Es probable que usted también sea un mediocre: enhorabuena, le irá bien en la vida
Lo que a muchos les puede parecer mediocridad no es más que esa estabilidad que garantiza que no nos vamos a caer por el desfiladero social, económico o familiar
Aperitivo de Nochebuena en el centro de Madrid. (Europa Press/Marta Fernández)
Esta Navidad desayuné con Así que quieres salir de la charca [So you wanna de-bog yourself], un artículo que el psiquiatra Pablo Malo había compartido en redes. Su autor, el profesor Adam Mastroianni de la Universidad de Harvard, contaba que “aproximadamente la mitad de mis amigos odian sus trabajos, por lo que la mayor parte del tiempo se sienten moderadamente infelices, pero nunca lo suficientemente infelices como para renunciar”.
Mastroianni, a quien entrevisté hace un par de años, denominaba a esta situación “la trampa de la mediocridad”. En ella, “las situaciones que son malas, pero no tan malas, te mantienen para siempre en su órbita porque nunca inspiran la frustración necesaria para alcanzar la velocidad de escape”. Si tenemos en cuenta que afecta a la mitad de sus amigos, una de las mayores epidemias de la historia del hombre. Si fuese peste negra, la sociedad ya se habría derrumbado.
Estos días en los que vuelvo a reencontrarme con amigos, familiares y conocidos a los que solo veo una vez al año, yo también me hago la pregunta de si han caído en la trampa de la mediocridad, de si es cierto que son moderadamente infelices. En realidad, yo también me pregunto cada día si vivo a gusto atrapado en la trampa de la mediocridad, la de ese conformismo del “que me quede como estoy”. La respuesta suele ser afirmativa. Pero creo que cualquiera que haya alcanzado una cierta estabilidad, una cierta comodidad en la que casi cualquier otra alternativa vital (profesional, personal) parece peor terminará admitiéndolo.
Ante esto podemos plantearnos varias posibilidades. O son infelices y no lo saben, porque nunca han vivido otra cosa mejor para poder compararlo; o son infelices y no quieren admitirlo, porque supondría aceptar ante los demás una terrible derrota vital difícil de encajar cuando no puedes dar marcha atrás; o que, en realidad, por mucho que odien sus trabajos y tal vez a sus compañeros, a su familia y a sus amigos, tampoco podría decirse que son infelices. Porque, sinceramente, ¿qué es ser infeliz? ¿A cuántos infelices, infelices de verdad, conoce?
Nuestra mediocridad es una forma de protegernos ante la posibilidad del fracaso total
Tal vez sea el temperamento mediterráneo, menos obsesionado con la cultura del éxito que el anglosajón, pero creo que toda esa gente que a ojos de los demás puede haber caído en la trampa de la mediocridad en realidad no es moderadamente infeliz, sino moderadamente feliz. Quizá no tenga grandes ilusiones, tal vez haya limado las expectativas hasta dejarlas a tamaño pisito en el PAU, quizá no vaya a llegar a ser nunca ese astronauta con el que soñó ser de pequeño, pero ha conseguido lo que todos pretendemos: evitar el desastre.
Porque seamos honestos: ¿no son la mayoría de nuestras vidas en el capitalismo tardío un esfuerzo diario para evitar salirnos del camino y despeñarnos por el desfiladero social, económico, personal? Esa aparente mediocridad de nuestras vidas, que en realidad es continuidad sin sobresaltos, no es otra cosa que una estrategia para librarnos de esas tragedias que vemos cada día por televisión o que en ocasiones asoman la cabeza entre nuestros conocidos. Quien montó un negocio, se arruinó y 30 años después sigue pagando las deudas; quien era el rey de las fiestas y ahora es incapaz de mantener una conversación porque tiene el cerebro frito; quien tuvo una familia y ahora ya ni sus hijos le dirigen la palabra. Ser especial, pensamos, atrae más desgracias que fortunas.
Jorge Ilegales, una de las pocas vidas que dan para ser escuchadas. (EP/Ricardo Rubio)
La mediocridad no inspira, pero nos hace menos proclives a esos accidentes causados por el riesgo. Dice Mastroianni que “las situaciones terribles, una vez salimos de ellas, a menudo se convierten en historias divertidas o recuerdos orgullosos”. Sin embargo, las situaciones mediocres “se convierten en Años Perdidos, aburridos tanto de vivir como de hablar sobre ellos, como estar en una sala de espera sin recepción, ni wifi, ni revistas, esperando que alguien entre y te diga que es momento de empezar a vivir”. Pero ¿cuántas personas vivimos de verdad vidas que merezcan la pena ser contadas, que les interesen a los demás? Pues imagino que Jorge Ilegales y pocos más.
