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Este libro no existe. Juan Soto Ivars, la libertad de debate, el abandono de la razón y la defensa de la igualdad
Crónica de una conversación imposible a propósito de la presentación de 'Esto no existe'
No me considero amiga de Juan Soto Ivars. Sin embargo, tenemos buenos amigos en común. Fue uno de ellos el que, a mediados de noviembre, me dijo que había que presentar
Sí que es cierto que Juan y yo hemos coincidido en muchas ocasiones –el tejido cultureta murciano es relativamente pequeño–. En 2022 invité a Anónimo García, de Homo Velamine, a dar una conferencia sobre André Breton. Yo estaba empezando a programar en CENDEAC y los intentos de cancelación me pillaron por sorpresa. Soto Ivars me contactó para explicarme que estaba a punto de publicar un libro contando el demencial entuerto,
Ya en 2024, lo invité a dar una charla que tituló, de manera premonitoria, Libros malditos. En la conversación de después hablamos sobre censura, posverdad, tabúes y militancias; de la dificultad para encontrar librepensadores no ya dispuestos a disentir de las fórmulas dogmáticas, sino a debatirlas. Le hablé de la mezcla de admiración y ternura que me provoca la filósofa feminista Ayme Román. Aunque discrepo de buena parte de sus posiciones, valoro su honestidad intelectual y su serenidad para asumir matices o reconocer zonas de incertidumbre, pero me fascina el cuidado extremo que aplica para no ofender a nadie –su público es especialmente sensible–.
Ese mismo año publiqué
El libro que no debe existir
Llegamos así a diciembre de 2025. Comienzan las presentaciones de
Trato de escuchar los argumentos pero no los encuentro. Tropiezo de bruces con la irracionalidad más absoluta –ni lo he leído ni lo voy a leer, solo quiere provocar y enriquecerse. Le hace el caldo gordo a la ultraderecha–. Me niegan el debate una y otra vez. Tres falacias se vuelven omnipresentes: ad hominem –es un cuñao, no hay más que verle esa cara de pajillero y ese pelo lamido por una vaca–; falso dilema –si defiende que existen las denuncias falsas, niega la violencia de género–; y hombres de paja –cuando critica la ley VioGén es que está encantado de que asesinen a tantas mujeres–. Soy culpable de darle voz.
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Al fin, empiezo a recibir mensajes –siempre por privado, claro– de gente aliviada. Amigos y conocidos que creen que puede haber algo valioso en este libro que se confiesan temerosos de asistir: no quieren ser tachados de fachas. El 17 de diciembre, con parte del funcionariado del centro haciendo lo posible para impedir la presentación, en el Salón de Actos del Puertas de Castilla no cabía un alma. Comienzo la conversación con un severo interrogatorio a modo de fiscal. Ha sido sentenciado y condenado, así que mi objetivo es más bien demostrar su inocencia –y de paso, la mía–, por eso, con un grado de cautela muy superior al de Ayme, trato de evidenciar los consensos con una serie de preguntas básicas:
¿Cree que el feminismo ha hecho algún bien por la sociedad? ¿Niega la violencia específica que sufren las mujeres por parte de los hombres? ¿Conoce la dolorosa cifra de mujeres asesinadas a manos de sus parejas y exparejas? ¿Cree que archivo o absolución implica denuncia falsa? ¿Está en contra de que se ayude a las víctimas? ¿Aceptaría que se conculcara en algún grado la presunción de inocencia de un varón para minimizar la posibilidad de agresión a una mujer?
Sus respuestas podrían ser las de cualquier feminista clásica. Bien. Empiezo a sentir cierto desahogo y continúo.
¿Por qué le molesta que actos penales idénticos se sancionen de forma diferente si han sido cometidos por hombres o por mujeres? ¿Qué es lo que tuvo que desaparecer primero para que las denuncias falsas lo hicieran después? ¿La razón, la cordura, el sentido de justicia? ¿Puede hacer daño la verdad? ¿Es este libro una recopilación de casos anecdóticos –cherry picking– o trata de dar precisamente con unas estadísticas que se nos ocultan deliberadamente? ¿Si no se conoce la dimensión real del problema, por qué se argumenta que es despreciable?
Opinión Juan, con una templanza admirable, responde evidenciando una soltura propia de quien ha profundizado previamente en estas cuestiones. Su preocupación por las víctimas, es genuina –ni que fuera progresista–. La mayoría de los hombres no son maltratadores. La mayoría de denuncias no son falsas ni instrumentales. Eso no nos impide hablar de la existencia de los unos ni de las otras.
En un tono más retórico, mi interrogatorio prosigue: ¿Por qué a mí la ley VioGén no me afecta? ¿Por qué, si mi pareja —mucho más joven y corpulenta que yo— me agrede, no se considera violencia de género? ¿Por qué en tal circunstancia mi caso no se tramitará en los Juzgados de violencia sobre la mujer? ¿Acaso no soy yo una mujer? Juan responde que, en efecto, la clave está en la genitalidad –estoy casada con una mujer–. Todo muy justo y racional.
En este punto, Soto Ivars cuenta que Fidel Moreno ha sido despedido de la tertulia humanista de RNE por haber hablado de su libro, después del linchamiento digital promovido por su compañera, Noor Ammar. En su esclarecedor relato de los hechos publicado en Letras Libres el periodista afirma: “No sé por qué resulta tan polémico defender que la lucha por la igualdad nos exige atender a todas las víctimas, incluso cuando son hombres y las maltratadoras son mujeres”. Esta es la clave. Quien dice buscar la igualdad ha renunciado a hacerlo porque la perspectiva de género solo funciona en un sentido.
