Todas las triquiñuelas por las que en 1913 el busto de Nefertiti llegó a Alemania (y ahí sigue)
En 'Arte secuestrado', Catharine Titi y Katia Fach Gómez analizan cómo acabaron seis piezas emblemáticas en los museos donde se exhiben y abren el debate sobre su restitución. Publicamos parte del capítulo dedicado a Nefertiti
A principios del siglo XX, la Sociedad Alemana de Estudios Orientales, dirigida por el arqueólogo Ludwig Borchardt, recibió una licencia de excavación en Egipto. James Simon, comerciante, coleccionista de arte y filántropo judío, cuyo legado sería posteriormente silenciado por los nazis, financió sus operaciones. El equipo de Borchardt comenzó a excavar en Tell el-Amarna en el invierno de 1911-1912. Esta región fue el emplazamiento de Ajetatón, la efímera capital establecida por el esposo de Nefertiti, el faraón Akenatón. Esta ciudad se ubicaba en la ribera oriental del río Nilo y fue abandonada poco después de la muerte de este faraón, aproximadamente en el año 1332 a. C.
El equipo de Borchardt centró sus esfuerzos en la ciudad, donde descubrieron varias casas y villas. Un año más tarde, en la segunda fase de las excavaciones, también hallaron un taller de escultura. Este se atribuiría posteriormente a Tuthmose, un maestro escultor de la corte de Amarna. El 6 de diciembre de 1912, se descubrió en este taller el busto de Nefertiti, posicionado boca abajo pero casi intacto. El mérito oficial de este descubrimiento recayó completamente en el alemán Borchardt, aunque en realidad fue Muhamad Ahmad al-Sanusi, un egipcio que formaba parte del equipo de excavación, quien encontró el busto.
El 20 de enero de 1913, se procedió a realizar el reparto de los hallazgos de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales en su excavación. En este proceso representó al Servicio de Antigüedades Gustave Lefebvre, un funcionario de origen francés, epigrafista y papirólogo, quien se cree que estaba especialmente interesado por las inscripciones.
En este caso, los arqueólogos europeos hicieron una primera propuesta de reparto por lotes y presentaron dos listados de piezas. En uno de ellos incluyeron el busto de Nefertiti, al que describieron como "busto de yeso pintado de una princesa". Esta descripción era inexacta en más de un sentido: la "princesa" era una faraona y el busto era de piedra caliza y yeso. Encabezaba el otro listado el retablo conocido como Estela de Akenatón y su familia, que contenía una representación de Akenatón y Nefertiti.
Borchardt sabía que Gaston Maspero [director del Servicio de Antigüedades de Egipto entre 1881 y 1914], a quien Lefebvre representaba y que posteriormente tenía que aprobar el reparto, era un apasionado de las imágenes de esta pareja real. Este segundo listado se completó con varias inscripciones del gusto de Lefebvre.
Una vez que se presentaron los dos listados, el Servicio de Antigüedades de Egipto se dispuso a ejercitar su derecho a elegir entre ellos. Lefebvre revisó las fotografías de los hallazgos y tuvo acceso a los registros de la excavación. Los descubrimientos se habían colocado en cajas abiertas en una habitación poco iluminada. Parece que Lefebvre hizo una inspección superficial y no consideró necesario examinarlos mejor. Su decisión estaba ya tomada.
Las fotografías que Borchardt enseñó a Lefebvre de la pieza presentaban a Nefertiti desde un ángulo que ocultaba "toda la belleza del busto"
Bruno Güterbock, secretario de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales, fue testigo de esta división. Según él, durante el reparto, el busto de Nefertiti ya estaba embalado y colocado dentro de una caja en este almacén poco iluminado. Las fotografías que Borchardt enseñó a Lefebvre de la pieza presentaban a Nefertiti desde un ángulo que ocultaba "toda la belleza del busto", pero que al mismo tiempo servían para "refutar las habladurías posteriores de terceros de que se había mantenido algo en secreto".
Según el relato de Rudolf Anthes, otro de los colegas alemanes de Borchardt, a Lefebvre se le engañó "para que eligiera el lote equivocado". Borchardt "podía ser un zorro, después de todo, cuando era necesario". Más tarde, él mismo comentó: "El reparto fue [...] extremadamente difícil. Todavía no sé cómo me las arreglé para dirigir la división de esta manera [...]. Los hombres de El Cairo eran demasiado perezosos para mirar en la caja".
