Un Pingüino en mi Ascensor, la banda irreverente que convirtió al bonobús en su musa
El dúo formado por Mario Gil y José Luis Moro celebra sus 40 años de lozanísima vida con la publicación de un libro de entrevistas titulado "Bajarse al Moro". Publicamos el prólogo y un fragmento
Mario Gil y José Luis Moro, Un Pingüino en mi Ascensor, en un concierto de la gira que celebraba sus 40 años de éxitos. (Cedida)
Para mí, Un Pingüino en mi Ascensor somos mis dos mejores amigos y yo cantando en un Volkswagen Golf negro un sábado de camino al cine. Corrían los primeros años del siglo XXI, los ordenadores se paraban durante horas para el escaneo del antivirus, Jesulín de Ubrique vivía cómodamente de los royalties de su primer disco en solitario, y nosotros éramos felices cantando Juegas con mi Corazón desde Prosperidad a los cines Manoteras.
En 2006 empecé las oposiciones a la Carrera Diplomática. Prácticamente a la vez, un amigo me ofreció ser traductor para una nueva línea de cómics de la editorial Jaguar, que tendría el nombre de Kraken. Pensé que me venía bien el trabajo para intentar pagarme las numerosas cañas que necesitaría mi cerebro para sobrellevar la oposición. De los primeros encargos, mi favorito fue la reedición de El pequeño Spirou. En el primer número, tuve que hacer frente a un problema que luego, gracias a mi mujer, ella sí, traductora, supe que se llamaba "localización". Es decir, encontrar un equivalente local para lo que solo se entiende bien en su lengua original: una expresión, un chiste, una canción…
Justo eso me pasó al poco de empezar con mi primera traducción. En una viñeta de las primeras páginas, había un personaje tirando la basura y cantando una canción, obviamente, en francés. Lo primero que pensé al intentar traducirlo fue que era mejor abandonarlo todo y meterme en una secta satánica. Mi segunda idea fue traducir la letra de la canción tal cual. Pero eso conllevaba que nadie la iba a entender. Se perdería la referencia y, sobre todo, no era divertido. Así que lo tercero que pensé fue: ¿y si pongo unos versos de El Camión de la Basura Ilegal de Un Pingüino en mi Ascensor (UPEMA) y se queda en un chiste privado para reírme con mis amigos? En un hábil ejercicio de inconsciencia, pensé también que, por supuesto, esto no lo iba a leer nadie, ni mucho menos darse cuenta del truco. Y así lo hice. Como dice UPEMA: “y me gustó un montón, pues en la variedad está la diversión”. Así que fui incluyendo referencias variadas en todos los cómics que pasaron por mis manos para traducir. Si se podía, hacía referencia a algo que pasaba en la viñeta. Pero solo si se podía…
Años después, casi cinco, logré aprobar la oposición. El estado vital en el que me encontraba era una mezcla de alegría inmensa y, para qué negarlo, bastante autobombo: una mezcla de Rocky subiendo las escaleras todo sudado, brazos en alto, y el pesado del Lobo de Wall Street rodeado de gente que le aplaude, creyéndose el rey del mundo. Bueno, y unos toques de Willow.
Una viñeta de 'El pequeño Spirou' con la letra de la canción 'Atrapados en el ascensor', de Un Pingüino en mi Ascensor.
Afortunadamente, una llamada de teléfono vino a devolverme a mi lugar entre los mortales bajitos. El amigo que me había contratado como traductor me llamó y me dijo: "Carlos (pausa dramática). Los de Un Pingüino en mi Ascensor se han enterado de que usas sus letras en los cómics (más pausa dramática). Te están buscando (drama sin pausa). ¿QUÉ HAS HECHO? (dicho en mayúsculas)". De repente, mi cabeza me llevó a un escenario en el que mi grupo icónico y adorado me demandaba por reproducción no autorizada de propiedad intelectual, la editorial me despedía, los de UPEMA me reclamaban cientos de miles de millones de euros en daños y perjuicios, y, por último, el Estado español me echaba de sus cálidos brazos y yo tendría que volver a estudiar, en pijama y con pantuflas, unas de esas que tienen un bordado de un escudo heráldico inventado... Horrible. Todo. Sobre todo, lo de las pantuflas.
Así que me dirigí a mi casa, entré, y miré a mis padres pensando: vuestra vida va a cambiar, se acabó comprar el mejor pavo en lonchas del HiperUsera. Se acabó la buena vida. Me encerré en mi cuarto, encendí el ordenador y... voilà. Mario y José Luis contaban que, de casualidad, habían comprado el primer volumen de El pequeño Spirou, habían visto la referencia, habían creído que era un error, habían comprado otro, habían visto que había otra. Y luego otro, y otro... Y así habían descubierto que había un patrón, como los de los asesinos en serie, pero con letras de La Obra Social de Pingüi. Y como son fans de los cómics, además de buenísima gente, me buscaban para comentarlo y reírnos juntos.
