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Ya éramos bastante cursis en el franquismo: así surgió lo 'cuqui' y la adoración por lo infantil
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De Marisol a los Labubus

Ya éramos bastante cursis en el franquismo: así surgió lo 'cuqui' y la adoración por lo infantil

A medio camino entre lo 'pijo', lo 'queer' y lo nacionalcatólico, lo 'mono' (cute) ha pervivido y cambiado nuestra identidad española desde el franquismo hasta nuestros días. El libro 'Aceleracionismo cuqui' recoge esta idea

Foto: Tres vectores de lo Cuqui: la inocencia de Marisol, el catolicismo de Rosalía y lo estrafalario de las Verdunch.
Tres vectores de lo Cuqui: la inocencia de Marisol, el catolicismo de Rosalía y lo estrafalario de las Verdunch.
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Chiquitina, chiquitina, le dicen los muchachos al verla pasar. ¡Buenos días, chiquitina! ¿La trenza de tu pelo quién la cortará? Chiquiti, chiquiti, chiquiti, chiquiti..., cantaba Josefa Flores González, más conocida como Marisol, en la primavera de 1962. Esta muchacha rubia de ojos azules entró en las casas de millones de españoles con su portento vocal de niña prodigio. El régimen franquista aprovechó su imagen y talento para transmitir una idea de España muy distinta a la de los fusiles y la represión que trajo consigo la posguerra y el inicio de la dictadura. Si algo tiene Marisol, es que es una monada. Se trata del primer gran personaje público que cuquificó a la sociedad, transmitiendo ideas y sentimientos tiernos, dulces e inocentes.

Así lo argumentan Anna Refecas Sogas y Lucía González Arias, dos filósofas de la Universidad de Barcelona, en su prólogo para la edición española de Aceleracionismo Cuqui, publicado por primera vez en la editorial británica Urbanomic y ahora traducido al castellano por Mutatis Mutandis. Ellas se ponen en la piel de Amy Ireland y Maya B. Kronic, las dos filósofas que acuñaron y expandieron el término el año pasado, otorgando una dimensión filosófica, antropológica y política a todos esos productos tiernos que vemos a diario, en nuestra vida cotidiana. Es difícil establecer el punto de partida (pues hay ensayistas que sitúan esta fascinación por las cucadas incluso en el Renacimiento), pero en nuestra época contemporánea se viraliza y expande en los años 70, a partir de la explosión del kawaii japonés.

Hoy vive su gran época dorada: tan solo basta con entrar en TikTok o en Instagram para darte de bruces con un sinfín de contenido tierno, absurdo, infantilizante. Vídeos de gatitos invaden las redes sociales, los Labubus (esos monstruitos tan de moda hoy en día) se subastan a precio de oro y grandes artistas de nuestro tiempo enferman al mundo de estribillos pegadizos sin significado, alterando el lado más emocional del ser humano. Sobre todo, generan atención en un mundo paralizado ante los reels y el consumo voraz de contenidos. Estos memes, juguetes o estilos perforan y alteran nuestras identidades y, con ello, nuestras relaciones sociales.

Si el aceleracionismo de izquierdas o de derechas miran hacia una serie de objetivos (la desregulación estatal y cibernética en uno, y la emancipación humana del trabajo asalariado en el otro), lo cuqui corre el peligro de parecer no servir a ningún fin o programa político. Sin embargo, aquí en España recientemente hemos visto cómo se difundía propaganda bajo el signo de lo Cuqui. Aunque, de manera tradicional y como argumentan Refecas y González Arias, lo nacionalcatólico siempre ha sido vector de lo Cuqui.

placeholder Portada de 'Aceleracionismo Cuqui' (Mutatis Mutandis, 2025).
Portada de 'Aceleracionismo Cuqui' (Mutatis Mutandis, 2025).

"Lo Cuqui en España nunca ha sido inocente", cuentan las traductoras a El Confidencial. "Aquí lo adorable tiene el sabor agridulce del incienso, el azucarillo y las disciplinas. Lo Cuqui está atravesado por el catolicismo, la hiperstición es calé, los "kyaa!" son lagrimitas del niño Jesús", aseguran, estableciendo un símil entre las exclamaciones típicas del anime japonés para transmitir vergüenza o miedo y el símbolo por antonomasia de dolor y culpa católica.

"Las muñecas de Famosa vienen con instrucciones claras: para relacionarte con ellas, debes aceptar a Dios en primer lugar, pues su propósito no es otro que difundir el cariño y la amistad de camino al pesebre", prosigue el prólogo del libro. Así, los iconos del tardofranquismo y sus engendros propagandísticos dejan claro que lo Cuqui no es perverso por liberalizador, sino por (falso) pastor: encarna la santidad de lo intocable, lo puro y lo sacro".

Vale la pena reparar en el debate actual sobre si la juventud es más religiosa que antaño, que muchos emplazan con en el fulgurante éxito de Rosalía y su álbum Lux, o en la película Los domingos, de Aláuda Ruiz de Azúa. Podemos deducir que no es tanto que los jóvenes hayan encontrado un sentido de trascendencia en el predicado católico, simplemente están infectados por lo Cuqui en su forma más hispánica y castellana.