Amenazas ideológicas a la razón
Más adelante, leo un fragmento del libro en el que defiende ciertos logros del feminismo, aunque reprochándole haberse centrado en detectar los privilegios masculinos sin ver sus sacrificios. La cita concluye: “con el feminismo, al menos, se puede discutir; no con una ideología de género que defiende sus privilegios económicos mediante el chantaje emocional, el desprecio por la lógica y la negación de la realidad”. Le cuento que este abandono de la razón y este afán de ocultación de la verdad es un mal endémico que se ha extendido por otros muchos campos y pongo dos ejemplos concretos, los que denuncian Dean Kissick en el ámbito del arte contemporáneo o Alan Sokal en el científico.
En La protesta pintada. Cómo la política destruyó el arte contemporáneo Kissick sostiene que, aunque durante décadas el arte contemporáneo fue un terreno de experimentación e innovación libre de fines prescriptivos, en los últimos años se ha producido un giro hacia las políticas de la identidad que ha transformado la práctica artística en un espacio donde prima la amplificación de experiencias personales. La extrema politización y este énfasis en la militancia social ha llevado a una estetización de la protesta y a una retórica que, según Kissick, ha despojado al arte de su función crítica original.
Opinión Por su parte, Sokal, en su artículo “Amenazas ideológicas a la ciencia”, recuerda que la ciencia busca la verdad mediante la evidencia y la libertad de debate, y advierte contra la politización de los resultados, la cultura de la cancelación, la autocensura académica y la presión ideológica sobre los investigadores. Cita incluso la nueva política editorial de Nature, que permite retirar artículos por posibles “daños” sociales percibidos, confundiendo hechos con valores y abriendo la puerta a la censura ideológica. La cifra de denuncias falsas que Soto Ivars solo puede intuir no se conoce, precisamente, por ese mismo interés ideológico.
Sokal concluye, con John Stuart Mill, que la libertad de debate es necesaria no solo para corregir errores, sino para sostener racionalmente las verdades aceptadas, y advierte de que la censura —incluso en nombre de causas justas— daña a la razón y a la democracia, que no se mide por lo que permite al consenso, sino por lo que tolera a sus discrepantes.
Dicho esto, es posible que en las cuatrocientas cincuenta páginas del libro haya afirmaciones matizables o alguna pequeña imprecisión, el propio Soto lo admite y está dispuesto a discutirlo. No obstante, se trata de un ensayo preciso respaldado por novecientas cincuenta notas y referencias –el 20% del libro–, muy lejos del panfleto ideologizado.
Igualdad y responsabilidad
Decía que Juan Soto Ivars no es mi amigo, por eso podría haber declinado acompañarlo. Sin embargo, el nivel de odio e irracionalidad que vi apeló a un deber moral. Asumo que mi reputación puede verse afectada y lo entiendo como una inversión a largo plazo: cuando seamos capaces de reconocer que la ley VioGén, pese a su loable motivación, está generando un número indeterminado pero muy elevado de víctimas, de hombres abocados injustamente a una muerte social —y, en algunos casos, puede que al suicidio—. “¿Cuántos muertos ha provocado en España el noble intento de salvar vidas?”, se pregunta Soto Ivars. Quizá algún día lo sepamos, y decir esto no minimiza ni relativiza el número de asesinadas.
En la firma posterior a la presentación hubo un momento en el que me tuve que alejar para contener el llanto. Hombres y mujeres aprovechaban esos segundos para tratar de resumir las terribles historias de separación de sus hijos y nietos, de ruina económica y vital, de abandono político y judicial. Muchos, exonerados después de años de litigio, explicaban haber tenido que aguardar pacientemente la mayoría de edad de sus hijos para hacerles llegar su versión de la historia, para asegurarles que nunca dejaron de quererles. Otros pedían que la dedicatoria fuera para algún niño, a la espera de poder entregárselo en un futuro. Policías y Guardias Civiles contaron anécdotas increíbles.
Soy feminista y creo en la igualdad entre los sexos. Precisamente por eso no me resulta conflictivo asumir que, del mismo modo que los hombres ejercen en promedio una violencia física mayor, también existen mujeres que están utilizando las poderosas herramientas e incentivos que ofrece esta ley para ejercer formas de maltrato —jurídico, simbólico o relacional— sobre sus exparejas. Lo que se nos vendió como una norma pionera ha resultado ser una anomalía: no existe nada parecido en ningún otro lugar.
En cualquier caso, Esto no existe no es un libro polémico sin más, es un fenómeno. Ha conseguido abrir una brecha. Ahora habrá que terminar el trabajo desde distintos ámbitos, –académico, jurídico o social–, pero el debate no se va a poder volver a cerrar.
Porque esta no es una guerra entre hombres y mujeres, sino un conflicto entre la razón y la sinrazón, entre la justicia y su negación. Me siento más identificada con la defensa de la igualdad de la silenciada jueza María Sanahuja, que con la tesis Noor Ammar Lamarty, que asegura haber sido víctima de violencia machista porque un hombre le ha llevado la contraria o ha querido debatir. Esa es la visión de la mujer como ser inferior, más débil e infantilizado a la que definitivamente me opongo. No hay emancipación posible sin asunción de responsabilidad, ni igualdad real sin conflicto. Juan, ¿quieres ser mi amigo?
No me considero amiga de Juan Soto Ivars. Sin embargo, tenemos buenos amigos en común. Fue uno de ellos el que, a mediados de noviembre, me dijo que había que presentar