Mi teoría es que todos estamos compuestos de un poco de mediocridad y de un poco de excepcionalidad, proporciones que van cambiando según nuestro momento vital. Nadie puede permitirse dejar de vivir “por defecto” todo el tiempo, así que llegamos a ciertos pactos en los que aceptamos esas convenciones de la supuesta mediocridad como atajos vitales que nos hagan más fácil el día a día. ¿Que hay que ir a ver las luces de Navidad? Pues se va. Quizá es cuando el porcentaje de mediocridad alcanza su nivel máximo durante demasiado tiempo cuando empezamos a buscar esa salida del fango.
Porque, si no fuésemos mediocres, ¿qué seríamos? ¿Qué define una vida no mediocre? ¿No odiar tu trabajo? Bajo listón. Me ha sorprendido leer respecto al último vídeo de Pantomima Full, otra reflexión sobre la mediocridad, que el problema de sus protagonistas es ser pobres. No lo creo. Con más dinero, su vida no cambiaría esencialmente. Tal vez podrían permitirse un mejor hotel para ver las luces en Vigo, o viajar a una capital europea por Navidad en lugar de a Madrid, que es, básicamente, lo que hace todo el mundo con un poco más de dinero en la cuenta. Pero seguirían siendo iguales.
La mediocridad no es una cuestión cuantitativa, sino cualitativa, y si no, que se lo digan a todos esos futbolistas que no tienen nada mejor que hacer que irse a Dubái en Navidad (a su nivel, otra forma de mediocridad). El dinero no te salva de muchas cosas, y de la mediocridad menos. Porque, ¿cuál es la vía de escape de la mediocridad? ¿Dejar ese trabajo odiado y montar tu propia empresa, opositar, estudiar una carrera? ¿Abandonar a tu familia? ¿Hacerse una operación estética? ¿Apuntarte a bachata?
Todos tenemos una imagen bastante aproximada de en qué consiste la mediocridad, pero no tenemos tan claro qué es el éxito, que quizá no deje de ser una mediocridad más suavizada a ojos de los demás. En un interesante artículo publicado el año pasado en Substack y titulado Europa no te arreglará [Europe Won’t Fix You], su autora explicaba cómo muchos estadounidenses habían intentado escapar de esa vida de mediocridad mudándose al viejo continente, y unos años después se habían dado cuenta de que no todo es Un verano en la Toscana.
La mediocridad está en el ojo del que la juzga, no en quien supuestamente la vive
“Como muchos fans deCome, reza, ama, mi amigo americano estaba recurriendo a la cultura y la gente de otros países para que le arreglasen”, escribía la autora en referencia a un compatriota que había probado suerte en Italia. “La mayoría de ellos huyen de algo, pero no van a ningún sitio”. Todos esos emigrantes que huían de la mediocridad en realidad perseguían un espejismo. “Y cuando ese sueño se acabó, porque la vida real es más dura e incluso más complicada en un país extranjero, si tenían un lugar donde volver, volvieron”.
Me cuesta ver la supuesta mediocridad de todas esas vidas. Creo, más bien, que todos vivimos vidas sorprendentemente dignas, por mucho que nuestras peleas diarias no vayan a figurar nunca en un libro de historia. Pero esa sensación generada por las redes sociales de que tenemos al alcance a cualquier persona en cualquier momento nos hace olvidar que el campo de acción de la mayor parte de la población humana en cualquier momento de la historia apenas trasciende a un puñado de personas.
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Nos hemos terminado creyendo que si no somos personas excepcionales tiraremos nuestra existencia por la borda limitándonos a ser personajes secundarios de la vida de otra persona, pero estos días recordamos que todos, nuestra familia, nuestros padres, nuestros conocidos, nunca han pensado que no eran protagonistas de sus propias vidas. La mediocridad, más allá de la insatisfacción puntual o las frustraciones ocasionales, está antes en el ojo del que la juzga más que en aquel que supuestamente la vive.
Cuando leo alguna de esas grandilocuentes afirmaciones sobre la decadencia de Europa y su impacto emocional en la población de un continente que ya no se sabe el centro del mundo, no puedo evitar carcajearme un poco. No seremos el centro geopolítico, pero afortunadamente, no vivo en China ni en los EEUU de Trump, sino en una sociedad que aún sigue permitiendo a cada cual contentarse con su propia mediocridad, hacer cola para comprar lotería, bajar a la capital a ver las luces y, sobre todo, ser moderadamente feliz sabiendo que es poco probable que un día le vaya terriblemente mal. Y que en caso de que eso ocurra, tendrá una red de seguridad. Si usted es un poco mediocre, no se preocupe: le va a ir bien.
Esta Navidad desayuné con Así que quieres salir de la charca [So you wanna de-bog yourself], un artículo que el psiquiatra Pablo Malo había compartido en redes. Su autor, el profesor Adam Mastroianni de la Universidad de Harvard, contaba que “aproximadamente la mitad de mis amigos odian sus trabajos, por lo que la mayor parte del tiempo se sienten moderadamente infelices, pero nunca lo suficientemente infelices como para renunciar”.