La artista Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) hacía cosas muy distintas cuando en España se escuchaba a Marisol, Julio Iglesias y Raphael. Formaba parte del grupo experimental Zaj que creaba música a partir del dodecafonismo y se atrevía con las performances (entonces llamadas ‘acciones’). Hay un vídeo del NO-DO de finales de los sesenta en los que el público asiste entre embelesado, curioso y hasta espantado a uno de sus conciertos. La viva prueba de que en el franquismo había una España modernísima y muy distinta… Que se acabó yendo.
Cuando Fluxus y John Cage hacían todas sus moderneces en Nueva York, Esther Ferrer ya estaba allí (además literal: Zaj acabó haciendo una gira entre NYC y San Francisco). En 1973 se marchó a París y ya no volvió más, pero sus creaciones han sido reconocidísimas en el mundo del arte contemporáneo
Una gran retrospectiva de ella, Esther Ferrer. Pliegue y proceso, se acaba de inaugurar en La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre – Real Casa de la Moneda (FNMT-RCM) comisariada por Beatriz Martínez. Una oportunidad única para acercarnos a una obra en la que destacan sus series sobre los números primos, “Pi”, “Proyectos espaciales”, “Elle était là”, “El libro de las cabezas” en el que encontramos el célebre Autorretrato en el tiempo (quizá su obra más famosa), El libro del sexo, El libro de las manos y Pavés.
Quedamos con ella durante el montaje de la exposición —es lo que más le gusta: una vez más, el proceso— para charlar de su trabajo y de hacer una performance cuando aún ni siquiera recibían este nombre. También de los tiempos que corren y reivindicar lo que todavía nadie se atreve: el envejecimiento. A sus 87 años ella está magnífica.
Esta exposición es una oportunidad genial para ver tu obra, porque tú hace muchos años que no estás en España. ¿Cómo ves este país?
España evoluciona, Francia evoluciona, o sea, todo cambia. Pues yo lo veo como siempre. Y no puedo decir que lo veo muy diferente de Francia. Cada país tiene su idiosincrasia, su manera de hacer, pero en el fondo, con los medios de comunicación, que son los mismos en todas partes… Estoy segura de que los españoles ven los mismos programas, las mismas series de televisión que ve todo el mundo. Hay una manera quizá del folclore, por ejemplo, pero ese mismo folclore evoluciona también en el mismo sentido que evolucionan todos. Yo estoy segura que ahora la gente va a Tailandia y con esto del turismo se encuentra con las mismas cosas que en su pueblo. La misma comida, la misma exposición de no sé qué.
El triunfo de la homogeneización.
Sí. Estamos todos yendo en el sentido que quiere el capital, por supuesto.
En los 60 y 70 formaste parte de Zaj, un grupo de creación experimental que buscaba hacer las cosas diferentes. ¿Aquello al final ha sido sepultado? ¿No triunfó lo diferente?
Yo no pretendía triunfar. Ni pretendo. Yo no pretendo nada. Yo pretendo hacer mi trabajo lo mejor que puedo, sin censurarme, intentando vehicular lo que yo pienso sobre ciertas cosas que me interesan. Yo tengo acceso a espacios públicos donde puedo decir lo que pienso de una manera libre, con muchas comillas, pero bueno, de cierta manera libre y puedo vehicular ciertas ideas que me inquietan, que me angustian y contra las cuales, efectivamente, quiero luchar.
¿Te fuiste de España porque no podías precisamente hacer todo eso?
La primera vez que me fui de España, me fui como todo el mundo a París, pero tras la turné que nos organizó John Cage por EEUU, al volver, que era 1972, 1973, Franco estaba todavía aquí y, francamente, yo no quería volver a vivir la situación franquista. Así que como ya me había ido, ya había vivido fuera de España, decidí irme, simplemente. Si el régimen se hubiera terminado, a lo mejor me hubiera quedado, pero como estaba aquí todavía, y yo no quería continuar viviendo aquello que ya había vivido, decidí irme.
Pero antes, en los 60, habías hecho cosas fascinantes con Zaj. Se asemejaba mucho a la música dodecafónica, a lo que hacían Cage y Fluxus en Nueva York. Érais super modernos. La gente debía alucinar cuando iba a alguna de vuestras actuaciones. Que estamos hablando de la España de Marisol.
