Los borrachos pesados del bar son ahora opinadores en redes: saben de todos los temas y se mueren por demostrarlo
Me deprime toparme cada día en internet con muchas de mis amistades destrozándose mutuamente por querer imponer sus opiniones políticas o insultando a quienes no comparten sus cacareadas ideologías. Pero lo peor de todo: ¡son unos pelmas de cuidado!
Imagen de Mickey Rourke en la película 'El borracho'.
Mis amigos van a lograr que supere mi adicción a las redes sociales. ¿Y cómo están consiguiendo objetivo tan loable?, se preguntarán ustedes. Pues por el sencillo método de opinar de todo. Cada vez que leo sus análisis improvisados sobre la actualidad política o cualquier suceso que consideren mediático (porque TIENE QUE SER mediático), me entra tal bochorno y tanta vergüenza ajena que se me esfuman las ganas de seguir navegando por internet. ¡Me estoy quitando gracias a ellos!
No es para menos: ese fenómeno que consiste en saber de cualquier tema, cualidad prodigiosa que antes era exclusiva del borracho plasta del bar, ahora lo detentan millones de internautas. Los cercanos a mí tienen más delito, porque la mayoría de ellos cuentan con educación universitaria, pero eso no los hace menos pelmazos.
Hay entre tales lumbreras del dogma muchas personas que yo antes quería y admiraba. A casi todas las sigo queriendo, pero la admiración ya se fue a la Conchinchina.
¡Pero por qué querrán demostrar a todo quisque que son sabios en todas las materias y a qué viene tanta obstinación en pretender llevar siempre la razón!
Exactamente como el borracho más patético del bar.
Españoles en el mundo (sin salir del sillón de su cuarto)
Cada día, al entrar en Facebook, Twitter u otra maraña social de estas, me topo con análisis pretendidamente sesudos del listo de turno a colación de cualquier acontecimiento mundial. En la mayoría de ocasiones y salvo alguna sana excepción, el tipo no solamente no atina en lo que dice, sino que encima lanza sus opiniones con agresividad y sin ningún miramiento, así hieran los sentimientos de cualquier cultura, comunidad o sensibilidad colectiva o individual lícitas. ¡Todo con tal de rodearse de unos cuantos palmeros de su misma catadura y cuerda!
Y casi siempre, abrazando la radicalidad y lo absoluto. Ni te atrevas a proponer matices, ¿para qué? Si lo único que importa, más allá del pretexto temático, es el afán de protagonismo del que opina. Su ego, y no su deseo de justicia, suele ser la razón de fondo que propicia esa opinión. Obviamente, esto me duele el doble cuando lo percibo en personas de mi círculo íntimo o cercanías.
Junto al descaro de su ignorancia, además, algunos amigotes te quieren endilgar la obligación de posicionarte sí o sí en cualquier materia que ocupe los titulares del día porque, como todos sabemos, el término medio en España siempre es sospechoso. O eres de un frente o eres del otro, aunque en el mapamundi estos lleven años mezclados por la evidencia factual. Nunca he visto a tantos compañeros —a tantos que yo sé que fuera de esa vorágine virtual son buenas personas— insultándose tan encarnizadamente como en los últimos meses. La globalización es lo que tiene: de nuevo hay que “significarse” (qué término tan siniestro), pero sobre la geopolítica planetaria y además sin medias tintas, como si la vida fuera un Barça-Madrid. Y —ahí subyace lo aberrante— no apostando por la vida de todos, sino por el exterminio de algunos. Como si te forzaran a elegir entre marchar a favor del Holocausto o a favor de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. No hay más opciones disponibles, ni mensajes que apuesten por la paz de los pueblos ni escalas de grises que valgan. No, hay muertos que son mejores que otros y por tanto tienes que escoger, acorralado por el capricho de personas que jamás van a sufrir las consecuencias de sus palabras gratuitas, cuáles defiendes y cuáles apoyas que sigan muriendo.
