Es noticia
Cuando gorriones, cerdos, ratas y otros animales eran sometidos a juicios sumarísimos
  1. Cultura
Prepublicación

Cuando gorriones, cerdos, ratas y otros animales eran sometidos a juicios sumarísimos

E.P. Evans recopila en 'Historia de los juicios a los animales' (1906) casos en los que cuadrúpedos y hasta insectos fueron juzgados y, con frecuencia, condenados. Publicamos un fragmento del libro, que sale ahora en español

Foto: Ilustración incluida en el 'Libro de los Días de Chambers' sobre el juicio a una cerda y sus lechones en 1457 por la muerte de un niño. (Wikipedia)
Ilustración incluida en el 'Libro de los Días de Chambers' sobre el juicio a una cerda y sus lechones en 1457 por la muerte de un niño. (Wikipedia)

El 10 de enero de 1457, una cerda fue condenada por "asesinato cometido flagrantemente en la persona de Jehan Martin, de cinco años, hijo de Jehan Martin de Savigny", y sentenciada a ser "ahorcada por las patas traseras en un árbol de patíbulo". Sus seis lechones, al encontrarse manchados de sangre, fueron incluidos en la acusación como cómplices; pero "a falta de cualquier prueba positiva de que hubieran ayudado a mutilar al fallecido, fueron devueltos a su dueño, con la condición de que diera fianza para su comparecencia, en caso de que surgieran más pruebas para demostrar su complicidad en el crimen de su madre".

Unas tres semanas más tarde, el 2 de febrero, es decir, "el viernes después de la fiesta de Nuestra Señora la Virgen", los lechones fueron llevados de nuevo ante el tribunal y, como su dueño, Jehan Bailly, los repudió abiertamente y se negó a ser responsable de ninguna manera por su futura buena conducta, fueron declarados, como propiedad vacante, confiscados a la noble damisela Katherine de Barnault, Dama de Savigny. Este caso es particularmente interesante por la integridad con la que se ha conservado el procès verbal.

A veces se imponía una multa al dueño del animal ofensor, como fue el caso de Jehan Delalande y su esposa, que fueron condenados, el 18 de abril de 1499, por el alguacil de la Abadía de Josaphat cerca de Chartres, a pagar una multa de dieciocho francos y a ser confinados en prisión hasta que se pagara esta suma, "a causa del asesinato de un niño llamado Gilon, de cinco años y medio o de edad similar, perpetrado por un cerdo, de unos tres meses de edad". El cerdo fue condenado a ser "ahorcado y ejecutado por la justicia". Los dueños fueron castigados porque se suponía que habían sido culpablemente negligentes con el niño, que había sido confiado a su cuidado y custodia, y no porque tuvieran, a los ojos de la ley, alguna responsabilidad de propiedad por el animal infanticida. La multa implicaba negligencia por su parte como guardianes o padres adoptivos del infante. En general, como hemos visto, el dueño de la bestia culpable de sangre era considerado totalmente inocente y a veces incluso remunerado por su pérdida.

Según las leyes de los Bogos, una tribu de pastores y nominalmente cristiana del norte de Abisinia, un toro, una vaca o cualquier otro animal que mate a un hombre es condenado a muerte. El dueño de la bestia homicida no se hace responsable de ninguna manera de su crimen, sin embargo, en la práctica incurre en una pena algo pesada al no recibir ninguna compensación por la pérdida de su propiedad. Este ejercicio de la justicia es bastante común entre las tribus de África Central. En Montenegro, los caballos, bueyes y cerdos han sido recientemente juzgados por homicidio y condenados a muerte, a menos que el dueño los redima pagando un rescate.

placeholder Cubierta del libro 'Historia de los juicios a los animales', de E. P. Evans.
Cubierta del libro 'Historia de los juicios a los animales', de E. P. Evans.

El 14 de junio de 1494, un lechón fue arrestado por haber "estrangulado y desfigurado a un niño pequeño en su cuna, hijo de Jehan Lenfant, un vaquero en la granja de Clermont, y de Gillon, su esposa", y se procedió contra él "como la justicia y la razón desearían y requerirían". Varios testigos fueron examinados, quienes testificaron "bajo juramento y conciencia" que "en la mañana del Día de Pascua, mientras el padre guardaba el ganado y su esposa Gillon estaba ausente en el pueblo de Dizy, el infante se quedó solo en su cuna, el dicho cerdo entró durante dicho tiempo en dicha casa y desfiguró y comió la cara y el cuello del dicho niño, que, como consecuencia de las mordeduras y desfiguraciones infligidas por el dicho cerdo, partió de esta vida".