Se hacía lo que se podía sin traicionarnos en absoluto. La gente que venía a ver Zaj reaccionaba de diferentes maneras. Había gente que reaccionaba violentamente, había gente que reaccionaba con curiosidad, quería saber. Había gente que reaccionaba con pleno desprecio y decía ¡eso no es arte! A mí nunca me preocupaba eso porque cada uno reacciona como puede, no tanto como quiere. Por ejemplo, si ves Zaj un día que estás de buen humor, que estás muy contento, que todo va bien en tu vida, pues a lo mejor dices, estos chicos, qué divertido lo que hacen, y eso está muy bien. Pero si es un día que te duele el estómago, has reñido con tu novio, con tu novia, etcétera, etcétera, y encima ves algo que no entiendes, que no sabes por dónde va y tal y cual, pues reaccionas violentamente. Y también está muy bien.
¿Cómo se montó Zaj? ¿Cómo surgió?
Zaj lo montaron Juan Hidalgo, Walter Marchetti y Ramón Barce, músicos bajo la influencia de Cage. Se instalaron en España y todos eran hombres, porque era un terreno de la música en el que las mujeres prácticamente no existían. Las mujeres estaban para cantar en la ópera, música ligera, el folclore… Pero la creación era y es un terreno duro para las mujeres. Las compositoras, las directoras de orquesta, lo tienen duro todavía hoy.
¿Y tú cómo te introduces ahí?
Por pura casualidad. Yo estaba en San Sebastián en ese momento. Había vuelto de Francia y con José Antonio Sistiaga hacíamos el Taller del Libre Expresión infantil basado en el método Freinet. Un día José Antonio me dijo que había venido a Madrid y que había visto a unos chicos hacer unas cosas que le interesaban, cosas muy diferentes y que le habían preguntado si conocía a una chica que quisiera hacer trabajar con ellos. Y entonces José Antonio les dijo que la única mujer que conozco que puede hacer cosas así es Esther Ferrer. Entonces ellos vinieron a San Sebastián a la Universidad de San Telmo, me contactaron y los conocí. Me dijeron si quería hacer con ellos el concierto. Lo hicimos y al terminar nos fuimos a cenar y me peguntaron si me gustaría continuar trabajando con ellos. Yo no hice más que interpretar a mi manera lo que ellos me dijeron que había que hacer, no puse nada en mi parte, nada más que mi personalidad habitual. Pero me dijeron que les había interesado mucho cómo lo había hecho. Así que les dije que sí, pero con la condición de que yo pudiera hacer mis propias obras. Y esto duró 30 años.
Eras la única mujer. ¿Te sentiste sola?
En absoluto. Yo hice siempre las acciones que quería y como quería. Si necesitaba a una persona, Juan o Walter la hacían conmigo exactamente como yo les decía. En ese sentido nunca hubo problemas. Sí pasaba que el periodista de turno se dirigía directamente a ellos y a mí no, pero como esto ya lo sabía yo de memoria y además yo no soy muy amiga de la prensa…
No, no. Yo estudié Periodismo y me he ganado la vida escribiendo. Y acepto entrevistas porque, joder, todo el mundo tiene que trabajar, todo el mundo tiene que ganarse la vida como me la ganaba yo. Escribir me daba una libertad enorme. Yo siempre he hecho lo que he querido y me lo he pagado yo.
¿El arte te dio libertad en el franquismo? ¿Te ayudó a abrir una rendija?
Es que eso yo no me lo planteé nunca. Yo hice siempre lo que me parecía que tenía que hacer. Si chocaba o no chocaba ese no era mi problema. Ya sabíamos lo que era el régimen, pero yo nunca he hecho un arte para chocar. Yo no soy una brava. Yo hago una obra y a unos les gusta y a otros les parece una sandez, pero a mí me tiene sin cuidado.
¿Cómo entraste en contacto con John Cage y Fluxus?
Le conocí en los Encuentros de Pamplona, y me acuerdo perfectamente porque vino a ver nuestro concierto y dijo, esto lo tienen que conocer los americanos, les voy a hacer una turné, una gira por Estados Unidos. Nosotros pensamos que era una cosa de estas que se dicen y ya, pero al cabo de unos meses le dijo a Juan Hidalgo que estaban preparando la gira y nos fuimos de Nueva York a San Francisco. Estuvimos en el Kitchen, que era la Catedral del Underground, estuvimos en Harvard… Nos recorrimos de Nueva York a San Francisco en autobús y fue genial.
