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Aeropuerto Madrid Barajas Ione Belarra
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Juan Soto Ivars

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Juan Soto Ivars

Aeropuerto Madrid Barajas Ione Belarra

La sentencia es esta: esa señora anónima que cuenta estas cosas no puede estar inventándoselo, ni haber recompuesto sus recuerdos, ni fantasear

Foto: Museo 'Adolfo Suárez y la Transición'. (EFE/Raúl Sanchidrián)
Museo 'Adolfo Suárez y la Transición'. (EFE/Raúl Sanchidrián)
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La catedral de Ávila es un lugar demasiado silencioso para el escándalo que acogen esos muros desde 2014. Allí está Adolfo Suárez. La iglesia, como siempre, encubriendo los abusos sexuales. Hay que exhumar al expresidente y llevarlo a declarar al juzgado; luego, considerando que se acogerá a su derecho a no declarar como todos los agresores, y en particular los que no están vivos, hay que mandarlo a prisión.

Tenemos la obligación social de reescribir los libros de historia porque una señora ha dicho una cosa. En España hay que tomar esta clase de decisiones drásticas si una mujer dice que cuando era joven, hace cuarenta y cinco años, el político que campeó el paso de la dictadura a la democracia abusó de ella. La señora ha dicho además que tuvo que estar de terapia psiquiátrica el resto de su vida y que le escribió una carta a Adolfo Suárez que éste no contestó. Hasta ahí las pruebas.

En la tele, de espaldas, ha dicho: "mi único objetivo es que el aeropuerto de Madrid deje de llevar el nombre de un agresor sexual". Yo he oído eso y qué queréis que os diga. Me ha parecido curioso.

No hay ningún modo de saber si lo que dice es cierto o no. Sencillamente no hay ninguna forma humana de comprobarlo. Creerla o no creerla depende de las ganas que uno tenga. Hay gente muy inclinada a creerse cualquier cosa: me refiero a la gente que compra en el blackfriday y la que no discutió nada del MeToo. En fin: podría ser cierto, pero da igual, porque no podemos averiguarlo. Es imposible.

Pero esa señora ha ido a la policía a denunciar a un muerto por un delito que, de ser cierto, de todas formas habría prescrito. No sé qué más necesitáis para agarrar vuestros libros de historia y empezar a escupir sobre las páginas.

En Canal Red y Televisión Española, que hoy por hoy son prácticamente lo mismo, solo que una la pagan algunos tontos y la otra la pagamos todos los tontos, han dictado sentencia con una celeridad que ya hubieran querido para sus casos las mujeres que denunciaron a Juan Carlos Monedero o Paco Salazar.

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La sentencia es esta: esa señora anónima que cuenta estas cosas no puede estar inventándoselo, ni haber recompuesto sus recuerdos, ni fantasear, ni nada. Que el otro no pueda dar su versión no importa nunca: ni estando vivo ni estando muerto. Desde el momento en que cualquier mujer señala a un hombre es una víctima y, como no existen las víctimas perfectas, cualquier duda que se arroje sobre la pureza prístina del asunto es continuar con la agresión.

No hay más que hablar. De hecho, es muy conveniente, porque la señora ha puesto una denuncia por abuso sexual justo cuando se amontonaban las del PSOE. A veces caen del cielo las denuncias a personajes históricos fallecidos.

La conclusión de todo este asunto estambótico está forjada a fuego y lo ha expresado Barbijaputa muy claro: “La España de hoy, y su Constitución, es el proyecto de unos cuantos. Algunos eran fascistas, otros eran violadores, otros como Adolfo Suárez eran las dos cosas... pero, al final, somos eso: un proyecto de un puñado de hombres hecho a la medida de los hombres”.

Precisamente por ser la España democrática el producto de la perversidad de fascistas y violadores necesitamos a gente como Pedro Sánchez, Irene Montero, Ione Belarra, Miguel Ángel Gallardo, Javier Ruiz, Sarah Santaolalla o Pablo Iglesias. Para arreglar esto tenemos ministerio de igualdad en esta España fascista y violadora. En un país que no estuviera construido por gente de esa calaña, no habría sufrido esa señora tantos lustros de democracia revictimizadora.

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En fin, yo creo que nuestra izquierda, piedra a piedra, construye un puente llamado “proceso constituyente” o “procés” en catalán para ver si cuela entre las masas lobotomizadas, para huir de sus propios demonios. Mientras tanto, propuesta en corto: podemos ir limpiando España de referencias a Adolfo Suárez.

La serie esa de Anatomía de un instante que la quiten, que le duele mucho a las víctimas, y la novela de Javier Cercas que la conviertan en pulpa de papel. Sigamos por el aeropuerto a propuesta de la señora, porque no es de recibo que millones de turistas entren en nuestro país por la bragueta de un violador sádico y protegido por las élites. Y luego vayamos calle a calle, avenida por avenida, y hagamos con las placas de Suárez lo que hicimos con las del movimiento nacional.

Para que nuestro país vuelva a la normalidad tras este infarto histórico, tal vez convenga que, una vez exhumado el cuerpo del delincuente y puesto a disposición de un tribunal, la catedral de Ávila sea desacralizada y sometida a un proceso de purificación con charlas sobre el consentimiento y la memoria democrática.

Y dado que ya se llama “Almudena Grandes” la estación de Atocha, que al aeropuerto le pongan Ione Belarra o Juana Rivas. Quién no querría aterrizar en un sitio como ese.

La catedral de Ávila es un lugar demasiado silencioso para el escándalo que acogen esos muros desde 2014. Allí está Adolfo Suárez. La iglesia, como siempre, encubriendo los abusos sexuales. Hay que exhumar al expresidente y llevarlo a declarar al juzgado; luego, considerando que se acogerá a su derecho a no declarar como todos los agresores, y en particular los que no están vivos, hay que mandarlo a prisión.

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