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Higienizar a Franco: ay, si Paco levantara la cabeza
Esta nueva higienización del Generalísimo es un peeling histórico e ideológico. Culpa tanto de pelanas de derechas como de oportunistas de izquierdas que ahora ven su profecía autocumplida
Se acerca el centenario de la Guerra Civil española, y desde la dictadura no había tantos jóvenes saboreando la manzana prohibida del franquismo. Uno de cada cinco dice ver con ojitos de Gato con Botas al caduco nacionalcatolicismo reinante. Y si no son el doble de aquí a un lustro, ni bien ni mal.
Esta nueva higienización del Caudillo no pasa, como hacía mi generación, por los viejos cánticos refiriéndose a su señora, Dña. Polo, haciéndole friegas en el culo hasta dejarlo nacarado. Es un peeling histórico e ideológico. Una reconfiguración del relato que decide obviar la realidad pasada, interpretando con ojeriza la realidad presente.
Esta melancolía de los bisoños pardos, nostalgia barata de tiempos no vividos y desconocidos, demuestra que el sentimiento, el rencor y la bilis se están imponiendo a la razón. Salvo una vara para arrear ganado, poco hay más recto y menos razonable que el fascismo.
Lo irónico es que esta pléyade de neofalanges hispanas, de flechillas romas en ideas, se pillarían un rebote de levantar Don Paco la cabeza. No iba el Generalísimo a darles cuartelillo para andar de picos pardos perreando a ritmo de reguetón, ni les iba a felicitar por atizarse la sardina hasta despellejarla viendo en OnlyFans a la prima de su colega.
Esta melancolía de los bisoños pardos, nostalgia barata de tiempos no vividos y desconocidos
No hablemos de la libertad de expresión. Cuando a uno no le han callado en su vida a palos, ni con miedo; la mudez es un concepto marciano. Quienes han nacido lejos de la prohibición y la misa por condena, se envalentonan con facilidad a despiojarlas de su fastidio.
Puede dar la sensación, en vista de los ejemplos antes dados, de que me dirijo sobre todo a los aguilillas de la especie. Y es así porque, joder, de verdad que no me cabe en la cabeza que una mujer joven añore, sin conocerla, una vida entregada por cadena y bola a la crianza y la cocina, y pidiendo permiso a su marido por ley hasta para abrir una cuenta bancaria.
Lo más vomitivo de sistemas-eructo, de Estados-flatulencia como lo son hoy Afganistán o Irán, es su descarado maltrato a las mujeres. ¿Quién sino un sádico, o una masoquista, querría una tortura así?
Este paulatino skin care a los dictados del tío Paco es el efecto colateral del encanallamiento general de una nueva ola de oportunistas dispuestos a todo por llevar la contraria, y hacer caja en el proceso.
Lo más vomitivo de sistemas-eructo, de Estados-flatulencia como lo son hoy Afganistán o Irán, es su descarado maltrato a las mujeres
La irrisoria defensa de discursos de sílex de lo más primarios por parte de los jóvenes, está mecida por la cobertura de grandes cretinos dispuestos a reventar un país con tal de meter cuchara donde quieren: en la cuajada pública.
Todo vale con tal de conquistar la poltrona.
Por eso, entiendo, es como si de aquí a un tiempo a la derecha de la izquierda comenzara a existir sólo una seducción por el extremo. Y, según lo veo, esta evangelización normalizadora del franquismo me parece la peor peineta posible para alguien que, siendo conservador y de derechas, se reconoce liberal y democrático.
Lo mismo que quienes más condenan los delitos de los inmigrantes con indirecto sentido de la responsabilidad, y total conciencia de las consecuencias, son los inmigrantes que desean integrarse en su país de acogida, debería la derecha racional alejarse de estos blancos arrepentidos que ahora se ponen cara al sol.
Y no me refiero con esto a los jóvenes. Me refiero a quienes les lavan el cerebro para cocinarse un precoz plan de jubilación.
Es como si de aquí a un tiempo a la derecha de la izquierda comenzara a existir solo una seducción por el extremo
Este cronista pertenece a la última década del siglo XX, y es un español alérgico a la nostalgia de los caducos totalitarismos que ni conoció, ni le gustaría conocer. Dan igual la forma del bigote, el diámetro de la cabeza o la posición de la mano de sus líderes.
Podría alegar aquí que toda la culpa de esta girada facho se debe únicamente a la emesis desinformada y manipuladora que llevan tiempo vertiendo unos cuantos pelanas de la derecha. Pero detrás de discursos tan simples suele haber motivos muy complejos.
