Cine, cinismo y obediencia en el Tercer Reich
Daniel Kehlmann reconstruye en 'El director' la trayectoria de G. W. Pabst y su adaptación profesional a la Alemania nazi
La lectura minuciosa de
Pabst fue un cineasta reconocido, una figura central del cine europeo de entreguerras, un director admirado por su precisión formal y su sensibilidad social. Kehlmann parte de ese prestigio para desmontarlo poco a poco. No lo niega. Lo contextualiza. Y en ese gesto hay ya una advertencia: el talento no inmuniza, solo afina las excusas.
La novela avanza por escenas breves, casi autónomas, como secuencias que no buscan el efecto sino la acumulación. El exilio, Hollywood, el regreso a Alemania, los rodajes bajo el régimen nazi. Nada se presenta como un punto de no retorno. Cada decisión parece provisional. Cada concesión, menor. El verdadero núcleo del libro está ahí: en la normalidad de lo que, visto en retrospectiva, resulta inadmisible. Kehlmann no necesita subrayarlo. Se limita a registrar el proceso.
La prosa acompaña esa estrategia. Es contenida, deliberadamente sobria, sin ornamentación innecesaria. No hay voluntad de deslumbrar ni de acelerar el ritmo. El texto observa. Y esa observación constante produce un efecto incómodo: obliga al lector a permanecer dentro de la escena cuando lo fácil sería tomar distancia. La novela no empuja hacia el juicio rápido. Lo retrasa. Y en ese retraso se juega su potencia.
Pabst no aparece como un ideólogo ni como un entusiasta del régimen. Tampoco como una víctima atrapada sin alternativas. Es un hombre que razona. Que justifica. Que distingue entre lo artístico y lo político como si esa frontera fuera operativa en un contexto totalitario. Kehlmann no lo caricaturiza. Al contrario: le concede inteligencia, dudas, contradicciones. Precisamente por eso el retrato resulta más inquietante. Porque lo reconocible no es el crimen, sino la lógica que lo rodea.
Uno de los aciertos del libro consiste en mostrar cómo el lenguaje del trabajo sirve para neutralizar el conflicto moral. Se habla de contratos, de producción, de eficiencia, de compromisos inevitables. El cine aparece como un sistema que exige continuidad, presencia, obediencia funcional. Pabst no traiciona una causa. Mantiene una carrera. Y en esa distinción se diluye cualquier resistencia posible.
El director dirige películas, pero también acepta ser dirigido. Por las circunstancias, por el miedo, por la necesidad de seguir siendo alguien
El título resume bien esa ambigüedad. El director dirige películas, pero también acepta ser dirigido. Por las circunstancias, por el miedo, por la necesidad de seguir siendo alguien. Kehlmann no dramatiza ese sometimiento. Lo presenta como una sucesión de ajustes. El lector asiste a la pérdida progresiva de margen sin que exista un momento claramente identificable en el que todo se quiebre. Esa ausencia de un instante decisivo es una de las ideas más inquietantes de la novela.
Hay también una reflexión constante sobre el cine como forma de ordenación del mundo. No como propaganda explícita, sino como construcción de sentido. Pabst sabe que las imágenes importan. Que permanecen. Que modelan una mirada. Y aun así continúa filmando. O precisamente por eso. Kehlmann no necesita convertir el cine en un símbolo grandilocuente: basta con mostrar su eficacia silenciosa.
Lejos de limitarse al retrato histórico, El director funciona como una interrogación más amplia sobre la responsabilidad del creador. No desde la épica ni desde la condena retrospectiva, sino desde la observación de las zonas grises. La novela no pregunta qué habría debido hacer Pabst. Pregunta cómo fue posible que hiciera lo que hizo sin dejar de verse a sí mismo como un hombre íntegro.
'El director' no pretende enseñar nada. Prefiere dejar una incomodidad, una sospecha que acompaña al lector más allá de la última página
No hay redención ni ajuste final. Tampoco una conclusión tranquilizadora. Kehlmann se resiste a cerrar el sentido del libro porque sabe que ahí reside su fuerza. El director no pretende enseñar nada. Prefiere dejar una incomodidad persistente, una sospecha que acompaña al lector más allá de la última página.
Y esa sospecha no apunta solo al pasado. Apunta a la facilidad con la que el profesional culto, informado, aparentemente crítico, aprende a convivir con aquello que dice no compartir. No desde la adhesión, sino desde la gestión. No desde la fe, sino desde la adaptación.
Kehlmann ha escrito una novela exigente, sin concesiones retóricas ni complacencias morales. Una novela que no grita, no sentencia y no absuelve. Se limita a mostrar. Y al hacerlo obliga al lector a permanecer ahí, en ese espacio incómodo donde el talento no sirve como coartada y la neutralidad deja de ser una posición inocente.
La lectura minuciosa de