Aquello fue el inicio de una preciosa amistad, conciertos, más cómics con letras de sus canciones, e incluso el honor de participar en la presentación de Cuarenta años sin encajar muy bien en ningún sitio, el libro sobre las letras de UPEMA. Eso sí, me pidieron que no llevara pantuflas heráldicas.
Por mi parte, espero que esta traducción totalmente descontextualizada y chiflada dure muchos, muchos, años más. Porque, para un auténtico fan de Un Pingüino en mi Ascensor, la realidad es lo de menos. Lo importante es cómo, con sus letras, con sus conversaciones, siempre nos inducen al mal. Gracias de parte de todos vuestros fans enloquecidos. (Carlos López)
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Con perspectiva, 1987 tiene todos los ingredientes para echarlo de menos y, a la vez, ensalzarlo con objetividad como un año esencial para la música producida en España, a todos los niveles. Todo dicho sin nostalgia ni pretensiones de alargarse en un instante, volcarse en el presente era lo prioritario para lograr una obra perdurable, porque el futuro siempre acaba por burlarse de nosotros. Y funcionó. Aún hoy se nota. Gracias a ese ejercicio de soltura y expresión independiente, no se perdió la ola del mejor pop español ni su brillo creativo, me atrevo a decir que incluso acabó mejorado. Un Pingüino en mi Ascensor fue, dentro de ese año único, un caso único, que ya es decir. La mayoría de los comentarios en los pocos medios que se percataron de su importancia, iban en la misma dirección: amarlo u odiarlo.
Sobre el libro
Nacido en el tiempo de descuento entre lo mejor de la Nueva Ola y La Movida, Un Pingüino en mi Ascensor resultó ser un eco ideal del ímpetu y el descaro que se iban quedando atrás. El dúo, formado por Mario Gil y José Luis Moro, lleva 40 años destilando irreverencia en sus canciones, muchas de las cuales son desternillantes radiografías sociales.
Una disyuntiva repetida si abrimos plano y vemos lo que sucedía con el resto de nombres que compartían género con El Pingüino como Dinamita Pa’ los Pollos, recién alumbrados también, o con los nuevos discos de los ya consagrados como Siniestro Total o Los Nikis, estrenados ese mismo año. Todos eran objeto de recelo por romper esquemas desde el buen humor que más convenga. Pero el público tiene esa rara virtud de no conformarse con lo primero que le dan y apostó por divertirse. Veamos.
P. Pingüino, año cero...
R. ... La fecha oficial es el verano del ’85, un viernes 26 de julio, fue el primer concierto que hice en mi vida. Aprovechando que mis padres se habían ido de vacaciones, reuní a mis amigos en el salón de mi casa. Teníamos un órgano familiar de estos con ritmos que se llevaban mucho a principios de la década, ya había empezado a hacer canciones y fue la primera vez que tuve que ponerme un nombre artístico, que aquella vez utilicé uno que era El Estólido Pederasta y su Incontrolable Meteorismo, porque en aquella época... Desde el principio tuve muy claro que no quería llamarme José Luis Moro porque en los ochenta eso era de cantautor, que era lo peor que se podía ser entonces, luego con el tiempo, algunos hasta me han empezado a caer simpáticos, pero en esa época, había que evitarlos a toda costa. La otra razón para evitar mi apellido, era no avergonzar a mi familia. Entonces, ese fue el primer nombre, luego en el segundo concierto ya aparecía por primera vez la palabra Pingüino, era El Pingüino Esmeralda porque hacía una versión de un jingle publicitario de una marca de lanas que era Pingouin Esmeralda, siempre me atrajo mucho la publicidad, incluso antes de dedicarme a ella. Y luego, aquello acabó derivando en Un Pingüino en mi Ascensor, que fue el nombre definitivo que me puse la primera vez que mandé una maqueta a un concurso, ahí ya tuve que pensar el nombre un poco más.
Cubierta de 'Bajarse al moro. Conversaciones con Un Pingüino en mi ascensor', de Chema Domínguez.
P. Dices que ya habías empezado a componer antes, así que rebobinemos aún más, ¿cuándo empiezas a escribir tus primeras letras, al menos a esbozarlas, y sobre qué iban?
