Cuando las mejores bandas salían del pueblo: sin Robe ni Jorge Ilegal, se acaba una era
La muerte de Jorge Martínez y Robe Iniesta nos recuerda que, durante un breve lapso de tiempo, un macarra de provincias podía convertirse en una leyenda sin renunciar a sus raíces
El guitarrista y cantante de Extremoduro, Robe Iniesta (i), e Iñaki Antón. (EFE/Alberto Martín)
La muerte con apenas un día de diferencia de Jorge Martínez, líder de Ilegales, y de Robe Iniesta, alma de Extremoduro, ha dado pie a que gran parte de la parroquia rockera vuelva a sacar a pasear el "ya no se podría hacer música así". Quizá la sentencia tenga razón pero no por tanto por el contenido de sus letras sino porque ambos, a pesar de una pequeña diferencia generacional (Jorge tenía 70 años; Robe, 63), formaron parte de una coyuntura en la historia de la música (y la sociedad) españolas irrepetible.
Un breve lapso de tiempo en el que un macarra ilustrado descendiente de familia militar y un extremeño con aura de exdrogadicto tenían la posibilidad de montar bandas de rock arraigadas en su territorio que venderían millones de discos, influirían a varias generaciones y compondrían himnos transversales que gustan a pijos y proletarios, obreros y ejecutivos. De provincias, rockeros y fuera de los cauces habituales de las grandes discográficas.
Hoy muchos españoles piensan en Extremoduro cuando oyen hablar de Extremadura. Y aunque Ilegales no sean tan representativos de Asturias, solo podrían haber nacido ahí. Jorge vivió la mayor parte de su vida en Gijón y Robe pasó las últimas décadas de su vida lejos de Extremadura, pero no en Madrid ni Barcelona, sino en la vizcaína Lezama. Una de las peculiaridades españolas, como recuerda el sociólogo musical Fernán del Val, investigador de la UNED y autor de libros como Los Rodríguez: Sin documentos (Silex), es que a pesar de que Madrid y Barcelona son los dos grandes polos de la industria, ha sido un país muy descentralizado musicalmente.
"Ahora mismo estoy investigando sobre el rock en las dictaduras, comparando España con Argentina, y allí no hay música fuera de Buenos Aires, mientras que España es un país con muchas escenas locales", recuerda. No es el resultado del apoyo institucional por parte de las diputaciones o comunidades, sino que precede a la muerte de Franco. Bruno Lomas, recuerda, era valenciano y el Dúo Dinámico, catalanes. Desde los setenta, con Smash o Triana en Sevilla, la ona laietana en Barcelona o, más tarde, el rock radikal vasco, en cada región surge una escena con sus particularidades locales cuyos ecos seguirán sonando décadas después.
Algo que explota a partir de los ochenta, cuando aparecen una serie de grupos que cumplen una particular serie de características. Interpretan rock que podría catalogarse dentro del amplio espectro de lo "urbano", de alguna manera están influidos por la música, literatura o cultura local y que son capaces de sonar en toda Españaal mismo tiempo que se convierten en iconos locales. Los Suaves o Siniestro Total en Galicia, 091 en Granada, Barricada en Navarra, La Polla Records en País Vasco o, más tarde, Héroes del Silencio en Zaragoza.
Extremoduro e Ilegales, aunque pertenezcan a dos hornadas distintas, podrían encajar en esa descripción. Pero también grupos como Burning o Leño y Rosendo, que a pesar de proceder de la capital, adaptaban el casticismo de los barrios obreros al rock urbano incipiente frente a la escena pop de La Movida. “Cuando aparecen nuevos géneros, hay momentos en el que los grupos y la crítica demandan darle una vuelta a ese sonido extranjero y acercarlo a unas coordenadas propias, con la forma de cantar, con los acentos, o hibridando con las músicas locales”, recuerda Del Val.
"Fue la primera vez que un grupo de rock vendía tanto", recordaba Jorge Ilegal
El recorrido habitual de estos grupos, por mucho que saliesen de provincias, siempre pasaba por Madrid. Extremoduro, por ejemplo, financiaron su asalto a la capital vendiendo papeletas a 1.000 pesetas, aunque finalmente fuese el precario sello Avispa, especializado en heavy metal, quien les diese la alternativa. Quedar terceros en un concurso de maquetas organizado por Yamaha y la aparición en el programa de televisión Plastic en 1990 les terminaría llevando a firmar con DRO, que poco después compraría la multi Warner.