La sentencia pronunciada por el juez fue la siguiente: "Nosotros, en repulsa y horror por dicho crimen, y con el fin de que se haga un ejemplo y se mantenga la justicia, hemos dicho, juzgado, sentenciado, pronunciado y designado que dicho cerdo, ahora detenido como prisionero y confinado en dicha abadía, será por el maestro mayor de obras ahorcado y estrangulado en un patíbulo de madera cerca y adyacente a la horca y al alto lugar de ejecución perteneciente a dichos monjes, siendo contiguo a su granja de Avin". El crimen fue cometido "en la granja de Clermont-lez-Montcornet, perteneciente en todos los asuntos de alta, media y baja justicia a los monjes de la orden de Premonstrants", y el juicio fue dirigido por "Jehan Levoisier, licenciado en derecho, el gran alcalde de la iglesia y monasterio de St. Martin de Laon de la orden de Premonstrants y los concejales del mismo lugar". Los demandantes fueron los frailes, que presentaron cargos contra el cerdo y obtuvieron las pruebas necesarias para su condena.

Un cerdo mató al niño y comió de su carne "a pesar de que era viernes", lo que fue aceptado por el tribunal como una seria agravante del delito

En 1394, un cerdo fue ahorcado en Mortaign por haber comido sacrílegamente una hostia consagrada; y en un caso de infanticidio, se afirma expresamente en la declaración del demandante que el cerdo mató al niño y comió de su carne, "a pesar de que era viernes", y esta violación del jejunium sextae, prescrita por la Iglesia, fue instada por el fiscal y aceptada por el tribunal como una seria agravante del delito del cerdo.

Nada sería más fácil que prodigar ejemplos de este tipo. Los cerdos infanticidas fueron ahorcados en 1419 en Labergement-le-Duc, en 1420 en Brochon, en 1435 en Trochères, y en 1490 en Abbeville; la última ejecución mencionada tuvo lugar "bajo los auspicios de la alcaldía y con el tañido de las campanas". Evidentemente se consideró un asunto muy solemne. Los registros de los tribunales medievales, las crónicas de los claustros medievales y los archivos de las ciudades medievales, especialmente las que estaban bajo la soberanía episcopal y se regían por el derecho eclesiástico, están llenos de tales casos. La pena capital de un animal mudo por sus crímenes nos parece tan irracional y absurda, que apenas podemos creer que hombres cuerdos y serios hayan sido alguna vez culpables de tal locura; sin embargo, la idea era bastante familiar para nuestros antepasados incluso en la época de Shakespeare, en la brillante era isabelina de la literatura inglesa, como es evidente en un pasaje de la invectiva de Gratiano contra Shylock: "Tu espíritu perruno gobernó a un lobo, que, ahorcado por masacre humana, desde el patíbulo su alma feroz huyó y, mientras yacías en tu madre profanada, se infundió en ti, porque tus deseos son de lobo, sangrientos, hambrientos y rapaces".

placeholder Grabado de 1872 que muestra la ejecución de un cerdo en la horca en la Edad Media.
Grabado de 1872 que muestra la ejecución de un cerdo en la horca en la Edad Media.

El hecho de que tales casos solieran caer bajo la jurisdicción de los monasterios y las llamadas espiritualidades y fueran juzgados por sus tribunales peculiarmente organizados, no parecerá extraño, cuando recordamos que estos establecimientos religiosos eran grandes propietarios de tierras y en un momento dado poseían casi un tercio de todos los bienes inmuebles en Francia. La frecuencia con la que los cerdos eran llevados a juicio y condenados a muerte se debía, en gran medida, a la libertad con la que se les permitía correr por las calles y a su inmenso número. El hecho de que estuvieran bajo la protección especial de San Antonio de Padua les confería una cierta inmunidad, por lo que se convirtieron en una molestia grave, no solo poniendo en peligro la vida de los niños, sino también generando y diseminando enfermedades. Se registra que en 1131, mientras el príncipe heredero Felipe, hijo de Luis el Gordo, cabalgaba por una de las calles principales de París, un jabalí, propiedad de un abad, corrió violentamente entre las patas de su caballo, por lo que el príncipe cayó al suelo y murió. En algunas ciudades, como Grenoble, en el siglo XVI, las autoridades los trataban de manera muy parecida a como tratamos a los perros rabiosos, autorizando al carnifex a agarrarlos y matarlos cada vez que se los encontraba sueltos.

Sobre el autor y el libro

Edward Payson Evans (1831-1917) fue un erudito, lingüista, educador y escritor estadounidense. Escribió sobre filología, ética y la relación entre humanos y animales. Tras graduarse de la Universidad de Michigan en 1854, impartió clases en EE.UU. y después estudió en Europa, centrándose en la literatura alemana y las lenguas orientales. Evans fue autor de varios libros y artículos sobre temas literarios y éticos. Su obra de 1897 Ética evolutiva y psicología animal examinó las implicaciones éticas de la teoría evolutiva en relación con los animales. Pero es conocido principalmente por El procesamiento penal y la pena capital de los animales (1906), que ahora El Desvelo ediciones publica en español con el título Historia de los juicios a los animales.

