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Que pase algo, aunque sea horrible, pero que pase pronto
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María Díaz

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Que pase algo, aunque sea horrible, pero que pase pronto

El mundo está lleno de cenizos que desean ver el mundo arder por pura arrogancia y conformismo

Foto: Explosión de la bomba nuclear. (Wikimedia Commons)
Explosión de la bomba nuclear. (Wikimedia Commons)

Las redes estallan, los gobiernos — los que gustan y los que no — se tambalean, la civilización colapsa, la guerra inevitable se avecina, se cruzan puertas que jamás fueron cruzadas, se llega a fondos jamás tocados, el planeta es ya insalvable, el mercado laboral aún más, el mundo está sobrepoblado, la música es peor que nunca y los chavales ya no respetan nada. Y prepárense porque esto solo comienza. Algo terrible y nuevo, algo que no imaginamos aún, está a punto de golpearnos en la cara.

Si no les suena nada de esto, mis felicitaciones por mantenerse al margen para preservar su cordura — vamos a necesitarla —. Pero estoy segura que buena parte de los lectores leerá y escuchará a diario estas narrativas catastróficas. Lo que empezó hace más de diez años como clickbait, esos jugosos cebos sensacionalistas para forzar a los lectores a entrar en un enlace, es ahora casi un estilo comunicativo, un subgénero publicitario en redes que se beneficia especialmente del formato corto y el consumo rápido.

Son mensajes extremos y exclamativos, apremiantes. El registro parece periodístico, pero es intencionadamente vulgar. Profuso en la primera persona — yo, yo, yo, a veces nosotros —, arroja nombres propios a la cara de su audiencia como si fuesen insultos. Tiene sus aciertos, por supuesto. El tono seductor y efectivo consigue acelerar el pulso y excitar al receptor al instante, un subidón de desagrado que es adictivo.

Este estilo — instalado en Facebook y X, pero también en redacciones y gabinetes —, como la mejor de las propagandas, implica primero una promesa (la de la susodicha catástrofe, accidente o agresión) y una llamada a la acción, solo que es una acción pasiva, la de esperar, en este caso, lo peor. Relájese, sienta el placer de llevar razón siempre, de estar protegido por el cinismo y disfrute del fin de mundo, que los que puedan hacer, harán.

Foto: videos-30-segundos-culpa-todo-mal-mundo

Estas vaguedades, propias de oráculos y pitonisos, pueden remitir a cualquier cosa. Lo mismo lo usan los supremacistas blancos, que fantasmas belicistas, anarquistas descreídos, fundamentalistas religiosos, ecologistas a favor del colapso y puretas del rock. Todos le hacen el caldo gordo a los agentes del caos y se relamen de satisfacción de saber lo que se viene. Practican a rajatabla el proverbio que dice "Siéntate en el umbral de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo", solo que el cadáver son ellos mismos.

Curiosamente, una de las claves de este estilo discursivo está en la creación de sensación de urgencia, constatando un hecho conocido, por un lado, y, a la vez, sugiriendo otro completamente nuevo, disruptivo y sorprendente: una promesa de novedad absoluta en un mundo, que por mediocre y mezquino, conocemos muy bien. Desposeídos de razón y alienados de identidad, las emociones fuertes de la realidad ya hastían y, como no queda esperanza, las sorpresas imaginables solo son negativas — pero al menos, son nuevas —.

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El segundo factor de éxito es el inconfesable placer que proporciona la queja, comparable con la furia con la que rascamos, culpable y dañina, la picadura de un mosquito. Esa satisfacción instantánea y esa herida ahondada forman un círculo vicioso similar al estado de queja permanente que proporcionan ciertos medios, nuevos y tradicionales. Como cantan Ojete Calor, "ay, qué bien tan mal, ay, qué mal tan bien".

Por último, está el plano de la fantasía, entendida como ese deseo interno que no atiende a intereses propios ni a opiniones, preferencias o voluntades reales. La fantasía es válida siempre y cuando se separe de la realidad, siempre que el deseo no domine el comportamiento que, a diferencia de la fantasía, sí tiene consecuencias en la vida. La exposición frontal de una fantasía vertida como posición política o hecho periodístico es peligrosa, pero de apariencia inocua porque apela a psicología interna de cada cual, al ámbito donde los pensamientos no repercuten en la realidad.

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Si a todo esto se le suma el sensacionalismo clásico, tan joven como el primer día tras 150 años de historia, el resultado son mensajes exaltados, alarmantes, llenos de ilusión por el desengaño, de expectativas de desconfianza: pura pornografía apocalíptica. Ojalá colapse el planeta, ojalá estalle la guerra, ojalá caigan las instituciones, ojalá tengamos que competir brutalmente por la supervivencia en un mundo falto de recursos. Porque todo eso es, inequívocamente, inevitable. Es decir, ojalá tenga razón porque no soy capaz de imaginar una sola solución a mis (nuestros) problemas.

Las posibles consecuencias de estos placeres culpables son más terroríficas que cualquiera de los apocalipsis que agüeran: el inmovilismo, libre de toda culpa, resultante de creer que la tendencia natural de las cosas es empeorar. Quienes manejan estos discursos lo saben, quienes los disfrutan quizá no. La queja es buena: exorciza dolores, pone nombre a los problemas y permite tomarles las medidas. La fantasía es necesaria: nos reconforta y nos identifica. Saber qué deseamos y diferenciarlo con claridad de qué queremos forma parte de los síntomas prematuros de la madurez. A nadie le gusta un cenizo — y es difícil no serlo ahora —, pero cuando lo bueno y necesario se piensan con propósito comienzan a surgir respuestas más útiles que un odioso "lo sabía y os lo dije".

Las redes estallan, los gobiernos — los que gustan y los que no — se tambalean, la civilización colapsa, la guerra inevitable se avecina, se cruzan puertas que jamás fueron cruzadas, se llega a fondos jamás tocados, el planeta es ya insalvable, el mercado laboral aún más, el mundo está sobrepoblado, la música es peor que nunca y los chavales ya no respetan nada. Y prepárense porque esto solo comienza. Algo terrible y nuevo, algo que no imaginamos aún, está a punto de golpearnos en la cara.

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