La historia de Ilegales está ligada a Paco Martín, ese George Duroy de la industria musical y fundador de Rock-Ola que presentó la banda a Ariola, fue rechazada y decidió financiar la grabación de su debut con su propio dinero, lo que le arruinó (momentáneamente). “Fue la primera vez que un grupo de rock vendía en esas cantidades en España, empezamos a sonar en todos los bares, en todos los coches de choque…”, recordaba Jorge Martínez en una entrevista con He Reunido a la Banda. Aunque su trayectoria fue más errática, su capacidad de supervivencia a lo largo de las décadas los convirtió en clásicos.
Un fenómeno fuera del ‘mainstream’
Los ochenta fueron un período de bonanza musical en el que el ganador aún se lo llevaba todo. Había muchas menos bandas, todo era menos accesible (desde los propios discos que inspiraban a los músicos hasta las guitarras y los ‘amplis’ pasando por las posibilidades de que el A&R de gran una discográfica llegase a escucharte), lo que también remaba a favor de que grupos de raigambre local, dadas las circunstancias adecuadas, pudiesen despachar una saludable cantidad de copias, como los tres millones de discos que se les ha atribuido a Extremoduro.
Hasta la vista, Jorge. (Europa Press/Ricardo Rubio)
Los noventa suponen un cambio de paradigma tras el resquebrajamiento de la escena pop-rock. Aparecen dos grandes tendencias, como recuerda Rubén González, autor de Piedra contra tijera: Historia del rock español 1991-2021 (La Oveja Roja): la del bakalao y la del rock contestatario que se aglutina en torno a Extremoduro. Del Val rememora que Extremoduro tenían un plus de credibilidad porque “cuando entré en el instituto todo el mundo los escuchaba, Madrid estaba empapelado con los carteles de Agila… pero en los medios de comunicación que se consumían en casa no estaba Extremoduro”. Fueron uno de los grandes grupos anti-Cultura de la Transición.
Hay otros dos factores clave: la ‘mili’ y las casetes. "La ‘mili’ es el elemento vertebrador de toda esta música", recuerda González. Para muchos, el servicio militar era la primera experiencia fuera del pueblo, lo que les permitía conocer música a la que de otra manera no habrían accedido. En el caso del rock de la quinta anti-92 (S.A., Reincidentes, El Último Ke Cierre), con el agravante de que eran años en los que el movimiento insumiso era muy potente.
Las casetes, por su parte, eran el soporte perfecto para el intercambio de música. El Agila de Extremoduro, Dookie de Green Day o, más tarde, El vals del obrero de Ska-P fueron clásicos de cinta TDK. Como recuerda Del Val, uno podía completar las discografías de sus grupos preferidos a base de intercambiar cintas. "La cultura tiende a reproducirse hasta el infinito y de manera gratuita", recalca González. "En ese momento la piratería desborda a la industria pero no la anula, todos esos hijos de la democracia de la generación del Kronen empiezan a gastar más dinero en música y sobre todo, en conciertos".
En los 90 todo cambia, con la aparición de los festivales e internet
El primer indie, el de Los Planetas, banda granadina por excelencia, o el de escenas como el Xixón Sound o el Donosti Sound, sigue estando muy vinculada a lo local, por mucho que sus bandas empezasen a despegarse de su contexto inmediato y a inspirarse en lo anglosajón. Un buen ejemplo son Surfin’ Bichos, uno de esos grupos de la primera hornada indie que han conseguido establecerse como icono albaceteño (quizá por ausencia de otra alternativa mejor).
Casi ninguno de los grupos de esa escena lograron alcanzar el mismo estatus que las bandas urbanas de años anteriores. El politólogo gijonés Eduardo Bayón tiene una hipótesis. “La letra de aquellas canciones, la música y su componente identitario tenían un componente social y vital que el indie no tiene”, valora. “Asturias era entonces un entorno muy degradado, en plena reconversión industrial, que podía ser semejante a la Extremadura de Extremoduro, pero los grupos del Xixón Sound de los noventa eran muy burgueses: más allá de cuestiones musicales, las letras eran completamente ajenas al contexto social del entorno, algo que no pasaba con Extremoduro o Ilegales”.
Todo cambia a partir de finales de los noventa, gracias, como sugiere González, a la globalización en general y a la aparición de los festivales musicales en particular: "Se empieza a perder esa cultura de bandas de rock muy ancladas al territorio, y hay una pequeña transición a una década en la que los festivales se empiezan a consolidar". Eso provoca, como bien explica Nando Cruz en Macrofestivales (Península), que las bandas homogeneicen su sonido en una fórmula de indie estandarizado que hace que muchas bandas sean casi intercambiables.
