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Los inmigrantes nos gustan, pero solo si votan lo que queremos
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Héctor G. Barnés

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Los inmigrantes nos gustan, pero solo si votan lo que queremos

Los migrantes nos vienen bien si nos cuadran: mientras Vox enfrenta a la clase trabajadora en los barrios, la izquierda se pasa de frenada en su visión de la "gusanada" latina

Foto: Manifestación de venezolanos en Madrid. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
Manifestación de venezolanos en Madrid. (EFE/Borja Sánchez-Trillo)
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Los acontecimientos de los últimos días, ya sabe usted a lo que me refiero, han tenido como efecto colateral que caigan unas cuantas caretas. Hace bien poquito no era muy común que alguien realizase en público un comentario abiertamente xenófobo, no fuese a ser. Hoy ya hemos abandonado esa fantasía según la cual en España no existe el racismo, ni ha habido nunca esclavos, y que las personas (todas) que vienen de otros países nunca han tenido problemas de integración solo porque no hemos vivido riots en las banlieus.

No hay más que darse una vuelta por X. Haga la prueba, introduzca “pancho” en el buscador y le devolverá miles de chistes sobre la línea 6 del metro de Madrid, las latinas que hacen videollamadas a gritos en el transporte público o vídeos de peruanos tocando una flauta pan ante cualquier giro lingüístico latinoamericano. Ahí España está siguiendo los pasos de EEUU y la avanzadilla de 4chan. El racismo se cuela hoy por el jiji jaja, hasta que un buen día uno se da cuenta de que está compartiendo con sus colegas un meme de fútbol que en realidad es xenofobia cruda.

La otra puerta de entrada del racismo es esa sospecha que suele ir de la mano de cualquier fenómeno de migración masiva. Pero cómo pueden abrir negocios que no funcionan, pero cómo pueden vivir en las grandes ciudades con lo cara que está la vivienda, pero con lo cara que está la vida qué hacen gastando dinero. No se dice, pero se desliza que todo forma parte de un plan premeditado con la connivencia de partidos políticos y medios de comunicación. El Gran Reemplazo.

Me recuerda a lo que ocurría con la migración china hace treinta años, cuando la llegada masiva de ciudadanos orientales y la masiva apertura de comercios dio lugar a una serie de coloristas teorías de la conspiración, a cada cual más chipiritifláutica. Sospecha tras sospecha que, como contó el compañero Ángel Villarino en ¿Dónde van los chinos cuando mueren? (Debate), no tiene tanto misterio expuesta a la luz del día.

A cierta izquierda le encanta la inmigración, pero solo si es pobre y vulnerable

En este desprecio hay, como siempre, una cuestión de clase. No nos gustan los inmigrantes porque son pobres. Pero hay un matiz interesante. El racismo de clase alta de derecha elogia al inmigrante trabajador que limpia nuestras casas y cuida de nuestros hijos o cubre esos puestos que ningún nacional querría a cambio de unos pocos euros porque es laborioso y, por lo general, de origen latinoamericano. Al mismo tiempo arruga el morro frente al subsahariano o el del norte de África, que viene a delinquir.

El racismo de clase trabajadora que está espoleando Vox enfrenta al currante con el currante. Es una cuestión de odio de clase: los pobres españoles de clase popular están viéndose obligados a competir con cientos de miles de inmigrantes por los mismos puestos laborales y la vivienda ante la connivencia de los políticos. Es la visión que Carlos H. Quero quiere llevar a los barrios. “Tenemos el mismo parque inmobiliario para tres millones y medio más de personas que algunos trajeron para poder abaratar costes laborales y otros para poder saciar sus ansias multiculturales y que hoy han generado un problema habitacional, porque a más población, más necesidad de hogares”, dijo en el Parlamento. Más claro, agua.

placeholder Carlos H. Quero, diputado de Vox. (Foto: EFE/Javier Lizón)
Carlos H. Quero, diputado de Vox. (Foto: EFE/Javier Lizón)

Mi sorpresa ha llegado cuando la caída de Maduro ha abierto la veda para una explosión de ocio contenido durante años entre parte de la izquierda nacional, espolada, espero, por los licores navideños. He leído que a ver si con esto se marchaban ya los venezolanos de Madrid, cuando no directamente cuándo empezaban las deportaciones. Antonio Maestre publicó un artículo en La Sexta titulado La gusanera fascista venezolana en España, posteriormente matizado en otro texto, lo cual siempre es elocuente. No dudo de que se hayan tergiversado sus palabras pero tampoco de que es un buen síntoma de que parte de la izquierda se está pasando de frenada ante una cuestión en la que ha entrado como elefante en cacharrería y cuyo trazo gordo terminarán pagando.

Un error, aunque solo sea por cálculo electoral. Porque si yo fuese venezolano, conservador o progresista, de clase alta o baja, en definitiva, si hubiese tenido que emigrar de mi país, no me haría mucha gracia ver unida mi nacionalidad al término “gusanera”, acuñado por la dictadura cubana para despreciar a opositores y exiliados. Pero lo de “gusano” se lo he oído decir de manera muy alegre a esa gente de izquierdas, por supuesto española, por supuesto blanca y de clase media, que se pasa el día pontificando en BlueSky para referirse a cualquier migrante de países como Venezuela o Cuba que no es complaciente con el régimen de sus países.

En el caso de la izquierda también tenemos un problema de clase, pero en el sentido opuesto. A cierta izquierda le encanta la inmigración pero solo si es de clase baja. Cuanto más pobre y vulnerable, mejor. Porque así se corresponde con su imagen de lo que debe ser un inmigrante –alguien a quien salvar–, pero también porque la clase social correlaciona con la ideología. Irónicamente, el inmigrante se caracteriza casi más por no meterse mucho en política nacional que por votar a la izquierda. Al menos, no molestaban.

La inmigración nos pilla entre el paternalismo, el desprecio y la incomprensión

Porque sospecho que como se pusiesen a votar muchos de esos inmigrantes, a lo mejor a la izquierda tampoco le gustaba que fuesen de clase trabajadora. La llegada masiva de inmigrantes de perfiles sociodemográficos, económicos e ideológicos muy distintos está empezando a configurar un tablero muy distinto al de hace unos años en el que tal vez la izquierda empiece a plantearse que ya no le sirven sus exiguos votantes de origen marroquí, que les votan a ellos pero que les restan votos entre los nacionales.

Mientras la extrema derecha de Vox ha convertido la inmigración en uno de sus temas principales, a la izquierda (pero no solo) le ha pillado con el pie cambiado, entre el paternalismo, el desprecio y la incomprensión. Porque si hay algo transversal a todos los partidos nacionales es la dificultad para entrar en los círculos sociales de los inmigrantes, porque son muchos, muy variados y difíciles de comprender para el local. A la derecha le ha dado igual, o lo ha hecho a través de proxies como la iglesia evangélica. Esto se ha escrito muchas veces en este periódico, pero lo escribiré una vez más: el de la inmigración es uno de los grandes temas y muchos no saben ni quieren hacer nada con él.

Los acontecimientos de los últimos días, ya sabe usted a lo que me refiero, han tenido como efecto colateral que caigan unas cuantas caretas. Hace bien poquito no era muy común que alguien realizase en público un comentario abiertamente xenófobo, no fuese a ser. Hoy ya hemos abandonado esa fantasía según la cual en España no existe el racismo, ni ha habido nunca esclavos, y que las personas (todas) que vienen de otros países nunca han tenido problemas de integración solo porque no hemos vivido riots en las banlieus.

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