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El nuevo orden del 'streaming': la música se independiza de los seres humanos
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El nuevo orden del 'streaming': la música se independiza de los seres humanos

El auge de creadores sintéticos sacude plataformas, fans y negocio: casos virales como Velvet Sundown y Radio Mandanga evidencian confusión auditiva, tensiones legales y antifraude, y exigen transparencia y nuevas normas en 'streaming'

Foto: El logo de Spotify en la fachada de la Bolsa de Nueva York. (Reuters/Lucas Jackson)
El logo de Spotify en la fachada de la Bolsa de Nueva York. (Reuters/Lucas Jackson)

¿Sueña la inteligencia artificial con músicos eléctricos? La IA ya no es una curiosidad tecnológica: es un nuevo agente en la industria musical. Cubre, versiona, imita y crea artistas completos sin necesidad de un solo músico, mientras millones de oyentes no distinguen lo humano de lo sintético. Del fenómeno inesperado de Velvet Sundown al auge de canales como Radio Mandanga, la música generada por inteligencia artificial está reordenando el mapa sonoro y desafiando leyes, economías y creencias básicas. A oídos del profano, se la pueden "colar" si desconoce la procedencia real de lo que está escuchando, que ya no siempre es lo que se cree. La frontera entre homenaje, reinterpretación y suplantación se está volviendo invisible. Y cuando el 97% de los oyentes no distingue una canción humana de una generada por IA, el asunto deja de ser tecnológico y pasa a ser cultural.

The Velvet Sundown cuenta con 196.842 oyentes mensuales y su canción más escuchada (Dust On The Wind) tiene 3.814.435 de reproducciones. No han hecho un solo concierto, pero sí publicado tres álbumes hasta la fecha, todos en 2025: Dust And Silence, Floating On Echoes y Paper Sun Rebellion. Se diría que las canciones de The Velvet Sundown están entre el blues, el folk, el country y la psicodelia. La banda ha surgido de la nada. Sus componentes no tienen nombre, mucho menos ciudad natal.

El pasado verano, The Velvet Sundown acumuló más de un millón de reproducciones en Spotify antes de que se revelara que todo —música, imágenes promocionales y biografía— había sido generado íntegramente con inteligencia artificial mediante la plataforma Suno. Velvet Sundown triunfó precisamente porque reveló algo incómodo sobre el ecosistema musical, antes de que alguien se molestara en preguntar quién o qué la había producido. "Eso dice más sobre los hábitos de escucha actuales que sobre la IA", responden a El Confidencial mediante un correo electrónico desde la firma de management Otway St. Mark, encargados también de la carrera de la banda "humana" Trauma Novelle. "Es más que una simple curiosidad del algoritmo; es un auténtico fenómeno cultural".

Velvet Sundown nació de una pregunta, como un experimento sociológico: ¿qué pasa cuando la máquina recuerda la memoria musical colectiva mejor que los propios seres humanos? De ese impulso inicial emergió un proyecto concebido como crítica y espejo a la vez. No buscaba engañar a nadie, asegura, sino comprobar si el propio sistema —esa maquinaria que ordena, replica y prescribe lo que se escucha— era capaz de engañarse a sí mismo. Lo que empezó siendo un test técnico y conceptual pronto se convirtió en un fenómeno que superó sus previsiones más prudentes.

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Lo que no esperaban —dicen en St. Mark— era afecto. Curiosidad, sí; apego emocional, no. La auténtica sorpresa no fue que la música funcionara bien en las plataformas, donde "los algoritmos recompensan lo familiar", sino descubrir que miles de oyentes establecieran un vínculo real con canciones sin historia, sin rostro y sin pulso. "Eso dice más de esta época que de las canciones", resume.