Los Planetas, 'indies' pero aún con raigambre local. (Europa Press/Ricardo Rubio)
Xoel López es gallego, pero arranca como Deluxe cantando en inglés. Grupos como Love of Lesbian, Viva Suecia o Lori Meyers, aunque sean héroes locales, podrían haberse formado en casi cualquier lugar de España. "En el indie de los dosmiles hay una homogeneización del sonido muy clara, al mismo tiempo que escuchamos más música en mp3 y surgen los festivales", se muestra de acuerdo Del Val, que considera el ritmo del "bombo a negras" de bandas como Izal el epítome de ese sonido. “Cuando llega internet todo se masifica”, añade González. "Ya no hace falta ir a Inglaterra a comprar los discos que estaban de moda como ocurría en los años ochenta, el indie estadounidense o inglés sí estaba vinculado a lo local, pero aquí es más testimonial". Y todo empieza a sonar parecido.
Volver al pueblo
Revolá, el primer disco del grupo de Casas de San Pedro Sanguijuelas del Guadiana publicado este mismo año comienza con toda una declaración de intenciones. "Ya no se te ve en el pueblo, ¿eh?" "Pues porque me he tenío que ir a la capital, como to el mundo". "Joer, macho". En la última entrada de su newsletter, Bayón utilizaba el ejemplo de Sanguijuelas para hablar de cómo “en una España que ha bajado el volumen al conflicto territorial, la identidad local emerge como nuevo relato de pertenencia, y el grupo extremeño se convierte en la banda sonora de ese regreso”.
Un grupo que comparte otras características con los Extremoduro iniciales, más allá de la obvia influencia musical. Grabaron su disco en casa, cantan al derecho de vivir donde naces y reivindican el pueblo como lugar donde construir una vida adulta, explica el analista político. "Es muy propicio del contexto actual de la España pospandemia, de cierta saturación urbanita muy vinculada al problema de la vivienda", explica. "Conecta bastante con un momento determinado, con el deseo de quedarte en tu pueblo o volver después de vivir en la gran ciudad entre los 20 y los 40 años".
Mi instante favorito de Jorge Ilegal. Su propuesta para el momento de mayor visibilidad de su grupo en el programa más visto del año en TVE. Mi talismán para contestar a los que vienen a comentar que opinas mal en redes sociales. pic.twitter.com/JFSoO1lt8M
En todos los rincones de la península aparecen ejemplos semejantes. Los burgaleses La MODA, con su vinculación a la identidad local, de clase y de izquierda, surgen de una región que en su día no tuvo grandes bandas referencia. Bayón también citaba a Rodrigo Cuevas, Tanxugueiras,La Plazuela e, incluso, Arde Bogotá. La diferencia es que, con la excepción de estos últimos, ninguna de estas bandas hacen rock; musicalmente son el producto de la fragmentación de la escena indie de la última década en constelaciones que pasan por el folk, el rap o la electrónica.
Las provincias vuelven, pero en forma de “ese folclore amable, que juega con la identidad regionalista y muy folclórica y que suele aparecer en la televisión autonómica”, como Bayón define a Rodrigo Cuevas. Desde luego, ni Extremoduro ni Ilegales pensaron en conquistar los corazones de los abuelos fieles a las cadenas locales. Es más, en una de sus apariciones televisivas, más célebres, la del programa de Miguel Ríos¡Qué noche la de aquel año! en 1987, Jorge gritaba con cara de desquiciado “Señora, si no le gusta mi careto, ¡cambie de canaaaaaaaal!”
Están apareciendo grupos de rock con mala leche como Bala o Biznaga, un par de nombres que desliza González, que recuerda que el declive de las escenas locales construidas alrededor de bandas ha permitido que las mujeres ocupen un lugar mucho más central; músicos muy vinculados a su lugar de origen que cantan sobre la vida en la España olvidada; y cada vez hay más artistas autogestionados. Más difícil es encontrar a bandas que conjuguen todas esas características y que además, vayan a pasar a la historia como ya lo han hecho Robe Iniesta o Jorge Martínez, cuyas canciones seguirán sonando en los bares de los pueblos de toda España durante las próximas décadas.
La muerte con apenas un día de diferencia de Jorge Martínez, líder de Ilegales, y de Robe Iniesta, alma de Extremoduro, ha dado pie a que gran parte de la parroquia rockera vuelva a sacar a pasear el "ya no se podría hacer música así". Quizá la sentencia tenga razón pero no por tanto por el contenido de sus letras sino porque ambos, a pesar de una pequeña diferencia generacional (Jorge tenía 70 años; Robe, 63), formaron parte de una coyuntura en la historia de la música (y la sociedad) españolas irrepetible.