Cuando me quedé en Nueva York dormía en el estudio de John Cage, y en el pasillo de su casa vi a Yoko Ono y a John Lennon. Aunque a lo mejor fue en sueños (ríe). Pero no, no la conocí.
Te lo preguntaba porque Yoko estuvo muy metida en Fluxus.
Lo que sí es verdad es que en una entrevista a Yoko Ono hace muchísimos años le preguntaron si conocía algo de arte español y dijo que al grupo Zaj. Pero yo no tuve ninguna relación con ella.
Vamos a ahondar en tu obra. Empezaste con la geometría de los números primos… El arte y las matemáticas.
Yo de matemáticas sé lo que estudié en el bachiller, como todo el mundo. Y como yo no sé hacer casi nada tengo que aprender a hacerlo, y cuando empecé pues soñé con los números primos y empecé a trabajar con ellos. Yo sabía que no hay divisibilidad respecto de ninguno excepto la unidad. Y luego empecé a leer muchísimas cosas sobre los números primos, que son apasionantes. Pero no trabajo solamente con ellos porque es un trabajo muy obsesivo.
Tu arte se basa mucho en el afán de conocimiento.
Para mí el arte es una vía de conocimiento y creo que a pesar de todo lo mal que lo he pasado durante muchos años por muchas cosas, el arte es lo que me ha mantenido. Yo aprendo mucho sobre las cosas, pero también sobre mi manera de hacer, de pensar, de reflexionar, de saber cuáles son mis límites. Yo nunca iré por la vía de la tecnología porque soy muy torpe. A los 88 años se me olvida absolutamente casi todo y cuando hago algo tecnológico dependo mucho de los técnicos. Eso me crea problemas, porque yo soy muy autónoma en mi trabajo y si el técnico me dice 'no, esto no se puede', y hay que cambiar la idea, ya no me interesa, porque sin el técnico yo lo hago como quiero, mal o bien, pero exactamente lo que yo quiero.
También has dicho que no te da miedo el error. Al contrario.
Yo procuro no cometer errores, pero si los hay, para mí el error forma parte de la obra. En mi trayectoria hay cosas que yo he hecho porque me equivoqué, si no, no hubiera ido nunca por ese camino. Siempre tienes unos límites que te pones inconscientemente y a veces me ha pasado que me he equivocado, y como no puedo corregir el error y no quiero quitarlo, lo dejo. Y, de repente, un día veo ese proyecto con ese error y se me ocurre ir por ahí. No se me hubiera ocurrido si no hubiera pasado eso.
La performance antes se llamaba "acción". ¿Y qué es la ‘acción’?
No tengo ni idea. Un día, para quitarme de encima esta pregunta, se me ocurrió decir que performance o la acción es el arte del tiempo, el espacio y la presencia. Pero luego he reflexionado mucho sobre esto y me parece que es una definición perfecta. El arte es el tiempo que pasa, es el espacio porque pasa en un espacio real y es la presencia donde estoy yo y normalmente la gente que viene a verla. Y esto mismo lo puedes aplicar a la arquitectura, a la pintura… Es el tiempo que pasas haciéndolo, es el tiempo en el que el espectador viene y la ve y es la presencia de la obra.
¿Y por qué la performance en tu caso?
Para mí la performance es el arte más libre, la práctica más libre que yo encuentro dentro de mi trabajo, la que me permite una libertad verdadera y absoluta. El tiempo, el espacio y la presencia, son mucho más libres que cuando me tengo que someter a la disciplina de los números, aunque luego lo haga como quiera, pero hay algo que tengo que respetar. En la performance yo no respeto nada absolutamente, no hay norma, la invento como quiera. Hago tantas versiones de una obra como quiero.
Tienes performances provocadoras. ¿Tú has buscado la provocación?