No en vano, podemos referirnos al tardofranquismo como "dictablanda" (lo blandito, lo esponjoso, lo suave, atributos clásicos de lo Cuqui). En la Transición y hasta el año 2000, podemos encontrarlo en series infantiles como Los Mosqueperros, "baluartes del amor cortés", según Refecas y González Arias. O en Las Tres Mellizas, quienes se enfrentan a la Bruja Aburrida cuyo único pasatiempo favorito es castigar a las protagonistas: "Una vez superada la aventura, las libera. Dios aprieta, pero no ahoga", comentan las traductoras. O en Marcelino pan y vino, "donde un niño abandonado a las puertas de un convento es criado por frailes y reaviva la chispa de la picaresca bajo la eterna tutela cañí de Candela, un hada gitana".

Iconografía infantilizada

Lo Cuqui se consume y, a la par, nos consume. Apunta hacia lo sacro, aunque al final se quede en lo irónico. "Es iconografía infantilizada", admite Lucía en una videollamada con este periódico. "Es como llevar una estampita de la virgen en el móvil cuando vas a hacer un examen. No te comprometes con el elemento religioso, sino el estético". Puede ser, por tanto, "la pureza o la ausencia de pecado que transmite lo pequeñito", desde el prisma católico; y, por otro, desde la perspectiva moderna, "aquello que genera sentimientos de indefensión, incluso lo que también genera rechazo a simple vista, que es tan feo que quieres protegerlo, como los Labubus".

Foto: labubus-filosofia-historia-aceleracionismo-cute

De inmediato, extendemos un ejemplo a las clásicas imágenes que cientos de personas adultas comparten a diario para desearse los buenos días, ya sea en Facebook o en WhatsApp, con elementos religiosos o simples tazas de café con sonrisitas dibujadas y frases motivacionales. La categoría de pijo también sería un vector actual de lo Cuqui. "Pensemos en el videoclip de 'Amo a Laura'", añade Rafecas. "Hay un tipo de pijerío que se basa en el gusto por el decoro, las cosas pequeñitas... y también tiene a su vez este lado kitsch, muy folclórico y exhuberante. Por esto mismo, las Verdunch también podrían entrar en esta categoría de fenómenos. O los memes sobre el PSOE. No podemos olvidar que Pedro Sánchez fue al programa de La pija y la quinqui, pero podía haber sido cualquier otro político. Lo Cuqui invade y sirve al movimiento del capital, no responde a ningún programa político, tan solo se infecta en el proceso, como si fuera un parásito".

Lo Cuqui "ahora vive en un micropiso de Lavapiés y come ramen en un bol de Mr. Wonderful mientras escucha copla"

"Lo Cuqui no es aliado de nadie", avisan las autoras en el prólogo del libro. "Tampoco de la democracia. Lo Cuqui es un superdepredador blandito, quien gane o pierda en sus transacciones son meras contingencias". Al pensar en lo Cuqui en su faceta más exhuberante (desde los elementos folclóricos del faranduleo patrio a los monstruos Labubu), el término también compite espacio con lo camp, sobre el que reflexionó la escritora Susan Sontag. "Lo camp lo asocio como una reclamación de lo queer, de su estética más exagerada", opina González Arias. "Hay un componente paradigmáticamente cuqui en lo camp, que se basa en la exageración de los rasgos o en lo estrafalario, cuyo máximo exponente es la estética drag queen".

"Soy yo y mis Labubus contra el mundo"

Por otro lado, lo Cuqui empodera al sujeto cuando todo lo demás falla, especialmente para una generación atrapada entre varias crisis. Otra cucada clásica de nuestra época es el famoso meme del perro quemándose mientras pronuncia la frase "It's fine!", el cual no dejan de usar los millennials y los zetas aplicándolo a cualquier momento vergonzoso o humillante. La ironía llevada al extremo es uno de los mejores recursos de defensa cuando todo a tu alrededor hace aguas. Pero, sobre todo, expresa el anhelo de consumir identidades. "Tengo dominio sobre mi miseria, que en el fondo es consumir y reflejarme en los productos que consumo. Estoy generando mi pequeño oasis de paz. Soy yo y mis Labubus contra el mundo".

Al final, los millennials y los zetas están añadiendo nuevas significaciones a lo Cuqui al margen de las ya dadas por su gran potencia cultural, Japón. "Ahora vive en un micropiso de Lavapiés y come ramen en un bol de Mr. Wonderful mientras escucha copla", escriben las autoras. "Lo Cuqui es teológicamente queer. Habita en una nueva matriz sensorial de colonia Nenuco e hiperpop sabor sUwUs de fresa; es el nuevo folclore, es trap de muñeira, de sevillana, de sardana, de jota, de chotis".

Chiquitina, chiquitina, le dicen los muchachos al verla pasar. ¡Buenos días, chiquitina! ¿La trenza de tu pelo quién la cortará? Chiquiti, chiquiti, chiquiti, chiquiti..., cantaba Josefa Flores González, más conocida como Marisol, en la primavera de 1962. Esta muchacha rubia de ojos azules entró en las casas de millones de españoles con su portento vocal de niña prodigio. El régimen franquista aprovechó su imagen y talento para transmitir una idea de España muy distinta a la de los fusiles y la represión que trajo consigo la posguerra y el inicio de la dictadura. Si algo tiene Marisol, es que es una monada. Se trata del primer gran personaje público que cuquificó a la sociedad, transmitiendo ideas y sentimientos tiernos, dulces e inocentes.

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