Ni te atrevas con matices, si lo que importa, más allá del pretexto temático, es el afán de protagonismo del que opina
Lo gracioso es que saben de todo sin abandonar jamás el sillón de su casa, trono desde el que se erigen en juez y parte de cualquier asunto humano o divino. Y, eso sí, les importa un pimiento humillar o utilizar a cualquier grupo social o identitario si con ello logran quedar como unos señores imponiendo las ideas en las que ellos creen: la nación sudamericana donde vivo, por ejemplo, ha acogido a un millón y medio de inmigrantes venezolanos y, tras ver diariamente a familias enteras pidiendo un poco de caridad en la calle con la mayor educación pese a las pésimas condiciones en que subsisten, jamás se me ocurriría lanzar a la ligera mi visión obligadamente parcial, incompleta e impertinente de la historia reciente de su país.
Uno creería que, viviendo más lejos y en una sociedad privilegiada como la española, se debería ser más cauto.
En nuestro país, ¡quia!
Cosifica, que algo queda
Esa obsesión por dejar tu cagadita internetera con una frivolidad pasmosa sobre las cuestiones de “actualidad” juega al final un solo papel: el de enfrentar entre sí a ciudadanos que, al término del día y ladren a todas horas en contra o a favor del sistema, en el fondo viven y se integran muy parecidamente en él. Pese a ello, veo a amigos matarse verbalmente a diario por noticias internacionales de las que no poseen todas las claves (ni la mitad de ellas). Pareciera que su único interés personal al azuzar esos avisperos es el de utilizar a víctimas reales como mera munición para su fuego cruzado, enzarzados en una refriega pública que únicamente termina beneficiando a algún asesino con poder. ¡Qué fácil estamos dispuestos a ofrecer nuestra pasión y nuestra fe ciegas a favor de cualquier criminal a cargo de una potencia u otra, guarecidos bajo la etiqueta ideológica que nos absuelva de toda responsabilidad!
Pues para eso es para lo que sirve básicamente el que nos estemos navajeando unos a otros como espectáculo público.
Uno empieza cosificando a la persona con la que discute (los inevitables “facha” y “rojo” de nuestra dialéctica popular tradicional) y acaba dando por buena cualquier desgracia que le suceda a esos presuntos facha y rojo. Ya los hemos reducido a una cualidad elemental y, a nuestros ojos, deplorable. El siguiente paso es que no nos importe alegrarnos ante un destino aciago para ese adversario que nos molesta. Incluso algún día tal vez nos animaríamos a contribuir a ese destino aciago. Seguro que uno se siente mejor persona después de todo ese proceso y más capacitado para seguir sentando cátedra.
Hay más motivos en mi alergia a esta carrera desbocada por aportar visiones histéricas, simplistas y demagogas: no me creo que se pueda luchar por un mundo mejor y más humano desde el odio y la prepotencia. No me creo que alguien que odia y estigmatiza continuamente esté forjando un futuro más inclusivo y justo. Se puede defender una causa que uno cree justa desde la serenidad, la inteligencia y el rigor. Lo demás es llamar a la contienda abierta y, por tanto, a la comisión de más abusos, injusticias y crímenes. Lo demás es contribuir a que crezca aquello contra lo que se pretende o proclama luchar. Cuando se ofrece intolerancia, se recoge intolerancia.
No confío en las personas que no tienen sentido del humor y en las que jamás se autocuestionan. Y eso es lo que rige el debate público en las redes hoy.
¡Si al menos estuvieran borrachos, tendrían una buena excusa!
Mis amigos van a lograr que supere mi adicción a las redes sociales. ¿Y cómo están consiguiendo objetivo tan loable?, se preguntarán ustedes. Pues por el sencillo método de opinar de todo. Cada vez que leo sus análisis improvisados sobre la actualidad política o cualquier suceso que consideren mediático (porque TIENE QUE SER mediático), me entra tal bochorno y tanta vergüenza ajena que se me esfuman las ganas de seguir navegando por internet. ¡Me estoy quitando gracias a ellos!