Llevo años denunciando la infantil e irresponsable tentación de la izquierda caniche: gritona y sin dientes, de llamar a todo lo que no sean ellos fascismo.
Tiempo atrás, cuando el PSOE era algo más que mordidas y putiferio, los mismo que Podemos un nido de víboras chivatas y autosabotaje, se convocó a las hordas twitteras -callejeras se vieron pocas- a entonar el ‘¡No pasarán!’ como estrategia electoral, y el lobo -quelle surprise!- no vino.
Cobraron su objetivo, es cierto. La jugada les salió dabuten a la banda del Peugeot, que ahora resulta que tras intercambiar gayumbos durante medio año ni tan siquiera se conocían.
Llevo años denunciando la infantil e irresponsable tentación de la izquierda caniche de llamar a todo lo que no sean ellos fascismo
Pedro se embolsó el poder con la broma, y pasó de cadáver político al Ken ibérico resucitado.
Pero, como en el cuento, gastó tanto la alarma facha que, al final, entre ponte Cerdan y estate Ábalos, el término, el sustantivo, perdió su urgencia. La rosa y el capullo brotaron regias. La democracia no cayó. ¿Dónde estaban los supremacistas del orden y la prohibición? ¿Las masas mussolinianas? ¿Las legiones azules?
Hoy, una década después, sí vemos emerger zombis rejuvenecidos de aquellos lodos con carrillos rosados, barbas lampiñas y brazos tiesos en ángulo de 40º. Embriagados por el folclore bélico que tanto se han esforzado a izquierda y derecha por revivir, finalmente la profecía autocumplida va llegando. Pero han ladrado tanto un peligro entonces casi inexistente y generalizado, que ahora que asoma la zarpa de verdad, ya no le hace caso ni el tato.
Con el espasmo casposo del 23F, España debió hacer añicos todo coqueteo con la dictadura. Parece, sin embargo, que vamos a ir detrás de los ejemplos exteriores de involución que nos enajenan de nuestro propio tiempo Occidental.
Estamos a las duras, ya se sabe, y es en esas, en las cotidianidades marmóreas sin acceso a un poder adquisitivo a la altura de las promesas; sin vivienda, ni familia, ni nada a lo que aferrarse salvo a viajecitos paliativos, atracones audiovisuales y millones de canciones contingentes en Spotify, cuando se vierte abono sobre el sentimiento mientras se pudre la razón.
Con el espasmo casposo del 23F, España debió hacer añicos todo coqueteo con la dictadura
Y así vemos cómo las redes, fuente privilegiada de orientación espiritual e ideológica de los zagales, se plagan de mascachapas con argumentos del pleistoceno rancio a lo Alvise o Quiles, o de brilli-brilli batuquero como la Barbie Gaza. Agentes de su propio éxito que acolchan con billetes sus almohadas a costa de enfrentar a los jóvenes, porque saben que la ceguera reaccionaria es el mejor contrato de permanencia.
Lo mejor de los extremos es que obligan poco a pensar. No les va demasiado lo de revisar sus ideales, ni debatir sus principios, no fuesen a caer en el vacío sobre el que se erigen.
Es esa misma actitud: chasca, perezosa y cutre, la que atisba en la censura la solución a sus lagunas mentales. Cosa a la que se prestan aquellos jóvenes que ven con buenos ojos el franquismo, y no han oído hablar de los 40.000 ejecutados durante la posguerra -dejando de lado exiliados y presos políticos-, o de cómo Franco sometió a un país entero enterrándolo en una tiniebla que a ellos les encogería las gónadas.
No quisiera tampoco ser descortés con los chiflados dogmáticos de cierta izquierda, que hacen piquetes en bibliotecas contra libros que no han leído o vociferan consignas de partido frente a las que no aceptan réplica. Fiel reflejo, al final, de lo que critican en el córner de la bancada opuesta.
Como dice sabiamente Jesús G. Maestro, la realidad no cabe en una ideología. Y al no caber en ellas, lo que es hay que buscarla fuera. Lejos, lo más posible, de ouijas al franquismo. Lo mismo que de las actitudes oportunistas y estalinistas que tanto fuelle le han dado.
Se acerca el centenario de la Guerra Civil española, y desde la dictadura no había tantos jóvenes saboreando la manzana prohibida del franquismo. Uno de cada cinco dice ver con ojitos de Gato con Botas al caduco nacionalcatolicismo reinante. Y si no son el doble de aquí a un lustro, ni bien ni mal.