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Café, quiosco y yogur, palabras del turco que pasaron a (casi) todas las lenguas del mundo
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Lingüística/ Serie Voces viajeras III

Café, quiosco y yogur, palabras del turco que pasaron a (casi) todas las lenguas del mundo

Las palabras se acogen porque designan novedades, pero también porque evocan prestigio, exotismo o modernidad

Foto: Un café turco en Skopje (República de Macedonia del Norte) en 2024. (EFE/EPA/Georgi Licovski)
Un café turco en Skopje (República de Macedonia del Norte) en 2024. (EFE/EPA/Georgi Licovski)

Goza la lengua turca de una tradición milenaria que ha dialogado con el mundo árabe, persa y europeo. Su trayectoria ha dejado huella en el léxico de la humanidad, en un viaje continuo de expansiones, migraciones, contactos y transformaciones culturales.

Fue la lengua del Imperio otomano, nacido en 1299, cuando el pequeño principado de Osmán I aprovechó el declive bizantino y se expandió por Anatolia y los Balcanes con un ejército eficiente. Llegó a convertirse en una gran potencia que conquistó Constantinopla en 1453. Controló los Balcanes, el Levante, Egipto y parte del norte de África. A esta lengua la acompañaban el estrato árabe, de prestigio religioso y científico, y el estrato persa, vinculado a la literatura. Anatolia fue durante más de cuatro siglos su núcleo territorial, un espacio de delicada convivencia entre turcos, griegos, armenios, kurdos, judíos y otras comunidades.

En los siglos XVIII y XIX aumentó el interés por el exotismo otomano, una influencia extensa y muy fuerte en las regiones bajo dominio o contacto prolongado, y débil en las lenguas occidentales. En 1923, el Imperio otomano, que ya venía debilitándose, desapareció.

Entre las palabras hoy universales se cuentan café, quiosco y yogur, así como pachá, diván, bazar, tulipán, kebab y turquesa

Nació la República de Turquía. Kemal Atatürk, su primer presidente, emprendió una profunda reforma de la lengua que incluyó la sustitución del alfabeto árabe por el latino, introducido en 1928. Eliminó miles de arabismos y persianismos, rescató vocabulario clásico y creó neologismos propios. Se fundó la Asociación de la Lengua Turca. El resultado fue una lengua más accesible, uniforme y apropiada para la alfabetización masiva. Términos turcos se difundieron ampliamente por Europa, Oriente Medio y Asia. Entre las palabras hoy universales se cuentan café, quiosco y yogur, así como pachá, diván, bazar, tulipán, kebab y turquesa, entre otras muchas.

Café, una ruta cultural y lingüística

Junto con el azúcar y el té, el café es uno de los ejemplos más claros de palabra global nacida del contacto. Comenzó a beberse en Yemen en el siglo XV, especialmente en la ciudad portuaria de Moca (al-Mukhā). En árabe clásico qahwa designaba una bebida estimulante y, a partir del siglo XV, se aplicó específicamente al café, difundido por el mundo islámico. Así llegó al turco, donde la consonante gutural árabe /q/ se suavizó a /k/; la /w/ árabe pasó a /v/; la vocal final se ajustó al sistema turco, y la palabra quedó en kahve.

Con la expansión del Imperio otomano durante los siglos XV y XVI, la bebida se propagó junto con la palabra. Entró en Europa a través del comercio mediterráneo, especialmente por Venecia, donde se adaptó como caffè hacia 1600. La k inicial de kahve pasó a c, pronunciada /k/ ante a; la secuencia hv se simplificó y reforzó como ff. La ciudad de los canales fue, ya en 1615, una de las primeras de Europa donde se sirvió la todavía exótica bebida.

Con la expansión del Imperio otomano en los siglos XV y XVI, la bebida se propagó junto con la palabra. Entró en Europa con el comercio

Al francés llegó hacia 1645, simplificada en café. En 1670 ya existían en Marsella establecimientos que lo servían, y en 1672 abrió en París uno de los primeros locales así llamados. El español la tomó del francés hacia el siglo XVIII, aunque ya se documenta antes. El Diccionario de Autoridades (1734) lo define como "bebida que se hace de la semilla del árbol llamado café".

