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'Avatar 3: fuego y ceniza': un universo agotado con clichés manidísimos y homilías pueriles
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'Avatar 3: fuego y ceniza': un universo agotado con clichés manidísimos y homilías pueriles

James Cameron ha dilapidado su filmografía en una gran empresa que ya no tiene nada más que decir y a la que le quedan, al menos, dos entregas más que cerrarán la saga en 2031

Foto: Varang (Oona Chaplin) es la nueva incorporación al universo 'Avatar'. (20th Century Fox)
Varang (Oona Chaplin) es la nueva incorporación al universo 'Avatar'. (20th Century Fox)
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Se estrena en cines este viernes 19 de diciembre la tercera entrega de Avatar, Avatar: fuego y ceniza, el paradigma absoluto de un subgénero cinematográfico que podría catalogarse como el de las películas "¡hostia puta!". Esta clase de cine debe su nomenclatura a que, ineludiblemente, en el momento climático de la acción, cuando todo en la pantalla vuele por los aires por enésima vez, en un contraplano aparecerá un personaje que, con los ojos muy abiertos y ante la espectacularidad pirolítica de los acontecimientos acaecidos, exclamará con todo su asombro "Holy shit!", o, en su defecto, "Holy fuck!". Estos dos improperios anglo, que al castellano se traducirían como "¡hostia puta!", son los más habituales para identificar dicho subgénero, puesto que la mayor parte de las películas de esta categoría procede del mercado estadounidense y son herederos de la "americanada", ese cine en el que, ante todo, priman el poder calorífico (explosivo) de los escenarios, los discursos grandilocuentes y cuyo principal conflicto es algo tan poco pretencioso como la lucha entre el bien y el mal y evitar la destrucción del mundo tal y como lo conocemos.

A James Cameron siempre le han gustado los grandes retos, tanto cualitativos como cuantitativos. Sus películas, que suelen romper récords de presupuesto —Terminator 2 fue la primera en costar 100 millones de dólares y Titanic rompió por primera vez la barrera de los 200—, implementan también la tecnología más avanzada para construir imágenes hasta entonces imposibles. Pero, ¿qué ocurre cuando la ambición cuantitativa se impone a la cualitativa? Si Avatar 2: el sentido del agua (2022) fue un disfrute para los sentidos, pero un sedante para el alma, Avatar 3: fuego y ceniza, pretendiendo ser una película "¡hostia puta!", no se distingue tanto de las imágenes generadas por inteligencia artificial que invaden en los últimos años nuestras retinas: vacías, frías, extrañas.

Cuando Cameron se embarcó en la pentalogía Avatar —escribió el primer borrador en 1994—, su ambición era filmar la primera gran superproducción de acción 3D y crear un universo, el de la luna de Pandora en la galaxia Alpha Centauri, totalmente inmersivo. El canadiense, visionario, planteó la posibilidad de vivir a través de avatares antes de que las grandes tecnológicas mercadeasen con el metaverso y propuso una fábula medioambiental en la que el ser humano había contaminado el planeta Tierra hasta convertirlo en un vertedero yermo, por lo que se veía obligado a viajar a otros planetas paradisíacos para seguir explotando recursos naturales, en concreto un preciado metal superconductor llamado unobtanium. Avatar era, en resumen, una crítica al colonialismo esquilmador. Pero ¿no es una superproducción de 240 millones de dólares otra muestra de colonialismo esquilmante? ¿No es el cine "¡hostia puta!" el culmen de la glotonería audiovisual?

placeholder Sam Worthington y Zoe Saldaña son Jake y Neyriti, los héroes de 'Avatar'. (20th Century Fox)
Sam Worthington y Zoe Saldaña son Jake y Neyriti, los héroes de 'Avatar'. (20th Century Fox)

En el primer Avatar, el exmarine parapléjico Jake Sully (Sam Worthington), quien encabeza la expedición humana a Pandora, acabará pasándose al bando de los Na'vi, el pueblo nativo de Pandora, y luchando contra sus antiguos compañeros en una guerra cruenta por los bienes naturales. En Avatar 3: fuego y ceniza todo ese universo, como los recursos naturales terrestres, parece ya agotado. Ni la historia, que se enreda en una serie de batallas sin mayor ambición que prenderle fuego a cualquier animal, vegetal o mineral que aparezca en pantalla, ni las imágenes, que acaban demostrándose una repetición infinita y pesada de las entregas anteriores, son capaces de liberarse de un piloto automático que descarrila en clichés manidísimos, homilías ecologistas pueriles y vergonzantes y decisiones incoherentes a lo largo de las más de tres horas y cuarto de un metraje elástico como un chicle al sol. Porque las películas "¡hostia puta!", deben ser espléndidas en su duración —que no puede ser inferior a tres horas—, para que al espectador le dé tiempo a reflexionar sobre su propia existencia o a repasar la lista de la compra: toda la enjundia del universo no puede concentrarse en hora y media.

