En la antigua Roma ya había corridas de toros (y distintas suertes para enfrentarse a ese animal)
El hombre lleva más de dos mil años toreando, y los romanos fueron los primeros en hacerlo. Alfonso Mañas lo analiza con detalle en su ensayo 'Tauromaquia romana', del que publicamos el prólogo
Una sección del mosaico de Zliten, un famoso mosaico romano del siglo II d.C. que muestra una una 'venatio' en la que un toro y un oso son lidiados por humanos.
"¿Toreaban los romanos?" Es esta una pregunta que me hacen mucho mis lectores, aquellos aficionados a los toros.
"Sí, y mucho" es siempre mi respuesta.
El combate entre el hombre y el toro era uno de los espectáculos que podía contemplarse en los anfiteatros del Imperio romano. Son numerosas las fuentes de la época (tanto visuales como escritas) que documentan esos combates, mostrando y describiendo las diferentes suertes que usaban para enfrentarse al toro. Por tanto, la existencia de una tauromaquia romana está perfectamente probada.
Si uno lee las crónicas (sobre todo las de Marcial) que narran los espectáculos del Coliseo, o mira los mosaicos, relieves y frescos que reproducen esos juegos de la arena, el toro está omnipresente, aparece por todas partes. Es, de hecho, el animal que más sale en la mayoría de esas fuentes visuales y escritas (la idea de que el león era el animal más frecuente en los espectáculos del Coliseo hay que borrarla, pues en realidad lo fue el toro, con diferencia, y ofreció de lejos espectáculos mucho más impresionantes, como veremos).
El munus legitimum, el espectáculo que daban en los anfiteatros, tenía tres partes: la venatio ("cacería", que se celebraba desde la salida del sol hasta mediodía), los ludi meridiani ("juegos de mediodía", las ejecuciones de condenados a muerte, celebradas a mediodía) y el munus propiamente dicho (los combates de gladiadores, durante toda la tarde hasta la puesta de sol).
La venatio tenía dos partes: animales cazando a otros animales (luchas de animales) y hombres cazando animales (modalidad en la que se daba la tauromaquia como la entendemos hoy: el combate del hombre contra el toro o, en sentido literal, como lo entendían los romanos, la caza del toro por el hombre).
Hoy quizá nos extrañe considerar la tauromaquia como una forma de caza, y que por ello los romanos la incluyeran dentro de los espectáculos que daban en la venatio (cacería), pero en efecto es así cómo la veían, porque ese es ciertamente su origen primero, su esencia, y lo que nos permite entender verdaderamente lo que era, y lo que sigue siendo hoy, dos mil años después. Básicamente, la tauromaquia (la lucha del hombre contra el toro, como se realizaba en los anfiteatros o como se hace hoy en cualquier plaza durante una corrida de toros) no es más que un hombre cazando a un animal: el animal sale libre a la arena y el hombre (mediante una serie de técnicas [suertes]) logra matarlo.
Cubierta de 'Tauromaquia romana', de Alfonso Mañas.
La caza siempre ha sido considerada como deporte, tanto en la antigüedad como hoy, la caza es deporte, por lo que dado que la tauromaquia es una forma de caza, la tauromaquia es también deporte (Cossío y muchos otros autores especializados en tauromaquia suelen referirse a ella como "deporte").
Pero es evidente que la tauromaquia no es caza normal, sino caza ritualizada, una forma ritual de caza (hay un protocolo, toda una ceremonia, varios actos, que la distinguen de la caza normal), aunque esto no afecta a su estatus como deporte, pues el deporte es, por definición, una forma ritualizada de enfrentamiento (ya sea entre hombres o, como en el caso de la caza, entre hombre y animal). La caza, de hecho, es ejemplo perfecto de enfrentamiento ritualizado: hay unas reglas, no es matar sólo a un animal (como en un matadero), sino que hay un componente lúdico, se hace por diversión (o en parte por diversión).
El grado de ritualización varía dentro de los distintos deportes, los hay menos ritualizados (una carrera a pie) y más ritualizados (un combate de sumo), y en este sentido hay que reconocer que la tauromaquia (tanto la romana como la actual) es una forma de caza y de deporte muy ritualizada.
La muerte era rasgo común de todos los deportes romanos, porque sólo enfrentándose a ella podía exhibirse el valor, lo que definía al hombre
Se dice también que la tauromaquia es un arte, pero esto tampoco la distingue del deporte, pues este es también arte (no hay obra de arte mayor que el cuerpo humano, especialmente el cuerpo humano en movimiento, que es lo que es el deporte, y de hecho la obra de arte más icónica de la historia, el Discóbolo de Mirón, no es más que eso, un hombre haciendo deporte, lanzando disco).
