'Gula': Oriol Pla se come el escenario en un impresionante monólogo que nos pide parar ya
Hemos estado cinco años queriendo más, más, más, más y más de todo. Y, probablemente ya no podemos… más. ¿Se habrá enterado el capitalismo o solo es cosa de unos (y enormes) titiriteros?
Hay dos maneras sencillas de escribir una reseña: cuando la obra sale muy bien o cuando sale fatal. Afortunadamente, esta es de las primeras. Gula, de Pau Matas Nogué y Oriol Pla Solina, es uno de los mejores monólogos que a buen seguro van a ver los espectadores en este 2026. Lo interpreta Pla y se come el escenario. Literalmente, además. Te hace reír -a carcajada limpia- mientras da sopapos a ofendiditos, a los que meditan, a los que viajan, a los del móvil, a los que lo quieren todo (mucho) ya. La voracidad, el ansia pospandémica. El FOMOtotal, aunque se cobren cuatro euros, se trabaje en un zulo y no se tenga casa. Su éxito (el público aplaudió a rabiar) vislumbra una vez más un cierto cansancio del todo-ya, de redes y de planes (que no te puedes perder). Eso sí, esta obra es imperdible. Está en la sala Nieva del Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional) hasta el 15 de febrero.
Pla sale a escena y vemos a un clown. Los primeros minutos pueden descolocar. El actor, que acaba de ganar el Emmy Internacional por su papel en la serie Yo, adicto -el primer español en conseguirlo- juguetea con su cuerpo, con la voz, nos pide perdón (ay, esto del perdón cuchufletero que parece poner en kilómetro cero todo)… y, a partir de ahí el viaje. Si no entras, puede que te pierdas dos horas de una gran obra. Si entras, prepárate a disfrutar de teatro en toda la amplitud de su palabra: el gesto, el mimo, el circo, la pura imaginación. Pla y Matas hasta se ríen (con gracia) del teatro de su jefe -Alfredo Sanzol, director del Centro Dramático Nacional- cuando el actor engola la voz y dice: también puedo hacer teatro convencional, El bar que se tragó a todos los españoles (la obra, sí, más convencional con la que Sanzol llenó el Valle-Inclán en 2021).
Gula de convencional no tiene nada. Con los riesgos a veces también pasa: o te sale fatal o te sale muy bien. Afortunadamente (para el espectador) aquí es lo segundo. Pla tiene un dominio del cuerpo impresionante. También de la voz y del espacio escénico. Algunos ya lo pudimos ver en Ragazzo(2016-2018). En el teatro es donde mejor se disfruta su capacidad actoral (que bien mamó de su familia: su padre, Quimet Pla, fue uno de los fundadores de la mítica compañía Comediants, y su madre, Nùria Solina, del laboratorio circense Circ Cric), aunque también ha cosechado aplausos por series como El día de mañana, además de la ya citada (y más histriónica) Yo, adicto.
Ya dentro del viaje de Gula vemos al Pla personaje intentar comprar un donut en una de esas máquinas de ultraprocesados y coca-colas que vemos por todas partes. Se convertirá en el dónut de la discordia, el motivo por el que se va contando toda la historia. Y ahí es cuando asistimos al despliegue de talento. Primero con el humor. Es una obra ácida que con cuatro gestos te hace soltar la carcajada. Por momentos parece un homenaje al gran Pepe Viyuela con sus golpes y caídas, con su absurdo desternillante. Pero también tiene algo de Martes y 13 -las voces, las muecas, la retranca- en su sentido más fino (y por qué no decirlo: la gente se partía de risa) y, por supuesto, de Groucho Marx en una caricatura cristalina: con gafitas y puro incluido. Y sí, es una obra marxista.
El monólogo se nutre también del teatro más físico. Pla salta, se sube a una especie de estructura de hierro de esas que tanto abundaban en los parques infantiles de los ochenta y que provocaron más de una caída y alguna vacuna del tétanos. Pero el actor no se cae nunca aunque sus movimientos performativos hagan que en algún momento cerremos los ojos por miedo a que se deje los sesos en el respaldo de una silla. Casi, pero no.
Y después tenemos la música. En realidad este monólogo es un gran espectáculo en el que Pla no se siente solo nunca, que es uno de los riesgos siempre de este tipo de obras. En Gula todo parece multitud. Hay ruiditos, hay rasgados de guitarra, hay bailoteo y está su compinche Marc Sastre (al que realmente conoció en la calle), que se nos aparece en una caravana del oeste (de las de caballos) para darle la envoltura perfecta a todo el texto. Saben hacerlo, como sucedió en Be good is (2019) donde ya dieron cuenta de que dominan a la perfección la mezcla del teatro más físico, la comedia y la música.
Por momentos parece un homenaje al gran Pepe Viyuela con sus golpes y caídas, con su absurdo desternillante. También tiene algo de Martes y 13
Gula es teatro contemporáneo, poco convencional, pero no se permite ninguna tontería. Es una maquinaria que funciona con precisión. Y capta por completo (al menos sabemos que eso ya está ahí, se percibe) una de las grandes tendencias de este 2026: hemos estado cinco años queriendo más, más, más, más y más de todo. Y, probablemente ya no podemos… más. ¿Se habrá enterado el capitalismo o solo es cosa de unos (y enormes) titiriteros?
PD: Oriol Pla se llevará unos cuantos premios por esto, ¿verdad?
Hay dos maneras sencillas de escribir una reseña: cuando la obra sale muy bien o cuando sale fatal. Afortunadamente, esta es de las primeras. Gula, de Pau Matas Nogué y Oriol Pla Solina, es uno de los mejores monólogos que a buen seguro van a ver los espectadores en este 2026. Lo interpreta Pla y se come el escenario. Literalmente, además. Te hace reír -a carcajada limpia- mientras da sopapos a ofendiditos, a los que meditan, a los que viajan, a los del móvil, a los que lo quieren todo (mucho) ya. La voracidad, el ansia pospandémica. El FOMOtotal, aunque se cobren cuatro euros, se trabaje en un zulo y no se tenga casa. Su éxito (el público aplaudió a rabiar) vislumbra una vez más un cierto cansancio del todo-ya, de redes y de planes (que no te puedes perder). Eso sí, esta obra es imperdible. Está en la sala Nieva del Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional) hasta el 15 de febrero.