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El antropólogo de los macarras mete el turbo: cuando Madrid era Miami Vice
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"Todavía no me han pegado"

El antropólogo de los macarras mete el turbo: cuando Madrid era Miami Vice

Iñaki Domínguez, etnógrafo de los bajos fondos, sube la apuesta del macarreo en su nuevo libro, 'El Panamá', biografía de uno de los delincuentes más explosivos del país, de las peleas de perros a los atracos porque sí

Foto: Iñaki Domínguez, autor de 'El Panamá', posa para una entrevista con El Confidencial. (O. C.)
Iñaki Domínguez, autor de 'El Panamá', posa para una entrevista con El Confidencial. (O. C.)

A finales de los setenta, Nigel Barley pasó dos años estudiando una tribu camerunesa olvidada. El antropólogo británico terminó su trabajo de campo con pocas certezas sobre las costumbres de los dowayos, pero con un desternillante ensayo etnográfico bajo el brazo, El antropólogo inocente, tratado sobre la dificultad de echar el lazo a una cultura que hace cosas muy diferentes a la tuya. Palabra de Barley: "Hay momentos durante el trabajo de campo, tras llevar varias semanas investigando un ritual determinado y sus diversas interpretaciones e implicaciones, cuando, de pronto, el sacerdote supremo con traje de gala tropieza y cae al fango. Entonces no puedes evitar partirte de risa junto al resto de mirones locales. Quizás ese sea el único momento de la investigación en el que estás completamente seguro de haber comprendido con certeza lo que ha sucedido".

Ahora cambien humor por tensión, y a un confuso sacerdote camerunés por un macarra armado de San Blas, y entrarán en el territorio de Iñaki Domínguez, que no ha tenido que irse al fin del mundo para encontrar a su buen salvaje de costumbres presociales, pues en los bajos fondos madrileños había unos cuantos.

Primero, se sumergió en el mundo del macarreo en general en Macarras interseculares, donde recogió testimonios en localizaciones tan exóticas como un narcopiso de barrio. El libro fue un hit underground con más de 10.000 ejemplares vendidos. Luego, se sumergió en el mundo de los pijos malotes madrileños en La panda del moco. Ahora, sube la apuesta en El Panamá, biografía de uno de los delincuentes más explosivos de España, José Manuel Cifuentes, alias El Panamá, atracador quinqui y extorsionador de narcos, con no pocos episodios chungos a sus espaldas, con una pesada pena carcelaria. El libro, que publica hoy Ariel e incluye decenas de testimonios en territorio comanche, es tal paseo por el lado asalvajado de la vida que la primera pregunta a su autor cae por su propio peso.

-¿Alguna vez le han atizado mientras se documentaba?

-Todavía no me han partido la cara, aunque he tenido movidas serias, sobre todo en este libro, donde traté con bastantes delincuentes peligrosos. No soy Truman Capote, no tengo protección o un gran contrato, voy por libre y a lo bestia. En este libro igual me confié e involucré demasiado. No me han pegado, pero he tenido algún lío [de faldas] y perdí 3000 euros en una movida, pero bueno, a cambio tengo material para el siguiente".

La otra movida ochentera

Dentro extractos del nuevo libro:

"La primera vez que realicé un atraco fue a la edad de doce o trece años. Mi compañero Luis y yo no parábamos de hacer novillos, momento que aprovechábamos para cometer pequeños hurtos, siempre en la zona de Ascao... Mi hermano Javi tenía un machete porque era boy scout. De pellas siempre pasábamos por una papelería muy bien situada… Nos acercamos ambos con el machete y un cuchillo de cocina y, sin taparnos la cara, atracamos la papelería y corrimos por las calles hasta coger el metro".

placeholder Portada de 'El Panamá', de Iñaki Domínguez.
Portada de 'El Panamá', de Iñaki Domínguez.