Para las lenguas románicas y germánicas, la palabra se inspira en el francés, que a su vez la tomó del italiano. La -ff- se conserva en las lenguas germánicas: coffee en inglés. Las lenguas eslavas se inspiran en el turco o el alemán; por eso en ruso es kofe (кофе), en búlgaro kafe (кафе) y en serbio kafa (каφα), mientras que otras conservan la /v/: polaco kawa; checo, eslovaco, esloveno y croata, kava. La /v/ y la /f/ son consonantes muy cercanas: su única diferencia es que en la /v/ vibran las cuerdas vocales y en la /f/ no.

placeholder Un señor tomándose un café turco. (EFE/EPA/Georgi Licovski)
Un señor tomándose un café turco. (EFE/EPA/Georgi Licovski)

La mayor desviación aparece en el letón kafija. El árabe conserva la voz primera, qahwa (قهوة), en la que también se inspiran el persa qahveh (قهوه) y el kurdo qehwe. En el sur y sudeste asiático se instala en el hindi kŏfī (कॉफ़ी), en el bengalí kôphi (কফি), en el tamil kāppi (காப்பி), en el tailandés kafae (กาแฟ), en el vietnamita cà phê y en indonesio kopi. En Asia oriental llega al chino mandarín kāfēi (咖啡), al japonés kōhī (コーヒー) y al coreano keopi (커피). Algunos ejemplos de lenguas africanas son el suajili kahawa, el hausa kofi y el yoruba kọfi. Hay, sin embargo, algunas excepciones, como la del amhárico bunna (ቡና), que contaba con una voz patrimonial.

Quiosco: del persa al turco, del turco al mundo

La voz primitiva kūšk (کوشک) es persa y significa ‘palacio’, ‘pabellón’, ‘casa elevada’, ‘mirador’… Se utilizaba en el Irán medieval entre los siglos IX y XII para designar pequeñas construcciones abiertas en los jardines de los palacios, destinadas al descanso y la contemplación. Pasó al turco como köşk, pronunciado /kœʃk/, con el mismo significado. En el Imperio otomano (siglos XV-XVII), los köşkler eran edificios característicos de la arquitectura cortesana, como el famoso Topkapı Köşkü de Estambul.

placeholder Un kiosko en Hamra Street en Beirut. (Reuters/Mohamed Azakir)
Un kiosko en Hamra Street en Beirut. (Reuters/Mohamed Azakir)

Pasó al francés como kiosque (con inserción gráfica de -que) a finales del siglo XVII o comienzos del XVIII, a través de los contactos diplomáticos y culturales, todavía con el mismo significado. El Dictionnaire de l’Académie française de 1718 ya lo registra. En el siglo XIX el término amplió su sentido al de ‘estructura ligera, generalmente circular y abierta, utilizada para música o reuniones en parques’, y de ahí pasó a muchas lenguas europeas: italiano chiosco; alemán e inglés Kiosk. Al español llegó en el siglo XIX como quiosco, primero con el sentido de ‘templete de jardín’ y más tarde con el de ‘puesto de venta’. Este último significado se documenta también en ruso kiosk (киоск) y en portugués quiosque. Al árabe ha llegado como kushk o kushuk, mediante adaptación fonética con vocal epentética.

Del francés pasó asimismo al italiano chiosco; al español, con dos ortografías, quiosco y kiosco; al portugués quiosque; al húngaro kioszk; al finés kioski, que añade vocal final /i/ por regla fonotáctica finesa; al japonés kiosuku (キオスク), con vocales epentéticas y sílaba final /ku/ exigidas por la estructura silábica japonesa; al coreano kioseukeu (키오스크), con vocales de apoyo; al suajili kioski; y al tagalo kioso. En fin, una verdadera voz internacional.

Yogur: del verbo que significa ‘fermentar’

Los hablantes de turco ya consumían yogur en la Edad Media, y probablemente mucho antes. Su expansión por Europa y por el resto del mundo se aceleró con su industrialización y su llegada al mercado de masas. La palabra nació en turco hacia el año 1070, probablemente en la zona de los actuales Uzbekistán y Turkmenistán. Procede del verbo yoğurmak, que significa ‘amasar’, ‘espesar’, ‘fermentar’. En Europa no se popularizó hasta el siglo XIX, primero en Francia y más tarde en Bretaña, y luego por toda Europa, gracias a empresas como Danone, fundada en 1919 en Barcelona. Lo extraordinario es comprobar la rapidez con la que viaja el producto y, con él, la palabra.