Además, las películas de este subgénero suelen formar parte de sagas o de universos; si Honoré de Balzac escribió las ochenta y siete novelas completas de La comedia humana en dieciocho años, si Zola invirtió veintidós en terminar las veinte entregas de Los Rougon-Macquart, si Proust cumplió su propósito de escribir los siete tomos de En busca del tiempo perdido, cualquier film unitario es poco más que un simple eructo en el tornado del tiempo: una insignificancia.

placeholder Zoe Saldaña vuelve a ser Neytiri y Sam Worthington, Jake. (20th Century Fox)
Zoe Saldaña vuelve a ser Neytiri y Sam Worthington, Jake. (20th Century Fox)

En Avatar: fuego y ceniza no importa demasiado lo que ocurre. Los personajes, a los que ya debíamos conocer, son tantos y tan parecidos que es bastante difícil profundizar en ellos. Igual de esquemáticos que sus caracteres deben ser sus conflictos, así que tenemos a los protagonistas, Jake y Neytiri (Sam Worthington y Zoe Saldaña), y su prole enfrentándose al villano, Quaritch (Stephen Lang), un antiguo compañero de batalla de Jake, que quiere destruir la tribu. Para rellenar las más de tres horas, Cameron intenta dotar de complejidad a las alianzas, amoríos y traiciones de los personajes principales, pero sólo perpetra un truco de prestidigitación en el que los giros de guion no responden a los personajes, sino a la necesidad de que ocurran muchas cosas todo el tiempo, aunque lo que ocurra sea un sinsentido. Ninguno de los personajes tiene despierto el instinto de supervivencia que se le presupondría a unos guerreros experimentados: cada plan elaborado es un paso determinado hacia una muerte segura. No es que los obstáculos se hagan más grandes, es que sus ideas son cada vez más absurdas.

En un momento de Avatar: fuego y ceniza, cuando varias naves espaciales chocan como fichas de dominó y las deflagraciones múltiples cubren toda la pantalla y prenden fuego, gracias al 3D, hasta a las pestañas del espectador, el personaje que responde al nombre de Spider (Jack Champion) y que intenta en vano resultar cómico durante toda la película —hasta rapea—, exclama ante esa visión flamígera del fin del mundo "Holy shit!", como guinda al festín incendiario que propone Cameron. Pero, como en los bufés libres, el efecto de saturación acaba desactivando el disfrute. Avatar: fuego y ceniza, como su propio título indica, no llega a un clímax emocional —y eso que Cameron intenta con ahínco provocar alguna lágrima—, pero sí llega a la apoteosis explosiva. Al cabo de cinco minutos de ardiente acción, importa poco o nada que reviente alguna nave espacial más, algún edificio o el planeta entero. Porque, otra característica propia de este género, es que la gente muere a puñados, pero a nosotros no nos importa.

placeholder Los villanos de 'Avatar', Quaritch y su secuaz. (20th Century Fox)
Los villanos de 'Avatar', Quaritch y su secuaz. (20th Century Fox)

Porque en Avatar: fuego y ceniza hay cientos de humanos y Na'vi que mueren disparados, mutilados por las bombas, medioengullidos por bestias monstruosas, aplastados por maquinaria pesada o simplemente atravesados por flechas, pero jamás caerá una víscera ni un hilillo de sangre, ni sabremos sus nombres o sus historias y ni siquiera llegaremos a ver sus rostros. Nos generarán tanta empatía como la carne picada envasada, 50% cerdo-50% vacuno, que aguarda perfectamente colocada en el refrigerador del supermercado. Nadie llorará a los muertos, porque si a nosotros no nos importan, tampoco a sus propios compañeros: show must go on, lo pasado, pasado está, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Las películas "¡hostia puta!" suelen acabar en una reyerta multitudinaria, en una pelea de discoteca pero de convocatoria cósmica, un estilo de tangana sublimado por la saga Vengadores.

Sin entrar en lo contradictorio con su discurso anticolonial que es que el grupo de villanos nihilistas reproduzcan los usos y costumbres de los indígenas americanos, el personaje más interesante de Avatar: fuego y cenizas es Varang (Oona Chaplin), movida por la destrucción por la destrucción. Sus alianzas sexuales, tan justificadas como un desnudo en el destape, y que Cameron enfrente a las mujeres contra las mujeres y a los hombres contra los hombres, como si de un colegio opusino se tratara, tampoco refuerza el mensaje feminista que enarbola Cameron en sus entrevistas sobre la saga.

placeholder Varang (Oona Chaplin) quiere fuego. (20th Century Fox)
Varang (Oona Chaplin) quiere fuego. (20th Century Fox)

La conclusión más triste que se puede extraer de esta tercera entrega de Avatar es que quedan otras dos películas para completar la saga. Que James Cameron, un director con voz propia, vaya a dedicar más de treinta años de su filmografía a una saga que ya se ha quedado sin nada que decir, es la muestra de que esta bulimia pantagruélica contemporánea solo puede culminar, como todo lo que aparece en pantalla en Avatar: fuego y ceniza y como el glotón de El sentido de la vida (1983), en una gran explosión: la suya propia. Eso sí, mientras nosotros, los espectadores, gritamos al unísono: "¡hostia puta!".

Se estrena en cines este viernes 19 de diciembre la tercera entrega de Avatar, Avatar: fuego y ceniza, el paradigma absoluto de un subgénero cinematográfico que podría catalogarse como el de las películas "¡hostia puta!". Esta clase de cine debe su nomenclatura a que, ineludiblemente, en el momento climático de la acción, cuando todo en la pantalla vuele por los aires por enésima vez, en un contraplano aparecerá un personaje que, con los ojos muy abiertos y ante la espectacularidad pirolítica de los acontecimientos acaecidos, exclamará con todo su asombro "Holy shit!", o, en su defecto, "Holy fuck!". Estos dos improperios anglo, que al castellano se traducirían como "¡hostia puta!", son los más habituales para identificar dicho subgénero, puesto que la mayor parte de las películas de esta categoría procede del mercado estadounidense y son herederos de la "americanada", ese cine en el que, ante todo, priman el poder calorífico (explosivo) de los escenarios, los discursos grandilocuentes y cuyo principal conflicto es algo tan poco pretencioso como la lucha entre el bien y el mal y evitar la destrucción del mundo tal y como lo conocemos.

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