Este es el coreógrafo más aplaudido en el mundo y es español: "Aquí la gente no sabe quién soy"
Marcos Morau estrena en el Centro de Danza Matadero de Madrid su espectáculo 'La muerte y la primavera' y es una gran oportunidad para ver a este creador que ahora se rifan todas las compañías y centros artísticos del planeta
Marcos Morau, el coreógrafo que se rifan las compañías de todo el mundo. (Daniel García Sala)
Ha sido reconocido por Francia como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (2023). Ha sido considerado por Alemania Mejor Coreógrafo del Año en dos ocasiones (2023 y 2025). En Italia le adoran: hizo allí el homenaje Notte Morricone y no lo olvidan. Actualmente, es el artista asociado de la StaatsBallet de Berlín, una de las mejores compañías del mundo. Y este pasado agosto abrió la Bienal de Venecia con su último espectáculo, La muerte y la primavera. No es ningún foráneo. Se trata del valenciano Marcos Morau (Ontinyent, 1982) y ahora mismo es el coreógrafo más aplaudido del planeta con compañías rifándosele por todas partes… En España, por el contrario, su nombre apenas sale del gremio de la danza y las artes escénicas. Así somos tantas veces. La muerte y la primavera, por otra parte, se estrena este jueves 15 de enero en el Centro de Danza Matadero de Madrid.
“Es verdad que un coreógrafo como yo, en Francia, en Alemania o en Inglaterra, saldría en los medios, estaría presente en muchos lugares, porque es una persona que de alguna manera influye y está ahí. Y en España la gente apenas conoce quién soy”, comenta Morau por teléfono cuando se le hace esta apreciación. Eso sí, quiere que esto suene en las antípodas de lo altivo: “Afortunadamente o desafortunadamente, no sabría decirlo, el mundo en el que trabajo no es popular, en ese sentido yo no soy famoso, no soy una persona visiblemente conocida en la calle pero porque la danza siempre está como en la sombra, la gente sabe que está, pero la gente no mira en esa dirección. En ese sentido, yo creo que queda mucho por hacer”, apostilla.
A Morau no le ha tocado la época de Nacho Duato, probablemente el coreógrafo y bailarín español más popular, pero también cree que algo está cambiando. El año pasado su espectáculo Afanador que hizo para el Ballet de España ya arrasó en los Max con cinco premios, incluido el de mejor director de escena. También en 2025 recibió la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona, el Premio Nacional de Cultura de Cataluña y la Medalla de Oro de su Ontinyent natal. Y estos días hay bofetadas para conseguir entradas para La muerte y la primavera en el Centro de Danza Matadero en Madrid. 2025 fue su año y 2026 va a llevarlo a otra estratosfera.
Marcos Morau. (Rita Antonioli)
“Sí, de repente un día, no sabes bien cuándo, la gente habla de ti, te respeta, te señala, aparecen las críticas, aparecen las entradas, los sold out empiezan a llegar, también toda esta complicidad con el extranjero… Y cuando todo esto va pasando de alguna manera tu propio país empieza a sentirse orgulloso y empiezan a pensar que tiene a esta persona que ahora mismo es uno de los nombres de la danza contemporánea. Entonces sí, me siento querido, me siento aplaudido, pero en la sombra, en un lugar discreto, que yo también celebro porque no me gusta la exhibición ni la fama”, asegura. También es cierto que España le dio el Premio Nacional de Danza en 2013 cuando apenas tenía 30 años, algo que el coreógrafo recuerda con mucho cariño. “¡Si ahora mismo no debe haber nadie más premiado que yo! Pero yo es que no quiero premios, quiero visibilización para ayudar a la gente que empieza, yo quiero hacer mucho más para la danza”, insiste.