El libro explora uno de los capítulos más extraños de la historia de la justicia: los procesos judiciales contra animales acusados de crímenes como homicidio, herejía o destrucción de cosechas. El autor recopila casos documentados entre los siglos XIII y XVIII en Europa, donde cerdos, caballos, ratas, insectos e incluso orugas fueron arrestados, juzgados, defendidos por abogados y, en ocasiones, condenados a la horca o al destierro. El libro es a la vez un repertorio de anécdotas extravagantes y una reflexión sobre la evolución de la justicia y la visión del ser humano ente al universo animal.

El 20 de noviembre de 1664, la municipalidad de Nápoles aprobó una ordenanza para que los cerdos, que frecuentaban las calles y plazas en detrimento y peligro de los habitantes, fueran retirados de la ciudad a un bosque u otro lugar deshabitado o fueran sacrificados dentro de los doce días, bajo pena de las sanciones ya prescritas y amenazadas, probablemente en la orden emitida el 3 de noviembre del mismo año. Sin embargo, parece que estas ordenanzas no produjeron el efecto deseado o pronto cayeron en desuso, ya que se promulgó otra cuatro años después, el 29 de noviembre de 1668, expulsando a los cerdos de la ciudad y llamando la atención sobre el hecho de que corrompían la atmósfera y así ponían en peligro la salud pública. Las consideraciones sanitarias y las medidas saludables de este tipo no eran en absoluto comunes en la Edad Media, sino que eran una consecuencia gradual del espíritu del Renacimiento. Fue con el resurgimiento de las letras que los hombres comenzaron a amar la limpieza y a apreciar su valor higiénico, así como su belleza estética. Se prestaba poca atención a tales cosas en los "buenos viejos tiempos" de épocas anteriores, cuando la prueba de la santidad era el número de años que una persona pasaba sin lavarse, y el crecimiento del alma en santidad se estimaba por el grosor de las capas de inmundicia en el cuerpo, al igual que la edad de la tierra se determina por los estratos que componen su corteza.

La libertad en la ciudad de la que gozaban casi universalmente los cerdos medievales todavía la mantienen sus descendientes en muchas ciudades del sur de Italia y Sicilia, donde deambulan a voluntad por las calles o se reúnen en consejo ante el palacio del prefecto.

Los cerdos fueron los principales culpables, sobre todo en los infanticidios, pero otros cuadrúpedos eran llamados a responder de crímenes similares

En la segunda mitad del siglo XVI, los tribunales comenzaron a tomar medidas preventivas contra la molestia pública responsabilizando a los habitantes por los daños causados a los individuos por los cerdos que andaban sueltos y amenazando con castigos corporales y pecuniarios a todas las personas que dejaran "tales bestias sin una buena y segura guardia". Así se registra que el 27 de marzo de 1567, "una cerda con un hocico negro", "por la crueldad y ferocidad" mostrada al asesinar a un niño pequeño de cuatro meses, habiendo "comido y devorado la cabeza, la mano izquierda y la parte superior del pecho derecho de dicho infante" fue condenada a ser "exterminada hasta la muerte, y para ello a ser ahorcada por el verdugo de alta justicia en un árbol dentro de los límites y linderos de dicha judicatura en la carretera de Saint-Firmin a Senlis". El tribunal de la judicatura de Senlis, que pronunció esta sentencia por queja del procurador de la señoría de Saint-Nicolas, también prohibió a todos los habitantes y súbditos de dicha señoría permitir que tales bestias anduvieran sin vigilancia bajo pena de una multa arbitraria y de castigo corporal en caso de impago.

Pero aunque los cerdos parecen haber sido los principales culpables, especialmente en lo que respecta al infanticidio, otros cuadrúpedos eran frecuentemente llamados a responder por crímenes similares.

El 10 de enero de 1457, una cerda fue condenada por "asesinato cometido flagrantemente en la persona de Jehan Martin, de cinco años, hijo de Jehan Martin de Savigny", y sentenciada a ser "ahorcada por las patas traseras en un árbol de patíbulo". Sus seis lechones, al encontrarse manchados de sangre, fueron incluidos en la acusación como cómplices; pero "a falta de cualquier prueba positiva de que hubieran ayudado a mutilar al fallecido, fueron devueltos a su dueño, con la condición de que diera fianza para su comparecencia, en caso de que surgieran más pruebas para demostrar su complicidad en el crimen de su madre".

Libros Ensayo Animales Maltrato animal Tribunal Superior de Justicia de Madrid Tribunal Superior de Justicia de Cataluña