"Un día nos encontramos un paquete de barritas de hachís tirado en la acera. Habría unas 25 o 30 barras, cada una de las cuales se vendía a mil pesetas… Vendimos una parte en el barrio y, luego, como era primavera, nos fuimos a las terrazas de la Castellana y a la zona de Malasaña para vender el resto. Según estábamos sentados encima de un coche vendiendo unas barritas, nos pararon dos policías locales del 092. "¿Qué hacéis aquí?", nos preguntaron. Como nos pillaron con las barras en la mano, dijimos: "Vendiendo esto". Los policías nos vieron tan niños que nos devolvieron el costo y nos dejaron en paz, aconsejándonos que tuviéramos cuidado".

"Yo cada vez que los lunes volvía al barrio después de un fin de semana por Madrid, me quitaba un poco las pintas que llevaba y me ponía más normal. Con dieciséis años, mi primo Jesusín, que vivía en Alcorcón, se hizo una cresta como la del cantante de The Exploited. Era gigantesca. Por donde iba, todo el mundo le miraba… De mi novia Pili, que era gótica y paseaba conmigo por el barrio, también me preguntaban de dónde había salido. Casi todo el mundo, y sobre todo las tías, salían de casa vestidas normales por miedo a que sus padres les echasen la bronca, y luego, al llegar al centro de Madrid, se cambiaban. Las recuerdo a todas en los baños de la Renfe levantándose las crestas con jabón lagarto. Los barrios del extrarradio eran muy diferentes al centro de Madrid. Te cortabas de llevar ciertas pintas a la hora de entrar en el barrio".

"La heroína en aquella época costaba 27.000 pesetas el gramo. Y el sueldo de un tío era, a lo mejor, de 50.000 o 60.000. A ver quién mantenía ese vicio... Al que estaba enganchado al caballo, el atraco a un banco le duraba un mes. Nosotros, gracias a Dios, no teníamos ese problema. Al mes siguiente ellos tenían que hacerse otro banco por cojones".

"El criadero de Vicálvaro sirvió de base tanto al nacimiento de los Miami como a toda una serie de actividades ilegales en las que se vio inmerso el Panamá durante los años noventa. Es bien sabido que los pitbulls y otros perros de presa se pusieron muy de moda entre los malotes en esos años.… El mundo del perro era delincuencia pura y dura. Ahí Jose empieza a conocer a toda una serie de personajes. Estaba el Capitán, que era prófugo de la justicia porque no había querido ir a la mili. Era un mundo muy oscuro. El palenque era el sitio donde los perros peleaban. Puede ser una piscina vacía o puede ser un ring; cuatro cuerdas puestas, vaya. Era como el palco del Bernabéu, empiezas a conocer a todo tipo de gente: traficantes, asesinos, gente que da palizas, ladrones de coches, atracadores, secuestradores, gente de los Centuriones. No había ninguno bueno".

La entrevista

Hablamos con Iñaki Domínguez sobre resacas maratonianas, demencia en San Blas y surferos californianos adrenalínicos.

PREGUNTA. La reputación del Panamá es muy inquietante, pero el día que lo conoció en la cárcel, se presentó usted con resaca. ¿Le ayudó eso a afrontar la misión con mayor desahogo?

RESPUESTA. Ya, ya, además era una resaca potente, de 36 horas, salí un jueves y pasé el día siguiente sin dormir. Pero estaba tranquilo, tenía la intuición de que el encuentro saldría bien, había conocido a su hijo, un tío muy campechano. A ver, igual ir de resaca no fue lo ideal, puedes sentirte inseguro, agobiado o estresado, pero cuando las cosas surgen así, hay que dejarse llevar. Llegué a la prisión con buenas sensaciones.

placeholder Iñaki Domínguez: 'El día que conocí al Panamá llevaba una resaca potente, de 36 horas, pero fui con buenas sensaciones'. (O. C.)
Iñaki Domínguez: 'El día que conocí al Panamá llevaba una resaca potente, de 36 horas, pero fui con buenas sensaciones'. (O. C.)

