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Navidades infernales: cómo es vivir estas Fiestas trabajando de Papá Noel en América del Sur, en pleno verano abrasador
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Hernán Migoya

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Navidades infernales: cómo es vivir estas Fiestas trabajando de Papá Noel en América del Sur, en pleno verano abrasador

Una crónica sobre lo extraño que resulta para un europeo residente en Sudamérica celebrar las festividades de fin de año ejerciendo de Papá Noel de centro comercial bajo un calor horroroso y con los escaparates disfrazados de invierno

Foto: Fotomontaje de Bouman Studios.
Fotomontaje de Bouman Studios.
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Como buen escritor, para subsistir debo recurrir desde hace años a los trabajos temporales más variados y, en las Fiestas Navideñas, me toca embutirme un disfraz de Papá Noel y ponerme a la puerta de un centro comercial a sacudir una campana con el fin de promocionar sus ofertas de electrodomésticos y muebles en este período tan consumista. Todo bien, salvo por el pequeño detalle de que resido en Lima y la capital peruana sufre en las postrimerías de cada año unos veranos de calor insoportable

Diría que en estas fechas “entrañables” me gano mi jornal con el sudor de mi frente, si no fuera porque ese sudor que aflora estos días en mí procede de todo el cuerpo, especialmente de lugares recónditos en los que no queda demasiado bien rascarse.

Ser Papá Noel es un trabajo de riesgo

En el caso de este centro comercial en particular, no tengo queja de la paga. Pero digamos que el procedimiento deja mucho que desear. En Perú es verano de manera oficial desde hace una semana y el sol pica muy duro, supuestamente porque su territorio está situado cerca del ecuador: equilicuá, uno suda a mares mientras finge encontrarse en un paisaje invernal. De hecho, los escaparates han sido intervenidos con nieve artificial para dar apariencia de invierno, volcada alrededor de sus robots de cocina o sus megatelevisores en venta y junto al Belén de rigor, pues sigue siendo la gélida imagen colectiva que los católicos de todo el mundo asocian con esta celebración. Uno queda tan deshidratado después de cada jornada que acabo deseando hacerme musulmán, para que al menos el riesgo de insolación lo sea de “insoalación” (homenaje al Diccionario de Coll).

A las ocho de la mañana debo endosarme un traje de Papá Noel, atuendo que compartimos los tres escritores que nos turnamos para maraquear la campanita de marras y que está pringoso ya de nuestras transpiraciones aunadas. Ni siquiera cuando me toca algún turno de noche logro que el terciopelo rojo ¡forrado de áspera lana de llama andina! esté seco de los jugos de mi antecesor, así que tengo que apechugar y sobrellevar como puedo esas humedades ajenas, más el picor que provocan en axilas y zonas pudendas sus costuras de poliéster y que, para las tres de la tarde, ya me han vuelto loco de escozores y ronchas. Para más requiescat in pace en vida, las botas encima son dos tallas menores a la mía pues, pese a que su tamaño no se corresponde con las proporciones del resto de mi anatomía, dispongo de unos pies muy grandes, que acaban llagados y sangrantes como los de nuestro bienamado señor Jesucristo.

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A eso se le suma que los directivos del centro comercial (aquí lo llaman mall, no sé si ese anglicismo ya ha calado —qué verbo tan desagradable, pero viene al caso— en las Españas) pensaron que sería buena idea colocarme al lado un arbolito navideño, un abeto artificial con sus luces prendidas todo el día. Las luces no son problema, pero sí lo son los insoportables villancicos y cancioncitas fraternales que acompañan al arbolito, todos generados mediante una estridente “música” electrónica que resulta enojosa a más no poder y que, para más inri, se repite monocorde con una frecuencia interminable, ya que su programación comprende tan solo media hora de temas diferenciados que, al llegar al final de su lista, se reproducen automáticamente desde el inicio. Estoy de Noche de paz, noche de amor en pleno inclemente mediodía y de En el portal de Belén bajo una candente canícula hasta las mismísimas bolas del árbol, más títulos para mí novedosos como El burrito sabanero y El churumbel, que tienen especial predicamento en el público autóctono. Todos los villancicos evocan un paisaje ideal de acogedor invierno, mientras yo siento que me hallo en el mismísimo Infierno. ¡Satán, sácame de este suplicio!