La creación del mito

Esta reacción masiva alimenta otra idea central del proyecto: Velvet Sundown es al mismo tiempo un aviso y un prototipo. Un canario en la mina y un plano de construcción, tal y como declaran en St. Mark. Una advertencia de que las fronteras de la autoría se están disolviendo y, a la vez, la creación de un modelo de un tipo de artista ensamblado a partir del sedimento de millones de canciones humanas. Y, aunque algunos críticos le han reprochado "borrar el trabajo humano" y normalizar la música sin músicos, St. Mark responde con un matiz: la IA no elimina la labor humana, se alimenta de ella. La amenaza no es la devaluación del artista, pero sí su posible desplazamiento: "No estamos reemplazando a los músicos, es el sistema el que está reemplazando la idea de que un músico tenga que existir". El mercado será quien decida si este tipo de artista tiene cabida.

"El futuro quizá no pertenezca solo a los músicos humanos, pero sí pertenecerá a quienes entiendan cómo funciona la creación de mitos"

Lo que plantea Velvet Sundown no es solo el oyente contemporáneo ya no examina lo que escucha, simplemente absorbe lo que aparece en su pantalla. En privado, ejecutivos, mánagers y profesionales del streaming reaccionaron con "admiración y pavor existencial; en público, con un silencio absoluto". Nadie quiere admitir, asevera St Mark, lo frágil que es un ecosistema donde una banda artificial puede superar a las reales que se diseñan y promocionan con tanto esfuerzo: "No olvidemos que esta es la misma industria que no vio venir a Napster".

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Respecto a los límites éticos, en St. Mark trazan una línea nítida: un artista de IA debe ser una ficción propia, no un parásito de la obra de otros. Por eso defiende que plataformas como Spotify incorporen una etiqueta discreta que identifique la música generada con IA, aunque no para estigmatizar, más bien para ofrecer a los oyentes información que les permita decidir. Y ahora que se acabó el anonimato de Velvet Sundown, el proyecto no se detiene: continúa como "un mito errante", sin necesidad de demostrar nada, libre para mutar, colaborar y tensar los límites entre nostalgia, fabricación y significado. "El futuro quizá no pertenezca solo a los músicos humanos", concluye St. Mark, "pero sí pertenecerá a quienes entiendan cómo funciona la creación de mitos".

Entrevista con el bot

Ninguna banda —humana o artificial— llega a Spotify sola. Y ahí entra en juego el verdadero corazón del sistema: las distribuidoras. El sello que distribuye la música de The Velvet Sundown, DistroKid, se encuentra en el número 228 de Park Avenue, en la ciudad de Nueva York. "¡DistroKid hace que publicar tu música sea pan comido! Sube canciones sin límites, quédate con el 100% de tus ingresos y disfruta de más funciones que con cualquier otro distribuidor musical", prometen en su web. Pero esta distribuidora suspende en la clasificación del portal Better Business Bureau: "...En cuanto surgen problemas (sobre todo con reclamaciones falsas de derechos de autor), los ignoran y los manipulan constantemente"; "si estás pensando en qué distribuidora elegir, simplemente lee todas estas reseñas para saber a dónde no ir. Ojalá hubiera investigado mejor antes de darles un centavo"; "No tienen servicio al cliente, todo es automático; una gran empresa fraudulenta. Tácticas típicas de las multipropiedades. He intentado contactarlos, pero es imposible"... Son algunos de los comentarios que se pueden leer.

El Confidencial ha tratado de ponerse en contacto con DistroKid a través de una dirección de e-mail que remite, en efecto, a un chatbot "dispuesto a ayudar". El primer contacto resulta tan revelador como desconcertante. Ante la pregunta inicial —si la distribuidora tiene políticas específicas para música generada con IA y si exige a los creadores revelar el uso de herramientas como Suno—, el asistente del chat responde con un lacónico: "Lo siento, o no entiendo este tema, o tal vez no pueda ayudarte con él".

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La misma frase se repite cuando se consulta si DistroKid sabía que The Velvet Sundown era un proyecto íntegramente artificial antes de aprobar su distribución. En este momento, el chatbot sugiere la posibilidad de hablar con un agente, para lo cual pide saber un nombre completo y una dirección de correo. Tras aportar esta información, el bot advierte que una persona encargada del asunto se pondrá en contacto con este periodista en un plazo de media hora. El aviso se cumple: aparece Sofía, quien tomará el relevo].