Si al cuerpo humano en movimiento unimos el del animal, tenemos deporte y arte por partida doble.
Que la tauromaquia (tanto la romana como la actual) tiene un alto grado de exigencia física lo sabe cualquier torero de hoy, pues todos siguen un entrenamiento físico duro, una dieta estricta, y trabajan constantemente en la mejora de su técnica, para mantener su condición físico-técnica al nivel que requiere la tauromaquia, pues de lo contrario no es sólo que no puedan ofrecer una tauromaquia de calidad, sino que además se arriesgan a morir en la arena (pues en la tauromaquia actual, como en la romana, el hombre sigue jugándose la vida, y esta sí es la principal diferencia de la tauromaquia con el resto de deportes y espectáculos actuales, pues en ningún otro la muerte del participante se admite como un resultado posible). Así, el torero de hoy (como el venator romano) sigue enfrentándose a la muerte, y en este sentido la tauromaquia actual sigue siendo un verdadero y genuino deporte romano, pues enfrentarse a la muerte era rasgo común de todos los deportes romanos (venationes, gladiatura, carreras de carros, pugilato, todos implicaban enfrentarse a la muerte, en cierto grado), porque para los romanos sólo enfrentándose a ella podía exhibirse el valor (virtus), que era lo que definía al hombre (vir). Un hombre lo era porque tenía valor, no temía a la muerte, y así un romano podía mostrar su hombría, que era un hombre, desafiando a la muerte en una carrera de carros, un combate de gladiadores o delante de un toro.
La tauromaquia actual sigue siendo un verdadero y genuino deporte romano
Que dos mil años después desafiar a la muerte (por ejemplo poniéndose delante de un toro) siga valorándose, y viéndose como una muestra de valor, de hombría, demuestra lo mucho que aún tenemos de romanos en nuestra cultura, mentalidad y forma de ver el mundo.
También en nuestro concepto de lo que es un espectáculo y un deporte, de lo que es algo digno de ser visto. Y en ese concepto la opinión del espectador era esencial, pues ese jugarse la vida debía ser también evidente para los espectadores, no sólo para el que estaba en la arena: la punzada de adrenalina que sentimos al ver al torero cambiarse la muleta de mano por la espalda en el último instante posible de la embestida del toro también la sentía el espectador romano, y era lo que lo enganchaba a esa exhibición, y lo que lo hacía considerarla como algo digno de ser visto, un spectaculum.
Los romanos sólo se interesaban verdaderamente por las exhibiciones donde sentían esa punzada, lo que explica el desprecio y falta de interés con la que siempre vieron otros entretenimientos, como los juegos de pelota o el deporte griego (efectivamente, en un partido de fútbol nadie se está jugando la vida, y eso resultaba tan evidente, y aburrido, para un romano de hace dos mil años [el harpastum era el fútbol de los romanos] como para un aficionado a los toros de hoy).
En este sentido es muy revelador que, antes de que se inventase la palabra anfiteatro (amphitheatrum), los romanos llamaban a ese edificio spectaculum (espectáculo), porque consideraban que ese era el lugar (el único lugar) donde se veía eso, un espectáculo, espectáculos de verdad, cosas dignas de ser vistas (esas cosas no se veían en otros edificios, como el teatro, o el estadio, ni siquiera en el circo... sólo el spectaculum [el anfiteatro] ofrecía spectacula [espectáculos], y por eso sólo a ese edificio daban ese nombre, spectaculum).
Tenemos que hacer el esfuerzo mental de ver las cosas como las veían los romanos, porque sólo así podremos llegar a entender verdaderamente la tauromaquia, pues esta era (y sigue siendo) un espectáculo romano.
Marcial, en su crónica de los cien días de espectáculos con los que se inauguró el Coliseo en el verano de 80), menciona al toro 12 veces
De hecho, la tauromaquia era la forma de venatio más frecuente que podía verse en la arena, por varias razones. Primero, el toro abunda en todas las tierras que ocuparon los romanos (desde África a Britania, desde Hispania a Mesopotamia), por lo que era un animal fácil de obtener en cualquiera de los más de 400 anfiteatros que había a lo largo del imperio.
Segundo, el toro ataca siempre, era garantía segura de que ofrecería un buen espectáculo en la arena.
