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Vacaciones de Navidad: todo por los niños, pero sin los niños
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María Díaz

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Vacaciones de Navidad: todo por los niños, pero sin los niños

Los niños, que nada poseen ni deciden, son los grandes olvidados del espacio público. Las navidades son el momento perfecto para preguntarnos qué lugar ocupan los menores en la sociedad y cómo queremos considerarlos

Foto: "En el mejor de los casos, los niños son encerrados en sus guetos infantiles de colores". (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
"En el mejor de los casos, los niños son encerrados en sus guetos infantiles de colores". (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)
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Las vacaciones navideñas se saturan de oferta de ocio familiar: desde la clásica película para toda la familia a los nuevos parques de atracciones efímeros navideños, todo parece hecho para disfrutar en compañía, tanto pequeños como mayores. O quizá no. Aunque nos reunamos colectivamente cada año para recibir a Sus Majestades de Oriente como merecen y cada vez haya más opciones para pasar el tiempo libre con los más pequeños, en la mayoría de las ocasiones los niños son tratados como sujetos a aislar del resto y separar —si no directamente esconder— de nuestros espacios públicos.

Por ejemplo, recuperando la ineludible cita navideña con las salas de cine, cada vez con menos frecuencia se producen y distribuyen en salas películas familiares, tradicionalmente comedias o aventuras de acción real. El hueco en salas ha sido ocupado por animación infantil de franquicias televisivas cuyo visionado es una verdadera prueba de amor intergeneracional. Con Pixar — y el resto de Disney — desnortado, los grandes fenómenos como Las guerreras K-pop se dan, casi exclusivamente, en la distribución doméstica, el espacio que parece reservado para la familia y más concretamente para los menores.

Estos síntomas de reinterpretación de lo familiar por lo infantil, entendido más que como un sector de la población con intereses, necesidades y derechos propios, como un nicho de mercado que añadir al catálogo de ventas, se pueden apreciar con aún mayor claridad en el segundo ejemplo. Los parques de atracciones efímeros navideños han anegado las periferias de las grandes ciudades durante estas fechas y consisten en un conglomerado entre la clásica feria, mercadillos navideños, puestos de comida callejera, espectáculos al aire libre, tómbolas y pistas de patinaje, pero cobrando entrada general y, posteriormente, por cada una de las atracciones y actividades dentro del recinto.

A pesar de estar pensados para atraer al público infantil, las colas, temperaturas y distancias indican que sus necesidades quizá no estén tan contempladas. ¿Qué queda en este plan familiar para los adultos, además de poner la cartera por delante? Una carísima carta de cervezas en un ambiente que quiere evocar a Baviera, pero meridional y pocha. Algodón de azúcar para unos, cañas para otros y dolor de barriga para todos esa misma noche. Sobre cómo pueden aguantar los abuelos semejante maratón de bipedestación y ultraprocesados, no hay datos —ni posiblemente supervivientes—.

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En esta experiencia de ocio hipertrofiado se siluetea la paradoja que nos ocupa: todo por los niños, pero sin los niños. Paternalismo ilustrado. Más opciones, menos adaptación; más lujo, menos cuidados. La atención puesta en los niños siempre, pero como consumidores, no como individuos. Este problema de perspectiva sobre la individualidad de los menores, con sus necesidades y derechos colectivos, es cada vez más evidente y se extiende desde el mercado a la política y la sociedad civil.

Hasta no hace tanto, el lugar del niño era el mismo que el del adulto y el anciano. Las calles eran para el tránsito y el comercio, pero también para el descanso y el juego. Esto tenía sus peligros evidentes, pero también la ventaja de la visibilidad: los niños existen y ocupan lugar en la vida pública y común. Con el tiempo, las familias y los gobiernos cambiaron de mentalidad y se tomaron las medidas de seguridad infantil que ahora todos entendemos como básicas, pero que, como daño colateral, confinaron a los niños al espacio doméstico.

De esta forma, se crearon dos mundos separados, el de los niños y el de los adultos, y a medida que ambos se definían y separaban, la socialización entre grupos se hacía más ortopédica. Las consecuencias son evidentes. En el mejor de los casos, los niños son encerrados en sus guetos infantiles de colores, en espacios y horarios totalmente diferentes al resto de la población — lo que dificulta la vida personal, social y económica de toda la familia —. En el peor de los casos, son expulsados de lugares públicos cuyas actividades no son incompatibles con la infancia, como hoteles, restaurantes, piscinas y celebraciones como viajes y bodas.

Hasta no hace tanto, el lugar del niño era el mismo que el del adulto y el anciano. Las calles eran también para el descanso y el juego

Por un lado, existe la preocupación creciente por la protección de la infancia, pero, al mismo tiempo, pareciese que se quisiera proteger a los adultos de los mismos niños. En pocas palabras: los niños y las niñas, mejor en su sitio porque estorban. Como ocurre con los ancianos, las criaturas son objeto de un paternalismo protector que implica algo de desdén. Sin infancia y sin ancianidad no hay relevo generacional ni familia tal como se entiende tradicionalmente, y sin embargo son colectivos invisibles de hecho y derecho.

Precisamente, muchos defensores de la familia tradicional caen en el error de confundir familiar con infantil y considerar lo infantil, a su vez, como opuesto y excluyente a lo adulto. Poco a poco, en pro del bien de la infancia, el niño se va convirtiendo en un extraño, en un apéndice, en un otro. Esto, además de injusto para las criaturas, es muy, muy peligroso para su seguridad. No es de extrañar, que una nación tan ampliamente antiabortista como Estados Unidos — en 28 de sus estados está prohibido de iure o de facto —, enfermo además de una extraña obsesión pública en todo el espectro ideológico con la pedofilia, sea el único país del mundo junto a Sudán del Sur que no haya ratificado la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas de 1989.

Los niños no votan, los niños no tienen propiedades, los niños no especulan, ni invierten. Los niños, por lo tanto, ni deciden ni son decisivos. La infancia debe tener su lugar y su protección específica, pero sin ser aislada del mundo, porque restaurantes, hoteles, cines, museos, piscinas y eventos pueden ser y son también para los niños. Pero también, porque los parques, las bibliotecas, los jardines, los polideportivos son para los adultos. Compartir tiempo, espacio e intereses con ellos es fundamental para el funcionamiento óptimo de las sociedades, pero también para recordarnos lo que somos y lo que serán.

Las vacaciones navideñas se saturan de oferta de ocio familiar: desde la clásica película para toda la familia a los nuevos parques de atracciones efímeros navideños, todo parece hecho para disfrutar en compañía, tanto pequeños como mayores. O quizá no. Aunque nos reunamos colectivamente cada año para recibir a Sus Majestades de Oriente como merecen y cada vez haya más opciones para pasar el tiempo libre con los más pequeños, en la mayoría de las ocasiones los niños son tratados como sujetos a aislar del resto y separar —si no directamente esconder— de nuestros espacios públicos.

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