'Los Miserables': formidable musical que cumple 40 años en plena forma (no te lo pierdas)
Funciona como un reloj suizo y está hecho con una finura excelsa: la música brilla, los actores brillan, las voces brillan, las coreografías brillan y la puesta en escena es absolutamente monumental. En el Apolo de Madrid hasta el 11 de febrero
La primera vez que se pudo ver en Madrid el musical Los Miserables fue a principios de los noventa. Venía de arrasar en Londres desde 1985 -antes tardaba todo mucho más en llegar- y por aquí fue también un éxito completo. Tanto que abrió la puerta a otros musicales en la Gran Vía madrileña. Ese “piedad, piedad” de los más pobres de los pobres parisinos resonaba por todas partes y acercaba sin complejos la capital a los idolatrados West End de Londres y Broadway de Nueva York. Mucho antes de la aparición de El rey León.
La segunda vez de esta adaptación musicalizada de la novela de Víctor Hugo (1862) llevada a cabo por Alain Boublil y Claude-Michel Schönberg y que cuenta la vida del redimido Jean Valjean en el París posnapoleónico y revolucionario (los levantamientos republicanos de junio de 1832), fue en 2010 para conmemorar el 25 aniversario de la primera versión. Pero no fue igual: aquellos no eran los mejores tiempos para un gran musical.
La tercera, sin embargo, ha supuesto de nuevo un triunfo por todo lo alto. Estrenada hace un mes en el Teatro Apolo madrileño con la producción de ATG Entertainment (a la que se unió la española Som Produce en enero de 2025) y con un equipo británico y español, se ha convertido en uno de los mejores musicales que hay ahora mismo en la cartelera madrileña. Un musical que incluso acaricia el alma de aquellos a los que no les suelen gustar los musicales. Un musical en el que la música brilla, los actores brillan, las voces brillan, las coreografías brillan y la puesta en escena es absolutamente monumental. En numerosas ocasiones las escenas parecen lienzos de Jacques Louis David: una auténtica delicia hecha con muchísimo gusto. Y con fervor. Una gran celebración del 40 aniversario de esta fastuosa producción.
Es un musical en el que la música brilla, los actores brillan, las voces brillan, las coreografías brillan y la puesta en escena es monumental
Los Miserables no es un musical tampoco facilón. Es prácticamente una opereta, todo se canta, no hay partes habladas. Y toca temas de calado histórico. Su creación comenzó, además, con la composición de la música -ahí fueron apareciendo canciones como I Dreamed a Dream, One Day More o Do You Hear the People Sing? (traducidas al español como Soñé una vida, Sale el sol, La canción del pueblo)- para un disco que llegó a vender 260.000 copias y con el que se hizo una primera representación en París en 1980. Este álbum cayó en manos del productor británico Cameron Mackintosh, que ya había triunfado con Cats, y quien, aunque al principio no lo tuvo muy claro, sacó adelante una superproducción con un equipo de la Royal Shakespeare Company. Se estrenó en 1985 en Londres. La crítica fue mala; la reacción del público, excelente. Y hasta hoy. Según una encuesta de la BBC en 2005, Los miserables es el musical favorito de los británicos.
Musical adulto
La obra que podemos ver ahora en Madrid cuenta con todo el armazón británico en la dirección y creación -las fabulosas puestas en escena son de Matt Kinley, que ya hizo la del 25 aniversario (2010)-, pero al cual se suma también el trabajo en la dirección de Víctor Conde, en la dirección musical de Enric García y en la supervisión musical de Alfonso Casado Trigo, tres profesionales que conocen bien el universo de los musicales. El elenco también es español y, con alguna excepción, mantiene el nivel a una altura muy respetable. A destacar Adrián Salzedo como Jean Valjean, Pitu Manuvens como Javert y Xavi Melero y Malia Conde como los Thernardier, pareja cómica que está impecable: graciosos, malvados, incómodos y buscavidas miserables.
Víctor Hugo quería
Un musical siempre tamiza todo esto. Los horrores se aligeran con los bailes y las escenografías. Sin embargo, esta versión nos acerca mucho a una forma de ver el mundo muy de 2025. Ocurre, por ejemplo, en la violencia contra las mujeres, en el uso y abuso de su cuerpo. Las escenas en las que Fantine es repudiada y acaba en la calle vendiéndose a sí misma no esconden la crudeza. Sin dejar de ser un musical (con todas sus características), hay un cierto naturalismo que se agradece. Esta versión de Los Miserables es un musical adulto. No siempre pasa.
Toda la obra se mueve como si fuera un fantástico reloj suizo. Y qué decir de algunos efectos especiales utilizando las videocreaciones
Al contenido le acompaña muy bien todo el envoltorio. La iluminación es perfecta (Simon Sheriff aquí en Madrid), la caracterización fabulosa (Stefan Musch) y el vestuario, intachable (Laura Hunt). Los movimientos en el escenario (Jesse Robs) están absolutamente sincronizados. Toda la obra se mueve como si fuera un fantástico reloj suizo. Y qué decir de algunos efectos especiales utilizando mínimamente las videocreaciones audiovisuales (se agradece muchísimo también que no haya abuso de la pantalla y sí de la tramoya): el suicidio de Javert al tirarse al Sena o la escapada a través de las alcantarillas es un trabajo de finura excelso. Como decíamos, es un musical con un gusto enorme. Nada de cutreces.
Al final, es cierto que son casi tres horas y en los minutos finales se hace algo repetitivo (pero esto ya lo tenía el libreto original). A veces también da la sensación de que el escenario del Apolo se queda pequeño, como si no cupieran todos. Pero no hay ninguna duda: si quieren ver un buen musical en Madrid, apunten en la agenda Los miserables. De lo mejor que se ha hecho en los últimos tiempos.
La primera vez que se pudo ver en Madrid el musical Los Miserables fue a principios de los noventa. Venía de arrasar en Londres desde 1985 -antes tardaba todo mucho más en llegar- y por aquí fue también un éxito completo. Tanto que abrió la puerta a otros musicales en la Gran Vía madrileña. Ese “piedad, piedad” de los más pobres de los pobres parisinos resonaba por todas partes y acercaba sin complejos la capital a los idolatrados West End de Londres y Broadway de Nueva York. Mucho antes de la aparición de El rey León.