El niño que jugaba
Morau es uno de los grandes nombres de la danza contemporánea mundial, pero no es bailarín. Tampoco procede de una familia de artistas. En su entorno, sobre todo a su abuelo, le gustaba mucho la fotografía y es algo a lo que empezó a dedicarse desde muy joven. Aparte de eso, poco más. Sin embargo, en el niño Morau latían poderosas fuerzas creadoras. “Sí, lo que yo quería ser de mayor era creador. No sabía si coreógrafo, o si músico, o si pintor, o si diseñador… Yo quería crear. Yo creo que mis padres y mis hermanos vieron en mí que era un niño con dotes como de poeta, por decirlo de alguna manera”, cuenta. Era el más pequeño de tres hermanos (nadie se ha dedicado a algo artístico) y cree que ser el único con estas inquietudes también le ayudó. “En ese sentido me sentía un poco solo y esa soledad la convertí en un mundo interior propio. Todo lo que hago creo que es el reflejo de ese niño que mira, que observa, que se pregunta cosas. Yo era el típico niño que le pregunta cosas a los profesores. Y esa llama es la que aún pervive en todo lo que hago”.
En 2004 montó La Veronal, una compañía que ha puesto del revés el mundo de la danza. Un auténtico disruptor de géneros. En sus espectáculos (TOTENTNAZ Morgen Ist Die Frage, Étude, Firmamento, solo por citar otros tres de gira) hay coreografía, movimiento, pero también vídeo, música. Son montajes que crean unas imágenes increíbles. Y hacen sentir. Ahora mismo es lo que más gusta en todo el mundo. Han actuado en todas partes. Y siguen recibiendo multitud de ofertas.
"No sabía que llegaríamos así de lejos. Sigo siendo ese niño que empezó inocente mezclando cosas y donde lo importante es el juego"
“Hace 22 años, cuando fundé la compañía, yo no sabía que llegaríamos así de lejos. Yo sigo siendo ese niño que empezó inocente mezclando cosas y donde lo importante es el juego. Decía mi maestro Romeo Castelluccique, como todo está inventado, lo que nos queda es hacer convivir imágenes que ya existieron con nuevas lecturas. Y en un tiempo en el que llega la inteligencia artificial, hay que ver de qué manera el arte puede seguir dando respuestas, si es que puede darlas, o formular las preguntas todavía más incómodas”, manifiesta. Además, añade, “la ventaja de no ser bailarín y de haberme reciclado como coreógrafo hace que yo no tenga ninguna especie de complejo ni de miedo a la hora de usar aquello que necesito para llegar a la idea o a la voluntad que tengo. Si hay música, si hay una cantante, si hay texto, si es una ópera, si es una obra de teatro, si hay un cuerpo en movimiento, si hay una proyección o si hay una instalación”.
La mística de Mercè Rodoreda
Muchas veces lo que hay es todo eso. Como sucede en La muerte y la primavera, que se puede ver hasta el 25 de enero y que cuenta con la cantante María Arnal. Basada en la novela póstuma de Mercè Rodoreda, que leyó hace unos cuatro años y le fascinó, ha querido llevar al escenario todo su simbolismo, la mirada que la escritora tuvo de la dictadura, el exilio, la opresión. Y también con mucho misticismo, con toda esta cosa del renacer cuando se toca fondo (la muerte, el sufrimiento), que es otro aspecto de una actualidad notable.
“Me alegra que hables de mística y no de religión porque creo que son dos cosas diferentes”, sostiene Morau cuando se le pregunta sobre esta obra. “Yo creo que tanto el arte como la religión intentan darle sentido a cosas que en la vida no encontramos. En el caso de Rosalía no sé por qué motivo lo hará. En el mío la mística me permite mirar, estar y pensar y sentir que no me he de conformar con la vida y con la realidad, sino que me permite verla desde otro ángulo. Me permite acercarme, cuestionarla y transformarla en otra cosa. Yo creo que aquí es donde el artista se encuentra a sí mismo y donde la mística tiene un poder relevante”.
