus padres mientras sus familias buscaban asilo político, una práctica cruel y humillante constituyente de tortura, segun Amnistía Internacional. Los hechos probados ante un tribunal declaran a Donald J. Trump culpable de 34 delitos graves de falsedad documental.
Las acciones concretas, las decisiones vinculantes más allá de la oratoria bochornosa, apuntan a que las sospechas de hace diez años sobre las amenazas a la separación de poderes, la libertad de expresión y los conflictos de intereses entre el ámbito político y el empresarial que maneja con la misma mano el presidente Trump eran, cuanto menos, fundadas. Tras el asalto del 6 de enero de 2021 al Capitolio, que el mismo Trump instó de forma pública, las cuentas personales de Trump en Twitter y Facebook fueron bloqueadas. A partir de ese momento, Trump comienza a coquetear con la idea de tener su propia red social, lo que virtualmente en 2021 equivale a poseer un grupo comunicativo. Truth Social vio la luz meses después, a finales de ese mismo año, una red social cuyo único límite al usuario está en la crítica a la propia plataforma. Con esta línea roja entre el bien y el mal en los términos y condiciones de uso, Truth ha aumentado en 500 millones de dólares el patrimonio del presidente tras la fusión con Trump Media el mes pasado.
La propaganda política es gestionada por el presidente Trump como cualquier otra actividad en la que está involucrado: todo es fuente de lucro. Sin ir más lejos, en un par de semanas Amazon Prime estrena un docureality sobre Melania Trump por el que la compañía de Bezos ha pagado a Muse Films, su productora, la exagerada cantidad de 40 millones de dólares, de los cuales 27 serán exclusivos honorarios de la primera dama. De nuevo son los hechos los que revelan que la presidencia ha sido muy lucrativa para Trump; se calcula que su opaca fortuna ha aumentado hasta los 6.300 millones de dólares, 300 de los cuales ganados tras los resultados electorales de 2024.
Tras las palabras y los hechos, llegan las consecuencias reales. El legado de Trump es la pérdida de la credibilidad en los medios de comunicación — solo el 35% de los republicanos confiaban en ellos en 2021, en comparación con el 70% de 2016 — y un país donde existen patrullas paramilitares armadas sin control en la frontera que se dedican a cazar seres humanos por placer y sin consecuencias. Pero para el resto de nosotros hay algo más.
Hace unos días, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos publicó en los archivos de Epstein el chivatazo en 2020 de una mujer que en 1984 tenía 13 años y aseguraba haber sido víctima de tráfico sexual mientras estaba embarazada. En la declaración detalla cómo su tío la vendió a Epstein y que fue forzada por varios hombres y mujeres. Los actos están censurados. En el mismo documento explica cómo dio a luz en dicha situación y su tío se deshizo de la criatura en un yate. Donald Trump es señalado como testigo del crimen y partícipe del abuso. Poniendo al margen la posible veracidad de lo narrado, sorprende que no haya ningún tipo de reacción pública. Ni una declaración, ni una polemiquilla, ni algo de hipocresía protestante, ni siquiera un uso político interesado de todo esto. Nada. Es el sonido del silencio, el estruendo mudo de las tragaderas dadas de sí después de ver un genocidio en directo durante dos años — y los planes posteriores, ilustrados por la IA —. Hemos perdido la capacidad de escandalizarnos.
Llevamos más de diez años de secuestro intelectual, económico, político y, sobre todo, mediático por el entramado propagandístico de Trump. Cada instante de nuestra atención puesta en su charlatanería e imaginario nos roba a plena luz del día, poco a poco, nuestra capacidad de asombro, de reflexión y de acción. O retiramos nuestra mirada para proteger nuestra capacidad de conmoción o clavamos los ojos en el objetivo, esta vez señalando con el dedo lo que la ética pide reparar cuanto antes.
Acaba de comenzar 2026 y la actualidad política diaria, como es habitual desde hace diez años, está marcada por las declaraciones de Donald Trump. Cada mañana de la última década somos rehenes de las palabras del político, que no en vano fue presentador de televisión. Cada vez cuesta más levantar una ceja frente a las patochadas escandalosas que son el pan nuestro de cada día.