R. Pues mira, lo tengo claro: "Mi primera musa fue un bonobús", así fue y esa es la frase que uso como título en la introducción de Cuarenta años sin encajar muy bien en ningún sitio (2025), el libro donde recopilo mis letras, las letras que para mí mantienen cierto valor fuera de la melodía. La primera vez que me puse a hacer canciones fue en el ’79, con trece, catorce años y fue justo cuando salió el bonobús en Madrid, en abril de ese año, y no sé por qué decidí que me apetecía hacer canciones sobre él, fue absolutamente espontáneo. Empecé a coger canciones ya conocidas y a cambiarles la letra pero la única temática era esa, todas hablaban del bonobús. Hasta entonces alguna vez había hecho... O sea, todo venía de mi familia, mi madre siempre organizaba unas obras de teatro en Nochebuena para mis tíos que venían a casa, y hubo un par de veces que hicimos musicales, cosa bastante ambiciosa, teniendo en cuenta que el elenco de actores éramos niños de diez años para abajo. Y ahí fue donde aprendí a cambiar las letras de, por ejemplo, Los Payasos de la Tele o de quien fuera y, bueno, me quedé con esa mecánica y ya alguna vez cambié el texto de alguna canción de misa en el colegio para cantar algo sobre un profesor, por ejemplo, pero la primera vez que realmente me planteé hacerlo como una cosa más pensada fue aquella en que me dio la ventoler del bonobús y recuerdo que hice una versión de José Luis Perales, Tú como yo, que esa sí llegó a incluirse en mis primeros repertorios e iba a estar en El balneario (1988), pero al final la editorial de Perales no dio su permiso y se quedó ahí, de hecho se terminó de grabar, aunque no la conservo. También hice una versión de la canción con la que fue Betty Missiego a Eurovisión en el ’79...
P ...¿La de los niños?
R. ‛Su canción‘, sí, “si todo el mundo tuviera un bonobús / para montar en autobús”... Todo hablaba del bonobús. Hice otra versión de Voulez-vous de Abba: “Bonobuuuús, ah ah”, incluso una de Mamá con Regresas a casa a las diez, pero no me acuerdo ya, hice un montón. Y aquel fue un poco el inicio, luego hubo un impasse hasta que ya empecé a hacer canciones de otras cosas.
P. Teniendo en cuenta esta fijación inicial y conceptual, ¿se puede decir que te influyeron grupos y discos como Pink Floyd y ‛The wall‘ (1979)?...
R. Totalmente, (risas). Yo siempre he sido muy conceptual, de una forma inconsciente siempre me han gustado las ideas así, la prueba es el último disco que hicimos de Secuelas (2024), este tipo de cosas siempre me han divertido mucho.
José Luis Moro en un concierto con su inseparable keytar. (Cedida)
P. Has hablado de tu madre y aprovecho para preguntarte sobre posibles antecedentes artísticos en tu familia, ¿quién te ayudó decisivamente a liberar tu creatividad?
R. Mi madre. Mi madre es una persona tremendamente creativa, era fotógrafa y, bueno, como muchas mujeres de la época lo dejó todo para casarse y ser madre de familia, con veinticuatro años además, pero sí que tenía una cabeza muy especial y a mi me encantaba ese ritual, yo era el mayor de mis siete hermanos y seguí aquella labor de creatividad en sus obras de teatro y sí, ella era mi gran influencia, incluso en la parte musical. La familia de mi padre era una familia más seria, todos eran abogados, ingenieros, médicos... La de mi madre era una familia un poco más loca, más imaginativa, dentro de que era una familia seria también, eh, no era en absoluto bohemia. Y también era una familia a la que le gustaba la música, de hecho mi madre intentó que yo aprendiera a tocar, primero el acordeón, que era un instrumento con cierta tradición en la familia, ella lo había tocado de pequeña, pero aquello no cuajó para nada (risas). Venía una profesora de acordeón a casa y recuerdo que me intentó convencer, porque a mi no me acababa de convencer aquello, con argumentos tipo «esto es muy bueno porque haces músculo, más que boxear», pero
no triunfó el argumento del “fitness”. Luego, también se empeñó en que diera clases de piano, pero tampoco me gustaba, de hecho me presenté a primero de solfeo, suspendí y ya decidí dejarlo. Pero mi madre fue un poco la gran influencia, la parte creativa de jugar con las palabras venía de ella totalmente.
P. Así que, por otro lado, la influencia de tu padre es la que te lleva a estudiar Derecho...
R... Si, sí.
P. Decías que eres el mayor de siete hermanos...
R...Cinco hermanas y un hermano.
