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Por qué me he comprado un belén si no soy creyente
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Héctor G. Barnés

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Por qué me he comprado un belén si no soy creyente

Supongo que, en parte, por el mismo motivo que compré el árbol o sigo comprando turrón, lotería y polvorones (bueno, estos me gustan de verdad): por performar la Navidad

Foto: El belén en su ubicación actual. (Foto: HGB)
El belén en su ubicación actual. (Foto: HGB)
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Bajé al bazar para hacer la típica compra de baratijas –unas velas, unos cubiertos de plástico– y para mi sorpresa me encontré saliendo por la puerta con un arbolito de Navidad y un pequeño belén bajo el brazo, todo un acto de consumo ecléctico No fue un mero impulso. Comparé belenes, sopesé comprar figura por figura o adquirir un modesto nacimiento, si tirar por el portal tamaño Castillo de Greyskull o contentarme con algo más económico.

Al final me gasté 7,95€, modesto montante que explica la expresión un tanto boba del bueno de san José, que aún parece poco convencido de las explicaciones del ángel Gabriel. Pero para qué me he comprado yo un belén, pensé, si soy ateo y aún no creo. Es posible que por la misma razón por la que tengo en casa portainciensos, secaplatos o descorazonadores de manzanas. Tener algo que no tenía pero que suele formar parte de todos los hogares, lo que los hace un poco más hogares.

En un primer momento, saqué el belén de su cajita de cartón y lo coloqué en la entrada, a la vista de todos. Unas horas después, recapacité y lo reubiqué en la librería del salón, donde pasa un poco más desapercibido. Creo que tenía miedo a que no se entendiese la ironía, que los invitados se pensasen lo que no era. De hecho, me he dado cuenta de que los propios bazares han arrinconado los belenes en sus estanterías, frente a los elfos traviesos o los cromos de brain rot. Ellos también parecen avergonzados.

Ironía, ¿pero qué ironía? No he comprado un belén para hacerme el gracioso, pero me hace gracia. Desde luego no lo puse a la vista de todos para realizar ninguna declaración de fe cristiana. Mejor lo coloco en la estantería y me ahorro explicarle a los invitados que no soy creyente, aunque me considere culturalmente cristiano, pero que me parece apropiado tener un belén. Sobre todo porque ni siquiera yo soy capaz de verbalizar muy bien por qué me ha apetecido este año tener un belén.

La Navidad es un calendario de adviento de lugares comunes, antes estructurados por los rituales, ahora por el consumo

Supongo que, en parte, por el mismo motivo que compré el árbol o sigo comprando turrón, lotería y polvorones (bueno, estos me gustan de verdad): por performar la Navidad. Antes de entrar en el bazar estaba yo poco navideño, pero el cóctel de villancicos a 120 bpm, la sobredosis de tonos dorados y encarnados y las hordas de gente deslizándose por los pasillos como zombis me empujaron a hacerlo. La Navidad es la época performativa por excelencia, donde todo el mundo se suma con gusto a una serie de ritos conocidos y que proporcionan el confort de lo estable.

La Navidad es un calendario de adviento de lugares comunes, antes estructurados por los rituales, ahora por el consumo. Un ciclo que comienza a finales de noviembre con el Black Friday (hay quien incluso empieza a celebrar Acción de Gracias), salta hasta el puente de la Constitución con la habitual visita –o huida– de la gran ciudad y que se interna en lo más duro con la archiconocida gymkana de comidas de empresa, cenas de empresa, madrugadas de empresa, comidas de amigos, “este año sí que quedamos” y otros compromisos que te catapultan hasta la trifecta Nochebuena-Nochevieja-Reyes. Un guion al que cada vez se le añaden más capítulos: el amigo invisible, el día de los jerséis, la competición de turrones y cualquier otra cosa de gastarse las perras.

placeholder El belén en su ubicación original. (Foto: HGB)
El belén en su ubicación original. (Foto: HGB)