Investigadores en la materia coinciden con esta interpretación de cómo se hizo el reparto. Según el jurista alemán Kurt G. Siehr, "parece muy probable que Borchardt, deseoso de conservar el busto de Nefertiti para Alemania, o bien no revelara del todo el hallazgo a la autoridad egipcia de antigüedades [...] o bien ocultó el busto diligentemente bajo algunas antigüedades sin importancia, o bien Gustave Lefebvre, como epigrafista y papirólogo, no reconoció la importancia del busto de Nefertiti".
Es cierto que Borchardt no describió con precisión la efigie de Nefertiti en el informe del reparto de hallazgos. Como hemos visto, se refirió simplemente a un busto de yeso de una princesa pintada, aunque en su diario de excavación sí que habló del busto de la "reina" y de una obra de arte de belleza indescriptible. Esto refuerza la idea de que minimizó la importancia de su hallazgo o que incluso hubo un intento de generar un engaño, argumento que utilizaron los políticos egipcios durante las negociaciones de 1946 para solicitar la restitución de la pieza. Según un artículo publicado en el diario alemán Der Spiegel en 2009, Güterbock había escrito en 1924 que Borchardt "quería que nos quedásemos el busto" y para ello presentó una fotografía que no mostraba a Nefertiti en su mejor luz.
En definitiva, parece que el Servicio de Antigüedades de Egipto desconocía las características reales de este busto hasta que Nefertiti se expuso en Berlín unos años más tarde. En palabras de Siehr, Egipto "nunca aceptó, a sabiendas, que esta pieza formase parte legítima de la mitad alemana de los hallazgos de Tell el-Amarna".
Nefertiti llega a Alemania
El busto de Nefertiti —conocida como Nofretete en alemán— llegó al país germánico en febrero de 1913 y permaneció varios meses en el domicilio berlinés del mecenas de la excavación, Simon. Allí lo admiraron visitantes tan ilustres como el emperador alemán Guillermo II. Unos meses más tarde, Simon prestó la escultura original, procedente de Egipto, a la Colección Real de Arte de Prusia, y conservó una copia de la pieza en su casa.
En marzo de 1913, también llegaron a Berlín los otros hallazgos del yacimiento de Tell el-Amarna, incluida la parte egipcia del reparto, ya que Maspero los había prestado generosamente para una exposición que se inauguró el 5 de noviembre de 1913 en el Museo Nuevo de esta ciudad. Un dato muy llamativo es que, aunque la exhibición permaneció abierta hasta principios de 1914 —tuvo tanto éxito que hubo que prolongarla—, el busto de Nefertiti no formó parte de ella. La imagen de la reina se presentó brevemente al principio de la muestra, pero casi de inmediato se retiró por petición del mismo Borchardt.
Según Güterbock, el arqueólogo no quiso exhibir el busto por miedo a que los oficiales del Servicio de Antigüedades de Egipto se dieran cuenta de lo que habían dejado salir del país y que, enojados, decidiesen revocar la licencia de excavación de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales en Egipto. La historia muestra que estos temores resultaron ser fundados, pues, una vez que la obra se expuso en Berlín, sucedieron precisamente esas dos cosas: Egipto pidió la devolución del busto y, como veremos, la Sociedad Alemana de Estudios Orientales perdió su licencia de excavación.
Por aquellas fechas, Borchardt elaboró un artículo científico en el que hacía referencia a varios hallazgos arqueológicos egipcios. Publicó el trabajo en una revista con la que el arqueólogo tenía una estrecha relación: la de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales. En el texto, Borchardt incluyó una foto parcial del busto de Nefertiti, pero sin hacer hincapié en las extraordinarias características de la pieza, con lo cual sus lectores no prestaron especial atención al busto. Esa era justamente la intención del arqueólogo, quien confirmó que se eligió este enfoque de la imagen "para que sea imposible darse cuenta de toda la belleza del busto". Al mismo tiempo, esa publicación serviría para "refutar cualquier acusación de secretismo más adelante, si fuera necesario".