Así, como decimos, el combate del toro era el espectáculo más frecuente de las venationes. Marcial, en su Liber Spectaculorum (" Libro de los espectáculos", la crónica de los cien días de espectáculos con los que se inauguró el Coliseo en el verano de 80), menciona al toro 12 veces (a las que habría que añadir una mención del búfalo [bubalus] y otra del bisonte [vison]), mientras que el segundo animal más citado es el oso, 7 veces (la mitad). Los siguientes animales citados son el león (6 veces), el jabalí (5 veces), el rinoceronte (4 veces), el elefante (3 veces) y finalmente el leopardo, el ciervo y el tigre (una vez cada uno).
Centrándonos en las fuentes visuales que mejor representan las venationes, todas ellas muestran toros: el relieve de Puerta Stabiana (Pompeya, c. 50, dos toros), el relieve de Scaurus (Pompeya, c. 60), los mosaicos de Zliten (siglo II), Reims (siglo III), Bad Kreuznach (c. 250), Vallon (c. 200), Borghese (c. 330, dos toros).
Mosaico romano que muestra a Hércules luchando contra un toro. (iStock)
Y, como decimos, no es que el toro fuese sólo una presencia constante en las venationes, es que era el animal más icónico de estas, el que ofrecía luchas que más marcaban a los espectadores, pues mientras que otros animales no atacaban siempre (las fuentes escritas a menudo cuentan cómo osos o leones se quedaban en sus jaulas, negándose a salir a la arena, o a atacar, asustados por el rugido del público en la grada o por lo extraño del lugar), el toro embestía siempre, contra cualquier rival, y sin importarle que fuese mayor que él, o cuánto mayor. Ya fuese hombre o bestia, rinoceronte o elefante, el toro siempre se arrancaba contra él, creyendo que podía vencerlo. Eso evidententemente era un espectáculo (en el sentido original de la palabra latina, spectaculum, "algo digno de contemplar", spectare), y por ello la gente iba al anfiteatro a ver eso.
Ese era el espíritu del toro, embestir siempre contra todo, y una sociedad militarista basada en la guerra y en la conquista consideraba eso inspirador, como algo a imitar. Así lo reconoce Marcial, admirando ese espíritu del toro: "Así luchan los toros, así caen los héroes" (Marcial, Epigrammata, 4.35: «Sic pugnant tauri, sic cecidere viri»).
Efectivamente (y lógicamente), al atacar al rinoceronte, o al elefante, el toro siempre moría, como dice Marcial ("así caen los héroes"), pero ese mismo hecho de morir, como moría el toro, sin dudar nunca que puede ganar, embistiendo hasta el final y poniéndose en pie tantas veces como pudiera, mientras le quedase un hálito de vida en el cuerpo, también lo consideraban inspirador los romanos, era un valor para ellos, pues no sólo creían que había victoria al ganar, sino que también podía haber victoria muriendo (si se moría sin mostrar miedo a la muerte, sin temer a la muerte... como un toro, o como un gladiador).
La esencia de los espectáculos anfiteatrales era ver a bestias u hombres enfrentarse a la muerte sin miedo, venciendo valientemente (sí vencían) o muriendo aún más valientemente (si les tocaba perder), y eso lo mostraba mejor que nadie sobre la arena el toro: los gladiadores a veces apartaban el cuello de la espada del rival, o salían huyendo (lo muestra el relieve de Storax), pero jamás una fuente romana registra que un toro huyese de su destino.
Ese espíritu luchador del toro, su bravura infinita e irracional, era tan admirado por los romanos, especialmente los militares (que por profesión debían morir luchando si era necesario) que el toro era el emblema de varias legiones.
Esa valentía constante del toro contra todos sus rivales era el ideal marcial romano, ese atacar siempre a todo sin importar lo grande o fuerte que sea tu enemigo. Ese estar dispuesto a morir con tal de mostrar valentía, de intentar vencer siempre, de morir matando (de nuevo, la cita de Marcial: "Así luchan los toros, así caen los héroes").
Por ello, enfrentarse (y vencer) al toro en la arena era un gran honor para cualquier venator (lo comparaban con Hércules, que venció al toro de Creta [Marcial, Spect., 27.3]), desarrollándose así una tauromaquia (en el sentido de lucha toro contra hombre) específicamente romana, que generó muchas suertes.
Sobre el libro y el autor
Alfonso Mañas es Doctor con mención europea en Historia del Deporte, con una tesis elaborada en Roma (Universidad La Sapienza) sobre espectáculos anfiteatrales (cacerías de animales, ejecuciones y gladiadores), tema al que se ha dedicado desde el inicio de su carrera investigadora. Licenciado en Filología y en Ciencias del Deporte, es investigador de la Universidad de Berkeley (California) y consejero editorial y revisor de The International Journal of the History of Sport, la revista científica de Historia del Deporte más prestigiosa del mundo. Es también el responsable de Historia del Deporte de la Oxford Research Encyclopedia, la mayor enciclopedia online.