La agente Sofía

La primera respuesta de Sofía marca un giro: "Lo mejor de DistroKid es que puedes subir música con elementos generados por IA, siempre que no se usen para suplantar la identidad de otro artista sin su permiso". Y añade que la plataforma notifica cualquier problema antes del lanzamiento. La conversación avanza hacia uno de los puntos más espinosos: las quejas ante el Better Business Bureau, donde se acumulan testimonios sobre disputas de copyright sin resolver y falta de soporte humano. La pausa de Sofía dura varios minutos. [Parecía que no respondía, pero finalmente llega un mensaje.] "Estamos ampliando nuestra infraestructura tecnológica y reforzando las medidas antifraude", asegura, reconociendo el impacto del aumento de contenido generado por IA y defendiendo que estos cambios "ayudarán a mejorar la asistencia general" pese a la creciente demanda.

A la hora de hablar sobre los datos más sensibles —las estimaciones de fraude en música generada por IA—, Sofía delega: "Para brindarle la asistencia necesaria, es fundamental que contactemos a nuestro equipo de soporte técnico". Poco después, la conversación se corta.

La paradoja de Sofía

La identidad de Sofía —¿empleada real o asistente automatizado?— queda resuelta enseguida. [A la pregunta directa, el chat responde: "No soy una persona real, pero estoy diseñado para brindarte asistencia amigable e informativa".] El intercambio continúa con otro bloque de preguntas, esta vez sobre la proliferación de "ghost artists" o proyectos sintéticos creados para aprovechar brechas algorítmicas. La réplica de la plataforma insiste en reglas internas: los artistas no pueden usar nombres de sellos, no se permiten compilaciones de "varios artistas" y "al menos un artista principal real debe aparecer en cada tema". Es decir, DistroKid afirma disponer de filtros contra bandas ficticias… justo mientras distribuye a una que no tiene miembros, biografía ni ciudad de origen.

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La paradoja es evidente: la distribuidora que presume de herramientas para garantizar transparencia deja la autoría de sus propios artistas en un motor de búsqueda. "DistroKid puede haber estado involucrado en algún momento o tal vez todavía lo esté, pero si es así, eso es enteramente un asunto entre mi asistente y cualquier canal automatizado que impulse Velvet Sundown al torrente sanguíneo global", responde Otway sobre su relación con la distribuidora. "Mi atención se mantiene donde debe estar: en la arquitectura cultural de Velvet Sundown, no en las cañerías ".

Una tarde con el algoritmo

La música ya no necesita un músico para existir. La pregunta, quizá, es si la industria, los oyentes y los propios artistas están preparados para convivir con ello. ¿Cuál es la realidad de quien no sabe nada de ella?

Después de unos días de búsqueda en YouTube, el algoritmo ya conoce los gustos del usuario a través del promt: soul seventies, Motown, disco, strings, bass groove, african percussion... Sandra (nombre ficticio) ha activado el modo random en el reproductor de YouTube. Ha empezado por Vino Tinto de Estopa (la real), a la que han seguido La raja de tu falda, Como Camarón, Partiendo la pana, Tu calorro... Al cabo de un rato, y dependiendo de lo que hubiera puesto Sandra anteriormente, el algoritmo ha ido encadenando una tras otra canciones de Estopa con temas que consideraba similares: Caminando por la vida (Melendi), La Lola (Café Quijano), Sin documentos (Los Rodríguez), Veneno en la piel (Radio Futura)...

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A Sandra le ha dado la bajona a las cuatro y media de la tarde. Es sábado y se aburre. No tiene plan. Se pone a hacer "cosas". Le apetece una música menos "rumbosa", así que pone rumbo a Andalucía mediante una playlist que lo primero que le ofrece es la balada rockera de Medina Azahara. Sandra podía haber puesto Cadena Dial, pero no puede cambiar la escaleta del programa desde su casa según le dé la gana y las llamadas a la emisora para pedir una canción están en desuso. Será entonces lo que YouTube quiera. Triana, Antonio Flores, Navajita Plateá, Manolo García, Ray Heredia, Los Chichos... Vive Sandra en un programa de Callejeros comentando por Rimembah.

