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Muere a los 70 años Jorge Martínez, cantante y guitarrista del grupo Ilegales
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OBITUARIO

Muere a los 70 años Jorge Martínez, cantante y guitarrista del grupo Ilegales

Un cáncer acaba con la vida del músico que cantó "El mundo es basura, pero me gusta estar vivo” y que convirtió la pregunta filosófica sobre vivir o morir en la base de su obra

Foto: Jorge Martínez durante un concierto en Pamplona en 2022. (Getty/Samuel de Roman)
Jorge Martínez durante un concierto en Pamplona en 2022. (Getty/Samuel de Roman)
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Van a permitirme ustedes, lectores, que hoy les hable en primera persona. Es lo mínimo que puedo hacer para no traicionarme, porque lo que escribo me duele. Lo hago en la terminal de un aeropuerto con el corazón congelado y el frío atenazando los huesos más por la marcha de un amigo que por este invierno venido del norte.

Hay días en los que uno siente que una sombra se acomoda en el asiento del copiloto, como si la muerte —esa vieja conocida que Jorge Martínez nombraba a menudo— quisiera revisar conmigo los recuerdos, comprobar que no olvido nada. Jorge decía que “hay que conseguir una estabilidad, pero no estar al borde de la muerte”, y aun así caminó siempre por esa cornisa con el aplomo de un general sin ejército, de un capitán que no retrocede aunque la noche se venga encima.

En efecto, “todos están muertos”, cantaba en aquel tercer disco de Ilegales, y Jorge parecía haber terminado agotado de esperar al fin. Era de esos tipos que uno no imagina envejecidos, ni mudos, ni en otro plano que no sea el de este mundo de “hijos de puta”, siempre con la guerra a las puertas.

Coleccionaba soldados de plomo, admiraba la estética militar, pero no se prestaba a ser señor de la guerra. Era, más bien, el soldado que vuelve siempre a una trinchera conocida, no para matar, sino para sobrevivir. Generoso, muchísimo, el asturiano de pulida calavera llamaba a los amigos en los malos momentos solo para saber si estaban bien. Ningún hombre atrás. El pasado, el presente y el futuro suceden al mismo tiempo.

En el Madrid de los 80, en plena ebullición de la nueva ola, no existía –cito a Jesús Ordovás– un guitarrista tan salvaje, tan lúcido y tan dispuesto a anunciar el derrumbe europeo como Jorge. Nacha Pop, Mamá, Los Secretos o Alaska llevaban su propio rumbo, pero cuando Ordovás invitó a Ilegales a la fiesta de Diario Pop en Rock-Ola, Jorge dejó claro que él jugaba en otra liga.

A veces pienso que si hubieran prendido fuego al local, Jorge habría tocado una canción más antes de salir. “El mundo es basura, pero me gusta estar vivo”, cantaba en Ángel exterminador. Nietzsche lo intentó, sí, pero Jorge lo dijo mejor: vivir, aunque cruel, merece la pena. Y esa pregunta filosófica que él mismo convertía en mantra —¿vivir o morir?— era la base de su obra.

placeholder Jorge Martínez, durante el concierto de Ilegales en junio de 2023 en el ciclo 'Noches del Botánico' en Madrid. (EFE/Zipi)
Jorge Martínez, durante el concierto de Ilegales en junio de 2023 en el ciclo 'Noches del Botánico' en Madrid. (EFE/Zipi)

“El segundo disco tenía que ser como fue y el tercero, Todos están muertos, debía ser como es, pegando duro”, me contaba Jorge en Conversaciones ilegales, el libro que publiqué en 2019 con Efe Eme donde transcribí las horas y horas que pasamos hablando de su vida, obra y milagros. Elegir una esquela como portada de Todos están muertos no fue una provocación, sino un gesto de sinceridad: “Empecé a ser consciente de que la muerte podía darse en gente muy joven o muy allegada. Por eso elegí el título, y porque me parecía que la portada tenía que ser una esquela”.

A Jorge la muerte le acompañaba como un segundo guitarrista invisible. La vio venir de frente también aquella vez en que cruzaba la calle Canarias en el cuidado Pontiac de su amigo Bull y una furgoneta les embistió: “La vi venir y además pegó por mi lado, justo donde estaba yo. Me puse inmediatamente de lado y... ¡PAFF!”. De esa salió indemne; su compañero, no tanto. Algunos parecen nacer con una brújula que apunta siempre al peligro.

Jorge estuvo cerca de la muerte demasiadas veces: electricidad, sustancias, metal, agua, disparos, coches, pleuras y mares sin escrúpulos. “Sobrevivir no es tan difícil, porque la muerte hace muy mal su trabajo”, decía. Era verdad.

"Sobrevivir no es tan difícil, porque la muerte hace muy mal su trabajo"

La muerte era mala profesional con él. Lo intentó en el Cabo de Peñas, cuando el mar quiso convertirse en ataúd. Lo intentó en el ejército, en la facultad, en los años duros de los ochenta. Lo intentó en un escenario de Murcia, cuando dio un concierto con tres litros de líquido pleural en el pulmón izquierdo. Lo intentó, incluso, en forma de premoniciones que Jorge guardaba como migas de pan hacia un destino inevitable: “Un tatuaje llevo dentro que espera hambriento su momento, y un día me devorará”, decía la letra de Tatuaje invisible, del álbum Rebelión, ya en el 2018.