P...Tu hermana Sofía aparece como fotógrafa en varios de tus discos, siguiendo así la estela de tu madre.
R. Si, sí, y además, curiosamente, somos los hermanos más mayores, y las dos que siguieron, también se dedicaron a actividades más o menos creativas, María es decoradora y Teresa, una pintora estupenda. Imagino que mi madre estaba más activa en su parte creativa en ese momento, luego ya se rendiría a ser madre, a estar cabreada todo el día, que es un poco lo que les pasa a las madres de familia numerosa, y los hermanos pequeños, aunque también tienen su vena creativa loca, salieron profesionalmente más serios. Mi hermana Sofía estudió Biológicas, pero luego tenía clarísimo, de una forma muy parecida a mi trayectoria, que ella lo que quería es ser fotógrafa como mi madre y se fue a Estados Unidos a aprender fotografía.
P. Y ellas también serían tus mejores cómplices en esos primeros tiempos.
R. Si, sí, sí. Fuimos los que más heredamos aquellos genes. En realidad, toda la familia tiene un gen creativo, pero como siempre digo, dedicarse profesionalmente a actividades creativas no solo depende de tu talento sino también del ego de pensar que puedes vivir de ello, esto es algo importante, no es ser egocéntrico, pero sí necesitas pensar "yo podría vivir de las tonterías que se me ocurren".
Mario Gil en acción. (Cedida)
P. Después de las familiares, están las influencias externas y ahí encontramos nombres tan diferentes como Alaska y Los Pegamoides o Javier Krahe, este último partiendo de la canción de autor que había que evitar… ¿Quién más estaba en ese primer arco de referencias?
R. Curiosamente, después del momento bonobús descubrí Onda 2 en nada de tiempo, que era una emisora de FM de Radio España donde averigüé que existía un mundo más allá de Los 40 Principales y de Perales, Abba, Betty Missiego... Y ahí, de repente, encontré que se podían hacer canciones sobre cosas diferentes.
Para mi, Alaska y Los Pegamoides fue una revelación, no fue con la primera canción suya que escuché, pero el día que oí ‘Quiero ser un bote de Colón’ fue todo un descubrimiento, tenía todo el sentido, me abrió una puerta maravillosa a una forma de contar historias, bueno, Vainica Doble también, quizás no es tan humor, pero sí tenían esa gran ironía en sus letras.
Con Los Nikis igual, escuchando una canción sobre un tío que tiraba tiestos a gente que pasaba por debajo de su casa, ‘Ernesto’ (1981), eso me rompió la cabeza, dije "qué maravilla, si se puede hacer esto". El Aviador Dro también, muchos grupos del principio de la Nueva Ola madrileña... Este fue el segundo momento así de gran influencia.
Y bueno, te hablaría de Javier Krahe como gran pilar del humor lírico, para mi es el Brassens español, es el referente del humor musical, siempre me ha interesado por la parte de sus letras sobre todo y por lo que tiene que ver con esta filosofía de hacer música, humor, la tremenda ironía... Me encanta la manera de rimar de Krahe y en eso pues me gustaría hacerlo tan bien como él, porque también soy muy esclavo de la rima consonante.
Y luego, a lo largo de los años he ido descubriendo muchos otros, en la actualidad hay gente maravillosa como Los Gandules, que me divierten muchísimo, he descubierto tipos como Tom Lehrer, que es de los años cuarenta, un matemático que tuvo una carrera musical super breve y que escribió unas canciones buenísimas, las cantaba él solo con su piano, muy rollo ragtime con unas letras muy lo que me gusta a mi, muy humor negro, tiene una que se llama Envenenando palomas en el parque donde cuenta que “llega la primavera y hago lo que más me gusta, que es ir con mi novia al parque y envenenar palomas”, pero todo eso contado de una forma y con unas rimas maravillosas, ese tipo es un genio. Nino Ferrer, que me lo descubrió Mario, un francés loco maravilloso, de quién versioné su canción Les cornigsons, ‘Los pepinillos’, convirtiéndola en El salchichón, que aparecería en nuestro disco en directo. Entonces, cada día voy descubriendo nombres porque me gusta mucho el humor musical y hay gente con un talento de la leche.
Para mí, Un Pingüino en mi Ascensor somos mis dos mejores amigos y yo cantando en un Volkswagen Golf negro un sábado de camino al cine. Corrían los primeros años del siglo XXI, los ordenadores se paraban durante horas para el escaneo del antivirus, Jesulín de Ubrique vivía cómodamente de los royalties de su primer disco en solitario, y nosotros éramos felices cantando Juegas con mi Corazón desde Prosperidad a los cines Manoteras.