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El Concierto de Año Nuevo también deslumbra fuera del foco
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MÚSICA CLÁSICA

El Concierto de Año Nuevo también deslumbra fuera del foco

Sony publica en apenas una semana la grabación del acontecimiento musical y cultural que supone la versión de Yannick Nézet-Séguin al frente de la Filarmónica de Viena

Foto: Cubierta del disco de 'El Concierto de Año Nuevo 2026' de la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin. (Sony)
Cubierta del disco de 'El Concierto de Año Nuevo 2026' de la Filarmónica de Viena bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin. (Sony)

Apenas una semana ha bastado para que la compañía Sony publique el Concierto de Año Nuevo bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin, una inmediatez poco habitual cuya energía predispone una escucha distinta y reveladora. Sin imágenes. Sin polémica. Sin gestos amplificados por la realización televisiva. Solo sonido. Y el sonido, en este caso, coloca el foco donde corresponde.

Escuchar el concierto sin referencias visuales modifica por completo la percepción. Desaparece el debate sobre el atuendo del director, sus uñas pintadas o su expresividad corporal; se disuelve también la incomodidad reaccionaria de algunos observadores que han llegado a impugnar su condición sexual como si se tratara de una categoría musical. Privado del espectáculo visual, el oído se enfrenta a lo esencial. Y lo esencial resulta incuestionable: la Filarmónica de Viena suena espléndida y lo hace bajo una dirección de una cualificación extraordinaria.

Nézet-Séguin puede parecer histriónico en el podio. Su discurso verbal insiste en la bondad, la paz, la música como espacio de concordia. Ese mensaje, reiterado y voluntarista, roza a veces una ingenuidad que no ayuda a su causa. Pero conviene separar el gesto del resultado. Porque, cuando la música empieza, no hay candidez alguna. Hay autoridad. Hay arquitectura. Hay una inteligencia sonora que se impone sin necesidad de subrayados.

El disco lo confirma con una claridad incluso mayor que la retransmisión televisiva. La opulencia sonora no deriva en saturación; el refinamiento del detalle no se pierde en el preciosismo; la exuberancia cromática se articula con un control absoluto de las texturas. La cuerda vienesa mantiene su elasticidad característica, los metales brillan sin estridencias, las maderas conservan identidad propia incluso en los pasajes más densos. Todo respira. Todo fluye.

Escuchar las piezas sin marco visual ni discurso previo permite valorarlas con mayor honestidad

Uno de los grandes méritos del director canadiense reside en su capacidad de comunicación. No solo hacia fuera, captando la atención del oyente, sino hacia dentro, cohesionando a una orquesta que no se deja domesticar con facilidad. El sonido que emerge no es obediente, sino cómplice. Y esa complicidad se percibe en la naturalidad del fraseo, en la elegancia con la que se resuelven las transiciones, en la sensación de continuidad orgánica que atraviesa el programa.

El repertorio ha sabido introducir novedades sin violentar la tradición. Cinco obras se escucharon por primera vez en un Concierto de Año Nuevo, dos de ellas compuestas por mujeres. Florence Price y Josefine Weinlich no aparecen como gesto decorativo ni como concesión ideológica, sino integradas en el relato musical con mayor o menor fortuna artística. El Vals arco iris de Price posee un peso específico que justifica su inclusión y soporta bien la escucha reiterada; los Cantos de sirena de Weinlich funcionan mejor como testimonio histórico que como hallazgo musical, pero aportan contexto y perspectiva.

Escuchar estas piezas sin el marco visual ni el discurso previo permite valorarlas con mayor honestidad. La música se mide por su consistencia interna, no por la necesidad de representatividad. Y en ese terreno, el equilibrio del programa resulta más convincente de lo que algunos reproches anticipaban.

También cambia la percepción del propio director. En el audio desaparece el cuerpo y queda la intención. El famoso descenso al patio de butacas para dirigir el palmoteo de la Marcha Radetzky pierde teatralidad y gana sentido rítmico. El carnaval de percusiones del Galop del ferrocarril de vapor se escucha como lo que es: un juego de precisión milimétrica, no un alarde gestual. La música recupera su jerarquía.

El final del concierto confirma esa impresión. Rosas del sur avanza con una emoción contenida, sin sentimentalismo impostado. La Marcha egipcia despliega carácter y brillo sin rigidez marcial. La tradición se mantiene intacta porque no se fosiliza. Se actualiza desde dentro, sin necesidad de proclamas. Y hasta da la impresión de que la propina del Danubio azul nos descubre la fluidez del río, como si estuviera manando en nuestra presencia.

Este Concierto de Año Nuevo encuentra su equilibrio en el sonido. En la lógica musical. En una interpretación que persuade sin imponerse

No es casual que la relación entre Nézet-Séguin y la Filarmónica de Viena haya necesitado tiempo para consolidarse. No fue un flechazo. La confianza se construyó desde los hechos, desde responsabilidad asumida en momentos delicados, de éxitos compartidos que han terminado por sellar una alianza sólida. El disco es una prueba más de esa madurez.

La rapidez con la que Sony ha puesto en circulación esta grabación añade un valor adicional. Permite escuchar el Concierto de Año Nuevo sin la distorsión del debate estético y moral que ha rodeado la figura del director. Permite, sobre todo, constatar que detrás del ruido había música. Y música de altísimo nivel. La pregunta sobre cómo respetar la tradición y celebrar las diferencias no se responde con palabras, sino con resultados. Este Concierto de Año Nuevo encuentra su equilibrio en el sonido. En la lógica musical. En una interpretación que persuade sin imponerse y que, escuchada a solas, lejos de la imagen, resulta todavía más convincente.

Apenas una semana ha bastado para que la compañía Sony publique el Concierto de Año Nuevo bajo la dirección de Yannick Nézet-Séguin, una inmediatez poco habitual cuya energía predispone una escucha distinta y reveladora. Sin imágenes. Sin polémica. Sin gestos amplificados por la realización televisiva. Solo sonido. Y el sonido, en este caso, coloca el foco donde corresponde.

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