En su jardín de Bolgues sobrevivían las rosas trepadoras de las que Jorge hablaba con un amor casi botánico. Allí también comprendió que la muerte de su padre estaba próxima. “Tengo una manera premonitoria de escribir; veo las cosas mucho antes de que pasen”, me confesó. Escribía letanías apoyado en el quicio de la puerta que daba a aquel antiguo jardín. Algunas plantas sobrevivían, como él, aferrándose a la climatología húmeda asturiana que todo lo devora y nada conserva. La vida y la muerte nunca fueron para él conceptos antagónicos.

Y entonces, como ocurre con los que han vivido demasiado, Jorge empezó a ajustar cuentas. Era agradecido, pero también vengativo. “A cada uno lo que se merece”, decía sin pestañear. No era crueldad, sino precisión. Sabía que la muerte ya le había hecho varios guiños. “Me han disparado, pero yo tenía más puntería que la otra parte”, recordaba con esa carcajada sardónica tan suya (“jojojo”). Se reía del mar, se reía del destino, pero le tenía miedo a la muerte. Lo confesaba sin rodeos: “Con la muerte me llevo fatal desde siempre y la asumo muy malamente; llevo muy mal que muera gente”. Algo de ternura había en ese miedo. Algo profundamente humano. Algo que lo alejaba del personaje para acercarlo al hombre.

Cuando le pregunté qué quería como epitafio, respondió: “Regresaré”. Lo decía serio. No era una broma

Cuando le pregunté qué quería como epitafio, respondió: “Regresaré”. Lo decía serio. No era una broma. Aún hoy, escribiendo estas líneas mientras espero que anuncien mi vuelo, pienso que quizá no estaba del todo equivocado. La música tiene una manera extraña de convocar a los muertos, de ponerlos a conversar de nuevo con los vivos. Quizá ese sea el regreso que él imaginaba.

Jorge creía que uno debía despedirse cuando estaba lleno de vida, no en la agonía. “Decirlo en la agonía es repugnante”, aseguraba. Por eso El bosque fragante y sombrío es un canto a la vida, un adiós que llega en el mejor momento, cuando el pulso late fuerte y el pecho arde todavía. “Ahora es buen momento para despedirse”, me dijo en ese año 2019. Yo asentí, pero no lo creí. Nadie cree que el amigo que ha sobrevivido a todo vaya a dejar de hacerlo. Claro que no. Y menos si se trataba de Jorge.

A veces, cuando cantaba por las calles vacías, tenía esa apariencia de bucanero que mencionaba Ariel Rot: un pirata que levaba anclas sin mirar atrás. Un hombre que había vivido muy intensamente, que había ido a 200 kilómetros por la autovía (“soy un macarra, soy un hortera, voy a toda hostia por la carretera...”, que había sentido el filo de las armas, el soplo de las sustancias y la furia del mar, como digo. Jorge Martínez era un hombre que amaba tanto la vida que la combatía. Un hombre al que no le hubiera importado vivir un poco más. Pero también un hombre que entendía cuándo era la hora de despedirse.

placeholder El músico asturiano Jorge Martínez, líder del grupo Ilegales, durante un concierto en 2009. (EFE/Abel Alonso)
El músico asturiano Jorge Martínez, líder del grupo Ilegales, durante un concierto en 2009. (EFE/Abel Alonso)

Pienso en todo lo que Jorge me enseñó, que no fue poco, como la forma de hablar de Nietzsche con la misma pasión con la que hablaba de guitarras, en cómo defendía que vivir era una guerra justa, y en cómo, pese a todo, seguía temiendo a la muerte como se teme a una mala decisión. Me pregunto si estará ya con sus soldados de plomo, organizando batallas imposibles, o cruzando mares que esta vez no lo quieran hundir.

Recuerdo, para cerrar esta despedida, las palabras que Andrés Calamaro tuvo a bien regalarme (con y gracias a Edu Galán) sobre Jorge en el epílogo de Conversaciones ilegales: “Está solo pero bien acompañado por sus guitarras, una botella y la lluvia. Hasta los ateos aprendieron a pedirle a Dios ser Jorge Ilegal por un día. Los valientes piden una vida entera, sin cabello pero con guitarras, pellejo de amianto y huevos de oro. Y el corazón ilegal... Ese que pocos sabemos ver. Y no tener miedo a la vida ni a la muerte”.

Jorge creía que uno debía despedirse cuando estaba lleno de vida, no en la agonía. “Decirlo en la agonía es repugnante”, aseguraba

Última llamada a los rezagados para el vuelo con destino al norte. Lo “cantan” en castellano y en inglés en la terminal. Nadie está para correr, ni siquiera para hacerlo delante de la muerte. “Terminal”. Qué palabra tan asquerosa pero tan solvente para una explicación ad hoc. Seguro que Jorge se estaría descojonando con su “jojojo”, de mí y de la Parca.

Para bien y para mal, esta noche volaremos alto, surcando cielos oscuros tan profundos como el mar, donde Jorge quería residir, llevando una vida submarina, listo y dispuesto con su fusil de aire comprimido para atravesar besugos. Jojojo...

Van a permitirme ustedes, lectores, que hoy les hable en primera persona. Es lo mínimo que puedo hacer para no traicionarme, porque lo que escribo me duele. Lo hago en la terminal de un aeropuerto con el corazón congelado y el frío atenazando los huesos más por la marcha de un amigo que por este invierno venido del norte.

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