De la farsa del 'Blue Monday' al Renacimiento, cuando la tristeza invernal se puso de moda
Ya en el siglo IV, los primeros monjes cristianos que se retiraron a vivir en la soledad del desierto de Egipto identificaron un malestar terrible que los asaltaba. Lo llamaron "el "demonio del mediodía"
Se acerca la fecha. Prepárense porque lo verán en los telediarios, lo leerán en los periódicos digitales y lo sufrirán en las campañas de marketing de medio mundo. Nos dirán que el tercer lunes de enero es el "Blue Monday", el día más triste del año. Nos mostrarán una supuesta fórmula matemática compleja que combina el clima atroz, las deudas de Navidad, el fracaso de los propósitos de Año Nuevo y la baja motivación laboral. Nos venderán la idea de que nuestra melancolía tiene una fecha exacta en el calendario, calculada por la ciencia.
Es todo mentira, por supuesto. La fórmula es una farsa pseudocientífica inventada en 2005 por una agencia de relaciones públicas para una compañía de viajes, Sky Travel, con el único objetivo de vendernos billetes al Caribe bajo la premisa de que necesitamos escapar de nuestra miseria invernal. Sin embargo, aunque el origen sea una estafa comercial, el "Blue Monday" ha triunfado como concepto cultural porque toca una fibra sensible y real. Nos sentimos extraños en enero. Nos sentimos pesados, lentos y apáticos. Lo fascinante no es la mentira del marketing, sino la historia profunda de esa tristeza que intentamos patologizar.
Mucho antes de que existieran las agencias de viajes o los antidepresivos, los seres humanos ya luchaban contra este peso invisible. En el siglo IV, los primeros monjes cristianos que se retiraron a vivir en la soledad del desierto de Egipto identificaron un malestar terrible que los asaltaba, curiosamente, no en la oscuridad de la noche, sino a plena luz del día. Lo llamaron el "demonio del mediodía". Su nombre técnico era acedia.
La acedia no era exactamente depresión, ni tampoco simple pereza. Era algo más sutil y espiritual. Evagrio Póntico, uno de aquellos monjes del desierto, la describió con una precisión clínica aterradora. Decía que el demonio del mediodía hacía que el sol pareciera detenerse en el cielo, que el día se hiciera interminable y que el monje sintiera un odio profundo por su celda, por su trabajo manual y por su propia vida. Era un estado de inquietud, de "horror al lugar", un deseo irrefrenable de estar en cualquier sitio menos en el aquí y el ahora. Si leemos hoy las descripciones de esos anacoretas, nos veremos reflejados en nuestros cubículos de oficina o en nuestros sofás un domingo de enero. Esa sensación de vacío, de "¿qué estoy haciendo con mi vida?", es la vieja acedia disfrazada con ropa moderna.
Sin embargo, hubo un tiempo en que supimos darle un lugar digno a este sentimiento. Durante el Renacimiento y el Romanticismo, la tristeza invernal dejó de ser un pecado monástico para convertirse en una señal de distinción. La melancolía se puso de moda. En los grabados de Alberto Durero o en los soliloquios de Hamlet, estar triste o meditabundo no era un defecto de fábrica, sino un síntoma de inteligencia y sensibilidad profunda.
Se entendía que el mundo es un lugar complejo y a menudo doloroso, y que la única respuesta honesta ante la realidad era una cierta gravedad reflexiva. El invierno, con su luz escasa y sus campos muertos, era el escenario natural para esta introspección. La naturaleza hibernaba y el ser humano, como parte de ella, también tenía derecho a replegarse, a bajar el ritmo, a mirar hacia dentro en lugar de hacia fuera. La tristeza no era algo que hubiera que "curar" rápidamente, sino un estado que había que atravesar y del que se podía extraer sabiduría.
El problema es que hemos llegado al siglo XXI y hemos decidido que la tristeza es incompatible con el sistema. Hoy, si sientes ese peso en el pecho durante enero, la sociedad no te dice que eres un alma sensible ni que estás sufriendo la visita del demonio del mediodía. Te dice que tienes un problema médico. Lo llamamos Trastorno Afectivo Estacional. Nos venden lámparas de fototerapia para engañar al cerebro y simular que es agosto, tomamos suplementos de vitamina D y nos bombardean con libros de autoayuda que nos exigen "pensar en positivo".
Vivimos bajo la tiranía de la felicidad obligatoria. El capitalismo moderno no tolera la pausa. La economía exige que produzcas, consumas y sonrías con la misma intensidad el 15 de enero que el 15 de julio. Hemos declarado la guerra a los ciclos naturales. No nos permitimos el "tiempo muerto". Si no estás eufórico, productivo y motivado las 24 horas del día, el sistema te hace sentir culpable. Te hace sentir que estás roto.
El "Blue Monday" es el síntoma definitivo de esta neurosis colectiva. Al ponerle fecha y nombre a la tristeza, intentamos acotarla, controlarla y, sobre todo, exorcizarla comprando algo. Pero quizás deberíamos hacer lo contrario. Quizás deberíamos reivindicar nuestro derecho a estar tristes en enero.
Necesitamos recuperar la legitimidad de la pausa. Necesitamos aceptar que somos seres biológicos, no máquinas de última generación, y que es natural que nuestro cuerpo y mente pidan un repliegue cuando hay menos luz y más frío. La apatía de enero no es necesariamente una enfermedad. A veces es simplemente una protesta silenciosa de nuestro organismo contra un ritmo de vida inhumano. Es una señal de que necesitamos parar, aburrirnos, mirar al techo y no hacer nada productivo por un rato.
Así que este próximo lunes, o cualquier día gris de este mes, cuando sientas llegar al viejo demonio del mediodía o la melancolía romántica, no corras a comprar un billete de avión ni te fuerces a sonreír ante el espejo. No te creas la fórmula matemática. Simplemente, prepara un café, mira por la ventana la luz pálida del invierno y permítete el lujo revolucionario de estar triste, lento y humano. A veces, el verdadero lujo no es escapar de la tristeza, sino poder habitarla sin culpa.
Se acerca la fecha. Prepárense porque lo verán en los telediarios, lo leerán en los periódicos digitales y lo sufrirán en las campañas de marketing de medio mundo. Nos dirán que el tercer lunes de enero es el "Blue Monday", el día más triste del año. Nos mostrarán una supuesta fórmula matemática compleja que combina el clima atroz, las deudas de Navidad, el fracaso de los propósitos de Año Nuevo y la baja motivación laboral. Nos venderán la idea de que nuestra melancolía tiene una fecha exacta en el calendario, calculada por la ciencia.