Yo nunca, nunca. No la busco, pero la provocación no me va a impedir hacer algo que yo quiera hacer. Por ejemplo, con la obra Autorretrato en el tiempo (1981-2024) se trata de representar gráficamente el paso del tiempo, y me costó mucho encontrar una buena idea. Y es que el tiempo no lo podemos percibir más que por las huellas que deja el tiempo que pasa. Prácticamente siempre lo traté a través de mis manos, de mi cara, pero nunca a través del cuerpo entero. Pero siempre había pensado hacer un video y lo hice para que se viera el envejecimiento del cuerpo [hizo uno más joven y otro más mayor]. Y las reacciones de las las mujeres [con el cuerpo envejecido] fueron que qué vergüenza, qué ridículo… La primera vez que lo hice nadie dijo 'qué ridículo' ni nada, porque yo era joven y tenía derecho aparentemente a mostrar el cuerpo, pero luego… Y ahora cualquier día lo vuelvo a hacer por militancia vieja. Que parece que las viejas tenemos que escondernos casi porque somos viejas.
Precisamente estamos en una época en la que da mucho miedo envejecer…
A mí no, y no me da ninguna vergüenza. Me fastidia, por supuesto, porque los achaques son una jodienda. Pero yo nunca me he maquillado, nunca me he teñido el pelo… Yo cuido mi cuerpo porque a mí me gusta que funcione y me gusta mirarme al espejo y ver que no estoy horrible. Pero yo no no me privo de nada. Además, los que te definen y te juzgan siempre son los otros. Tú no necesitas definirte.
¿España te ha tratado bien como artista? Has hecho exposiciones en museos…, pero cómo lo ves tú.
También es que mucho es culpa mía, porque yo nunca contacto a la gente. No mando invitaciones ni catálogos tampoco… Si tuviera más tiempo lo haría, pero no tengo tiempo. En cualquier caso, tampoco me puedo quejar. Yo hago lo que hago porque lo necesito hacer porque es mi vida y es lo que me mantiene económicamente. Pero nunca he tenido una pasión por exponer. Mi trabajo yo lo haría igual. Yo empecé a trabajar con los números a finales de los 70 y no les interesaba a nadie. Y cuando empecé a exponerlos me decían 'pero cuánto tiempo'… Pero yo lo hago porque me gusta, aunque cada cuadradito son horas y horas. A mí lo que me gusta es el montaje de una exposición, estar con los montadores. Pero luego me iría a mi casa.
Tu trabajo exige un tempo lento. Para crear hay que echar horas. Eso va en contra de los tiempos actuales…
Son las tecnologías las que nos aceleran la vida y el consumo. Y esto es una de las cosas que más me irrita y me incomoda. Porque nosotros lo estamos consintiendo como vasallos.
¿Es más difícil enfrentarse a este sistema que a la dictadura?
Sí, es mucho más difícil. Para empezar toda esta tecnología desmoviliza mucho y luego es que tienen unos medios que antes no tenían: pueden entrar prácticamente en tu cerebro. Y tampoco puedes pasar de la tecnología porque para la vida la necesitas. Yo tengo un teléfono que solo permite llamar y poco más. Y, por ejemplo, en el aeropuerto me dicen que si no tengo la tarjeta de embarque en el móvil y no, yo la tengo en papel, pero es que todo eso va a desaparecer. Todo se va a hacer por el móvil. A mí me angustia. Pero no es solo eso sino todo lo que supone y es que nos están obligando. ¿Y quién los controla? Los mismos que te obligan a tener esa tecnología.
Contra la represión se lucha… ¿cómo luchar contra algo de lo que formas parte y necesitas?
No se puede de ninguna manera. La tecnología esclaviza. Cuando estaban en Los Álamos el equipo que estaba definiendo la bomba atómica, el que dirigía el equipo, que no era Oppenheimer, en una reunión dijo: “si seguimos así la técnica nos va a dominar”. Y creo que vamos por ahí. Ahora, que en algún momento podamos liberarnos estos aspectos para coger los beneficios y no los inconvenientes… pero ahora el control es total y absoluto. ¿Cuántas veces te tienes que identificar en el ordenador para hacer cosas? Todo el tiempo. Y a mí es algo que me pone histérica. Yo no estoy en contra de la técnica, hay cosas maravillosas, pero es como lo de la bomba atómica. El átomo, muy bien, ¿pero qué han hecho con eso?
¿Y todo esto cómo afecta al mundo del arte?