Así, el belén ha dejado de ser un símbolo para convertirse en otra etapa más de la maratón navideña, que funciona por acumulación. Mi belén de 7,95€ me hace sentir parte de algo. Es como pasar la última hoja del calendario anual, un automatismo que repetimos cada año sin pensárnoslo mucho. Porque la gracia de la decoración navideña es precisamente esa, que en un mundo que nos empuja a la fatiga de la elección, ponemos cada año el belén, el árbol y las guirnaldas sin preguntarnos mucho por su sentido, sino porque siempre ha sido así. Es una tradición que no hace daño a nadie.

Supongo que mi gesto también dice algo sobre ese supuesto regreso de la religión del que tanto se ha hablado últimamente, y que siempre he entendido más cercano a la recuperación de símbolos populares que a la búsqueda espiritual. Porque aunque el belén represente la Santísima Trinidad, es más popular que trascendental, más folk que alta cultura. Como me comentó en su día José Luis Mayo, uno de los grandes belenistas españoles, “al final, interviene toda la familia para montar ese belén donde cabe todo: elefantes, jirafas, un señor vendiendo churros, el muñeco del roscón…”

Si he comprado el belén es, en definitiva, porque uno de los momentos que cada año esperaba con más ilusión era cuando lo instalaba junto a mi padre en el hall de casa. Nos lo currábamos, o al menos, él se lo curraba. Echaba una capa de cemento sobre la que colocábamos todas las figuras que habíamos acumulado a lo largo de los años –lo que provocaba que cada siete de enero muchas perdiesen sus pies al ser arrancadas de la masa solidificada–, y después, un poco de nieve (polvos de talco), césped (musgo artificial) y ríos construidos a base de papel de plata.

La vida nos hace cada vez pragmáticos y nos contentamos con un belén testimonial

Porque aquellos belenes familiares también funcionaban por sedimentación, añadiendo a las figuras clásicas del belén el dinosaurio que te había tocado en el Happy Meal de Parque jurásico, alguna figurita de Warhammer o, claro, un par de decenas de reyes sacados del roscón; en realidad, el testimonio de que cada año era un poco más mayor y que mis gustos iban cambiando. Incluso de que cada Navidad era un poco más irreverente que la anterior, lo cual no restaba importancia al belén sino que se la daba. Pero no como símbolo religioso sino como muestra del paso del tiempo.

El belén que tengo hoy en casa aún no tiene historia, pero dudo que la tenga: me limitaré a ponerlo y quitarlo religiosamente (je, je) cada año. El que hoy ponen mis padres en su casa tampoco. Es, de hecho, parecido, otro nacimiento de bazar destinado a acumular polvo durante 340 días al año. La vida nos hace cada vez más pragmáticos, así que como en tantas otras cosas, nos contentamos con un belén testimonial por cada hogar. Algo que no sea muy caro y que no ocupe mucho espacio.

Un psicoanalista de baratillo diría que he comprado un belén para volver a aquella infancia perdida, pero hoy miro al pánfilo san José de mi belén y creo que más bien soy un graciosillo. Mi belén de 7,95€ me produce la misma emoción que cuando pongo a las visitas el disco de villancicos de Bob Dylan o compro turrón de fresa. Esa especie de sana ligereza que uno siente cuando cumple con la tradición, pero con un toque irónico. La vida es muy fácil cuando sabemos qué opinar, qué celebrar y qué comprar. Y a mí, este año, me ha tocado comprar un belén.

Bajé al bazar para hacer la típica compra de baratijas –unas velas, unos cubiertos de plástico– y para mi sorpresa me encontré saliendo por la puerta con un arbolito de Navidad y un pequeño belén bajo el brazo, todo un acto de consumo ecléctico No fue un mero impulso. Comparé belenes, sopesé comprar figura por figura o adquirir un modesto nacimiento, si tirar por el portal tamaño Castillo de Greyskull o contentarme con algo más económico.

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