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El sociólogo de izquierdas que quiso hacerse facha, pero no pudo: "Sería más feliz"
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LA IRONÍA DE MARK FORTIER

El sociólogo de izquierdas que quiso hacerse facha, pero no pudo: "Sería más feliz"

Ante el fracaso de la democracia social y liberal, a sus 56 años, uno de los grandes sociólogos canadienses tomó una decisión: dejarse llevar y hacerse, él también, facha

Foto: El sociólogo Mark Fortier. (Caroline Fabra)
El sociólogo Mark Fortier. (Caroline Fabra)
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En algún momento de 2024, el sociólogo canadiense Mark Fortier decidió hacerse facha. Durante sus 56 años de vida se había considerado a sí mismo como un detractor inconformista de la injusticia. Pasaba sus días en la Canadá francófona rodeado de artistas, universitarios, anarquistas de salón, profesores y periodistas. Detractores, como él, de la dominación, el privilegio blanco, la carne roja, las palabrotas, la mala literatura y las políticas de austeridad.

Habría seguido con su estilo de vida si no fuese porque el fracaso de la democracia social y liberal era demasiado palpable. El entorno inmediato del que ha sido considerado como uno de los sociólogos más importantes de Canadá estaba en apuros y la realidad se imponía: “Los acontecimientos políticos empujan la historia de manera implacable en una dirección que, desde luego, me perjudicará muchísimo si no encuentro el valor para romper con mis hábitos”.

Así que empezó a dar pequeños pasos en su terapia de conversión, como él mismo la denomina. La primera etapa consiste en dejarse llevar. ¿No somos ya todos un poco fachas, preguntamos al antiguo profesor de la Universidad Laval vía videollamada? “Por un lado, creo que todos tenemos el deseo de sumarnos a una figura de autoridad, es una necesidad sociológica que no tendría por qué ser un problema como tal”, responde. Es natural que la gente quiera subirse al caballo ganador, y la derecha radical saca un cuerpo de ventaja en la carrera.

El segundo paso en su terapia de conversión fue la resiliencia. Es decir, aceptar la nueva realidad política y dejar que se desvanezca lo que hasta el momento había considerado verdadero y justo. “Si entendemos mal esa necesidad de sumarnos a la autoridad, es cuando comienzan los problemas”, prosigue. “Cuando no somos capaces de ver nada bueno a nuestro alrededor nos sentimos fascinados por lo malo, y hemos acabado cediéndonos a propósitos, violencias y restricciones de la libertad indecentes”.

Aunque Fortier intentó con todas sus fuerzas convertirse en facha, no lo logró

Para llevar a cabo esa conversión no hay nada mejor que fijarse en figuras poderosas que hicieron ese mismo camino sin que nadie les cobrase peaje. Fortier propone el nombre de François Cardinal, editor de La Presse, que anunció tras la victoria de Marine Le Pen que evitaría realizar ningún juicio de valor sobre el término “extrema derecha”, evitando añadir adjetivos como “racista”. O el presentador David Pujadas, que tomó la decisión de llamar en antena a Agrupación Nacional “el partido calificado de extrema derecha”.

Lamentablemente, la terapia de conversión de Fortier comenzó antes del 5 de septiembre de 2025, pues habría sido la mejor fuente de inspiración. El día en el que Trump se reunió con los representantes de las big tech, desde Mark Zuckerberg hasta Bill Gates pasando por San Altman o Sundar Pichai. El CEO de Meta, sin ir más lejos, ya había anunciado poco después de las elecciones que acabaría con los verificadores de información. El fin de la censura woke.

placeholder Mark Zuckerberg, uno de los ejemplos de terapia de conversión exitosa. (Reuters/Carlos Barria)
Mark Zuckerberg, uno de los ejemplos de terapia de conversión exitosa. (Reuters/Carlos Barria)

¿Es Zuckerberg un ejemplo a seguir? ¿O uno de tantos? “Cuanto más cerca estás del poder, más posibilidades tienes de hacer negocio o de recibir protección, porque Bolsonaro, Milei o Trump se comportan como jefes mafiosos, ofreciendo protección o amenazando a cualquier oponente con humillaciones públicas”, responde.

Aunque Fortier intentó con todas sus fuerzas convertirse en facha, no lo consiguió. Aceptó su destino como oscuro chupatintas con una arrogancia y mala fe ilimitadas, en sus propias palabras. El 5 de noviembre de 2024 asistió a la victoria de Donald Trump haciéndose muchas preguntas. “No creas que lo encuentro gracioso. Mi vida es un auténtico calvario. Me hago mayor. Estoy cansado. Tengo dudas. Mi iniciativa era honesta. La perspectiva de dejarme llevar por el viento me tranquilizaba. Renunciar a ella me pasará factura. ¿En qué me convierto ahora? ¿Qué alternativas hay?

La normalización de lo excepcional

El proceso de conversión de Fortier es, por supuesto, una sátira. Volverse facha. Una terapia de conversión (Temas de Hoy) es parte caricatura, parte análisis sobre la facilidad con la que las sociedades occidentales han dado por buena la agenda de la derecha radical sin oponer resistencia o, directamente, abrazándola en su propio interés. Porque, como él mismo admite, si fuese “facha” en EEUU, “sería más feliz, y desde luego, más próspero”.

"Si fuese facha, me pagaría un 'think tank' y tendría un pódcast"

Un proceso gradual que ha sido posible gracias a determinados mecanismos sociales y estrategias que han favorecido la paulatina aceptación de lo que una década antes habría sido rechazado. No solo el pragmatismo de los conversos marxistas (los de “estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”), sino también el carácter carnavalesco de los líderes populistas, que les permite ridiculizar la política al mismo tiempo que copan los medios de comunicación; el amedrentamiento contra los que se oponen a ellos en público o un lenguaje desvinculado de la realidad.