Mientras tanto, en 1920, el filántropo Simon donó la efigie de Nefertiti al Museo Egipcio de Berlín. El descubrimiento en 1922 de la tumba de Tutankamón, el niño rey, por parte de un equipo de excavación británico dirigido por Howard Carter avivó el interés de los occidentales por la egiptología. Este acontecimiento pudo, a su vez, haber precipitado la exposición del busto de la reina egipcia en 1924. La Primera Guerra Mundial estaba aún muy reciente y el antagonismo entre Gran Bretaña y Alemania continuaba. Según el académico Sebastian Conrad, la presencia de Nefertiti en Berlín podía convertirse en "una prueba del estatus de Kulturnation de Alemania en un momento de marginación geopolítica".
Sobre el libro y las autoras
¿A quién pertenecen los mármoles del Partenón? ¿Y el busto de Nefertiti? Detrás de muchas de las obras que admiramos cuando visitamos el Louvre, el Museo Británico o el Met de Nueva York se oculta un pasado incómodo. Son piezas que desaparecieron de su lugar de origen, arrancadas de templos, tumbas o palacios, y que hoy se siguen reclamando. Durante siglos, los grandes museos reunieron objetos procedentes de todos los rincones del planeta convencidos de estar preservando el patrimonio de la humanidad. Pero tras esa apariencia de universalidad se esconde una historia de conquistas, expolios y apropiaciones que todavía proyecta su sombra sobre nuestras instituciones culturales.
El libro Arte secuestrado (Península), de Catharine Titi y de Katia Fanch Gómez, sigue el rastro de seis piezas emblemáticas —de los mármoles del Partenón al penacho de Moctezuma, los bronces de Benín y el busto de Nefertiti— para contar, con rigor y claridad, cómo llegaron a las salas de exposición en las que reposan y para abrir el debate sobre su restitución.
Catharine Titi es profesora titular de investigación en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Francia, experta en derecho internacional, derecho internacional de las inversiones y derecho del patrimonio cultural. Katia Fach Gómez, por su parte, es profesora titular (acreditada catedrática) de derecho internacional privado en la Universidad de Zaragoza, experta en litigación internacional, arbitraje, mediación y derecho del patrimonio cultural. Posee formación en periodismo y es columnista habitual en prensa española.
Siguiendo con la sucesión de acontecimientos, cuando el Servicio Antigüedades egipcio supo que el busto de Nefertiti había empezado a exhibirse en 1924 en el Museo Nuevo, tomó conciencia de su enorme pérdida. A consecuencia de ello, la renovación de la licencia egipcia de excavación de Borchardt se canceló en 1925. Asimismo, el país africano comenzó a solicitar la devolución de la pieza por distintas vías.
Pierre Lacau, jefe del Servicio de Antigüedades de Egipto, escribió a las autoridades alemanas explicando que, desde su punto de vista, el busto nunca debería haber salido del país y que, al menos por razones morales, tenían que devolverlo. Los trabajos científicos del profesor Siehr argumentan que en el momento de la salida de Nefertiti hacia Alemania la exportación de bienes culturales de Egipto ya requería una autorización expresa y que, en el caso del busto, las autoridades egipcias no la habían concedido.
Dado que Alemania no tomó en consideración la solicitud inicial de Lacau, este egiptólogo francés convenció al ministro de Obras Públicas egipcio en 1927 para que, a cambio de la restitución de la escultura de Nefertiti, ofreciera entregar dos esculturas que se encontraban en territorio egipcio (la de Ranefer, del Reino Antiguo, y la de Amenhotep, hijo de Hapu, del Reino Nuevo). Las negociaciones en esa fase se llevaron a cabo entre egiptólogos y se argumentó que de este modo no se pondrían en peligro las relaciones políticas germano-egipcias.
Entre tanto, el controvertido Borchardt se jubiló como director de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales en 1929, lo cual hizo pensar por un momento que se podría alcanzar un acuerdo en torno al busto. Incluso un artículo publicado en The New York Times llegó a describir de forma ensoñadora cómo se produciría una supuesta devolución: "El busto de la bella reina Nefertiti [...] ha empezado su viaje de regreso al país egipcio, mientras que [las esculturas de Ranefer y de Amenhotep] se dirigen a Berlín".
Esta restitución realmente no llegó a producirse. De hecho, había fuertes intereses en contra de que tuviese lugar. Por ejemplo, un intercambio de cartas entre el Museo Británico y el embajador británico en Berlín en esta época muestran que en la esfera británica se defendía la idea de que había que impedir a toda costa la devolución del busto a Egipto, ya que podría abrir la puerta a una indeseable restitución de piezas extraordinarias, como la piedra de Roseta y los mármoles del Partenón. Finalmente, las negociaciones se dieron por concluidas sin éxito en junio de 1930. De nada sirvió la carta abierta publicada en un periódico alemán que el mismo Simon dirigió al ministro germano de Ciencia, Educación y Cultura para apoyar la devolución del busto a Egipto.