placeholder El famoso yogurt griego
El famoso yogurt griego

El turco yoğurt pasó casi sin modificaciones a las lenguas de su familia: kazajo, kirguís, tártaro, uzbeko… Llegó a lenguas de menor influencia otomana a través de préstamos europeos, sobre todo del francés o del inglés. Algunas ya tenían su propia palabra nativa para designar productos lácteos fermentados, pero adoptaron la forma turca para los productos comerciales. En las lenguas romances, el término entra sobre todo por mediación del francés yaourt. El español y el catalán fijan yogur, con simplificación gráfica y pérdida de la -t final; el italiano prefiere yogurt; el portugués, iogurte, por exigencia fonológica. Todas eliminan la grafía turca ğ, intraducible fuera de su contexto fonético, y todas naturalizan el préstamo sin ocultar su origen.

Las lenguas germánicas son más conservadoras en lo gráfico: yogurt en alemán y en el inglés general; yoghurt en el inglés británico, donde la h no representa sonido alguno, sino un gesto etimológico; yoghurt también en neerlandés y en varias lenguas escandinavas. Aquí se aprecia una voluntad de extranjerismo controlado: la palabra se integra, pero mantiene una apariencia foránea. En las lenguas eslavas, la adaptación es regular y morfológica: ruso jogurt (ЙОГУРТ), polaco jogurt, checo y eslovaco jogurt. La j sustituye a la y semiconsonántica, y el término se declina como cualquier sustantivo común.

Cuando una palabra nombra algo que se come, las lenguas la aceptan, pero la rehacen, porque ninguna se alimenta de préstamos crudos

El panorama se amplía en Asia. En persa y en otras lenguas de Asia Central existen términos autóctonos antiguos para productos lácteos fermentados, lo que limita el préstamo. En cambio, en japonés yōguruto (ヨーグルト) y coreano yogureuteu (요구르트,) y chino moderno suānnǎi, ‘leche ácida’ (酸奶,). En hindi convive la palabra tradicional dahī (दही), con el préstamo, yogart (योगर्ट) en registros comerciales. En África, el suajili yoghurt, wolof yogurt, amárico yogert (ዮገርት), generalmente a través del inglés o del francés, coexisten con denominaciones locales para leches fermentadas tradicionales. El recorrido es claro: cuando una palabra nombra algo que se come, las lenguas la aceptan; pero, al aceptarla, la rehacen, porque ninguna se alimenta de préstamos crudos.

Las palabras narran encuentros

Son las palabras testigos discretos del contacto entre pueblos y culturas. Cada una encierra un itinerario de préstamo y adaptación fonética. Viajan abiertas: se dejan tocar, deformar, reinterpretar y, finalmente, asimilar. Cuando decimos café, quiosco o yogur, evocamos, sin saberlo, caravanas, puertos, jardines palaciegos, mercados urbanos y mesas compartidas.

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Ninguna lengua es autosuficiente ni impermeable. Aquellas que presumen de pureza o continuidad también están atravesadas por capas de préstamos invisibles. En ese equilibrio entre integración y distancia se juega una parte de la identidad lingüística. El caso del yogur es ejemplar: su grafía, su pronunciación y su estatuto gramatical revelan decisiones distintas según las tradiciones escritas, los sistemas fonológicos y la relación cultural con el producto.

Las palabras se acogen porque designan novedades, pero también porque evocan prestigio, exotismo o modernidad. El café no fue únicamente una bebida: fue un espacio social. El quiosco no fue solo un edificio: fue un símbolo urbano. El yogur no fue solo un alimento: fue salud, ciencia y mercado. Las lenguas registran esas motivaciones y las conservan mucho después de que se hayan olvidado sus razones primigenias. Así, al seguir el rastro de unas pocas palabras, se revela una historia mayor: la de la humanidad hablándose a sí misma a través del tiempo, porque las palabras, cuando viajan, no solo nombran cosas: narran encuentros.

*Rafael del Moral es sociolingüista experto en lenguas del mundo y autor de la 'Enciclopedia de las lenguas', 'Breve historia de las lenguas', 'Historia de las lenguas hispánicas' y' Las batallas de la eñe', así como de numerosos artículos en revistas especializadas.

Goza la lengua turca de una tradición milenaria que ha dialogado con el mundo árabe, persa y europeo. Su trayectoria ha dejado huella en el léxico de la humanidad, en un viaje continuo de expansiones, migraciones, contactos y transformaciones culturales.

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