Imagen de 'La muerte y la primavera' que se puede ver ya en el Matadero de Madrid. (Silvia Poch)
Hay otro aspecto de la novela que para el coreógrafo tiene mucho que ver con los tiempos que vivimos y es la manera en la que Rodoreda expuso el mundo (dictatorial) en el que vivió. “Más allá de posicionamiento y polarizaciones, el artista tiene que estar en contacto con el tiempo que vive, con el presente. Yo entiendo que la novela habla de comunidades que se organizan para salvarse, para combatir el miedo. Y también de cómo esta comunidad acaba asfixiándote. Es lo individual frente a lo colectivo, son tus intereses frente al del otro y cómo nos conduce el miedo. Todo esto está presente ahora más que nunca. No hay más que verlo. Primero Gaza, luego Venezuela, ahora Irán. Hemos llevado el mundo a un lugar en el que necesitamos tener el control y cómo lo desconocido nos aterra. En la novela, Rodoreda habla de cuando lo colectivo deja de ser un refugio y se convierte en una máquina del control. En ese sentido, el rito que ella simboliza, le sirve para darle sentido y para también sobrevivir. Al final, Rodoreda y todos los artistas usamos nuestro arte o nuestra capacidad de crear para salvarnos”.
"Sé que de este arte es fácil que se diga, 'esto no lo entiendo, es una mamarrachada', pero hay que acompañar a la gente para que lo disfrute"
De ahí que este artista, que reconocen en todas partes y al que ahora aquí ya estamos volviendo la mirada, pida que los poderes públicos, la sociedad presten algo más de atención a la danza y al arte contemporáneo, a lo nuevo, a lo que busca cosas distintas, “a lo que no es explícito, a lo que no es literal, porque es verdad que cuesta mucho de enfrentar, de proteger, porque siempre hay una sensación de ‘yo no lo entiendo, esto es una mamarrachada, esto no funciona…’, pero yo creo que no, y tenemos que intentar acompañar para que el arte sea una forma de expresión donde el espectador, el público, el niño, el adolescente, el que se quiera dedicar a esto, no encuentre ahí un límite, sino un escape para poder expresarse. Y en esto es básica la educación”.
"Ahora mismo creo que yo no soy la persona que debería estar aceptando un cargo de dirección. Necesito todavía llegar más lejos"
Le preguntamos entonces si acabará viniendo a España a dirigir algún centro. Si este es finalmente su lugar. Contesta rápido: un no, pero sin cerrar la puerta. “Ahora mismo lo que más me importa es mi libertad, poder trabajar para todas las compañías del mundo, poder viajar con La Veronal por todo el mundo y poder disfrutar de esta visibilidad y de este compromiso que tengo con el arte. Ahora mismo creo que yo no soy la persona que debería estar aceptando un cargo de dirección. Necesito todavía llegar más lejos con lo que significa crear y ser director de un centro, que son cosas muy diferentes”, zanja el coreógrafo, uno de los grandes embajadores culturales que tenemos en estos momentos por el mundo.
Ha sido reconocido por Francia como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (2023). Ha sido considerado por Alemania Mejor Coreógrafo del Año en dos ocasiones (2023 y 2025). En Italia le adoran: hizo allí el homenaje Notte Morricone y no lo olvidan. Actualmente, es el artista asociado de la StaatsBallet de Berlín, una de las mejores compañías del mundo. Y este pasado agosto abrió la Bienal de Venecia con su último espectáculo, La muerte y la primavera. No es ningún foráneo. Se trata del valenciano Marcos Morau (Ontinyent, 1982) y ahora mismo es el coreógrafo más aplaudido del planeta con compañías rifándosele por todas partes… En España, por el contrario, su nombre apenas sale del gremio de la danza y las artes escénicas. Así somos tantas veces. La muerte y la primavera, por otra parte, se estrena este jueves 15 de enero en el Centro de Danza Matadero de Madrid.