P. ¿Lo que se encontró fue fiel a la leyenda?

R. La imagen que suele tenerse del Panamá es la de la prensa: un tipo serio y muy peligroso, pero yo me encontré lo contrario: alguien simpático, social e hiperactivo.

P. Llega usted a decir que el Panamá emanaba mucha energía positiva. Si me permite el chiste, parece como si describiera a Gandhi en lugar de a uno de los grandes enemigos públicos del Estado…

"La droga del Panamá son los atracos. Cuando no atraca tiene los síntomas del "mono"

R. Totalmente. El trabajo de campo es fascinante porque te encuentras con esos choques absolutos que fulminan los tópicos mediáticos y sociales. Y eso se extiende a la familia del Panamá. Cuando conocí a su hermano, me quedé loco: un tío tan normal como cualquiera. Su madre, tres cuartos de lo mismo. Es chocante cómo los prejuicios te hacen imaginar un entorno mucho más complicado cuando, en realidad, el Panamá creció en una familia estructurada, en un buen piso, aunque el San Blas ochentero fuera (y sigue siendo a otro nivel) un barrio con zonas difíciles y problemas de drogas.

P. Entonces, el Panamá no acaba en la delincuencia por necesidad, ¿verdad? ¿Le atrapó la cultura del atraco -en la España de 1983, se asaltaba un banco cada 80 minutos- típica de la época quinqui?

R. Algo de eso hubo. Hay muchos delincuentes por entorno familiar complicado, pero los delincuentes profesionales de película son personas que aman la adrenalina. Él vivía en San Blas y ese hábitat favoreció su actitud, pero no porque sufriera maltrato o carencias familiares extremas. Fue algo casi congénito, como el que tiene una actitud artística.

P. La mayoría de los atracos de la época tenían que ver con la adicción a la heroína, pero el Panamá, siguiendo con la demolición de tópicos, no tomaba ni drogas ni alcohol. ¿Cómo de extraño era eso en esos ambientes?

R. Curiosamente hay más abstemios de los que imaginamos en esos mundos. Él odia la droga porque ha visto a muchos amigos de su barrio sucumbir a la heroína. No dejaba drogarse a los de su banda cuando daban palos; y cuando sus amigos se drogaban, no lo hacían delante de él, se escondían, porque el Panamá actuaba como una figura paterna, les metía la bronca. Con el alcohol, lo mismo. No necesitaba nada de eso. Tiene una hiperactividad natural, lo que en inglés llaman manic; un hombre eufórico sin necesidad de sustancias.

P. En el libro cuenta que, después de un atraco, si sus compañeros hablaban de retirarse un tiempo, al Panamá le entraba una especie de depresión postcoito. A un atraco le tenía que seguir otro porque los tiempos muertos le ponían de los nervios. La acción por la acción.

R. Sí, es pura adrenalina. Vi una obra de teatro en la que decían que "todo el mundo se droga con algo". La droga del Panamá son los atracos. Cuando no atraca tiene los síntomas del "mono". No es tanto por el dinero, que también, como por la adrenalina que segrega el cuerpo ante el peligro. Es como los que saltan en paracaídas o escalan sin cuerdas; el peligro es su droga.

placeholder Iñaki Domínguez: 'El crimen organizado real funciona como una empresa. Si necesitan matar a alguien hoy día, subcontratan a un tipo como el Panamá'. (O. C.)
Iñaki Domínguez: 'El crimen organizado real funciona como una empresa. Si necesitan matar a alguien hoy día, subcontratan a un tipo como el Panamá'. (O. C.)

P. Esa es una patología que tiene su propio clásico de culto, Le llaman Bodhi, peli de Kathryn Bigelow sobre unos surferos californianos que atracan con caretas de presidentes de EEUU. Auténticos chalados de la adrenalina. Me dejó atónito saber que el Panamá vio la película cuando se estrenó y tomó nota…

R. ¡Se inspiraron en la película para un atraco! ¡Se pusieron las máscaras! Para colmo, el Panamá tiene un aire a Patrick Swayze [protagonista del filme], su hijo iba diciendo por ahí que su padre se parecía mucho al actor.

