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Un MeToo para terminar con el Tardosanchismo
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Un MeToo para terminar con el Tardosanchismo

Le está pasando a Pedro Sánchez lo mismo que a Luis Rubiales: lo que no se le hundió con los evidentes trapicheos lo va a conseguir el sexo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Gabriel Luengas)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Gabriel Luengas)
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A la presente legislatura yo la llamo para mis adentros el Tardosanchismo. Ahora vivimos el estertor, la diarrea en melena: el colapso de un sistema podrido desde el primer día; un sistema que fingió tener la ética en los cimientos, pero tenía forma de chabolo lleno de ladrones con luces de puticlub en la uralita.

Este nido de repulsivos tentáculos no ha caído por la corrupción pero se ahoga en medio de un MeToo de escándalos sexuales. Le está pasando a Pedro Sánchez lo mismo que a Luis Rubiales: lo que no se le hundió con los evidentes trapicheos lo va a conseguir el sexo. Parece que en España nos importa más el sexo que el dinero. Eso tal vez explica nuestro alto consumo en prostitución.

En fin: así se desmorona el Tardosanchismo, época de desgobierno, antidemocracia, fraude intelectual y vergüenza ajena, que ha sobrevivido hasta que de los bajos fondos ha surgido el rumor de que había muchos hombres guarros en Moncloa.

De repente, la sincronizada mediática, la que calló tantas cosas y se arrastró por el suelo para evitar a un presidente que se mojara de orines los zapatos, oye las denuncias anónimas de mujeres y dice: hasta aquí.

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Hoy leo los medios socialdemócratas y no paran de hablar mal de Pedro Sánchez. No les escandalizaron tanto los presuntos negocios de su mujer. Es como si el socialismo español penalizase más el adulterio que el nepotismo. Como sea, con las cuestiones de pudor se ha destapado el tapón de la balsa.

De pronto nadie se acuerda de Idafe. El 99% los “bulos” de la “máquina del fango” de la “fachosfera” se han revelado como verdades claras a la luz suburbial de los directivos que se suben la bragueta en la cara de una empleada, y ahora más de un bailarín de la sincronizada quiere que se lo trague la tierra.

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Politólogos que cambiaron su opinión sobre la constitucionalidad de la amnistía al ritmo de la bachata de Moncloa, señalan con el dedo; los periodistas que firmaron el manifiesto de condena contra el periodismo que investigaba lo que hoy certifica ingresos en prisión, fingen escándalo; activistas que olvidaron el Sáhara para ponerse a tope con Gaza y te llamaban genocida, pintan pancartas; y los artistas con solera que escribieron alejandrinos hablan de la valentía de la mujer.

Todo lo que Juan Carlos Ortega caricaturizó desde La Ser, la gente que aceptó trabajos en la Televisión Pública de José Pablo López y defendió la línea editorial de Silvia Intxaurrondo, las tertulianas chonis de pelo planchado, los analistas andaluces pedantes y afectados, los vehementes gallegos con gafas ahumadas, todos, han roto a decir de pronto que esto ha ido demasiado lejos.

Bien. Yo soy viejo ya. Y sé por qué lo hacen.

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Está claro que el PSOE ya no puede soportar más la putrefacción en que lo ha sumido Pedro Sánchez y su círculo de confianza. Ven caer las piezas maestras de la cúpula de corrupción y huelen vientos malos que vienen de Venezuela, de modo que se sincronizan para sobrevivir. En medio de la tormenta policial y judicial que cierra el cerco sobre Moncloa, de pronto aparece un MeToo, justo ahora.

Y a mí no me engañan ya más. Sé que entre bambalinas, en ese partido que se hunde, hay ya una mujer que le va a disputar el liderazgo a Pedro Sánchez. No sé quién es, pero será una mujer medio carismática, joven o de la vieja guardia laminada por el sanchismo. De pronto aparecerá para limpiar el partido. Dirá: “yo encarno al nuevo socialismo y vamos a pasar página de tanta machirulada”.

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Eso, el movimiento interno femenino por disputar el poder y salvar al PSOE de la presencia tóxica de Pedro Sánchez, es lo único que explica que justo ahora, cuando todo se derrumba sobre sus cabezas, medios como el País, La Ser o elDiario.es publiquen en modo metralleta escándalos machistas y corruptela.

Son los mismos que callaron, no ya las denuncias de acoso, sino las clamorosas muestras de corrupción. Y de pronto les ha dado por hablar, lo que solo se explica de una forma: alguien les ha dado una orden

A la presente legislatura yo la llamo para mis adentros el Tardosanchismo. Ahora vivimos el estertor, la diarrea en melena: el colapso de un sistema podrido desde el primer día; un sistema que fingió tener la ética en los cimientos, pero tenía forma de chabolo lleno de ladrones con luces de puticlub en la uralita.

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