Cada vez es más difícil vivir del arte haciendo exactamente lo que quieres. Hay muchísimo comercio. Hay una expansión de galerías… Y si están es porque hay gente que expone y que se está buscando la vida. Y luego las nuevas tecnologías también cuestan mucho dinero, ¿y quién las tiene? Y el artista tendrá que someterse al que las tiene porque el que manda, manda. Y para experimentar con las nuevas tecnologías hay que tener los medios. Y después la situación político-social en el mundo entero es la que es.
Las cosas se están transformando y el mundo del arte con él. Siempre ha habido comercio, se ha comprado y se ha vendido y por qué no, pero ahora se comercializa de una manera que a mí me da miedo. Conozco artistas que no venden demasiado que son muy buenos artistas, pero lo que se vende ahora depende de las galerías. Mi trabajo hay galerías que lo exponen y vendo lo suficiente para que yo pueda vivir, y a mí me basta, no necesito más. Pero no creo que en el mundo del arte la gente sea más buena o menos buena desde el punto de vista artístico hoy que en la época del Renacimiento. Vivían su época y nosotros la nuestra. Y es una vida diferente. Pero esta ambigüedad, esta desesperanza, esta especie de algo como que está manipulándonos… Nadie quiere ser esclavo de la técnica, ¿pero realmente podemos no serlo?
Naciste en 1937 en San Sebastián en plena guerra civil y luego creciste en la posguerra. Eso tiene que marcar.
Yo tengo además una hermana gemela. Éramos la sexta y séptima. Y luego vinieron dos más. Así que mi madre ya tenía cinco hijos en plena Guerra Civil española y luego dos más. Y eso nos ha marcado, estoy segura. Sobre todo a mi madre. Que había que dar de comer. Nos ha marcado a nivel personal y luego a nivel social y político. Pero a mí y a toda mi generación. Yo estoy segura de que si hubiera nacido en otras circunstancias, hubiera estado marcada porque mis padres habían vivido la guerra, pero de otra manera. Por eso yo estoy ahora alucinada con gente joven que dice que no sabe quién era Franco. No me lo puede creer. ¿Se puede vivir sin saber quién era Franco?
No solo. Se puede vivir sin saber qué hizo Franco.
Si no conocen el franquismo y van a la escuela es allí donde tendrán que aprenderlo y luego les darán una versión de lo que fue, pero ellos tendrán que investigar qué es lo que fue. Es como cuando te daban la versión de la conquista de América como una epopeya y luego lees otras cosas y ves que no era así. Los jóvenes también tienen los medios de enterarse hoy en día. Si quieren, del franquismo pueden enterarse. A no ser que en las escuelas se salten el franquismo. Pero si han estudiado la Historia de España han tenido que estudiar que del 39 al 75 hubo una dictadura en España. ¿O qué pasa, que han quitado la de Franco? ¿No han ido a la escuela nunca? ¿Han nacido en el desierto de no sé qué?
En Francia también muchos jóvenes van a votar a la ultraderecha…
Sí, parece que los jóvenes ahora votan a la derecha… Yo lo que veo es que la Generación Z tienen un compromiso diferente. Quieren la justicia social, no quieren que haya pobres, no es que no estén concienciados, sino que lo están de otra manera y creen que arriesgarlo todo para nada pues no… Tienen una conciencia, pero no están dispuestos…
Sí, lo son de otra manera. Sí puede que sean menos rebeldes. Pero ecológicamente están muy concienciados y también con respecto a la lucha de las mujeres.
En Francia igual acaban votando por una mujer que no es que hable mucho de la lucha de las mujeres.
Bueno, es que siempre ha habido mujeres anti feministas. En el arte ahora hay un poco menos, porque ya la mujer tiene una presencia y hay mujeres muy importantes, pero cuando yo empecé las comisarias que hacían exposiciones no exponían a ni una sola mujer. Y te decían que no encontraban mujeres artistas. Por suerte, ahora ya la cosa ha cambiado mucho. Hay muchísimas críticas, historiadoras… Pero las anti feministas las habrá siempre, pues bueno, que las haya, mal para ellas, qué quieres que te diga. Igual son más inteligentes que nosotras y se dan cuenta de que ganan más siendo así. Yo no entiendo que no puedas ser otra cosa que feminista, pero en fin.