La mandanga

El algoritmo entiende que a esta chica, Sandra, en concreto los bajones puntuales le duran algo menos de una hora. Tanto lo sabe, que va a sugerirle canciones algo más animadas. Será sutil, más que hace un segundo. Suena una versión reggae de Mi carro. Y como Sandra no está prestando demasiada atención al hilo musical, piensa que una banda de reggae ha hecho un homenaje a Manolo Escobar.

Un ramito de violetas y Libre (1960’s Motown Soul IA Cover las dos) han calado en el estado emocional de Sandra, que está moviendo el culo con unos Pereza de Detroit que parecen Miguel Ríos y Carlos Tarque cantando Princesas. No lo sabe, pero ella está dentro de Radio Mandanga, canal creado el 11 de octubre de 2025 por el desarrollador y creador de contenido Luis Riancho (TechHalla), que decidió lanzarlo después de ver que "las portadas de IA estaban en auge" y que en España "había demasiada basura" musical y era hora de recuperar clásicos con un aire nuevo.

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Un mes después de su nacimiento, Radio Mandanga cuenta con cerca de 18.700 suscriptores. Sus visualizaciones han crecido hasta 1.645.797, con 102 vídeos subidos (hasta el momento en el que se escribe este reportaje). El primer IA cover fue "La mandanga" (El Fary). Riancho explicaba en la red social X que la idea surgió usando Suno v5 y preguntándose qué pasaría si convertía a El Fary (José Luis Cantero Rada) en un cantante de soul de los años 60: "Elegí un icono de los 80 como punto de partida. La mandanga fue el primer experimento, y daba nombre al canal. El rollo: Motown de los 60".

La recepción positiva sorprendió al propio creador, que reconoce que al principio se centraba solo en la música y no demasiado en el apartado visual. Hasta que descubrió la clave: "La miniatura es fundamental. No importa lo bueno que sea tu vídeo si nadie hace clic. Todo lo que ves fue creado con Nano Banana, IA pura". Ese detalle le hizo despegar. Su tasa de clics llegó al 15 % ("cualquier valor por encima del 5 % ya es bueno"), y aquello desató la tormenta perfecta: 1.500 seguidores en un solo día.

Un "rollo" muy Motown

Riancho publica entre cuatro y cinco canciones diarias. El canal pregunta abiertamente qué quiere oír la gente: Las Grecas, Jarabe de Palo, Loquillo, Barón Rojo, Bruno Lomas, Aviador Dro… Y se repite con El Fary: El morito Juan, El torito, Apatrullando la ciudad con Torrente. Dice que la clave es "constancia y ritmo": ceñirse a un horario, publicar todos los días. Y sobre la monetización, es pragmático: "Necesitas 500 suscriptores y 3.000 horas de visualización o 3 millones de visualizaciones de Shorts. Yo lo logré en 10 días". Ahora, sus ingresos rondan "entre 25 y 30 euros al día", que podrían traducirse en "unos 750–900 euros al mes" si dejara de subir contenido. Pero no piensa hacerlo. Su estrategia ahora pasa por mejorar el aspecto visual y usar Shorts como gancho: "Recortas 20 segundos del vídeo principal, pones una plantilla divertida y lo enlazas. Es tráfico gratis".

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¿Y es legal todo esto? Riancho asegura que sí: "100 %. YouTube usa Content ID para que los titulares de derechos puedan monetizar, bloquear o dividir ingresos. Lo más común es dividir beneficios. Normalmente, aproximadamente la mitad va al titular. Es totalmente justo".

Del otro lado, Javi Cantero —hijo de El Fary— no percibe Radio Mandanga como un ataque al legado familiar. "En ningún momento lo he sentido como un abuso", explica a El Confidencial. "Pero tampoco lo consideraría exactamente un homenaje. Simplemente nos gustó: tenía un rollo muy Motown de los 70, y ese aire nos mola". Javi no es especialmente fan de la IA ("me parece que te vuelve más torpe porque no tienes que pensar ni coger la guitarra"), pero reconoce que la reinterpretación les resultó curiosa. Y tampoco teme que estas versiones distorsionen la figura de su padre: "Desdibujar a El Fary sería muy difícil, porque él era muy real. No había nada artificial en él". Para él, estos experimentos pueden funcionar como puerta de entrada: "A lo mejor escuchan la versión de IA y luego van a la original, que siempre supera a la artificial".