Tiene publicados numerosos artículos sobre espectáculos anfiteatrales y gladiatura en las principales revistas científicas internacionales. En 2011 identificó la única estatuilla conocida hasta la fecha de una mujer gladiadora, hallazgo que le valió reconocimiento mundial. Su libro Gladiadores, bestias y condenados: las crónicas brutales del Coliseo(Almuzara, 2024) es el ensayo en español sobre gladiadores más vendido de la historia (en España y en el mundo).
En su nuevo ensayo, Tauromaquia romana (Almuzara, enero 2026), presenta, por primera vez, el catálogo completo de las suertes de la tauromaquia romana, reconstruidas con rigor y una idea brillante: completar las lagunas de las fuentes antiguas con lo mucho que sabemos de la tauromaquia española, que tiene suertes similares a las romanas. Y eso plantea una cuestión fascinante: si tenemos hoy suertes similares a las de entonces ¿es la tauromaquia romana el origen de la tauromaquia española?
Aunque aquí usamos el término "tauromaquia" para referirnos a esos combates de toros contra hombres en la antigua Roma (tauromaquia romana, en analogía a la tauromaquia española), hay que decir que los romanos jamás usaron ese término (tauromachia, que sería como se escribiría en latín). Esa palabra jamás aparece en las fuentes romanas (nunca la usa Marcial ni ningún otro autor, ni aparece en ninguna inscripción). Cuando los textos hablan de combates de toros (ya sea contra hombres o contra animales), sólo usan el término general venatio, y al hombre que lucha contra el toro lo llaman venator, si acaso (en su Liber Spectaculorum Marcial sólo usa el término venator una vez, nunca lo aplica a Carpophorus, el venator estrella de esos juegos, al que describe varias veces venciendo a toros).
Que los romanos no usaran el término tauromaquia tiene lógica, pues era una palabra griega, ταυρομαχία (de ταῦρoς, toro + μάχη, combate = combate de toro). No obstante, los griegos tampoco usaban mucho esa palabra (sólo está documentada en algunas inscripciones), en este caso porque los griegos no solían hacer combates con toros, ni con ningún otro animal.
En castellano el término tauromaquia solo empezó a usarse en 1777, cuando Moratín decide tomarlo prestado del griego
Que los romanos no usaran el término tauromaquia para referirse a sus combates con toros no debe extrañarnos, pues en castellano tampoco lo usamos hasta hace poco, probablemente por esa razón de que los romanos tampoco lo usaran (como lengua derivada del latín, el castellano lógicamente no podía tener esa palabra). Es sólo en 1777, cuando Moratín escribe su Carta histórica sobre el origen y progresos de las fiestas de los toros en España, que (en el más puro espíritu de la Ilustración) buscando un término más técnico y preciso para referirse a lo que en castellano siempre se había denominado "correr toros", o "fiestas de toros", decide tomar prestado el término griego (Moratín 1777:34: "Tauromachia").
Independientemente de cómo lo llamaran los romanos, es evidente que apreciaban la lucha del toro como el principal espectáculo de venatio que podía verse en el anfiteatro, y en algunos anfiteatros puede que fuese el principal espectáculo (por encima incluso de los gladiadores), como sugieren las dos cabezas de toros que adornan una de las arcadas del anfiteatro de Nimes. Era la forma más clara de mostrar qué era lo que se veía ahí, para lo que había sido construido ese edificio.
Paradójicamente, dos mil años después, ese es precisamente el único espectáculo que sigue ofreciéndose en ese recinto, de los tres para los que originalmente se construyó. Las ejecuciones públicas hace ya mucho que se prohibieron, y los combates de gladiadores —si bien aún se celebran ahí a cargo de grupos recreacionistas— ya no se libran en su formato original (con la muerte como resultado posible, pues hoy usan armas romas). Sólo la lucha del toro contra el hombre pervive aún ahí en su forma original, admitiendo la muerte del toro (o del hombre), sin trampa ni cartón, y usando (como veremos) muchas de las suertes que ya se usaban en tiempos romanos, en la tauromaquia romana.
Que dos mil años después aún conservemos ese espectáculo, un espectáculo del anfiteatro, creo que merece la atención de los investigadores, y justifica este estudio.
"¿Toreaban los romanos?" Es esta una pregunta que me hacen mucho mis lectores, aquellos aficionados a los toros.