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'Personas, lugares y cosas': Irene Escolar brilla en una historia de adicciones (mal contada)
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En el Español hasta el 11 de enero

'Personas, lugares y cosas': Irene Escolar brilla en una historia de adicciones (mal contada)

La obra del británico Duncan McMillan adaptada y dirigida por Pablo Messiez aborda un proceso de desintoxicación (y de enganche y trauma) que se desvanece como un terrón de azúcar

Foto: Irene Escolar como Emma en 'Personas, lugares, cosas' en el Teatro Español. (Mario Zamora)
Irene Escolar como Emma en 'Personas, lugares, cosas' en el Teatro Español. (Mario Zamora)

A veces te plantas en el teatro porque se dan varias circunstancias, a priori, buenas: la historia, los actores, la dirección, el éxito de público que ya está teniendo la obra con todo casi vendido y con bofetadas para conseguir butaca. Y luego ves la función y, pese a que, obviamente, tiene esos grandes destellos actorales y hay escenas meritorias… se te desmenuza como un terrón de azúcar. Eso pasa con Personas, lugares, cosas, en el Teatro Español de Madrid (y que se podrá ver hasta el 11 de enero). Y dura más de dos horas.

La obra es un texto del británico Duncan McMillan, que es uno de los dramaturgos más solicitados de la escena actual y que desborda los teatros de su país. Se representó por primera vez en 2015 y el éxito fue fulgurante. De hecho, su actriz principal, Denise Gough, ganó el Lawrence Olivier, que es el gran premio del teatro británico. Aquí este papel protagónico lo maneja con una enorme elasticidad y soltura Irene Escolar. Y está fantástica. Es un gran personaje, sin duda, pero además ella lo eleva y le otorga grandes momentos de poesía (y otros de auténtico desbarre). Decir que Escolar es una de nuestras grandes actrices ya ni cotiza. Hipnótica.

Es un gran personaje, sin duda, pero además Escolar lo eleva y le otorga grandes momentos de poesía (y otros de auténtico desbarre)

Su papel es el de Nina o Emma o Sara o no se sabe nunca bien su nombre. Y es actriz, además de alcohólica y drogadicta (a tantas cosas que cabe pensar si entran todas en las venas). Tras una representación de Chéjov en la que cae desplomada acude a una clínica de desintoxicación. Para salvarse y no solo de las drogas (sino de los dolores que nos atenazan, muchas veces, a todos nosotros). De esto, supuestamente, va la obra: del proceso de curación. También de los enganches que sufrimos (y no solo a las sustancias). Ahí está el gusano del teatro. La fama. O simplemente el sentirse superior a los demás y sentirse, a la vez, frustrado todo el tiempo. De una sociedad en la que a muchas personas les cuesta levantarse de la cama, poner simplemente los pies en el suelo y sacar adelante el día si no es con antidepresivos, orfidales o cocaína de por medio.

Y si eso es lo que quería contarnos Duncan McMillan era un cebo estupendo. Tristemente reconocemos esta sociedad y, precisamente, en los últimos tiempos han aparecido grandes textos sobre la adicción (me entusiasmó muchísimo el libro de Javier Giner, Yo, adicto, adaptado por él al formato serie que incluso se ha llevado un Grammy Internacional). El problema es que Personas, lugares, cosas no me cuenta eso. No profundiza. Todo pasa sin que apenas me dé cuenta de que Emma o Nina o Sara se está curando. Y ya no sé si es el texto inglés, la adaptación de Pablo Messiez o qué.

placeholder La terapia de grupo eterna. (Mario Zamora)
La terapia de grupo eterna. (Mario Zamora)

La primera parte de la obra -ojo porque tiene hasta descanso- nos cuenta la llegada de Sara (o Emma o Nina) a la clínica. Tiene un buen inicio y enseguida te metes en situación, pero la aparición de Brays Efe como el cuidador Pastor le insufla unos aires de comedia que te trastocan. ¿Es esto un dramón, pero también nos vamos a reír? Pero es que luego, lo cierto, es que no te ríes nada. Es raro. Efe no acaba de pillar un papel que luego se demostrará con una tragedia apabullante. Sí le da muchísimo más poso Javier Ballesteros como Marc, otro de los internos. A Ballesteros sí nos lo creemos. El resto de esa primera parte (en la que tampoco sé si funciona mucho Sonia Almarcha como doctora/terapeuta. Además, ¿para resultar graciosa tiene que parecer una opusina de tres al cuarto? ¿Por qué dan tanto pábulo a lo religioso?) entra poco después en un bucle de terapia de grupo que no parece tener fin. Como si el texto se hubiera quedado atascado. Y chimpún, nos plantamos en el descanso.

Veinte minutos después, Nina, Sara o Emma o como se llame vuelve a la clínica al parecer con otro talante. Y sin mucha solución de continuidad, escena en la clínica, otra escena más doméstica (el supuesto clímax y que, por cierto, tampoco te acabas de creer: ¿de verdad son así de mezquinos unos padres? Pueden estar hartos y es normal, pero no resultar tan malvados) y caída del telón. De la casi sobredosis a la puesta en marcha en un plis plas. ¿Cuándo y cómo me han contado todo lo que me tenían que contar? Y eso que son 140 minutos de obra.

O todo va despacio o muy rápido. Tengo la sensación de que, por el verdadero dolor, por el verdadero proceso de sanación, pasa de puntillas

Pablo Messiez, que tiene un gran bagaje en el teatro español desde hace años, ha adaptado un texto que no acaba de fluir. A veces todo pasa muy despacio y otras todo ocurre muy deprisa. Hay aspectos muy logrados: que a veces veamos lo que ocurre como lo ve el personaje de Escolar con todas esas distorsiones de las drogas. Que palpemos su dolor al borde, borde del escenario. Que viajemos con ella por esas noches de recuerdos o no recuerdos embrutecidos por las sustancias con ese personaje que se disocia… Y es muy impresionante que haya decidido utilizar todo el enorme escenario del Español con todas esas partes que en muchas ocasiones ni se ven. Aunque es tan grande todo que también sentí perderme en ese escenario...

Pero en fin, sé cuál es la historia porque la he leído en el programa de mano. Y sé que va de cómo salir de un enganche. Y que es muy duro y difícil. Y que hay mucha gente que no se cree ni los doce pasos ni lo de escucharse a uno mismo y etc, etc. Pero sobre adicciones y sobre este tipo de comportamientos he entrado mucho mejor en otro tipo de propuestas. Aquí tengo la sensación de que, por el verdadero dolor, por el verdadero proceso de sanación, la obra pasa de puntillas.

A veces te plantas en el teatro porque se dan varias circunstancias, a priori, buenas: la historia, los actores, la dirección, el éxito de público que ya está teniendo la obra con todo casi vendido y con bofetadas para conseguir butaca. Y luego ves la función y, pese a que, obviamente, tiene esos grandes destellos actorales y hay escenas meritorias… se te desmenuza como un terrón de azúcar. Eso pasa con Personas, lugares, cosas, en el Teatro Español de Madrid (y que se podrá ver hasta el 11 de enero). Y dura más de dos horas.

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