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Mientras tanto, él sigue publicando música nueva sin mitificaciones: "No siento que tenga la misión de proteger ningún legado. La música no la hago para eso. Para mí es una manera de sentirme vivo". Su próximo disco —aún sin título— girará alrededor de sus 25 años de carrera. Y sobre su padre, lo tiene claro: "Era un cantante enorme, un cantaor de verdad. Quien sabe de cante sabe perfectamente lo que era mi padre".

La voz de su amo

Expertos de la industria reclaman que las plataformas estén obligadas a etiquetar la música generada por IA, no solo por transparencia artística, sino por seguridad jurídica. Marta Nadal Cebrián, Directora de Servicios Jurídicos en la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores), advierte que la mayor parte de estos sistemas "se entrenan con obras sin autorización y sin remunerar a sus autores", y que la capacidad de los modelos para reproducir el "ADN musical" de un creador demuestra que "recuperan información del entrenamiento", lo que constituye una explotación no consentida.

Deezer calcula que "más de 30.000 pistas generadas por IA" llegan a su plataforma cada día

Alberto Arenal, Jefe de Área de Innovación de AIE (Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España), coincide: "La etiqueta ‘hecho con IA’ no convierte un contenido en libre de derechos. Si explota voces, estilos o repertorio protegido, debe someterse a las mismas reglas que cualquier otro uso".

El problema legal se combina con otro más opaco: el fraude. The Guardian informó de que hasta el 70 % de las escuchas de música generada por IA. en Deezer "podrían ser fraudulentas", inflando pagos de royalties. La plataforma bloquea ingresos sospechosos y elimina estos temas de recomendaciones, pero recibe "más de 30.000 pistas totalmente generadas por IA cada día". En este contexto, Nadal pide trazar de forma obligatoria el origen del contenido: "El público debe saber si escucha una creación humana o un resultado de máquina". El nuevo Reglamento europeo de IA ya obliga a marcar los outputs, pero SGAE reclama que "las plataformas mantengan ese marcaje para que no se diluya la transparencia".

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Para combatir el fraude, Deezer ha desplegado herramientas de detección capaces de identificar contenido generado por IA (por ejemplo de los modelos Suno y Udio), bloquea los pagos cuando detecta actividad fraudulenta y excluye estas pistas de sus recomendaciones algorítmicas y listas editoriales. Además, según RouteNote, Deezer calcula que "más de 30.000 pistas completamente generadas por IA" llegan a su plataforma cada día, lo que representa más del 28 % de todas las subidas diarias. La IFPI (International Federation of the Phonographic Industry) calificó recientemente en su informe anual el fraude en el streaming como una práctica que desvía ingresos de los "artistas legítimos" y advirtió que la expansión de la IA generativa ha "agravado de forma significativa" este problema.

Transferencia de valor

Por su parte, Spotify ha presentado una estrategia de IA dual que cubre por un lado la política de la industria y por otro la experiencia del usuario. Según Wired, la plataforma ha anunciado una alianza con los tres grandes sellos (Sony Music, Universal Music Group y Warner Music Group) para licenciar sus catálogos con el fin de crear herramientas de inteligencia artificial que "den prioridad a los artistas y compositores" y respeten sus derechos de autor.

Los estudios de la SGAE proyectan una caída de hasta el 28 % en la recaudación por derechos de autor hacia 2028

También ha endurecido políticas para evitar que "granjas de contenido" inunden el catálogo. Arenal considera imprescindible esta trazabilidad: "No solo hablamos de derechos de autor; hablamos también de derechos de la personalidad. La voz es un dato personal. Todos debemos poder decidir si puede ser imitada o clonada con fines comerciales". Para combatir esto, ha anunciado un filtro antispam musical que identificará pistas problemáticas y las etiquetará, con el objetivo de reducir su visibilidad progresivamente.