P. Otra cosa que rompe los esquemas es ver sus fotos de joven: un heavy ochentero de San Blas… con una esvástica gigante en la chupa. Heavys nazis no había tantos, ¿verdad?

R. Eran los ochenta, las tribus urbanas todavía no se habían compartimentado, valía un poco todo. También estaba el elemento de provocación de los punks, que usaban símbolos nazis por tocar las narices. En esa época los skinheads de ultraderecha ya existían, pero todo estaba más mezclado que en los noventa.

P. Sobre su ideología, dice el Panamá: "A mí no me interesa la política, pero soy de ultraderecha de toda la vida". Esto me ha hecho gracia. Me ha recordado a la legendaria frase de Saza en La escopeta nacional: "Yo soy apolítico, de derechas como mi padre". ¿Se puede ser apolítico de ultraderecha?

R. En cierto modo, sí, porque el Panamá no tiene una conciencia política profunda, lo suyo es más una inclinación anímica. De hecho, en la cárcel se hizo amigo de presos de ETA. Lo que les unía no es la ideología, sino un gran enemigo común, el Estado.

placeholder Iñaki Domínguez posa para El Confidencial. (O. C.)
Iñaki Domínguez posa para El Confidencial. (O. C.)

P. Los Miami son el gran relato delincuencial madrileño de fin de siglo, sobre el que fantaseaba hasta Ana Obregón, fenómeno tan extendido que, en los noventa, cuando uno perdía algo, era fácil culpar a los Miami de habérselo robado. El Panamá, al que se le atribuye un papel fundamental en el origen de los Miami, quita hierro a todo eso, no sé si para librarse de más marrones, por bajar el mito mediático a la realidad o por un poco de todo eso. ¿Los Miami estaban más desorganizados de lo que parecía? ¿Crimen organizado o delincuencia venida arriba?

R. El crimen organizado real funciona como una empresa. Si necesitan matar a alguien hoy día, subcontratan a un tipo como el Panamá. No es como en las películas. Conozco casos de personas que han robado a la mafia calabresa y no les ha pasado nada porque a la "empresa" le convenía ignorarlo para seguir funcionando.

Los Miami eran delincuentes de nivel medio-alto que extorsionaban porteros de discotecas y traficaban, pero básicamente eran matones que habían subido de nivel. No tenían la jerarquía compleja de una mafia organizada.

P. El Padrino o Uno de los nuestros generaron debates interesantes sobre si Coppola y Scorsese, con su ambigüedad, retrataban o glorificaban a la mafia. ¿Se podría hacer una crítica parecida a sus libros?

R. Creo que por ahora no. En el libro humanizo al Panamá porque muestro su faceta humana, pero no romantizo nada. Mis libros son bastante crudos, y él ha sido muy abierto al dejarme narrar delitos que no tienen nada de románticos. Quizás mi enfoque antropológico me libra de ese sentimentalismo. El cine se presta más a la idealización, como pasó con Scarface y el mundo del rap. Muchos chavales de barrio idealizan esas figuras y el hip-hop ha contribuido a que personajes como el Panamá se conviertan en leyendas locales.

A finales de los setenta, Nigel Barley pasó dos años estudiando una tribu camerunesa olvidada. El antropólogo británico terminó su trabajo de campo con pocas certezas sobre las costumbres de los dowayos, pero con un desternillante ensayo etnográfico bajo el brazo, El antropólogo inocente, tratado sobre la dificultad de echar el lazo a una cultura que hace cosas muy diferentes a la tuya. Palabra de Barley: "Hay momentos durante el trabajo de campo, tras llevar varias semanas investigando un ritual determinado y sus diversas interpretaciones e implicaciones, cuando, de pronto, el sacerdote supremo con traje de gala tropieza y cae al fango. Entonces no puedes evitar partirte de risa junto al resto de mirones locales. Quizás ese sea el único momento de la investigación en el que estás completamente seguro de haber comprendido con certeza lo que ha sucedido".

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