En octubre de 1933, Hitler vetó la devolución de la pieza y llegó a afirmar que estaba enamorado de Nefertiti
Unos años más tarde, en otro vaivén de la historia, parece que la Legación Real Egipcia en Berlín convenció a diplomáticos y políticos alemanes para que se devolviese el busto con el fin de agasajar al rey egipcio Fuad I en su cumpleaños. Sin embargo, en octubre de 1933, Hitler vetó la devolución de la pieza y llegó a afirmar que estaba enamorado de Nefertiti.
Durante la Segunda Guerra Mundial, se evacuaron los museos de Berlín y sus tesoros culturales se trasladaron a lugares seguros. Fue una medida preventiva acertada, ya que más de un tercio del Museo Nuevo, así como el resto de las instituciones ubicadas en la Isla de los Museos, sufrieron daños. Nefertiti, empaquetada dentro de una caja que se había etiquetado como "la reina de colores", fue trasladada primero a la cámara acorazada del Banco Gubernamental Prusiano y después a un búnker situado cerca del zoo de Berlín. En 1945, el busto fue depositado en una mina de sal de Merkers, en Turingia, junto con las reservas de oro y divisas de Alemania.
Durante la II Guerra Mundial, Nefertiti fue trasladada a la cámara acorazada del Banco Gubernamental Prusiano y luego a un búnker cerca del zoo de Berlín
Los aliados tomaron esa mina unos meses más tarde y la protección del busto quedó encomendada a su Programa de Monumentos, Arte y Archivos. Este programa trabajó para rescatar y proteger el patrimonio cultural durante la Segunda Guerra Mundial a través de una unidad compuesta por conservadores, historiadores del arte y educadores conocida como Monuments Men. El gran público ha sabido de su labor por medio de la película germano-estadounidense del mismo título, escrita y producida por George Clooney y Grant Heslov en 2014.
Estados Unidos envió en 1946 el busto de Nefertiti a Wiesbaden, capital del estado de Hesse, donde se expuso al público. Ese mismo año, Egipto volvió a requerir la restitución de la pieza. El primer ministro egipcio Mahmoud Fahmy al-Nokrashy Pasha apuntaba en una carta enviada el 10 de febrero de 1946 al Departamento de Estado de Estados Unidos que, dado que Hitler había sido derrotado, no había razón para seguir rechazando la demanda egipcia de la devolución del busto.
A principios de los años cincuenta, Egipto continuó explorando, sin éxito, la posibilidad de negociar con Alemania la devolución de Nefertiti. Parece que, a finales de 1952, el Gobierno alemán tuvo la intención de restituir el busto de Nefertiti a Egipto, pero nuevamente la oportunidad pasó sin llegar a culminarse. A mediados de esa misma década, la escultura se envió a Berlín Occidental, donde se expuso en el Museo Dahlem y, posteriormente, en el palacio de Charlottenburg. Las reivindicaciones para que Nefertiti regresase a la Isla de los Museos, ubicada en esos momentos en Berlín Oriental, no prosperaron. Tras la reunificación de Alemania, el busto regresó en 2005 al Museo Nuevo, sede de la colección del Museo Egipcio, donde hoy en día se sigue exponiendo. Según la web oficial de los museos berlineses, Nefertiti "es la estrella indiscutible del Museo Nuevo".
A principios del siglo XX, la Sociedad Alemana de Estudios Orientales, dirigida por el arqueólogo Ludwig Borchardt, recibió una licencia de excavación en Egipto. James Simon, comerciante, coleccionista de arte y filántropo judío, cuyo legado sería posteriormente silenciado por los nazis, financió sus operaciones. El equipo de Borchardt comenzó a excavar en Tell el-Amarna en el invierno de 1911-1912. Esta región fue el emplazamiento de Ajetatón, la efímera capital establecida por el esposo de Nefertiti, el faraón Akenatón. Esta ciudad se ubicaba en la ribera oriental del río Nilo y fue abandonada poco después de la muerte de este faraón, aproximadamente en el año 1332 a. C.