Los estudios de la SGAE proyectan una caída de hasta el 28 % en la recaudación por derechos de autor hacia 2028. Para Marta Nadal, esto supone "una transferencia de valor desde los creadores hacia los desarrolladores de IA" y exige "un nuevo marco normativo que garantice licencias, transparencia y compensación por la canibalización del repertorio humano".

Asimismo, Spotify trabaja con la organización DDEX (Digital Data Exchange) para desarrollar un estándar en los metadatos que permita declarar el uso de IA en la producción musical. Gracias a este esquema, los artistas y sellos podrán indicar con precisión en los créditos si la IA intervino en voces, instrumentos o posproducción. La empresa defiende que esta transparencia es esencial para la confianza: "Nuestro trabajo es garantizar que esa elección esté siempre en sus manos" y evitar el uso no autorizado de la voz de los creadores.

Más rápido que la ley

De las 9.000 personas encuestadas recientemente por Deezer, el 97% no supo diferenciar "entre música generada íntegramente por la IA y música creada por seres humanos". Los datos publicados en Deezer Newsroom muestran que un 71 % de los participantes se sintió sorprendido por este resultado, y más de la mitad (52 %) declaró que le incomodaba no poder distinguir entre música humana y música generada por inteligencia artificial.

"La salida de las herramientas de I.A. compite en los mismos canales que las grabaciones humanas, nutriéndose de ellas sin autorización"

Por otro lado, el 45 % preferiría poder filtrar toda la música creada solo por IA en su plataforma de streaming. Un 40 % dijo que no escucharía canciones totalmente generadas por este modelo si se las encontrase. El hecho de que casi nadie distinga entre inteligencia artificial y música humana apunta a un salto enorme en la calidad de generación musical: la IA ya es capaz de imitar la música real hasta niveles muy convincentes para el oído medio, como se ha ido contando en este reportaje.

El 73 % cree que debería saberse si una plataforma de streaming está recomendando música totalmente generada por IA Desde 2025, Deezer etiqueta explícitamente este contenido. En su modelo actual, todas las canciones totalmente generadas por IA detectadas son eliminadas de las recomendaciones algorítmicas y no se incluyen en las playlists editoriales. "Hay riesgos (musicales, económicos y reputacionales) en dejar que estas pistas se mezclen sin control con el resto del catálogo", explican desde la plataforma.

Alberto Arenal añade un riesgo sistémico: "La salida de las herramientas de IA compite en los mismos canales que las grabaciones humanas, nutriéndose de ellas sin autorización. Esto erosiona ingresos y afecta a la diversidad cultural, especialmente a los creadores emergentes". Ambos juristas de SGAE y A.I.E. coinciden en que la ley ha quedado atrás. La categoría de obra derivada no sirve para describir creaciones generadas por modelos entrenados con millones de obras sin licencia. Y sobre la voz, Marta Nadal es tajante: "Está protegida como derecho de la personalidad. Usarla con fines comerciales sin autorización es una intromisión ilegítima".

La conclusión es compartida: la música generada por IA ya es un actor económico real, capaz de competir, saturar y confundirse con la producción humana, pero todavía no tiene reglas claras. Como resume Alberto: "Necesitamos transparencia, trazabilidad y un marco común. La tecnología va más rápido que el Derecho; toca decidir qué tipo de cultura queremos que sobreviva".

¿Sueña la inteligencia artificial con músicos eléctricos? La IA ya no es una curiosidad tecnológica: es un nuevo agente en la industria musical. Cubre, versiona, imita y crea artistas completos sin necesidad de un solo músico, mientras millones de oyentes no distinguen lo humano de lo sintético. Del fenómeno inesperado de Velvet Sundown al auge de canales como Radio Mandanga, la música generada por inteligencia artificial está reordenando el mapa sonoro y desafiando leyes, economías y creencias básicas. A oídos del profano, se la pueden "colar" si desconoce la procedencia real de lo que está escuchando, que ya no siempre es lo que se cree. La frontera entre homenaje, reinterpretación y suplantación se está volviendo invisible. Y cuando el 97% de los oyentes no distingue una canción humana de una generada por IA, el asunto deja de ser tecnológico y pasa a ser cultural.

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