Pero ser facha ya no es lo que era. Por lo general, es mucho mejor. ¿Cómo sería la vida de Fortier hoy de haber completado su transformación? “Pues habría tenido suerte, porque habría sido muy mal fascista en los años 30, no tengo yo mucho espíritu militar”, responde. “Seguramente podría estar ganando mucho dinero formando parte de un think tank estadounidense y participando en los grandes coloquios que organizan los conservadores cada año. Seguramente tendría un buen cargo en una de sus universidades privadas”.

Ese Fortier facha tendría un podcast, “quizá un poco aburrido y poco popular, pero que me permitiría encontrarme con las grandes figuras políticas o intelectuales del cosmos conservador norteamericano y francés”. Viajaría a Francia con frecuencia, donde le llevarían a comer a los restaurantes de lujo del parisino Distrito 6, Saint-Germain-des-Près.

placeholder 'Volverse facha', de Mark Fortier.
'Volverse facha', de Mark Fortier.

“Desde un punto de vista material seguramente no sería nada desagradable”, admite. La mayor contrapartida la encontraría al volver a su hogar. “A lo mejor no sería fácil convivir con mis vecinos que vienen de la inmigración africana”. Uno de los motivos por los que no terminó su conversión: ser facha te granjea el odio de los demás.

El trofeo más preciado

El propio Fortier, hombre de letras, sociólogo, profesor universitario y editor en Lux Éditeur es un trofeo codiciado para la derecha radical. Cabe sospechar que en el caso de que su libro no estuviese escrito en clave irónica sino totalmente en serio, hoy sería una incipiente estrella mediática como el sociólogo francófono que dio la espalda a la socialdemocracia. No hay nada que le guste más a la extrema derecha que un izquierdista reconvertido, admite.

El sociólogo se permite una pequeña digresión. A veces, la derecha radical suena sospechosamente izquierdista. “Detrás de Trump hay intelectuales y universidades cuyo discurso suena a izquierdas, mezclan un montón de consideraciones y al final no sabes cuál es su orientación política”, responde. Se está produciendo una reconfiguración del espacio intelectual dentro de las universidades americanas, donde se nada y se guarda la ropa al mismo tiempo, oscilando hacia posiciones trumpistas sin mostrar necesariamente un apoyo explícito al presidente. Por si acaso.

"En el juego de la fuerza y la represión, la izquierda tenía todas las de perder"

¿Ha visto a muchos de sus compañeros universitarios completar la terapia de conversión? “Sí”. No en Québec, donde no existe –por ahora– un partido de extrema derecha como tal, pero sí entre algunos de sus colegas en Alemania o Francia que quizá no se han convertido en militantes pero sí han dimitido de sus ideas progresistas.

“Son personas de izquierda, a veces muy de izquierdas, que se han visto atrapadas en mitad de una polarización política en la que han intentado mantener una posición honesta sobre ciertos asuntos, y por ello se han visto atacados de manera tan bestia que han derivado hacia el conservadurismo político”, explica. El otro perfil del converso universitario es el de aquellos conservadores tradicionales y moderados que en las últimas décadas se habían visto aislados ante el avance de la izquierda woke, y que se han radicalizado para encontrar su espacio en la derecha.

El libro es también duro con parte de la deriva de la izquierda universitaria, que le ha hecho perder la guerra cultural. “Todos hemos oído hablar de protestas contra obras de arte consideradas sexistas o racistas, de profesores cuya reputación han destruido por haber pronunciado una palabra ofensiva sin malas intenciones, de obras de teatro canceladas, de estatuas derribadas y de libros cuyos títulos se modifican o cuyos pasajes se reescriben para adaptarlos a los deseos del dios de la inclusión, así como a los de su profeta, la diversidad”. En el juego de la fuerza y la represión, la izquierda tenía todas las de perder: “Sé que no tienen la determinación y la agresividad necesarias para ganar”.

placeholder La fundación del fascismo en la plaza del Santo Sepulcro. (Dominio público)
La fundación del fascismo en la plaza del Santo Sepulcro. (Dominio público)

En última instancia, Hacerse facha es testimonio de la incapacidad de la izquierda liberal para enfrentarse a la ola reaccionaria. El análisis de Fortier concluye con una apuesta por la amistad frente al odio y el aislamiento promovido por la extrema derecha, pero también con la constatación de que mientras ellos piensan, esta actúa, recordando el 23 de marzo de 1919, cuando Mussolini organizó el acto fundacional fascista en la plaza del Santo Sepulcro de Milán.

“¿Quiénes son los fascistas? ¿Qué son? ¿Qué quieren? Mussolini consideraba que esas preguntas eran superfluas”, recuerda el sociólogo. “¿Quiénes somos? Una fuerza nueva, insólita, un antipartido que hace antipolítica. Primero, la acción. Después ya vendrá la doctrina. Toda su verdad radica en la capacidad que tiene para ponerse en marcha, desplegar su poder y dominar a los demás”. Lo que más le preocupa, concluye, no es el ruido de las botas sino el silencio de las zapatillas de andar por casa.

En algún momento de 2024, el sociólogo canadiense Mark Fortier decidió hacerse facha. Durante sus 56 años de vida se había considerado a sí mismo como un detractor inconformista de la injusticia. Pasaba sus días en la Canadá francófona rodeado de artistas, universitarios, anarquistas de salón, profesores y periodistas. Detractores, como él, de la dominación, el privilegio blanco, la carne roja, las palabrotas, la mala literatura y las políticas de austeridad.

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