Lo único bueno que conlleva el arbolito es que de vez en cuando puedo parapetarme tras él para, como buen español, fumarme un cigarrillo. Tengo que hacerlo a escondidas, no tanto por los niños que puedan asustarse al descubrir a un Papá Noel adicto al tabaco, sino por la propia cultura social peruana, muy hostil con los fumadores, así sea del rubio más inocuo ¡o el más aromatizado a sandía! Más de una vez me han agredido señoras con sus parasoles al grito de “¡Fumón, drogadicto!” y en una ocasión tuve que pagar de mi sueldo un traje de Papá Noel entero por los agujeros que ocasionó mi pitillo al caer dentro de mi forro de alpaca de resultas de tantas hostias recibidas. La colilla me bajó hasta la bragueta: el piti casi me deja sin pito. En resumen: un poco más y acabo siendo el primer Papá Noel quemado a lo bonzo de la historia de la humanidad.

Hasta amigos míos me han pegado al no reconocerme bajo la condenada barba postiza.

Créanme: es muy duro ser un Papá Noel de centro comercial.

Los niños no son unos angelitos

Pero lo peor es cuando tengo que ejercer de anfitrión de los niños sentado en mi “trono” dentro del centro comercial, para que me lean sus cartas pidiendo un móvil. Con los focos a toda potencia sobre mi cabeza todavía transpiro más y, claro, yo entiendo que, tras ver a un Papá Noel bañado en sudor y con su traje apestando a la mula del pesebre, para los “probes guajes” no debe de resultar muy agradable sentarse en mi regazo. Además, tengo que combatir todo el tiempo el impulso de rascarme los sobacos o las ingles debido a la intensa comezón que me causa la rígida tela interior, lo cual, obviamente, sería un desastre en esas circunstancias. La mayoría de críos se ponen a llorar a un metro de mí y patalean para que no les acerquen más, reacción que me parece perfectamente comprensible.

También debo decir que muchos niños no son demasiado agradables, sobre todo los más listos, que enseguida se huelen —cómo no lo van a oler, con la peste que emana mi vestimenta— que soy un Papá Noel de pega. Pero para pegar, ellos: más de uno de esos diablillos me ha propinado un puntapié en protesta, tras adivinar que yo no soy el mito genuino. O me tiran de la barba postiza para reírse de mí. En esas ocasiones les suelto algún exabrupto ibérico y ¡alabado sea el Señor! salen espantados, porque aquí no están acostumbrados a que Dios y la Virgen puedan ser protagonistas de improperios tan paganos.

Una pena que los renos que me acompañan sean de plástico: durante más de una de esas “recepciones” me gustaría subirme a sus lomos y salir volando de allí.

Cambio climático: haz un milagro, por favor

Pero la pela es la pela y si quiero seguir escribiendo mis novelas y ganar algún día el Premio Planeta (se rumorea que quieren que el próximo ganador sea un colaborador de El Confidencial y yo confío en que son conscientes de que Soto Ivars y Olmos lo rechazarían por fidelidad a sus sólidos principios éticos, así que no les quedará otra que recurrir a alguien sin tantos escrúpulos; o sea, al menda lerenda: un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo), tengo que aguantar y buscarme los ingresos donde buenamente pueda, sin hacerle ascos a este tipo de trabajos. En mis peores jornadas laborales como Papá Noel apócrifo, me vuelvo creyente y le rezo a Dios para que acelere el cambio climático y provoque una hecatombe que trastoque el sentido de las estaciones, de modo que el verano del hemisferio sur americano se transforme en invierno y viceversa.

De este modo podré ejercer de Papá Noel en el ambiente glacial adecuado para esta bella tradición que tantos buenos sentimientos nos despierta y tanto nos hermana con el prójimo. Claro que lo más probable es que eso traiga consigo un cambio de estaciones también en Europa. Pero bueno, ya es hora de que ellos prueben una cucharada de su propia medicina, a ver qué tal les sienta.

A todo esto: Feliz Fin de Fiestas y Próspero Año Nuevo.

¡Y que los Reyes os traigan un montón de regalos, jo jo jo… didos!

Como buen escritor, para subsistir debo recurrir desde hace años a los trabajos temporales más variados y, en las Fiestas Navideñas, me toca embutirme un disfraz de Papá Noel y ponerme a la puerta de un centro comercial a sacudir una campana con el fin de promocionar sus ofertas de electrodomésticos y muebles en este período tan consumista. Todo bien, salvo por el pequeño detalle de que resido en Lima y la capital peruana sufre en las postrimerías de cada año unos veranos de calor insoportable

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